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Relatos Ardientes

Le conté lo del portugués y quiso vivirlo conmigo

Era principios de marzo de 2019 y Oporto todavía amanecía con esa neblina espesa que bajaba del Duero y se te pegaba a la chaqueta hasta el mediodía. Habían pasado cinco semanas desde aquella noche en Pérola Negra con Rodrigo, y por mucho que intentara comportarme como la alumna de intercambio responsable que mis padres creían que seguía siendo, mi cabeza no paraba de volver al mismo sitio. A su boca. A sus manos. A esa polla absurda que me había dejado caminando torcida dos días. Ya no era la chica de veinte años que bajó del avión con apuntes y ganas de aprobar Filología. Quería más. Quería volver a sentirme pequeña debajo de alguien.

Mi compañera de piso se llamaba Carla. Canaria de Tenerife, veintidós años, morena de piel como el caramelo tostado, melena negra lisa hasta la mitad de la espalda. Ojos enormes y oscuros, de esos que parecen siempre escondiendo una pregunta. Delgada, casi frágil: cintura estrecha, piernas largas pero finas, pechos pequeños y firmes que apenas llenaban la mano. Vestía siempre ropa ancha y colores apagados, como si quisiera que nadie la mirara. Hablaba bajo, observaba todo. Cuando se reía lo hacía por la nariz, con vergüenza. Pero cuando se soltaba de verdad, se soltaba entera. Había cortado con su novio del instituto tres meses atrás y desde entonces vivía en una especie de pausa: miraba Tinder antes de dormir, miraba chicos en el tranvía, y no daba un paso. Hasta la noche que le conté lo mío con Rodrigo.

Estábamos en el balcón del piso de Ribeira, con dos Sagres casi vacías y el Duero moviéndose negro bajo los focos del puente. Le solté todo sin edulcorar. Cómo me había follado la garganta contra el espejo del baño, cómo me había doblado sobre el lavabo de piedra y me había dicho al oído que iba a llenarme entera, cómo había sentido cada chorro caliente resbalando por los muslos y caminado toda la mañana siguiente como si alguien me hubiera partido en dos por dentro. Carla me escuchaba mordiéndose el labio, sin beber, con las mejillas rojas. Cuando terminé, tardó en hablar.

—Joder… —dijo al final, con esa voz suya tan baja—. Yo nunca he sentido algo así. Me da envidia de verdad.

La miré fijo.

—Vente esta noche. Hay una rave en un almacén al lado de Campanhã. Techno duro, gente rara, hasta que salga el sol. Si aparece Rodrigo te lo presento. Y si no, pues vemos qué pasa.

Se quedó un rato largo mirando el agua. Luego asintió sin mirarme.

—Vale. Pero no me sueltes mucho rato, ¿eh?

***

Nos arreglamos en el piso con música flojita de fondo. Yo fui directa, como siempre: body negro de encaje transparente que dejaba todo a la vista, minifalda vaquera deshilachada que apenas me tapaba, botas altas hasta la rodilla y un eyeliner que me pinté corrido a propósito. Carla pasó media hora delante del armario. Al final se decidió por un vestido negro ajustado hasta medio muslo, cuello alto y manga larga, pero con la espalda descubierta casi hasta la cintura. Tacones discretos, melena suelta, un brillo transparente en los labios. Parecía una chica educada que iba a una cena familiar, salvo por esa espalda morena expuesta como una invitación escondida.

Llegamos al almacén a las tres menos diez. La cola era corta pero intensa: máscaras de látex, chaquetas de vinilo, piercings donde no imaginabas que pudiera haber. Olía a hachís, a sudor y a cemento mojado. Entramos y el bajo nos aplastó contra el pecho; eran kicks industriales tan graves que sentías cómo te sacudían las vísceras. Me metí a la pista sin soltarle la mano a Carla. Yo bailaba con los brazos arriba, sin pudor, moviendo las caderas como si la música me empujara. Ella al principio se quedó medio paso atrás, solo las caderas, mirándolo todo con esos ojos enormes. Poco a poco se fue soltando. Terminamos pegadas una contra la otra, riéndonos bajito entre los cuerpos.

No tardó en aparecer Tiago. Portugués, pelo largo recogido en un moño, tatuajes subiéndole por el cuello, unos veintiséis años. Empezó a bailar cerca sin tocarme, rozándome apenas con el codo o la cadera, como quien prueba si el agua quema. Le seguí el juego. Carla se apartó un poco pero no se fue; se quedó al borde, mordiéndose el labio como había hecho antes en el balcón.

Tiago me cogió por la cintura con una mano que no temblaba.

—Olá, miúda. Danças bem.

—Tú también —le contesté pegándome más—. ¿Quieres algo más que bailar?

Sonrió mirándome los labios.

—Quero tudo.

Me giré hacia Carla y le hablé al oído por encima del bajo.

—Me voy un rato con él. Quédate cerca. Si me necesitas, me buscas.

Ella asintió con los ojos brillando, nerviosa y excitada a la vez. Tiago me llevó detrás de unas cortinas de plástico gruesas, a una zona con sofás rotos, focos rojos y olor a humedad. Me sentó y se arrodilló entre mis piernas como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Me levantó la falda, me bajó las bragas despacio, con paciencia, y las dejó a un lado del sofá.

—Estás ensopada… —murmuró metiéndome un dedo hasta el nudillo—. Caralho…

Me comió con hambre. Lengua plana trabajando el clítoris en círculos, dos dedos dentro curvados hacia arriba, la otra mano apretándome el muslo para mantenerme abierta. Me corrí rápido, tapándome la boca con el antebrazo, apretándole la cabeza contra mí. Antes de que volviera a respirar ya estaba de pie bajándose los pantalones. Tenía la polla gruesa, recta, con la cabeza brillante asomando del prepucio. Me la metió en la boca con el pulgar en mi mejilla, mirándome desde arriba, y empezó a empujar profundo.

—Engole… assim mesmo… boa menina.

Me puso a cuatro patas en el sofá. Me abrió con una mano y entró de una embestida seca. Dolió justo lo que tenía que doler. Me folló agarrándome por las caderas, sin conversación, con ese ritmo mecánico y profundo de alguien que sabe que no va a volver a verte.

—Gostas? Diz-me que gostas.

—Sí… —jadeé contra el brazo del sofá—. Fóllame más.

Se corrió dentro con un gruñido corto. Salí de detrás de las cortinas con las piernas todavía flojas y el semen caliente bajándome por la cara interna de los muslos. Carla me esperaba apoyada en la barra con una cerveza en la mano y cara de no saber dónde meterse.

—¿Bien? —preguntó bajito.

—Rápido y lleno —contesté riéndome—. ¿Y tú qué?

—He estado mirando por el hueco —admitió, roja hasta las orejas—. Me ha puesto mala verte así.

***

A las seis menos veinte, cuando la fiesta ya olía a amanecer pero el bajo seguía latiendo igual de fuerte, lo vi en mitad de la pista. Rodrigo. Bailando con esa soltura de animal entrenado, camiseta negra sin mangas, brazos tatuados con el sudor marcándole los músculos, piel chocolate brillando bajo las estroboscópicas. Nuestras miradas se cruzaron sin buscarse. Sonrió de medio lado, esa sonrisa que me hacía olvidarme del idioma en el que pensaba.

Se acercó sin prisa, como si tuviera toda la noche.

—Olá, miúda. Voltaste.

—No podía quedarme lejos —le dije—. Y traje a alguien.

Se giró hacia Carla. La miró de arriba abajo, sin disimulo, apreciando cada centímetro de esa espalda descubierta.

—E tu és…?

—Carla —dijo ella casi sin voz, sin apartar los ojos—. La compi de piso.

Rodrigo sonrió más abierto.

—Muito prazer, Carla. Gostas de dançar?

Ella tragó.

—Un poco… sí.

Le cogió la mano con suavidad y luego me cogió la mía por el otro lado.

—Vem comigo. As duas.

Nos llevó a un rincón oscuro entre dos columnas de hormigón. La pared estaba fría y húmeda, el humo flotaba pegado al techo. El bajo seguía retumbándonos debajo de los pies.

Primero me besó a mí, profundo, con la lengua entrando igual que recordaba. Luego se giró hacia Carla y le levantó la barbilla con dos dedos, despacio, dándole tiempo para retirarse si quería.

—Posso? —preguntó bajito.

Ella asintió con la cabeza, temblando un poco. La besó lento al principio, casi con cuidado. Carla gimió contra su boca sin darse cuenta.

Rodrigo me miró por encima del hombro.

—Tira o vestido, loira. Quero ver-te toda.

Carla obedeció con los dedos torpes. Se quitó el vestido por la cabeza y se quedó en tanga negro y sujetador a juego. Piel morena impecable, pezones marcándose debajo de la tela, cuerpo delgado temblando de frío o de adrenalina o de las dos cosas a la vez.

Rodrigo se bajó la cremallera. Sacó esa polla que yo llevaba cinco semanas recordando con un detalle casi indecente: larga, gruesa, curvada hacia arriba, venosa, con la cabeza oscura e hinchada y una gota transparente asomando.

Carla abrió mucho los ojos.

—Dios… —susurró—. ¿Eso entra?

—Vai entrar —le contestó Rodrigo riéndose bajito—. Vem.

Me arrodillé yo primero. La lamí despacio de la base a la punta, recogiendo el precum con la lengua y mirándolo a los ojos como él sabía que me gustaba. Carla se arrodilló a mi lado con miedo. Al principio solo miraba, pero cuando me acerqué y le pasé la lengua por el labio inferior, ella se soltó. Lamimos juntas, turnándonos, besándonos alrededor de él con la punta de su polla en el medio. Rodrigo nos agarró a las dos por la nuca, sin apretar, solo marcando el ritmo.

—Foda-se… as duas… assim mesmo…

Luego me puso a mí contra la pared, me levantó una pierna hasta la cintura y entró despacio, sin pausa, hasta el fondo. Gemí alto, ya sin cuidar el volumen.

—Otra vez… joder, me abres entera…

—Aguentas tudo —me murmuró al oído empezando a moverse profundo—. Sempre aguentaste.

Carla se acercó por detrás de él. Me besó el cuello, me pellizcó los pezones por encima del encaje, me susurró cosas que no entendí. Luego se puso de rodillas y pasó la lengua justo donde nos uníamos, lamiendo mi clítoris y las bolas de él al mismo tiempo. Nunca había sentido algo parecido.

—Sabe a los dos… —dijo con la voz ronca.

Rodrigo me folló más rápido. Me corrí temblando contra la pared, apretándolo con todo, y noté el chorro tibio bajándome por el muslo hasta la boca de Carla.

Después le tocó a ella. La puso a cuatro patas contra la columna, le bajó el tanga hasta las corvas. Se frotó primero por fuera, cubriéndose de mis jugos y los suyos. Empujó centímetro a centímetro, con una mano acariciándole la espalda.

Carla jadeó.

—Es mucho… es demasiado… despacio…

—Respira, miúda. Vais gostar, confia —le dijo él, parando un segundo.

Cuando por fin estuvo entero dentro, Carla soltó un gemido largo que no parecía suyo.

—Joder… me llena entera…

Yo me puse delante de ella. Le metí la lengua en la boca mientras Rodrigo empezaba a moverse. Luego me senté en el suelo, me abrí de piernas y apoyé la cabeza en el hormigón. Carla me comió el coño con hambre, torpe al principio, perfecta después, mientras él la embestía sin prisa por detrás.

—Diz que és minha —gruñó Rodrigo—. As duas.

—Sou tua —jadeó Carla antes de que yo pudiera contestar—. Fode-me mais.

Se corrió apretándolo, con los gemidos ahogados contra mi sexo, y él terminó dentro de ella con un gruñido que sonó a rendición. Salió despacio, pasó una mano por su espalda y volvió hacia mí.

Me levantó del suelo, me subió las piernas alrededor de su cintura y me folló contra la pared mientras Carla, sentada en el suelo, lamía todo lo que encontraba a su paso. Me corrí gritando sin poder tapármela, y él se vació otra vez dentro, con chorros calientes rebosando.

***

Salimos al amanecer los tres pegados, oliendo a sexo, a sudor y a humo metido en la ropa. Caminamos por el muelle del Duero sin decir mucho. Carla me cogió la mano y apoyó la cabeza un momento en mi hombro.

—Gracias… por traerme —me dijo bajito.

Rodrigo nos miró a las dos encendiendo un cigarrillo con los dedos todavía temblándole un poco.

—Próxima vez… em minha casa. Cama grande. Sem pressa.

Yo sonreí. Me dolía medio cuerpo y estaba llena hasta el cuello, pero sonreí.

—Hecho.

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Comentarios (7)

NocheSolitaria22

Buenisimo!!! quede pegado desde el primer parrafo, no podia parar de leer

DiegoSR92

Tiene que haber segunda parte, no puede quedarse ahi. Quiero saber como reacciono ella cuando le toco vivirlo de verdad

Romina_84

Me encanto la dinamica. Esa tension de contarle algo tan intimo a tu pareja y ver como lo procesa... muy real, muy bien narrado

GabrielBsAs

jajaja la del balcon con la cerveza mirando con envidia... todo un personaje, me la imagino perfectamente

leticia_mb

Que buena narracion, se nota que es algo que realmente viviste. Esos detalles no se inventan. Felicitaciones!

confesando_todo

Me recordo mucho a cuando yo le conte algo parecido a mi ex. Esa mezcla de envidia y curiosidad en la mirada... la reconoci enseguida

MarisolR22

Segui escribiendo, tienes un estilo que engancha. Se hizo corto :)

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