Crucé la ciudad para ponerme de rodillas
Llevábamos tres meses hablando por internet cuando R anunció que iba a venir a Madrid por trabajo. Lo dijo de pasada, casi sin darle importancia, pero yo lo leí dos veces. Y una tercera. Después cerré el teléfono, lo dejé sobre la mesa y me quedé mirando el techo durante cinco minutos.
No éramos pareja. No éramos nada que tuviese nombre. Éramos dos personas que habían empezado a hablar en un foro de series y que, sin que ninguno de los dos lo planeara, habían terminado compartiendo cosas que no se dicen en voz alta. Tenía una manera de escribir que me desarmaba. Directo, sin adornos. Cuando me preguntaba qué quería, no preguntaba qué quería para cenar.
La semana antes de que llegara apenas dormí. No por nervios exactamente, sino porque cada vez que cerraba los ojos llegaba una imagen distinta y ninguna era fácil de ignorar.
El día que aterrizó me mandó el nombre del hotel y el número de habitación. Nada más. Yo respondí con un: «Ahí estaré a las nueve».
A las ocho y media ya estaba vestida.
***
Elegí el vestido blanco. El corto, el que nunca sé del todo si es demasiado para la calle o está justo en el límite. Lo supe cuando me lo puse: era exactamente lo que quería llevar esa noche. Me recogí el pelo, me lo solté, me lo recogí otra vez y terminé dejándolo suelto. Cogí el bolso más pequeño que tenía, suficiente para las llaves y el teléfono, y salí a la calle a las ocho cincuenta y dos.
Hacía una de esas noches de principios de otoño en las que el calor todavía no ha cedido del todo, y yo anduve por la acera con ese calor encima y otro más adentro que no tenía nada que ver con la temperatura. Caminaba deprisa. No porque llegara tarde, sino porque no sabía cómo andar despacio con todo lo que llevaba dentro.
Pensé en lo que iba a pasar y no lo aparté. Lo dejé estar. Lo contemplé sin vergüenza.
En el fondo sabía que podía ser distinto a lo que me había imaginado. Tres meses de conversaciones construyen una imagen, y las imágenes mienten. Podía llegar allí y que algo no encajara, que el aire entre nosotros fuera raro o forzado, que el deseo que había acumulado durante semanas se desinflara de golpe en cuanto le viera la cara de cerca. Eso podía pasar.
Pero también podía no pasar.
Y yo había cruzado la ciudad a pie para descubrirlo.
***
El hotel era de esos de cuatro estrellas discretos, con moqueta en el vestíbulo y un mostrador de recepción iluminado como un escaparate. Entré por las puertas automáticas sin aflojar el paso y sentí que las personas que había detrás del mostrador me miraban. No giré la cabeza para comprobarlo. No hacía falta.
Fui directa al ascensor.
Cuarta planta. Habitación cuatrocientos siete. Lo había memorizado sin proponérmelo desde el momento en que R me lo mandó, a las dos de la tarde de un martes que se me hizo eterno.
El ascensor tardó más de lo normal, o a mí me lo pareció. Me miré en el espejo de la pared: el vestido blanco, el pelo suelto, los hombros tensos. Me dije que si quería podía bajar en la cuarta planta, llamar al ascensor de nuevo y marcharme. Nadie me obligaba a nada.
Me importó exactamente lo que me importa cuando sé perfectamente lo que quiero.
Las puertas se abrieron.
***
El pasillo olía a aire acondicionado y a moqueta limpia. Las luces eran de esas cálidas y bajas que hacen que todo parezca más tranquilo de lo que es. Caminé contando las puertas. Cuatrocientos uno, cuatrocientos tres, cuatrocientos cinco.
La cuatrocientos siete estaba entornada.
Solo un centímetro, quizá dos. Suficiente para que se viera una franja de luz interior amarilla. Suficiente para que supiera que me esperaba despierto y que no había echado el pestillo.
Empujé la puerta despacio.
Estaba en la cama, encima de las sábanas, exactamente como habíamos acordado en nuestra última conversación, cuatro días antes, cuando ambos habíamos dejado de fingir que hablábamos de otra cosa. La habitación tenía las persianas bajadas y la única luz venía de la mesita de noche, ámbar y baja. Le di dos segundos para que me viera entrar antes de decir o hacer nada.
Era él. Era su cara, sus hombros, sus manos que conocía solo de fotos. Era real y sólido y estaba ahí.
Y yo quería lo que había ido a buscar.
***
Dejé caer el bolso al lado de la puerta. La cerré detrás de mí con el talón, sin darle la espalda a R. Caminé hacia la cama sin prisa porque ya no necesitaba la prisa, ya estaba dentro, ya era real, y la calma extraña que me llegó en ese momento era completamente mía.
Me detuve entre sus piernas.
Me aparté el pelo de la cara con un golpe de muñeca, busqué la goma que llevaba en la muñeca y me lo recogí alto, lejos de la cara. Quería verlo. Quería que me viera.
Él no dijo nada. Yo tampoco. Habíamos hablado suficiente durante tres meses.
Lo agarré por la base con una mano y lo sostuve ahí un momento, mirándolo. Grueso, duro, caliente. Real de una manera que ninguna conversación puede anticipar del todo. Lo acerqué despacio hacia mis labios sin tocarlo todavía, solo sintiendo el calor que emanaba de él a milímetros de mi boca abierta.
Saqué la lengua y lo recorrí de abajo hacia arriba por un lado, despacio, siguiendo la vena central, llegando hasta la punta. Él expulsó el aire por la nariz. Solo eso. Me bastó para saber que iba bien.
Lo hice otra vez. Y otra. Sin prisa, con la lengua plana, cubriendo terreno. Después envolví la punta con los labios y chupé apenas, solo lo suficiente para notar su sabor limpio y cálido, para dejar que él sintiera el calor húmedo de mi boca por primera vez.
R tenía los muslos tensos a los dos lados de mi cara. Podía sentir esa tensión sin tocarlos, era algo que irradiaba, una fuerza contenida que me gustó más de lo que había anticipado.
Bajé hasta sus testículos y los besé, los tomé con la boca uno por uno, los sostuve con la lengua, los chupé despacio. Él se movió apenas, un temblor mínimo que le recorrió las caderas. Yo lo noté y lo guardé. Era información. Era lo que necesitaba para saber cómo continuar.
***
Volví a la punta. Esta vez la tomé en serio.
Abrí la boca y lo metí despacio, dejando que mi lengua lo envolviera mientras avanzaba centímetro a centímetro, hasta donde llegaba sin forzar. Después lo saqué casi del todo. Después volví a entrar. Encontré el ritmo que me gustaba, que no era el más rápido ni el más profundo todavía, sino el que me permitía sentirlo bien, el que hacía que él se tensara de una manera controlada y lenta.
Siempre había preferido esto a que me guiaran. No quería una mano empujándome la cabeza, no la necesitaba. Me gustaba ir a lo mío, a mi ritmo, con mis propias decisiones sobre cuándo apretar, cuándo aflojar, cuándo profundizar y cuándo no. El control desde abajo es el control que más me ha gustado nunca.
Fui profundizando poco a poco. Lo noté en la garganta, esa presión característica que no es cómoda exactamente pero que tampoco quiero que lo sea. Respiré por la nariz y seguí. Saqué. Volví a entrar. Más hondo esta vez. Mantuve el ritmo hasta que sentí mi nariz rozar la piel de su pelvis y sostuve ahí un segundo antes de sacar.
Tosí apenas. Me limpié la comisura con el dorso de la mano.
Lo hice de nuevo.
Y de nuevo.
R tenía los puños cerrados sobre las sábanas. Lo vi con el rabillo del ojo y eso hizo que quisiera más. Que quisiera que los apretara más fuerte.
El ritmo se aceleró solo, sin que fuera una decisión, sino una consecuencia de escuchar su respiración hacerse más corta, de notar cómo él se ponía más rígido con cada pasada. Hay un momento en estas cosas en el que dejas de pensar en lo que estás haciendo y simplemente lo haces, y ese momento llegó pronto y me quedé dentro de él, completamente concentrada.
Los ruidos que hacía no eran delicados. Tampoco me importaba que lo fueran.
Lo lubricaba todo, tenía los ojos húmedos por el reflejo del fondo de la garganta, seguía sin parar, con una mano aferrada a la base y la otra apoyada en su muslo para mantener el equilibrio. Me sorprendió en algún momento darme cuenta de que podría haber continuado así mucho más tiempo. Era agotador en el mejor sentido posible, y no quería parar.
Lo saqué del todo y lo apreté con fuerza, moviéndolo despacio mientras recuperaba el aire, y después lo golpeé suave contra mi labio inferior, una y otra vez, mirándolo. Él me miraba también. Fue el único momento de esa noche en que nos miramos directamente a los ojos, y duró exactamente lo que tenía que durar.
Volví a meterlo en mi boca sin apartar la vista.
***
Lo noté antes de que ocurriera. Hay señales que el cuerpo de un hombre emite cuando está cerca y que, cuando llevas tiempo prestando atención, aprendes a reconocer. La forma en que la tensión de sus muslos cambia. La manera en que la respiración deja de ser regular y se vuelve corta y contenida. El instante previo, que siempre parece durar más de lo que dura.
No me aparté.
Mantuve el ritmo, lo mantuve dentro y cuando llegó lo recibí todo. Una oleada caliente y espesa que me llenó la garganta y me hizo tragar dos veces y toser una, y aun así no lo solté. Me quedé ahí hasta que él terminó del todo, hasta que noté que la tensión de sus caderas cedía y que su respiración volvía a ser humana.
Solo entonces lo solté.
Me limpié la boca. Lamí lo que quedaba en su piel. No por ningún motivo en particular, sino porque era lo que quería hacer y eso era suficiente razón.
***
Me quedé apoyada en su pierna un rato, sin hablar. Él tampoco habló. La habitación sonaba solo con nuestras respiraciones recuperándose y el murmullo casi inaudible del aire acondicionado. Afuera, en algún punto de la planta, alguien cerró una puerta.
—Llevas tiempo pensando en esto —dijo al final. No era una pregunta.
—Bastante tiempo —respondí.
Se rió. Yo también.
Fue la primera vez que nos reímos juntos en persona, y fue exactamente como me lo había imaginado: fácil, sin esfuerzo, como si lleváramos haciéndolo desde siempre.
Me levanté, fui al baño, abrí el grifo de agua fría y me mojé la cara. Me miré en el espejo. Tenía el pelo medio deshecho del recogido, los labios hinchados y los ojos todavía un poco húmedos. Parecía exactamente como me sentía.
Bien. Completamente bien.
Cuando volví a la habitación R me había dejado sitio en la cama. Me tumbé a su lado sin pensar demasiado en si era buena idea o mala. A veces las cosas se hacen solas y no hace falta justificarlas con nada.
Nos quedamos callados un rato. Él tenía la mano cerca de la mía sobre las sábanas, sin tocarla del todo, a un centímetro de distancia. Lo noté. Lo dejé estar.
—¿Te quedas un rato? —preguntó.
—Un rato —dije.
Y me quedé mucho más que un rato. Y eso también era exactamente lo que quería.