La confesión que guardé de aquella semana en la oficina
Para entender lo que pasó ese domingo, hay que entender la semana que lo precedió.
Llevábamos cinco días trabajando en la misma planta, en turnos que se solapaban lo suficiente para cruzarnos varias veces al día pero no para mantener una conversación entera. Lucía había llegado al departamento de logística tres meses antes. Era de esas personas que ves pasar por el pasillo y que sabes, sin poder explicar exactamente cómo, que en algún momento vas a acabar hablando. O algo más.
El martes coincidimos en la máquina del café. Ella pedía un cortado; yo, un americano largo. Mientras esperábamos me dijo que llevaba mal los lunes y yo le dije que los lunes no existían, que eran solo una convención social. Nos reímos. Cuando recogió su vaso rozó mi mano sin querer, o quizás no sin querer, y no la retiró enseguida.
El miércoles nos cruzamos en la sala de reuniones vacía. No había ninguna reunión programada. Los dos buscábamos el mismo silencio, supongo. Hablamos diez minutos de nada importante. Cuando salió, se giró en la puerta y me dedicó una sonrisa que no tenía nada de profesional. Fue una sonrisa lenta, con los labios entreabiertos, la clase de sonrisa que te deja el resto de la tarde con la polla medio dura sin motivo aparente.
El jueves fue peor. Cada vez que pasaba cerca sentía esa incomodidad física de quien sabe que algo está a punto de ocurrir y no sabe cuándo. Una presión constante en el pecho que no era exactamente desagradable, pero que tampoco dejaba respirar bien. En un momento del turno se agachó a recoger un albarán delante de mí y me quedé mirándole el culo debajo de la falda estrecha más tiempo del que hubiera sido decente. Cuando levantó la vista supo perfectamente dónde había estado mirando. No dijo nada. Se limitó a pasarse la lengua por el labio de abajo antes de darme la espalda.
El viernes por la tarde, cuando el turno se acercaba al final, ya era casi insoportable. Cada vez que la escuchaba reír al otro lado de la planta se me subía la sangre a la cara y a otros sitios. Pensé varias veces en meterme al baño a hacérmela solo para poder concentrarme en algo. No lo hice, y esa presión acumulada terminaría estallándome más tarde.
***
Recogí mis cosas, bajé las escaleras hacia el parking con el resto de los compañeros y me dirigí hacia mi coche sin mirarla. Había decidido, en algún momento del jueves, que lo más sensato era no hacer nada. No complicarse. No cruzar esa línea que existe en los lugares de trabajo y que, una vez cruzada, no tiene vuelta atrás.
Entonces la escuché.
—¡Ey, Marcos! —La voz de Lucía sonó alta y clara, proyectada hacia el grupo que todavía salía por la puerta—. ¿No me habías dicho que me acercabas a casa? A mi coche se le ha encendido una luz al llegar esta tarde. Paso mañana a buscarlo con la grúa.
Soy un actor mediocre. Pero en ese momento algo en mí entendió perfectamente lo que había que hacer.
—Claro, tienes razón. No sé dónde tengo la cabeza últimamente —dije, y las palabras me salieron con una naturalidad que me sorprendió.
Los compañeros intercambiaron los últimos comentarios del turno y se dispersaron hacia sus coches. Lucía y yo llegamos al mío solos.
***
Se abrochó el cinturón nada más sentarse. Yo puse la llave en el contacto sin arrancar todavía.
—Busca un camino, un descampado, lo que encuentres. No puedo llegar así a casa —dijo, y ya mientras hablaba se desabrochaba el botón del pantalón y metía la mano bajo la cinturilla.
No lo hizo con disimulo. Lo hizo con la misma determinación con que había gritado mi nombre delante de todos. Cerró los ojos, apoyó la cabeza en el respaldo y separó las rodillas lo poco que le permitía el habitáculo. Vi cómo la tela se movía, cómo dos dedos suyos empezaban a trabajar despacio ahí dentro. Se le escapó un suspiro entrecortado.
—Si vas a parar junto a un camión, avísame —murmuró, con la voz ya rota—. Llevo el coño empapado desde el mediodía. No aguanto hasta casa.
Arranqué. La polla se me había puesto dura de golpe, apretando contra la bragueta hasta hacer daño.
Los viernes por la tarde la carretera comarcal está casi desierta. Las afueras tienen esa calidad extraña del tiempo quieto: semáforos en verde sin coches, negocios con las persianas echadas, solares vacíos llenos de luz. Conduje sin rumbo fijo durante varios minutos, con la vista en la carretera y la conciencia puesta en ella, en el sonido de su respiración que se iba haciendo más irregular conforme avanzábamos, en el chapoteo húmedo que salía de entre sus piernas cada vez que sus dedos entraban más adentro.
La miré de reojo en un semáforo en rojo. Se había bajado el pantalón hasta medio muslo. Tenía las bragas negras corridas a un lado y dos dedos hundidos en un coño que brillaba mojado bajo la luz del salpicadero. Con la otra mano se pellizcaba un pezón por encima de la camisa, apretando fuerte, tan fuerte que se le marcaba el gesto en la cara.
—Sácatela —me dijo sin abrir los ojos—. Quiero verla mientras me toco.
Me bajé la cremallera y la liberé. Estaba tan dura que me dolía. Ella alargó la mano izquierda, sin dejar de trabajarse el coño con la derecha, y me la agarró con firmeza. La apretó de arriba abajo, midiéndola, calibrándola. Con el pulgar me esparció la gota que se me había escapado por la punta.
—Joder —susurró—. Menos mal que arrancaste rápido.
Los caminos de acceso a fincas privadas están repartidos a lo largo de toda la carretera secundaria. Tomé uno al azar, un carril estrecho flanqueado por matorrales bajos, y paré el coche cuando la valla metálica del fondo nos bloqueó el paso. Era un callejón sin salida perfecto: sin casas a la vista, sin farolas, sin ningún ruido que no fueran los grillos.
Apagué el motor. La oscuridad duró un instante, hasta que los ojos se acostumbraron a la luz de la luna, que esa noche estaba casi llena y lo plateaba todo con una claridad extraña y pareja.
Abrimos las puertas al mismo tiempo.
***
Nos encontramos en el capó. No hubo rodeos: después de una semana entera de tensión acumulada, los rodeos eran lo último que necesitábamos. Los besos fueron rápidos y directos, con las manos ya buscando debajo de la ropa. Me quité la camiseta y la dejé caer sobre el metal todavía tibio. Ella se desabrochó el sujetador sin apartar los labios de los míos y me lo tiró al asiento por la ventanilla abierta.
Tenía las tetas más bonitas de lo que había imaginado en toda la semana. Redondas, firmes, con los pezones oscuros y ya endurecidos por el aire y por lo que llevaba haciéndose en el coche. Bajé la boca y le atrapé uno entre los labios. Se lo chupé hasta que se le escapó un gemido corto. Cambié al otro y le di el mismo tratamiento, mordisqueándoselo con cuidado.
Ella me metió la mano por dentro de los calzoncillos, sacándomela otra vez a la luz de la luna.
—La quiero en la boca antes —dijo—. Solo un poco. Llevo pensando en cómo la tienes toda la semana.
Se dejó caer de rodillas sobre la gravilla, sin importarle el suelo, y se la metió entera. No hizo el numerito de lamerla despacio ni de dar rodeos con la lengua: me la tragó de una hasta que la punta le tocó la garganta, y desde ahí empezó a mamármela con un ritmo constante, saliva chorreándole por la barbilla, la mano en la base ayudándose para lo que no le entraba. Yo la agarré del pelo, no para empujar sino para tener algo a lo que aferrarme.
La sacó un momento para tomar aire y me la escupió con un hilo largo antes de volver a metérsela.
—Suficiente —conseguí decir—. Como sigas así se acaba antes de empezar.
Se levantó pasándose el dorso de la mano por la boca. Los pantalones, las bragas, los calzoncillos: todo fue cayendo sin orden hasta quedar enrollado en los tobillos.
Se apoyó en el capó con las dos manos extendidas hacia adelante, arqueó la espalda y separó bien los pies. El culo se le levantó hacia mí a la luz de la luna, y entre las nalgas se le veía el coño abierto, brillante, chorreando en dos hilos por el interior de los muslos.
—Métemela ya —dijo entre dientes—. Métemela entera de una vez.
Me pasé la punta de la polla por los labios del coño, arriba y abajo, empapándomela con lo que ella había estado destilando durante todo el trayecto. Entré despacio al principio, solo para notar la temperatura de dentro. Estaba tan caliente y tan mojada que me tuve que morder el labio para no correrme en el primer empujón. Luego empujé con fuerza y la hundí hasta el fondo. Ella soltó un sonido corto y gutural que se perdió en el campo abierto. No había resistencia: se había pasado el trayecto entero preparándose, y el resultado era estar entrando en un lugar que ya me esperaba con todo dispuesto.
Empujé de nuevo. Y otra vez. Mis caderas chocaban contra las suyas con un ritmo seco que resonaba en el capó y se mezclaba con el canto de los grillos. Cada embestida sonaba mojada, obscena, y ella empujaba hacia atrás para clavarse la polla hasta el fondo. Tenía la cabeza inclinada hacia adelante, el pelo cayéndole sobre la cara, las manos aferradas al borde del metal.
—Más fuerte —jadeó—. Rómpeme el coño, joder, no seas suave.
Le agarré de las caderas con las dos manos y empecé a follármela sin contemplaciones. El sonido de mi pelvis contra su culo llenaba todo el descampado. Ella se lo estaba pasando bien: se lo notaba en la forma en que respiraba, en los gemidos guturales que se le escapaban cada vez que la hundía a fondo, en la manera en que echaba el culo hacia atrás pidiendo más.
Le puse una mano en la nuca y le empujé la cara hacia abajo, aplastándole el pecho contra el capó tibio. La otra la usé para darle un cachete seco en la nalga derecha. Se estremeció entera y noté cómo el coño se le apretaba alrededor de la polla en respuesta.
—Otra vez —pidió—. Más fuerte.
Se lo di, esta vez en la izquierda. Le quedó la marca roja perfectamente dibujada bajo la luz de la luna. Ella metió una mano entre sus propias piernas y empezó a frotarse el clítoris al mismo ritmo con el que yo entraba y salía. Podía sentirle los dedos rozándome la polla por debajo cada vez que la hundía hasta las pelotas.
—Me corro —dijo de repente, con la voz apretada—. No pares. Me corro.
Aceleré. La follé más rápido, más profundo, chocando contra ella hasta que el capó tembló bajo nuestro peso. Los dos sabíamos que esto no iba a durar mucho: no podía durar, después de lo que habíamos estado reteniendo toda la semana.
Se corrió con un grito largo que rompió el silencio del descampado. Sentí cómo el coño se le cerraba en espasmos rítmicos alrededor de la polla, apretándomela y soltándola, ordeñándomela sin darme opción. Me agarré a sus caderas con las dos manos para no caer y llegué al límite con un último esfuerzo que me dobló sobre ella.
—Dentro —jadeó—. Córrete dentro, tomo la píldora, dentro.
Me solté. Vacié entera la semana en tres empujones profundos, sintiendo cómo la corrida se me escapaba a chorros calientes dentro de ella. Ella siguió apretándome mientras yo terminaba, exprimiéndome hasta la última gota. Cuando saqué la polla, el semen empezó a caerle por el interior del muslo mezclado con sus propios flujos.
Nos quedamos así un momento. Los dos jadeando, con el olor a tierra seca, a sexo y a hierba del verano llenándolo todo. Las piernas me temblaban levemente. El capó del coche seguía caliente bajo mis palmas.
Ella se incorporó, sacó un paquete de toallitas del bolso como si lo hubiera preparado de antemano, y me pasó una sin decir nada. Se limpió lo que le chorreaba por los muslos con dos pasadas eficientes, se subió las bragas y los pantalones, y me miró de reojo mientras yo me la guardaba todavía medio mojada.
—Lo necesitaba —dijo simplemente.
Nos recompusimos la ropa en silencio y volvimos a los asientos.
***
Encendí el motor. El teléfono de Lucía sonó antes de que yo pudiera salir a la carretera.
—Sí, cariño, no te preocupes. Se ha complicado la tarde. Ya estoy saliendo ahora mismo. —Una pausa—. Sí. Hasta ahora. —Colgó y guardó el teléfono en el bolso—. Era mi hija.
—¿Todo bien?
—Sí. —No añadió nada más.
Conduje los diez minutos hasta su portal en silencio. Era un silencio cómodo, sin necesidad de llenarlo con nada. Ella miraba por la ventanilla con la cabeza apoyada en el cristal. Yo me concentré en la carretera.
Cuando llegamos a su portal, bajó del coche con prisa. Pero antes de cerrar la puerta se giró un momento.
—Mañana pillo un taxi para ir a buscar el coche. No te molestes. ¿Y cuánto te queda para tener listo el apartamento?
No esperó la respuesta. Cerró la puerta y entró al portal. Yo me quedé un instante mirando cómo desaparecía detrás del cristal, y luego arranqué hacia casa de mi amigo.
***
Llegué cuando él ya dormía. Me metí en la ducha sin cenar, estuve un buen rato bajo el agua caliente con la cabeza apoyada en los azulejos, y dormí de un tirón hasta las nueve de la mañana.
El primer mensaje era del contratista: en dos días podría volver a mi apartamento. La obra había terminado y una empresa de limpieza pasaría a dejarlo todo en orden. Esbocé una sonrisa.
El segundo mensaje llegó como llamada, antes de que pudiera dejar el teléfono en la mesilla.
—Buenos días. ¿Has dormido bien? —Era la voz de Lucía. Más relajada que la noche anterior.
—La verdad que sí. Caí redondo en cuanto me acosté. Me acaba de llamar el contratista: en un par de días ya tengo el apartamento.
—¿Has desayunado?
—Casi no sé la hora que es.
—Son las nueve. He ido a buscar el coche a la oficina y he pasado por la panadería. La niña está en casa de los abuelos hasta esta tarde. Me inventé una excusa para tenerla allí esta mañana. —Una pausa corta—. Estoy sola. ¿Vienes?
Colgó sin esperar respuesta.
A los diez segundos el teléfono vibró con una notificación. Era un vídeo corto. Lucía estaba de pie en lo que parecía su habitación, con un camisón fino de tirantes. Se los bajaba despacio, primero uno y luego el otro, hasta que la tela caía sola por su cuerpo. Alcancé a verle las tetas al aire y una mano bajando por el vientre antes de que la pantalla se pusiera negra.
Me lavé los dientes en treinta segundos y bajé las escaleras a trompicones.
***
Me abrió la puerta con ese mismo camisón. Lo llevaba puesto, pero era evidente que no iba a durar mucho. Nos besamos en el umbral y la ropa empezó a sobrar antes de llegar al salón. Cerré la puerta con el pie mientras le metía la mano por debajo de la tela y le encontraba el coño ya mojado, sin bragas debajo.
—Llevo así desde que colgué el teléfono —susurró contra mi boca—. Métemelos.
Le hundí dos dedos hasta el fondo. Ella se apoyó en la pared del recibidor y separó las piernas para dejarme trabajar. Estaba caliente, resbaladiza, y las paredes internas se le apretaban alrededor de los dedos cada vez que se los curvaba hacia adelante buscándole ese punto por dentro.
La mañana fue completamente diferente a la noche anterior. No había urgencia ni tensión que despachar. El trabajo de la semana ya estaba hecho. Lo que quedaba era otra cosa: tiempo, calma, y dos personas que se habían estado midiendo durante días y ahora podían tomarse las cosas con la tranquilidad que merecían.
Empezamos en el sofá. Ella se sentó encima de mí, todavía con el camisón puesto y arremangado hasta la cintura. Se la agarró con la mano y se la fue metiendo despacio, milímetro a milímetro, mirándome a los ojos mientras el coño se le iba abriendo alrededor de la polla. Cuando la tuvo entera dentro, se quedó quieta un momento con los labios entreabiertos.
—Así —murmuró—. Sin moverte todavía. Un rato así.
Estuvimos un buen rato sin más prisa que la que queríamos tener. Sus manos recorrían mi espalda y las mías encontraban el camino debajo de la tela fina del camisón, subiéndoselo del todo por encima de las tetas. Se lo saqué por la cabeza y lo dejé caer al suelo. Ella empezó a moverse encima de mí en círculos lentos, apretándome la polla entre las paredes calientes del coño, sin querer llegar todavía a ningún sitio. Le chupé los pezones, uno y otro, mientras ella se agarraba a mis hombros y respiraba con los ojos cerrados.
—Aquí —me dijo en algún momento, guiándome la mano hasta llevarme el pulgar a su clítoris—. Frota aquí mientras me muevo. Despacio.
Lo dijo con la misma naturalidad directa de siempre. Sin rodeos, sin hacer teatro. Le froté ese punto con el pulgar húmedo mientras ella seguía cabalgándome despacio, y a los pocos minutos empezó a temblarle todo el cuerpo. Se corrió encima de mí sin apurar el ritmo, con la boca abierta contra mi hombro, y sentí cómo se le contraía entera alrededor de la polla en oleadas largas y calientes.
Del sofá pasamos a la alfombra del salón. Ella se puso boca arriba y yo me tumbé entre sus piernas. Le bajé la boca por el vientre hasta llegar al coño y me quedé un buen rato ahí, comiéndoselo despacio, con la lengua plana recorriéndole los labios y la punta buscándole el clítoris hinchado. Sabía a nosotros dos mezclados. Ella me agarró la cabeza con las dos manos y se movió contra mi cara sin ningún pudor hasta que se corrió por segunda vez, apretándome los muslos contra las orejas.
De la alfombra, a la habitación. La cama era grande y estaba perfectamente hecha cuando llegamos a ella. Cuando salimos, no tanto. El sol de la mañana entraba sesgado por la persiana y dibujaba líneas de luz sobre la sábana.
La puse a cuatro patas en el centro de la cama y se la metí desde atrás, esta vez despacio, disfrutando cada centímetro. Le pasé la palma de la mano por la espalda arqueada, por la curva del culo, por la nuca. Ella empujaba hacia atrás con la misma calma con la que yo empujaba hacia adelante. Duramos así un tiempo largo, sin buscar el final, hasta que las piernas empezaron a temblarnos a los dos. Cuando llegó el momento me la saqué a último momento y le corrí encima del culo y la parte baja de la espalda, un chorro largo y espeso que se le fue resbalando en dos hilos hacia los costados.
Se dejó caer boca abajo sobre el colchón con una sonrisa cansada. Yo me tumbé a su lado y le pasé el dedo por lo que le había caído encima, dibujándole formas absurdas sobre la piel.
Hubo tiempo para todo lo que la semana anterior había sido imposible: caricias sin destino, conversaciones en voz baja entre un momento y el siguiente, risas por alguna tontería que ya no recuerdo. Recuperamos todo el espacio que los turnos y los pasillos y las miradas no nos habían dejado.
En algún momento del mediodía nos dimos cuenta de que teníamos hambre.
***
Bajamos a la cocina. Las ensaimadas que Lucía había comprado por la mañana seguían sobre la encimera, pero ya no eran nuestras: una hilera perfectamente organizada de hormigas las había encontrado mientras nosotros estábamos ocupados con otras cosas. Las miramos un segundo y las tiramos directamente al cubo de la basura.
—Tendría que haber guardado el papel —dijo, y soltó una carcajada que llenó toda la cocina.
Preparé un café mientras ella revisaba la nevera en busca de algo salvable. Afuera, el sol del mediodía calentaba los balcones. Dentro, la cocina olía a café recién hecho y a mañana bien aprovechada.
La semana había comenzado con cinco días de miradas en los pasillos. Había seguido con una avería inventada en el parking y un camino sin salida bajo la luna. Había terminado con café con leche, hormigas en las ensaimadas y la certeza de que en dos días tendría mi apartamento listo.
Algunas semanas salen así. Y cuando salen así, merece la pena contarlas.