La confesión que empezó en mi sofá
Pensé que solo dormiríamos en el sofá, pero su mano encontró la mía en la oscuridad y ya ninguno quiso fingir que no pasaba nada.
Pensé que solo dormiríamos en el sofá, pero su mano encontró la mía en la oscuridad y ya ninguno quiso fingir que no pasaba nada.
Le ofrecí agua por el calor, pero cuando volvió a mi piso por una cerveza, ya no venía solo a descansar.
Salí de la oficina bajo el abrigo, con el cuerpo lleno de vibraciones y la certeza de que esa noche no dormiría sola.
Entré con unos informes y salí temblando, con su perfume en la piel y el sonido de su voz fingiendo normalidad al teléfono.
Levantó una toalla entre las puertas del coche para esconderse de todos. No contaba con el viento, ni con la cantidad de ojos que ya la observábamos.
Aprendí que el placer no estaba en el mar ni en el paisaje, sino en el instante exacto en que un desconocido se daba cuenta de que yo no llevaba nada debajo.
Apagué el móvil con sesenta llamadas perdidas de mi novio, encendí las velas y esperé en lo alto de la escalera a que sonara el timbre de abajo.
Llevaba años imaginándolo desde el otro lado de la pared. Esa noche, sola en la casa de mi tía, fue él quien tocó el timbre.
Rodeada de edificios más altos, su azotea parecía un escondite. Hasta que entendí que cada ventana era un par de ojos esperando ver lo que íbamos a hacer.
Entré sin pensar en quién estaría del otro lado del muro. Lo que no imaginé fue reconocer la voz que pidió permiso para acercarse.
Fui al baño riéndome con mis amigas y volví caminando junto a un desconocido que no dejaba de soltarme indirectas. No pensaba parar a tiempo.
Llevaba el disfraz demasiado apretado y media cerveza de más cuando empujé la puerta equivocada. Dentro estaba él, mirándome como si supiera que yo no iba a salir.
Tenía la ventana abierta y la mano donde no debía cuando escuché su voz a tres metros. Cuando abrí los ojos, ella ya me estaba mirando.
A ciento cincuenta metros de mi sombrilla, ella lo acariciaba sin disimulo. Supe que volvería por las dunas para no perderme nada de lo que vendría después.
Esa noche el reto era simple y demente a la vez: recorrer el terreno desnuda, a cuatro patas, pasando justo frente al ventanal donde cualquiera podía verme.
Daniel dormía en el asiento de delante mientras, a un metro, su tío y su novia compartían la litera estrecha del camión. Y Noelia ya no quería dormir.
Me había puesto la falda más corta que tenía y, cuando aquel universitario apoyó la mano en mi muslo, supe que el viaje iba a ser mucho más largo de lo que decía el billete.
Trajo orujo en una garrafa sin etiqueta y emborrachó a mi novio en una hora. Cuando Sergio empezó a roncar, su tío me miró y supe que la cena no había sido más que el principio.
Cuando salió de la ducha y lo vio esperándola con el encaje negro puesto, Bianca sonrió: sabía exactamente lo que iba a pasar esa noche.
Eran las seis de la mañana y él me miraba por el retrovisor como si ya supiera lo que yo iba a permitir. Esto pasó de verdad y no me arrepiento de nada.