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Relatos Ardientes

Crucé la ciudad para ponerme de rodillas

3.7(3)

Llevábamos tres meses hablando por internet cuando R anunció que iba a venir a Madrid por trabajo. Lo dijo de pasada, casi sin darle importancia, pero yo lo leí dos veces. Y una tercera. Después cerré el teléfono, lo dejé sobre la mesa y me quedé mirando el techo durante cinco minutos.

No éramos pareja. No éramos nada que tuviese nombre. Éramos dos personas que habían empezado a hablar en un foro de series y que, sin que ninguno de los dos lo planeara, habían terminado compartiendo cosas que no se dicen en voz alta. Tenía una manera de escribir que me desarmaba. Directo, sin adornos. Cuando me preguntaba qué quería, no preguntaba qué quería para cenar. Me preguntaba si me gustaba tragarme la corrida o escupirla, si prefería que me cogieran por delante o por detrás, si me tocaba el coño mientras se lo contaba.

Y yo se lo contaba. Todo.

La semana antes de que llegara apenas dormí. No por nervios exactamente, sino porque cada vez que cerraba los ojos llegaba una imagen distinta y ninguna era fácil de ignorar. Me la pasé metiéndome dos dedos en el coño hasta corrida y media por noche, pensando en su polla, en su boca, en cómo iba a sonar cuando le mamara la verga por primera vez.

El día que aterrizó me mandó el nombre del hotel y el número de habitación. Nada más. Yo respondí con un: «Ahí estaré a las nueve».

A las ocho y media ya estaba vestida.

***

Elegí el vestido blanco. El corto, el que nunca sé del todo si es demasiado para la calle o está justo en el límite. Lo supe cuando me lo puse: era exactamente lo que quería llevar esa noche. Me recogí el pelo, me lo solté, me lo recogí otra vez y terminé dejándolo suelto. Cogí el bolso más pequeño que tenía, suficiente para las llaves y el teléfono, y salí a la calle a las ocho cincuenta y dos.

Debajo del vestido no llevaba nada. Ni bragas ni sujetador. Lo había decidido en la ducha, de pie frente al espejo, y no había cambiado de opinión. Quería llegar así. Quería que cuando me subiera el vestido no encontrara ningún obstáculo.

Hacía una de esas noches de principios de otoño en las que el calor todavía no ha cedido del todo, y yo anduve por la acera con ese calor encima y otro más adentro que no tenía nada que ver con la temperatura. Caminaba deprisa. No porque llegara tarde, sino porque no sabía cómo andar despacio con todo lo que llevaba dentro. Notaba el coño mojado con cada paso, la humedad bajándome por la cara interna del muslo, y cada vez que el vestido me rozaba los pezones se me ponían más duros.

Pensé en lo que iba a pasar y no lo aparté. Lo dejé estar. Lo contemplé sin vergüenza.

En el fondo sabía que podía ser distinto a lo que me había imaginado. Tres meses de conversaciones construyen una imagen, y las imágenes mienten. Podía llegar allí y que algo no encajara, que el aire entre nosotros fuera raro o forzado, que el deseo que había acumulado durante semanas se desinflara de golpe en cuanto le viera la cara de cerca. Eso podía pasar.

Pero también podía no pasar.

Y yo había cruzado la ciudad a pie para descubrirlo.

***

El hotel era de esos de cuatro estrellas discretos, con moqueta en el vestíbulo y un mostrador de recepción iluminado como un escaparate. Entré por las puertas automáticas sin aflojar el paso y sentí que las personas que había detrás del mostrador me miraban. No giré la cabeza para comprobarlo. No hacía falta. Sabía perfectamente qué pinta tenía: una tía con vestido corto, sin sujetador, subiendo sola a una habitación a las nueve de la noche. Y me daba exactamente igual.

Fui directa al ascensor.

Cuarta planta. Habitación cuatrocientos siete. Lo había memorizado sin proponérmelo desde el momento en que R me lo mandó, a las dos de la tarde de un martes que se me hizo eterno.

El ascensor tardó más de lo normal, o a mí me lo pareció. Me miré en el espejo de la pared: el vestido blanco, el pelo suelto, los hombros tensos, los pezones marcándose bajo la tela. Me dije que si quería podía bajar en la cuarta planta, llamar al ascensor de nuevo y marcharme. Nadie me obligaba a nada.

Me importó exactamente lo que me importa cuando sé perfectamente lo que quiero.

Las puertas se abrieron.

***

El pasillo olía a aire acondicionado y a moqueta limpia. Las luces eran de esas cálidas y bajas que hacen que todo parezca más tranquilo de lo que es. Caminé contando las puertas. Cuatrocientos uno, cuatrocientos tres, cuatrocientos cinco.

La cuatrocientos siete estaba entornada.

Solo un centímetro, quizá dos. Suficiente para que se viera una franja de luz interior amarilla. Suficiente para que supiera que me esperaba despierto y que no había echado el pestillo.

Empujé la puerta despacio.

Estaba en la cama, encima de las sábanas, exactamente como habíamos acordado en nuestra última conversación, cuatro días antes, cuando ambos habíamos dejado de fingir que hablábamos de otra cosa. Desnudo. Con la polla ya dura, apoyada contra el vientre, gruesa y venosa, brillando en la punta con una gota de precorrida que reflejaba la luz de la mesita. La habitación tenía las persianas bajadas y la única luz venía de la mesita de noche, ámbar y baja. Le di dos segundos para que me viera entrar antes de decir o hacer nada.

Era él. Era su cara, sus hombros, sus manos que conocía solo de fotos. Era real y sólido y estaba ahí, con la verga tiesa esperándome.

Y yo quería lo que había ido a buscar.

***

Dejé caer el bolso al lado de la puerta. La cerré detrás de mí con el talón, sin darle la espalda a R. Me llevé las manos al bajo del vestido y me lo saqué por la cabeza de un movimiento, sin ceremonias, y lo tiré sobre la butaca. Quedé desnuda en medio de la habitación. Vi cómo se le movía la polla contra el vientre solo con verme, un tirón involuntario que le arrancó un resoplido.

Caminé hacia la cama sin prisa porque ya no necesitaba la prisa, ya estaba dentro, ya era real, y la calma extraña que me llegó en ese momento era completamente mía.

Me subí a la cama a cuatro patas y me acomodé entre sus piernas.

Me aparté el pelo de la cara con un golpe de muñeca, busqué la goma que llevaba en la muñeca y me lo recogí alto, lejos de la cara. Quería verlo. Quería que me viera. Quería que no se perdiera ni un segundo de lo que le iba a hacer a su polla.

Él no dijo nada. Yo tampoco. Habíamos hablado suficiente durante tres meses.

La agarré por la base con una mano y la sostuve ahí un momento, mirándola. Gruesa, dura, caliente, palpitando contra mi palma. Real de una manera que ninguna conversación puede anticipar del todo. Se la apreté suave y vi cómo la gota de la punta se hinchaba y se derramaba, resbalando por el glande. La acerqué despacio hacia mis labios sin tocarla todavía, solo sintiendo el calor que emanaba de ella a milímetros de mi boca abierta. Le soplé encima. Él contrajo las caderas.

Saqué la lengua y recogí la gota de precorrida directo del glande, la extendí por toda la cabeza, la saboreé. Salada, densa, suya. Después lo recorrí de abajo hacia arriba por un lado, despacio, siguiendo la vena central, llegando hasta la punta. Él expulsó el aire por la nariz. Solo eso. Me bastó para saber que iba bien.

Lo hice otra vez. Y otra. Sin prisa, con la lengua plana, cubriendo terreno, mojándole toda la polla de saliva hasta que le brillaba entera. Después envolví la punta con los labios y chupé apenas, solo lo suficiente para notar su sabor limpio y cálido, para dejar que él sintiera el calor húmedo de mi boca por primera vez. La mantuve ahí, apretándole el glande con los labios, moviéndole la lengua por debajo, encontrando ese punto justo donde la piel es más fina y más sensible.

—Joder —dijo él, la primera palabra de la noche.

R tenía los muslos tensos a los dos lados de mi cara. Podía sentir esa tensión sin tocarlos, era algo que irradiaba, una fuerza contenida que me gustó más de lo que había anticipado.

Bajé hasta sus testículos y los besé, los tomé con la boca uno por uno, los sostuve con la lengua, los chupé despacio. Él se movió apenas, un temblor mínimo que le recorrió las caderas. Yo lo noté y lo guardé. Era información. Era lo que necesitaba para saber cómo continuar. Los tenía llenos, apretados contra el cuerpo, y me tomé mi tiempo con ellos, chupándolos con la boca abierta mientras con la mano seguía masturbándole la polla despacio, arriba y abajo, distribuyéndole la saliva por toda la longitud.

Le pasé la lengua por el perineo. Él se estremeció entero. Ahí también, tomé nota.

***

Volví a la punta. Esta vez la tomé en serio.

Abrí la boca y me la metí despacio, dejando que mi lengua la envolviera mientras avanzaba centímetro a centímetro, hasta donde llegaba sin forzar. Después la saqué casi del todo con un chasquido húmedo. Después volví a entrar. Encontré el ritmo que me gustaba, que no era el más rápido ni el más profundo todavía, sino el que me permitía sentirla bien, el que hacía que él se tensara de una manera controlada y lenta.

Siempre había preferido esto a que me guiaran. No quería una mano empujándome la cabeza, no la necesitaba. Me gustaba ir a lo mío, a mi ritmo, con mis propias decisiones sobre cuándo apretar, cuándo aflojar, cuándo profundizar y cuándo no. El control desde abajo es el control que más me ha gustado nunca. Chupar una polla a tu manera, sabiendo que el tipo que la lleva encima está completamente a tu merced, es una de las cosas más poderosas que existen.

Fui profundizando poco a poco. La noté en la garganta, esa presión característica que no es cómoda exactamente pero que tampoco quiero que lo sea. Respiré por la nariz y seguí. Saqué. Volví a entrar. Más hondo esta vez. Mantuve el ritmo hasta que sentí mi nariz rozar la piel de su pelvis y sostuve ahí un segundo antes de sacar, con la garganta apretada alrededor de la verga entera.

Tosí apenas. Un hilo de saliva me colgó del labio hasta el glande. Me limpié la comisura con el dorso de la mano.

Lo hice de nuevo.

Y de nuevo.

Cada vez le metía la polla hasta el fondo y la sostenía ahí un instante más, sintiendo cómo el cuello se me abría para recibirla, cómo la punta me presionaba contra el paladar blando. Se me caía la saliva por la barbilla, me goteaba sobre los pechos, sobre sus testículos. No me importaba. Estaba haciendo exactamente lo que había venido a hacer.

R tenía los puños cerrados sobre las sábanas. Lo vi con el rabillo del ojo y eso hizo que quisiera más. Que quisiera que los apretara más fuerte. Bajé una mano entre mis propias piernas sin dejar de mamar y me encontré el coño empapado, chorreando, la humedad bajándome por los muslos. Me metí dos dedos y gemí con la polla en la boca. La vibración le hizo pegar un tirón de caderas hacia arriba y me llegó hasta el fondo de la garganta sin avisar.

Aguanté. Tragué alrededor de él. Volví a subir.

El ritmo se aceleró solo, sin que fuera una decisión, sino una consecuencia de escuchar su respiración hacerse más corta, de notar cómo él se ponía más rígido con cada pasada. Hay un momento en estas cosas en el que dejas de pensar en lo que estás haciendo y simplemente lo haces, y ese momento llegó pronto y me quedé dentro de él, completamente concentrada.

Los ruidos que hacía no eran delicados. Slurps húmedos, sordos, la garganta contra el glande, la saliva batiéndose contra la base cada vez que le apretaba los huevos con la mano libre. Tampoco me importaba que lo fueran. Cuanto más obsceno sonaba, más me gustaba, más se le tensaba a él la polla dentro de mi boca.

Lo lubricaba todo con saliva, tenía los ojos húmedos por el reflejo del fondo de la garganta, el rímel corriéndoseme por las mejillas, seguía sin parar, con una mano aferrada a la base y la otra apoyada en su muslo para mantener el equilibrio, y de vez en cuando bajándola de nuevo a mi coño para meterme los dedos otra vez, para restregarme el clítoris con la palma. Me sorprendió en algún momento darme cuenta de que podría haber continuado así mucho más tiempo. Era agotador en el mejor sentido posible, y no quería parar.

La saqué del todo y la apreté con fuerza, moviéndola despacio mientras recuperaba el aire, y después la golpeé suave contra mi labio inferior, una y otra vez, mirándolo. Le di con el glande en los pezones. Me la pasé por la mejilla, dejando un rastro brillante. Él me miraba también. Fue el único momento de esa noche en que nos miramos directamente a los ojos, y duró exactamente lo que tenía que durar.

—Sigue —murmuró.

—Iba a hacerlo —dije yo, con la voz ronca de tenerla en la garganta.

Volví a metérmela en la boca sin apartar la vista. Esta vez sin freno. La cabeza de arriba abajo, la mano acompañando el movimiento en la base, la lengua trabajándole el frenillo cada vez que subía. Cerré los ojos y me concentré solo en el ritmo, en el peso de la polla contra la lengua, en el sabor cada vez más intenso que iba soltando conforme se acercaba.

***

Lo noté antes de que ocurriera. Hay señales que el cuerpo de un hombre emite cuando está cerca y que, cuando llevas tiempo prestando atención, aprendes a reconocer. La forma en que la tensión de sus muslos cambia. La manera en que la respiración deja de ser regular y se vuelve corta y contenida. Los testículos que se le suben, apretándose contra el cuerpo. El instante previo, que siempre parece durar más de lo que dura.

—Me corro —avisó, con los dientes apretados.

No me aparté.

Mantuve el ritmo, la mantuve dentro y cuando llegó la recibí toda. El primer chorro me golpeó contra el fondo de la garganta, caliente, denso, tanto que casi me atraganto. El segundo me llenó la boca. El tercero se me escapó por la comisura. Una oleada caliente y espesa que me llenó la garganta y me hizo tragar dos veces y toser una, y aun así no la solté. Me quedé ahí hasta que él terminó del todo, hasta que noté que la tensión de sus caderas cedía y que su respiración volvía a ser humana, sintiéndole la polla palpitar dentro de la boca con cada latido.

Solo entonces la solté.

Abrí la boca para enseñarle lo que quedaba dentro, la corrida blanca sobre la lengua, y después tragué mirándolo. Me limpié la boca con el dorso de la mano. Lamí lo que quedaba en su piel, en la base, en los testículos, todo. No por ningún motivo en particular, sino porque era lo que quería hacer y eso era suficiente razón. Le chupé el glande una última vez, muy suave, y él pegó un respingo por la sensibilidad.

Sonreí con la boca todavía brillante.

***

Me quedé apoyada en su pierna un rato, sin hablar. Él tampoco habló. La habitación sonaba solo con nuestras respiraciones recuperándose y el murmullo casi inaudible del aire acondicionado. Afuera, en algún punto de la planta, alguien cerró una puerta.

—Llevas tiempo pensando en esto —dijo al final. No era una pregunta.

—Bastante tiempo —respondí.

Se rió. Yo también.

Fue la primera vez que nos reímos juntos en persona, y fue exactamente como me lo había imaginado: fácil, sin esfuerzo, como si lleváramos haciéndolo desde siempre.

Me levanté, fui al baño, abrí el grifo de agua fría y me mojé la cara. Me miré en el espejo. Tenía el pelo medio deshecho del recogido, los labios hinchados y rojos, un hilo de saliva y semen todavía en la barbilla que me limpié con una toalla, los ojos con el maquillaje corrido y todavía un poco húmedos. Parecía exactamente como me sentía.

Bien. Completamente bien. Follada por la boca y con ganas de más.

Cuando volví a la habitación R me había dejado sitio en la cama. Me tumbé a su lado sin pensar demasiado en si era buena idea o mala. A veces las cosas se hacen solas y no hace falta justificarlas con nada.

Nos quedamos callados un rato. Él tenía la mano cerca de la mía sobre las sábanas, sin tocarla del todo, a un centímetro de distancia. Lo noté. Lo dejé estar.

—¿Te quedas un rato? —preguntó.

—Un rato —dije.

Y me quedé mucho más que un rato. Y eso también era exactamente lo que quería.

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3.7(3)

Comentarios(8)

Chepe92

excelente!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Romina_84

Me encanto la honestidad con que lo narraste, se siente completamente real. Seguí escribiendo!

CuriosaBA77

Segunda parte por favor??? Quede con muchas ganas de saber como termino todo jaja

AlejoCosta

Lo lei dos veces, no miento. Muy bien contado

Marce_BA

Uff que bueno estuvo. Me recordo a algo que me paso hace unos meses, parecido aunque no tan extremo jaja. Tremendo

Felipe

jajaja la determinacion del personaje me mato. asi se hace!

MartinCba91

Buenisimo, me tuvo enganchado de principio a fin. Esperando mas relatos en esta categoria

LorenaZ22

Que valentía la de quien lo vivió. Lo leí de un tirón sin poder parar. Escribí mas seguido!

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