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Relatos Ardientes

La despedida de soltera que nunca debí contar

Hacía casi un año que no tenía noticias de Antonella cuando me llegó el mensaje. Había sido mi jefa directa durante tres años en una agencia de publicidad y siempre nos llevamos bien, pero al irme de la empresa la relación se fue diluyendo sin drama. Ver su nombre en una invitación de boda me sorprendió tanto como el hecho de que me incluyera entre las pocas personas que esperaba ver ese día.

Confirmé por educación, sin pensarlo demasiado. Estaba pasando por la peor racha emocional que recuerdo: acababa de cortar con Lucas después de cuatro años y, encima, Julieta, una de mis mejores amigas, había decidido que ya no éramos nada sin darme una explicación clara. Salir con gente desconocida a celebrar una boda sonaba a tortura. O a terapia. Dependía del día.

Un mes antes de la boda me llegó otra invitación con mi nombre. Esta vez era para la despedida de soltera. Desde ese mensaje, Antonella y yo empezamos a hablar de nuevo: audios largos mientras volvía del gimnasio, fotos de vestidos, chismes del trabajo viejo. Me caía bien. Siempre me cayó bien. Y necesitaba tanto distraer la cabeza que le dije que sí a todo sin filtrar.

***

Una semana antes de la boda se alquiló un bar entero en el centro para nosotras. Solo mujeres, puertas cerradas, lista cerrada. Yo no conocía a nadie salvo a la novia, pero no me sentí incómoda en ningún momento. Sus amigas eran cálidas, ruidosas y tenían el radar puesto en la recién llegada. Me pusieron una copa en la mano antes de darme tiempo a quitarme el abrigo.

A las ocho de la noche ya se notaba que la cosa iba para un lado específico. La decoración era una colección de penes de plástico, pajitas con forma obscena y globos rosas con cuerpos de mujer dibujados. Yo pensaba que iba a ser una despedida más o menos tradicional, con corona de flores y cuestionarios de «cuánto conoces al novio». Me equivoqué rápido.

—Venga, nueva —me dijo Florencia, una morena altísima que parecía llevar la batuta de la noche—. Este juego se llama «adivina el juguete». Ojos vendados y la mano al frasco.

No me dio tiempo a contestar. Me vendaron, me guiaron hasta una caja de cartón y metí la mano en algo de silicona que se parecía demasiado a lo que mi imaginación estaba adivinando. Cuando me sacaron la venda, me costó unos segundos entender la carcajada general. Sostenía un dildo negro, grueso, con vetas.

—Hay otras treinta rondas, tranquila —me guiñó Antonella.

A medida que avanzaban las rondas, nos fuimos soltando. Al principio me daba vergüenza participar, pero el alcohol y la risa hacen lo suyo. Cerca de las once, una chica morocha de rulos no solo adivinó el juguete: lo sacó de la caja, se quitó la falda y, con las amigas aplaudiendo, empezó a masturbarse en el sillón como si estuviera sola en su casa.

Miré alrededor. Nadie parecía escandalizarse. Dos chicas se estaban besando en una esquina, con los vestidos ya medio abiertos. Otra contaba un chiste en topless como si nada. Sentí el calor subirme por el cuello. No era rechazo: era lo contrario. Hacía meses que nadie me tocaba, y ese ambiente sucio, consentido, sin pedir permiso, me prendió de una forma que no esperaba.

Para cuando Florencia tomó el micrófono y anunció «la sorpresa de la noche», yo ya estaba mojada.

***

Salieron tres hombres. Solo llevaban bóxers ajustados que no escondían nada: las tres erecciones se marcaban como si formaran parte del espectáculo. Los tres eran atractivos, trabajados, con esa piel brillante que usan los strippers para rebotar la luz. Pero yo vi solo a uno.

Era alto, de piel oscurísima, brazos enormes y una espalda tan ancha que cuando giró para saludarnos me dio un vuelco al estómago. Cabeza rapada, barba corta, una sonrisa cansada de quien hace este trabajo todas las semanas y ya no pide permiso para mirarte a los ojos. Lo elegí sin elegir. Mi cuerpo decidió por mí.

La dinámica escaló rápido. De los bailes con distancia de seguridad se pasó a los toqueteos y, de ahí, a besos con chicas al azar. Yo esperé. Vi cómo una rubia con tatuajes lo agarraba del cuello y le metía la lengua. Vi cómo él le seguía el juego con profesionalidad. Y cuando ella terminó, me levanté sin pensar.

Me acerqué y, sin pedir turno, le tomé la cara con las dos manos y lo besé. No fue un beso de show. Fue un beso mío. Sentí que sonreía contra mis labios.

—Me encanta lo que tenés entre las piernas —le dije al oído, mientras acariciaba la silueta del bóxer.

Me miró. Se mordió el labio. Asintió una sola vez, muy despacio.

***

Cuando les bajaron los bóxers del todo —porque para eso estaban, al final de cuentas— casi me reí de mi propia ansiedad. El suyo, porque ya lo había decidido así, tenía el pene más bonito que vi en mi vida. Alto, grueso, con la cabeza perfecta, sin una vena de más. Dieciocho, diecinueve centímetros quizá. Pensé en lo ridículo que sonaría contárselo a mi hermana al día siguiente.

Las chicas empezaron a chuparles por turnos. Una se adelantó antes que yo y sentí unos celos absurdos, propios de una borracha enamorada en tres minutos. Me acerqué igual. Mientras ella lo mamaba, yo le acariciaba el pecho, los abdominales, el costado. Lo miraba a los ojos como diciéndole «acordate de mí, por favor, acordate». Él me sostenía la mirada.

Llegó mi turno. No lo desaproveché. Me arrodillé, lo tomé con las dos manos y empecé a chuparlo como si llevara meses hambrienta, que en cierto modo era cierto. Intenté tragarlo entero y no pude del todo: era demasiado. Bajé a los testículos, los chupé, volví arriba, lo masturbé mientras lo miraba a los ojos con la boca abierta. Todo el bar estaba gritando. Yo no oía nada.

Cuando levanté la cara, lo miré fijo y le dije:

—Quedate conmigo. Esta noche. Por favor.

Frunció el ceño. Por un segundo pensé que no me había escuchado o que iba a rechazarme por profesionalismo o por simpatía hacia las otras clientas. Me miró con una expresión rara, de pregunta.

—¿Cómo? —dijo.

No tuve paciencia para repetirlo. Me quité el vestido de un solo movimiento. Debajo solo tenía unos tacos rojos y un tanga que terminé dejando en algún sillón. Me senté en el borde del sofá, abrí las piernas y, sin dejar de mirarlo, empecé a acariciarme el clítoris.

—Metémelo. Por favor.

***

Lo que pasó después no lo recuerdo como una secuencia ordenada. Lo recuerdo por sensaciones sueltas. El peso de su cuerpo cuando se apoyó sobre mí. El aliento a menta y ron. La manera en que me besó el cuello antes de nada, como si todavía tuviéramos tiempo. El momento exacto en que empezó a entrar.

Me dolió. Me dolió y me gustó al mismo tiempo. No podía acomodarlo bien y él fue paciente. Empujaba, se detenía, volvía. Me agarró las caderas con una firmeza que no negociaba nada y, cuando por fin estuvo entero adentro, respiró sobre mi oreja y empezó a moverse con un ritmo que me hizo cerrar los ojos.

Las chicas gritaban «metélo entero», «dale, dale». Alguien me pasó un vaso de agua que no tomé. Los otros dos strippers ya estaban en lo suyo con otras dos chicas. Antonella, la novia, estaba en una esquina riendo a carcajadas con el móvil levantado, y si alguien me pregunta qué pasó con ese vídeo nunca lo supe.

Gemí sin pudor. Le dije barbaridades que no repetiría en voz baja. «Hijo de puta», «más fuerte», «no pares». Me dio vuelta. Me puso en cuatro. Me clavó las caderas con una fuerza que iba a dejarme marcas al día siguiente. Las dejó.

En algún momento salió, respirando ronco, y me dio una palmada seca en la cadera.

—Arrodillate.

Se lo hice. Lo hice con los ojos cerrados, con la boca abierta, con las manos agarrándole los muslos. Cuando terminó, se quedó un rato así, con la frente apoyada en la mía. No se movió. No me movió.

***

Después, todo se vuelve neblina. Alguien me ayudó a vestirme. Alguien me subió a un taxi con dos de las chicas que también vivían en mi barrio. Recuerdo decirle a Antonella que la quería. Recuerdo que me reía sola en el asiento de atrás mientras las chicas me decían «tranquila, reina, tranquila». Recuerdo muy bien la cara de él cuando me apoyó la frente en la suya.

No conseguí su número. No conseguí su Instagram. Le pregunté a Antonella al día siguiente y me contestó que lo habían contratado a través de una agencia, que ella no tenía contacto directo. Le escribí a la agencia. Me contestaron con un formulario. Dejé pasar el tema por dignidad.

Pero a veces, cuando paso por el centro y veo salir a alguna despedida de un bar, se me cruza por la cabeza. Me pregunto si se acuerda. Me pregunto si, entre todas las despedidas que habrá animado, yo fui una más o fui la única que le pidió que se quedara.

Días después supe su nombre por una de las chicas del grupo de WhatsApp que armamos para compartir fotos. Marcus. Se llamaba Marcus. Nada más. Ni apellido ni contacto.

Marcus, si esto llega a vos, soy la chica de los tacos rojos. La que te pidió que te quedaras. No me contestaste esa vez. Todavía podés hacerlo.

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Comentarios (7)

PatriciaOK

Que historia!!! Me dejo sin palabras, de verdad.

lector_nocturno

Por favor continua, no puede terminar asi. Necesito saber que paso despues

Valentina_23

Me recordo a algo que me paso en un viaje hace años jaja. Las historias que nunca deberiamos contar son siempre las mejores

Andres66

y como te sentiste despues? me dejo con mil preguntas en la cabeza

ElenaCordoba

Muy bien contado, se siente real sin ser exagerado. Eso es lo que me gusta de la categoria confesiones

Sarita_V

Las copas de mas y una mirada que no prometia nada tranquilo... clasica combinacion 😂

MauroK_27

Me llego de una manera especial este relato. Gracias por animarte a contarlo, no es facil

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