Confesión: la dueña callada que me tuvo años loco
Hay mujeres que te entran por los ojos desde el primer momento. Y luego está Marina.
Marina es de ese tipo de personas que pasan desapercibidas en una habitación llena de gente. Mide alrededor de un metro sesenta y cinco, tiene el pelo negro y ligeramente ondulado que suele llevar recogido a medias, y siempre usa esas gafas de montura oscura que le dan un aire de mujer que prefiere los libros a las conversaciones. Se viste con vaqueros, blusas anchas y zapatillas. Nunca hace bromas. Habla lo justo. No busca que la miren.
Y eso, precisamente eso, fue lo que me enganchó.
Porque no era capaz de leerla. Cuanto más la miraba, menos la entendía. Y esa sensación de no poder descifrarla fue la que me tuvo años pendiente de ella, incapaz de apartar la vista pero sin saber qué hacer con lo que veía.
***
Nos conocemos desde que tengo uso de razón. Mis padres eran clientes habituales de la cafetería de su familia, un local pequeño en el barrio de toda la vida, de esos sitios donde el café siempre está en su punto y el dueño sabe cómo te lo tomas antes de que abras la boca. Durante años, Marina fue simplemente la hija que se asomaba por detrás de la barra cuando no tenía clase, y yo era uno más de los chicos del barrio.
No fue hasta los veinticinco o veintiséis años que algo cambió.
Estaba sentado en uno de los taburetes de la barra, mirando el teléfono sin prestar atención, cuando levanté la vista y la pillé a ella mirándome. No fue un vistazo cualquiera. Fue esa clase de mirada que se sostiene medio segundo más de lo que debería y luego desvías rápido, como si no hubiera pasado nada. Yo lo había hecho suficientes veces como para reconocerla cuando la veía en otra persona.
Ese día volví a casa pensando en esa mirada y en nada más.
***
Pasaron meses, y luego años. El local era suyo ahora, lo llevaba junto a su hermano y su madre, pero quien ponía las horas era ella. Abría la cafetería por las mañanas y la cerraba por las noches, y yo fui encontrando excusas para aparecer cada vez con más frecuencia. No siempre hablábamos. A veces bastaba con sentarse en la barra, pedir un café y dejar que el tiempo pasara mientras los dos fingíamos estar ocupados en otra cosa.
Pero nos buscábamos. Eso era innegable.
Ella sabía que yo la buscaba a ella cuando entraba. Yo sabía que ella me buscaba a mí entre la gente. Lo que no sabíamos ninguno de los dos era qué hacer con eso, o quizás sí lo sabíamos pero preferíamos seguir en ese espacio intermedio donde todo era posible y nada tenía consecuencias.
Mis fetiches se fueron afilando con el tiempo, y Marina, sin saberlo, los alimentaba todos. Las gafas eran lo primero que veía cuando entraba por la puerta. Pero luego estaban sus pies. Nunca le di mucha importancia hasta que un día de julio llegué al local y la vi detrás de la barra con unas sandalias de tira fina negras, los dedos pintados de rojo oscuro, y algo en mí no supo a dónde mirar primero.
Ese verano empecé a darme cuenta de que se estaba soltando. Vestía más ceñida, se movía de forma diferente detrás de la barra, y cada vez que me miraba tardaba un poco más en desviar la vista.
Había algo en la manera en que se inclinaba sobre la barra para limpiarla, con el brazo extendido y la espalda levemente arqueada, que empezó a ocupar más espacio en mi cabeza del que habría querido admitir. Me preguntaba, mientras conducía hacia casa o mientras intentaba dormir, qué clase de mujer sería en privado. Si en algún lugar dentro de ese exterior tan contenido había algo radicalmente diferente esperando salir.
***
Fue un agosto caluroso. Entré a la cafetería un miércoles por la tarde, hora floja, poca gente, y me encontré a Marina de pie detrás de la barra con una camisa sin mangas de cuadros, vaqueros acampanados que le marcaban perfectamente la parte alta de las caderas, y esas sandalias negras de tira fina que ya conocía bien. El pelo recogido en un moño descuidado. Las gafas. La misma expresión de siempre, como si el mundo pudiera acabarse y ella seguiría rellenando la cafetera sin inmutarse.
No pude disimular.
La erección llegó antes que el café y tuve que quedarme quieto en el taburete más de lo habitual.
—¿Qué te pongo? —me preguntó con esa voz suya, tranquila, sin prisa, mirándome por encima de las gafas con esos ojos marrones que parecían no haber roto un plato en su vida.
—Un chupito de licor de café —dije, porque necesitaba algo más que un café.
Me lo preparó despacio, como hacía todo. Cuando lo deslizó por la barra hacia mí, nuestras manos estuvieron a punto de tocarse y ella retiró la suya en el último momento, aunque no del todo. Me quedé mirando el chupito sin cogerlo durante un segundo. Luego lo cogí. Y cuando el vaso estaba todavía entre los dos, extendí el dedo índice y le rocé la muñeca, apenas un instante, sin prisa.
Marina no se movió.
Cuando levanté la vista, se estaba mordiendo el labio inferior. Y antes de que pudiera decir nada, se le escapó un sonido pequeño, casi imperceptible, que cortó de golpe con un «gracias» dicho demasiado deprisa. Se dio la vuelta hacia la cafetera como si hubiera recordado algo urgente.
Salí a la calle a fumar y tardé diez minutos en volver a respirar con normalidad.
Si no hago algo pronto, voy a seguir así otros cinco años.
***
Elegí un martes por la mañana, hora muerta, cuando sabía que el local estaría vacío. Había pensado en qué decir durante semanas y había concluido que no tenía ningún sentido preparar un discurso. Empujé la puerta y la encontré sentada en la barra con el teléfono, aprovechando el silencio. No había nadie más.
—¿Qué te pongo? —dijo, poniéndose de pie.
—Un café con hielo.
Me lo preparó sin prisa. Cuando lo dejó delante de mí, ninguno de los dos dijo nada durante un rato. Yo miraba el café. Ella miraba la barra. Afuera pasó un autobús.
—Marina —dije al final.
Levantó la vista.
—Me atraes. Llevamos años mirándonos y no quiero seguir sin decírtelo. No entiendo exactamente qué tienes, pero lo que sea me pone mucho.
Lo solté así, sin adornos, porque si lo pensaba más no lo decía.
Esperé que se molestara, que se incomodara, que me dijera que era un cliente y ya está. Estaba preparado para que la conversación terminara ahí.
Pero Marina me miró con esa expresión suya imposible de leer, y dijo:
—Ya era hora de que lo dijeras.
Solo eso. Y de repente entendí que todas mis sospechas habían sido acertadas desde el principio.
***
Hubo un momento de silencio en el que los dos procesamos lo que acababa de pasar. Luego Marina se acercó un paso hacia mí, apoyando los codos en la barra, y me miró de cerca por primera vez en años.
—Lo que me gusta de ti —dijo— es que nunca diste el primer paso. Eso me dice cosas.
—¿Qué tipo de cosas?
—Que eres de los que se pueden trabajar.
No esperaba eso. No esperaba nada de lo que vino a continuación.
Me explicó, con esa calma suya que resultaba casi más excitante que cualquier otra cosa, que en la cama le gustaba llevar el control. Que tenía sus métodos, sus tiempos y su manera de hacer las cosas. Que el hombre que estuviera con ella aceptaba ese reparto de roles o buscaba otra persona. Lo dijo sin orgullo y sin disculpa, como si me estuviera explicando el menú del día.
—Nunca he estado con nadie que me haya dominado del todo —le dije cuando terminó—. Las que lo han intentado no han podido.
—Eso cambia esta semana —respondió ella sin alzar la voz, como si lo diera por hecho.
—Tendremos que comprobarlo.
Sonrió. Fue la primera vez en años que la vi sonreír de verdad, sin el gesto contenido de siempre. Fue una sonrisa pequeña, casi peligrosa, de alguien que ya sabe cómo termina la historia antes de que empiece.
—A mí me gustan los que me retan —dijo—. No duran mucho, pero el camino es entretenido.
—Puede que yo dure más de lo que esperas.
—Eso me gustaría verlo.
Nuestras bocas estaban tan cerca que sentía el calor de su aliento. Ninguno de los dos se movió. Fue ella quien se apartó primero, con esa sonrisa de quien guarda la última carta.
***
Cogió el teléfono y en menos de diez minutos había encontrado una casa rural apartada, sin vecinos cerca, con jardín y sin señal de televisión. La reservó para el fin de semana siguiente sin preguntar si me venía bien. Lo daba por hecho.
Me gustó eso.
Intercambiamos los números de teléfono, que a esas alturas ya era casi un trámite. Justo en ese momento entró un cliente, y yo me levanté del taburete sin terminar el café con hielo.
—El sábado —dijo Marina mientras se daba la vuelta para atender.
—El sábado —confirmé.
Empujé la puerta de la cafetería y salí a la calle con el sol de agosto dándome en la cara. Llevaba cinco minutos caminando cuando vibró el teléfono en el bolsillo.
Era una foto. Una mano de mujer, dedos sin pintar, sujetando un trozo de tela azul que reconocí como ropa interior. La tela estaba húmeda en el centro.
No me hizo falta preguntar qué significaba.
Le respondí dos minutos después con otra foto, y no volvimos a mandarnos mensajes en toda la semana. No hacía falta.
***
Hasta el sábado no pude pensar en otra cosa.
Me pasé los días imaginando versiones de lo que podía pasar en esa casa, cada una más detallada que la anterior. Me preguntaba qué juguetes tendría. Cómo sería su voz cuando dejara de controlarse. Si esa calma suya de siempre era una máscara que se quitaba en determinados momentos o si era exactamente igual dentro y fuera de la barra.
Tenía una teoría sobre Marina desde hacía tiempo.
La había observado mucho en todos esos años. Había notado cosas pequeñas que la gente normal no veía porque no la miraba con la atención con la que yo la miraba. Por ejemplo, sus vaqueros. A simple vista eran vaqueros normales, sin nada especial. Pero eran de ese tejido elástico que se moldea al cuerpo, y cuando se movía o se giraba para coger algo de la estantería trasera, la tela marcaba cada curva con precisión. Pues bien: nunca, ni una sola vez en años, le vi marcar la ropa interior por debajo.
Eso me había tenido meses dando vueltas a la misma pregunta.
¿Tanga de hilo? ¿Un triángulo pequeño? ¿Unos bóxers? ¿O nada?
La foto me daba parte de la respuesta. La tela azul. La humedad. La mano tranquila sosteniéndola sin prisa, como si mandar esa imagen fuera la cosa más natural del mundo. Y el sábado me daría el resto.
***
Lo que sé de Marina después de todos esos años mirándola es que nunca hace nada a medias. Que su silencio no es timidez sino criterio. Que la mujer que parece más fácil de pasar por alto en cualquier habitación es exactamente la que más cosas tiene que decir cuando por fin decide hablar.
Y yo tenía todo un fin de semana para descubrirlo.