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Relatos Ardientes

Lo que mi amiga tardó meses en confiarme

Dudé mucho antes de escribir esto. No es una historia divertida ni caliente como las que suelo contar. No termina con alguien satisfecha y sonriendo. Pero es parte de lo que vivimos, de lo que vivió Valeria, y creo que puede servirle a alguien que esté en una situación parecida. Por eso lo cuento.

Valeria siempre fue la más bonita del grupo. Desde chica tenía esa cara que paraba el tráfico: ojos verdes enormes, nariz pequeña, una sonrisa que te desarmaba aunque estuvieras enojada con ella. Pero en el último año del secundario pesaba bastante más que el resto, y eso la aplastaba por dentro. Se miraba al espejo y no veía lo que veíamos nosotras. Veía una versión distorsionada, disminuida, de sí misma.

Por eso terminó con Marcos.

Marcos tenía veinticuatro años cuando ella tenía dieciséis. Trabajaba en no sé qué empresa de logística, manejaba un auto viejo y le decía que era «diferente a las otras». Yo nunca lo tragué. La forma en que la miraba cuando creía que nadie lo veía, esa mezcla de deseo y desprecio, me revolvía el estómago. Pero a Valeria le bastaba con que la deseara. En ese momento de su vida, ser deseada era suficiente.

A mediados de septiembre, Valeria faltó cuatro días seguidos al colegio. Eso era rarísimo en ella. Era de esas chicas que venían enfermas antes que perderse algo. La excusa oficial que le dio a la profesora jefa fue una gripe fuerte. A mí no me cerró ni un poco.

Cuando apareció el quinto día, noté algo raro desde que cruzó la puerta del aula. Caminaba distinto. Lento. Con cuidado, como si el piso fuera a romperse bajo sus pies. Se sentó en el banco de siempre, a dos filas de mí, y en el momento exacto en que apoyó el cuerpo en la silla, la cara se le puso blanca. Un gesto de dolor breve, casi imperceptible, pero ahí estaba.

—¿Estás bien? —le susurré desde mi lugar.

—Estoy bien —dijo, sin mirarme.

Nadie que está bien lo dice así, con esa voz plana y los ojos fijos en el cuaderno.

En el recreo la intercepté antes de que pudiera escabullirse al baño. La tomé del brazo con suavidad y la llevé hasta el fondo del pasillo de planta baja, donde hay un tramo que da a los vestuarios viejos y donde nadie pasa nunca.

—Valeria, decime qué pasó. En serio.

Ella miró hacia los costados, apretó la mochila contra el pecho y respiró lento. Tardó un segundo eterno en hablar.

—Tuve un... accidente. Con Marcos. Pero por favor, Lucía, no le digas a nadie.

No le pregunté más. Solo le dije que nos juntábamos después del almuerzo, en la hora de educación física, que igual nunca íbamos.

***

Había un salón de actos en planta baja que usaban una vez por año para los actos patrios. El resto del tiempo permanecía cerrado con una de esas cerraduras viejas que cedían con empujar. Entramos, cerramos por dentro y nos sentamos en las sillas del fondo, esas de plástico naranja que sobraban del año anterior.

Valeria se sentó con cuidado, con los labios apretados cuando apoyó el peso. Me dolió verla así.

—Ahora sí —le dije—. Acá no nos escucha nadie.

Tardó un poco en empezar. Miró sus manos, cruzó los dedos, los descruzó. Cuando habló, la voz le salió baja y pareja, como si hubiera ensayado el tono para no quebrarse.

—Fue el viernes de la semana pasada. Marcos me invitó al departamento. Hacía días que me mandaba mensajes diciéndome que me extrañaba, que quería pasar la noche entera conmigo. Me puse la ropa interior más linda que tenía. Me perfumé. Estaba tan ilusionada, Lucía. Tan ridículamente ilusionada.

Hizo una pausa. Tragó saliva.

—Pero me citó después de las doce. Mis viejos nunca me iban a dejar, así que inventé que me quedaba a dormir en tu casa. Salí temprano, les dije que iba para allá, y después estuve como dos horas sentada en la plaza de enfrente de su edificio, esperando que fuera la hora. Me puse a mirar el teléfono, di vueltas, me senté en un banco. Estaba tan feliz. Me sentía mayor, ¿entendés? Me sentía especial.

—Te entiendo —dije, aunque lo que sentía era otra cosa.

—Llegué a su casa cerca de la una. Apenas abrió la puerta me agarró del brazo y me besó sin decir hola. Me llevó directo al cuarto. No hubo nada de nada: ni agua, ni música, ni sentarnos un momento. Directo a la cama. Al principio me gustó que me quisiera tanto. Que me sacara la ropa así, con esas ganas. Me tocó y me dijo que le encantaba mi cuerpo. Que era perfecta. Yo estaba volando.

Valeria hizo otra pausa. Se mordió el labio.

—Empezamos a estar juntos. Todo iba bien. Yo estaba arriba al principio, después él me dio vuelta. Me puso en cuatro y me agarró de las caderas. Me dijo que así era como más le gustaba, que así era como podía terminar. Yo no dije nada. Me quedé quieta y lo dejé.

Ahí su voz cambió. Se volvió más chata, más controlada, como si estuviera leyendo algo en lugar de recordarlo.

—Estuvo un rato largo. Y de repente la sacó entera. Completamente. Y cuando la volvió a meter... no era el mismo lugar. Me penetró por atrás, Lucía. Sin avisarme. Sin nada. Seco. De un golpe.

Se me heló la sangre.

—El dolor fue... no sé cómo describírtelo. Como si me hubieran clavado algo de metal hirviendo. Grité y traté de apartarme, pero él ya estaba adentro. Me tiré de costado hecha un ovillo y lloré. Lloré sin parar durante no sé cuánto tiempo.

—¿Y él? —pregunté, con la voz más calmada de lo que me sentía por dentro.

—Al rato se me acercó. Me abrazó por atrás y me pidió disculpas mil veces. «Fue sin querer, amor, te juro que fue un accidente, perdóname». Yo seguía llorando y él seguía repitiendo lo mismo. Después encendió la luz y vio las sábanas. Había sangre, Lucía. No mucha, pero había.

—Dios.

—Me desesperé. Le pedí que me llevara a la guardia. Me dijo que no podía, que era muy tarde, que sus viejos iban a escuchar si sacaba el auto del garaje. Me llenó la bañera, me ayudó a lavarme, me hizo un té. Con eso me fui calmando de a poco. Pero el dolor no se fue.

***

Valeria volvió a su casa a la mañana siguiente. Les dijo a sus padres que tenía dolor de panza, que se quedaba en cama. No mintió del todo.

—Fui al baño esa tarde y me dolió tanto que lloré otra vez. Salió un poco de sangre. Me asusté más todavía.

Cuando sus padres se fueron a trabajar, Valeria se vistió y tomó el colectivo sola hasta el Hospital Fernández. Le tocó una médica de guardia que la atendió con cuidado, sin juzgarla. Le preguntó, con mucho tacto, si alguien la había lastimado. Valeria le explicó lo que había pasado. La médica llamó a un proctólogo de guardia.

El diagnóstico fue una fisura. Le dieron una crema para aplicarse dos veces al día y reposo. Le dijeron que iba a llevar entre dos y tres semanas sanar, siempre que no hubiera más irritación.

Valeria me contó todo eso con esa voz plana, sin llorar, mirando el piso del salón de actos. Cuando terminó, me quedé un momento en silencio. No porque no supiera qué decir, sino porque había muchas cosas que decir y ninguna era la correcta para ese momento.

La abracé. Eso fue todo lo que hice.

—Gracias por contarme —le dije al final.

—Necesitaba contárselo a alguien. No podía seguir cargándolo sola.

Lo que no le dije en ese momento, lo que no pude decirle porque no éramos lo suficientemente cercanas todavía, era lo que yo veía con claridad desde afuera: que Marcos no se había equivocado de agujero. Que los hombres que hacen eso no se equivocan. Que alguien que te quiere no te mete el auto en el garaje para no despertar a sus padres cuando estás llorando con sangre en las sábanas.

Eso se lo pude decir meses después, cuando la amistad entre nosotras se había vuelto de otro tipo. Cuando ya podíamos hablar de verdad.

***

Valeria tardó casi un mes en recuperarse del todo. La fisura sanó, pero el daño invisible tardó mucho más. Siguió con Marcos casi un año más. No volvieron a intentar el sexo anal, al menos eso me dijo, pero la dinámica entre ellos no cambió demasiado. Él seguía siendo el mismo tipo que la hacía sentir especial solo cuando le convenía y la ignoraba el resto del tiempo.

Cuando por fin lo dejó, fue ella quien tomó la decisión. No hubo un detonante dramático. Un día simplemente se hartó de no ser tratada bien y lo cortó por mensaje. Me avisó esa misma noche: «Terminé con Marcos». Sin más explicaciones. No las necesitaba.

Lo que vino después fue distinto. Valeria empezó a conocerse de otra manera, a entender qué quería y qué no toleraba. Encontró una pareja que la trató bien, con paciencia, que le preguntaba antes de hacer cualquier cosa. Me contó una noche, riéndonos con una botella de vino entre las dos, que había vuelto a explorar el sexo anal. Esta vez despacio, con confianza, con alguien que le importaba cómo se sentía ella.

—Es completamente diferente —me dijo, con esa sonrisa suya que iluminaba la habitación—. Cuando estás con alguien que te cuida, es otro mundo.

La miré y pensé que tenía razón. Que casi todo en la intimidad es diferente cuando la otra persona realmente te cuida. Que lo que Valeria había vivido a los dieciséis no era sexo anal. Era simplemente alguien que no la respetaba.

Cuento esto porque sé que hay chicas que están en situaciones parecidas. Que aguantan cosas que no deberían aguantar porque el deseo de ser deseadas pesa más que el dolor. Y porque a veces lo único que hace falta es que alguien te lo nombre: eso que te hicieron no estuvo bien. No importa si después pidió disculpas. No importa si dijo que fue sin querer.

El cuerpo de Valeria tardó tres semanas en sanar. El resto tardó más. Pero sanó.

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Comentarios (8)

Caro_BsAs

Que bueno!!! me quede con ganas de saber todo lo que paso despues

MarisolPBA

Las confesiones entre amigas son otra cosa. Se siente tan real este relato

thriller_fan

La forma en que lo contaste me tuvo en tensión todo el tiempo, increible

Valentina_03

Ay dios, me recordo tanto a una situacion que viví con mi mejor amiga. Esas conversaciones que te cambian la manera de ver a alguien...

PabloSta

segunda parte porfavor!!!

CelinaRosario

Muy bien narrado, se nota que es algo vivido. Sigue escribiendo así!

RosendoK

Me enganchó desde la primera línea. Esperando el próximo

NocturnaR

Eso de sacarle la verdad a alguien poco a poco... lo describiste genail jajaja

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