El reto que me llevó hasta el ventanal prohibido
Esa noche el reto era simple y demente a la vez: recorrer el terreno desnuda, a cuatro patas, pasando justo frente al ventanal donde cualquiera podía verme.
Esa noche el reto era simple y demente a la vez: recorrer el terreno desnuda, a cuatro patas, pasando justo frente al ventanal donde cualquiera podía verme.
Daniel dormía en el asiento de delante mientras, a un metro, su tío y su novia compartían la litera estrecha del camión. Y Noelia ya no quería dormir.
Me había puesto la falda más corta que tenía y, cuando aquel universitario apoyó la mano en mi muslo, supe que el viaje iba a ser mucho más largo de lo que decía el billete.
Trajo orujo en una garrafa sin etiqueta y emborrachó a mi novio en una hora. Cuando Sergio empezó a roncar, su tío me miró y supe que la cena no había sido más que el principio.
Cuando salió de la ducha y lo vio esperándola con el encaje negro puesto, Bianca sonrió: sabía exactamente lo que iba a pasar esa noche.
Eran las seis de la mañana y él me miraba por el retrovisor como si ya supiera lo que yo iba a permitir. Esto pasó de verdad y no me arrepiento de nada.
Crucé el complejo para llevar un mensaje y terminé rodeada de cuatro hombres mayores que me miraban como si yo fuera el plato principal de la tarde.
Bajé la guardia en cuanto cruzó la puerta de la cuadra. No vine a buscar nada de eso, pero su voz me ordenó arrodillarme y ya no supe decir que no.
Lo había visto una sola vez y no pude olvidar su cuerpo. Cuando supe que él también me buscaba, esperé a que mi madre saliera a trabajar y lo dejé entrar.
Me había acostumbrado a que me miraran, pero aquella tarde, sola en la cascada, decidí que esta vez no iba a taparme cuando lo descubriera escondido entre los árboles.
Cerró la puerta del cuarto con toda mi ropa en las manos y me dejó de rodillas, desnuda, con una sola orden: «Te espero en el auto».
Creí que controlaba todo en casa, hasta que la mujer con la que me casé me dejó claro quién mandaba de verdad entre nosotros tres.
Cada semana mirábamos las fotos de la entrada sin atrevernos a entrar. La noche que cruzamos la puerta descubrí hasta dónde era capaz de llegar con él mirándome.
Bajó la cremallera de su vestido frente al espejo de la entrada y, al verse rodeada por sus brazos, supo que ya no habría forma de volver atrás esa noche.
Salí a tomar aire mientras él dormía. Las luces del piso de enfrente seguían encendidas, y entonces escuché un gemido que no era el mío y supe que iba a quedarme a mirar.
Llevaba años recibiendo mensajes sin sustancia, hasta que una pareja joven me escribió pidiendo algo concreto: que yo tomara el control de los dos durante toda una tarde.
Me levanté al amanecer por el ruido de su cuarto. La puerta estaba entreabierta, y lo que vi me dejó clavado en el pasillo, desnudo y sin poder moverme.
Ninguno de los dos buscaba nada esa noche. Pero cuando sus miradas se cruzaron sobre la barra, los dos supieron que no iban a dormir solos.
Salí en camisón a ayudarlo sin pensar en cómo iba vestida. Cuando lo metimos en la ducha y nos quedamos solos en el salón, entendí que esa noche no íbamos a dormir.
Los jadeos venían del piso de abajo. Me asomé desde el segundo escalón, conteniendo la respiración, y entonces vi los tacones de mi madre colgando del borde de la mesa.