La noche que Camila apareció con una piruleta roja
Esa noche me lo tomé en serio. Me afeité con cuidado las pelotas frente al espejo del baño, me metí en la ducha con agua casi hirviendo y me enjaboné dos veces con un gel que olía a sándalo. Cuando salí, me miré en el espejo empañado y supe que estaba listo. Sabía exactamente lo que quería, y sabía quién podía dármelo.
Camila.
Le escribí a las nueve y media. Ella contestó con un emoji, tres puntos y un «voy». Esa era Camila entera en tres palabras: sin preguntas, sin rodeos, directa al punto. Cuando quería algo, iba. Cuando no, te dejaba en visto durante semanas sin dar explicaciones. Yo llevaba tres semanas en visto, y esa misma mañana había aparecido un mensaje suyo en mi teléfono: «¿Sigues existiendo?». Respondí con una fotografía de mi mano. Ella mandó un emoji de llama. No hizo falta nada más.
Llegó cuarenta minutos después con una mochila de tela colgando del hombro y un suéter enorme que le tapaba las manos. Me dio un beso rápido en la comisura, como si me hubiera visto ayer, y se metió directa en el baño sin saludar siquiera. La oí moverse dentro, abrir cremalleras, reírse sola de algo. Camila se reía sola a menudo. Fue una de las primeras cosas que me llamó la atención de ella, en aquella fiesta de cumpleaños que no era de ninguno de los dos.
Cuando la puerta del baño se abrió, yo estaba sentado en el borde de la cama intentando parecer tranquilo. Fallé.
Camila había salido con una camisa blanca de hombre, probablemente mía, aunque no recuerdo habérsela prestado. Los faldones le caían hasta la mitad de los muslos. El único botón abrochado quedaba justo entre sus pechos, dejando asomar dos pezones pequeños y erectos que empujaban la tela desde adentro. De los faldones para abajo no había nada, solo piernas delgadas y, apenas visible cuando caminaba, una mata de vello púbico castaño recortado en una línea estrecha como una pincelada.
Acababa de cumplir veintitrés años. Era menuda, un metro sesenta como mucho, con el cuerpo de una bailarina que hubiera dejado de entrenar pero no del todo. Tenía el pelo castaño con unas mechas rubias descuidadas y una cara de esas que no sabes si vienen a pedirte la hora o a destrozarte la vida. Los ojos un poco demasiado grandes para el resto. Y la sonrisa. Siempre la sonrisa.
En esta ocasión llevaba una piruleta de fresa en la boca. No sé de dónde la había sacado ni por qué, pero la chupaba con una dedicación obscena, moviendo la lengua alrededor del palo y sacándola un segundo para mirarme con los labios rojos y brillantes. Me imaginé todo lo que pudo haber hecho con esa piruleta antes de entrar al cuarto, y se me puso dura sin tocarme.
—¿Vas a quedarte ahí mirando? —dijo ella, y la piruleta le hizo un ruido ligero contra los dientes.
No le contesté. Me levanté, crucé los dos metros que nos separaban y le agarré la nuca con una mano. Camila era así: para que ella se dejara llevar, tenías que empezar tú. En cuanto notaba que el otro dudaba, se iba. Lo había visto hacerlo con otros.
—Quítate eso —le dije.
Se sacó la piruleta de la boca y la dejó sobre la mesilla con un cuidado casi ceremonial. Después, con la misma calma, empezó a desabrocharse el botón de la camisa. Lo hizo despacio, mirándome, hasta que la prenda se le deslizó por los hombros y cayó al suelo formando un charco blanco alrededor de sus tobillos. Ahí estaba, completamente desnuda, con esa línea vertical de vello púbico y dos pechos pequeños que apuntaban hacia arriba como si tuvieran vida propia.
Tenía la costumbre de hacer dibujos con los pelos de abajo. La primera vez que me la enseñó, se había depilado en forma de estrella de cinco puntas. Otra vez, por un cumpleaños, la dejó en forma de carita sonriente, dos ojos y todo. Yo no supe si reírme o preocuparme. Camila se había reído por los dos.
La empujé con suavidad por los hombros hasta que se arrodilló delante de mí. Ella ya me estaba bajando los pantalones del pijama antes incluso de aterrizar del todo. Me sacó la polla con una mano y se quedó un segundo mirándola, como quien evalúa el peso de un arma. Después sonrió. Siempre sonreía en ese momento exacto, ni antes ni después. Era como un interruptor.
—A ver qué hacemos hoy —murmuró.
Lo que hizo fue tomarla por la base y empezar a frotármela por toda la cara. Se la pasó por las mejillas, por la barbilla, por los labios cerrados. Le froté los testículos contra la nariz pequeña y ella inhaló hondo, como si quisiera quedarse con el olor. Camila tenía esa obsesión. Si la dejabas, se pasaba media hora olfateándome antes de chuparme. Le gustaba saber a qué olía cada centímetro. Decía que el olor era más honesto que el sabor, y yo nunca supe qué responder a eso.
Le paseé la polla por la frente y por el nacimiento del pelo, y después volví a bajarla hasta sus labios. Se los separé con la punta. Camila abrió la boca despacio y sacó la lengua, plana y rosa, para recibirme. Empujé hasta el fondo de una sola vez. Ella cerró los ojos un segundo, pero no apartó la cara. Nunca apartaba la cara. Ese era su orgullo.
—Me ahogas —dijo cuando saqué, y se rió como si fuera el mejor chiste del mundo.
Volví a meterla. Y otra vez. Y otra. Entraba y salía de esa boca pequeña con un sonido líquido y sucio que me iba a perseguir durante días. Camila hacía todo lo que podía con una garganta que claramente no había sido diseñada para lo que intentaba. Se le escapaban las arcadas, pero se reía entre arcada y arcada. Los ojos se le empezaron a aguar. La saliva le colgaba de la barbilla en hilos largos que caían sobre sus pechos y se le quedaban pegados a los pezones.
—Quiero ver esa sonrisa —le dije, y le tomé el mentón para que levantara la cara.
La levantó. Tenía los ojos rojos y las mejillas manchadas, y aun así, cuando se dio cuenta de que la estaba mirando, sonrió. Una sonrisa completa, con todos los dientes. Estaba disfrutando. Estaba disfrutando tanto que casi me corrí ahí mismo.
Cálmate. No se acaba así.
—Ponte a cuatro patas —le pedí, y tuve que respirar hondo para no soltarme de inmediato.
Camila obedeció con una eficiencia de gimnasta. Se dio la vuelta, se apoyó en los codos y levantó el culo en el aire con la espalda arqueada. Desde atrás era otra cosa. Desde atrás, Camila era una sorpresa. Sus nalgas no eran grandes, pero tenían esa redondez compacta que te dan ganas de morder. Entre ellas asomaba un ano perfectamente recortado, limpio, sin un solo pelo. Más abajo, el coño estaba abierto y reluciente. Había una gota resbalándole por el interior del muslo.
No se la metí. No era lo que venía a hacer esa noche. Lo que hice fue arrodillarme yo también y colocarme de espaldas a ella, con las rodillas ligeramente separadas, ofreciéndole mi propio culo. Lo había hecho antes con ella. Camila tenía una lengua obscenamente virtuosa, y lo que podía hacer en un ano era algo para lo que no tengo palabras educadas.
Se puso manos a la obra enseguida. La sentí separarme las nalgas con las dos manos y después, sin ceremonia ninguna, me lamió de arriba abajo. Lo repitió dos o tres veces, cada vez más despacio. Después se concentró en el centro y empezó a dar vueltas con la punta de la lengua, como si escribiera algo. A ratos se detenía, soplaba, volvía. Yo me agarré a la cama con las dos manos y cerré los ojos.
Escuché que se reía sola, y la sonrisa se le filtraba incluso en lo que estaba haciendo. Camila disfrutaba con un sentido del humor que yo no he vuelto a encontrar en nadie. Era capaz de hacer la guarrada más explícita y, al mismo tiempo, mirarte con una cara de niña traviesa que te desarmaba entero. Esa combinación imposible de vulgaridad y dulzura era la razón por la que yo seguía llamándola después de tres años de intentar dejar de hacerlo.
***
Cuando no pude más, me di la vuelta. Ella tenía la barbilla brillante y una sonrisa enorme. La empujé de espaldas sobre la cama y volví a llevarle la polla a la boca. Empujé dos, tres, cuatro veces. A la quinta se me escapó un gemido bajo que pareció un gruñido, y me corrí dentro de su boca a chorros largos, abundantes. Ella no se movió. No apartó la cara. No tragó.
La miré. Ella me miró.
Entonces Camila abrió la boca y me enseñó lo que tenía dentro. Era una piscina pequeña y obscena, una mezcla de saliva espesa y semen blanco que le llenaba la lengua. Separó los dientes con una lentitud casi teatral para que yo lo viera todo bien. Asintió con los ojos. Estaba orgullosa. Siempre que hacía algo así, se le notaba el orgullo en las cejas.
Y entonces, porque era Camila, no se lo tragó.
Cerró la boca un segundo, hizo como si fuera a hacerlo y de repente se escupió todo en la mano derecha. La miró como si fuera algo precioso. Después, de un movimiento, se embadurnó la mejilla izquierda con mi corrida mezclada con su saliva y se la restregó entera por la cara, hasta las cejas, hasta la frente. Se rió a carcajadas. Los pezones se le movían al reír. Una gota resbaló por su barbilla y fue a parar, con una precisión absurda, dentro de su ombligo.
Así era ella. Una vez, en un trío en el que me la estaba mamando a mí, giró la cabeza y le escupió el semen en la cara a la otra chica. A la otra chica no le gustó. Camila se partió de risa durante diez minutos. Estaba un poco loca mi querida Camila, pero nunca perdía la sonrisa mientras hacía toda clase de cosas sucias, y eso la hacía terriblemente sexi.
—Estás fatal —le dije, intentando no reírme yo también.
—Ya lo sabías —contestó, y me tiró de la mano para que me tumbara a su lado.
Me acosté. Ella se acurrucó contra mi costado sin limpiarse la cara, con mi corrida todavía brillando sobre los pómulos a la luz de la lámpara. Me abrazó la cintura con un brazo y apoyó la cabeza en mi pecho. En un minuto estaba dormida, o fingía estarlo. Con Camila, nunca se sabía.
La dejé dormir. Miré el techo durante un rato largo, pensando en todas las razones por las que esto no era una buena idea y en ninguna razón para dejar de hacerlo. Miré hacia abajo. Ella tenía una sonrisa pequeña, quieta, ajena a mí. Una sonrisa que seguía ahí incluso cuando no hacía falta.
Esa era Camila. Siempre sonriente. Siempre así.