Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Confesé al cura lo que pasó con mi cuñado

—Ave María purísima.

La voz al otro lado de la celosía era más joven de lo que esperaba. Eso me descolocó por un segundo. Yo había venido buscando a un cura mayor, alguien que ya hubiera escuchado de todo, no a un hombre que sonaba apenas mayor que yo.

—Bendíceme, padre, porque he pecado —dije, mientras me santiguaba y comprobaba que la cortinilla estuviera bien cerrada. No quería que entrara ni un rayo de luz—. Hace tres semanas que no me confieso.

Después me quedé en silencio. No estaba preparado para decir en voz alta lo que había venido a confesar. El silencio se prolongó demasiado.

—Hijo, ¿qué deseas confesar?

—Padre… ¿todos los pecados tienen perdón?

—Es una pregunta difícil. Te noto nervioso. ¿Piensas que has hecho algo grave?

—Sí, padre. Muy grave.

—La respuesta corta es que sí. Todos los pecados tienen perdón, pero el arrepentimiento debe ser sincero, y debes hacer el acto de contrición. ¿Estás dispuesto?

—Sí, padre. No sé si lo mío es más complicado que eso.

—No puede ser más complicado. Cuéntamelo y lo vemos juntos.

Su voz tenía algo que tranquilizaba. Me imaginé que habría escuchado a asesinos, a ladrones, a mujeres que habían dejado de querer a sus maridos. Pero lo mío era distinto. Lo mío era peor.

—Esta semana pasada… —empecé.

—Dime.

—Mis suegros nos invitaron por Semana Santa a su casa en un pueblo de Galicia. Es un sitio pequeño, con una procesión muy bonita, padre. Nos invitaron a mi prometida y a mí, y también a mi cuñada y a su novio.

—Entiendo.

—Llegamos el miércoles por la noche, lloviendo a cántaros. Tardamos casi el doble por la lluvia. Cuando entramos en la casa solo nos esperaba mi suegra. No tengo quejas de ella. —Hice una pausa—. Perdón, padre. Acabo de pecar otra vez. Tengo muchas quejas de mi suegra. Pero esa noche fue una santa: nos esperó despierta con un filete empanado y unas patatas algo rancias.

—Continúa.

—Estábamos agotados, así que cenamos rápido. Cuando subimos a las habitaciones, mi suegra nos dijo, como es normal, que las parejas no podíamos dormir juntas. Hasta agosto no seremos matrimonio.

—Claro.

—Como solo había dos habitaciones libres, las hermanas dormirían juntas en la habitación de Lucía, mi cuñada, y yo dormiría con Lars, su novio, en la habitación de Carmen, mi prometida. Era tarde y los demás ya se habían acostado, así que entré en silencio en la habitación.

—Sigue.

—Era una habitación muy estrecha, padre. La cama estaba pegada contra la esquina para que cupiéramos justos los dos. Fíjese qué pequeña era. Yo entré sin hacer ruido. Ya no llovía y entraba la luz de la luna por la ventana. Me desnudé deprisa, me puse el pijama y me metí en la cama con un hombre al que no conocía. Con mi cuñado. Sin haberlo visto nunca antes. Fíjese qué situación.

Solté una risa nerviosa. El cura no me acompañó.

—Entiendo. Continúa.

—Me quedé un rato mirándolo. Pero eso no cuenta como pecado, ¿verdad, padre? Había poca luz, pero se veía que era un mozo bien hecho. De buen ver, como decimos en mi tierra. Dormía tan plácidamente. Y yo me quedé frito mirándolo.

—Bueno. Continúa.

—En medio de la noche, padre, noté que Lars se despertaba. Tenía que ir al baño. Pero entre el baño y él estaba yo, y la cama era tan estrecha que no había manera de bajarse por su lado. Así que pasó por encima de mí.

—Ya.

—Y ahí fue cuando lo noté.

—¿Notaste?

—Su… miembro, padre. Su pene. Estaba duro y me rozó la cadera, y un poco también el mío por encima del pijama. Sentí una electricidad, un calor que me subió desde la entrepierna hasta el cuello. Él pasó rápido y se fue al baño. Lo oí orinar durante un buen rato, debía tener muchas ganas. Volvió a la habitación, volvió a pasar por encima de mí y se durmió otra vez. Yo no fui capaz de volver a conciliar el sueño. Me quedé aterrorizado por lo que acababa de sentir.

—Es una buena señal, hijo. Que reconozcas el sentimiento.

—¿Sí? No sé. —Me pareció oír un crujido en algún sitio del confesionario. Me sobresalté, pero pensé que era mi imaginación—. Al final me dormí. Cuando desperté, Lars ya no estaba. Me duché, me vestí y bajé a la cocina. Y mire qué gracioso, padre: ahí fue cuando nos presentaron formalmente. Todos se reían de que hubiéramos dormido juntos antes de conocernos.

***

—Yo estaba incómodo, padre. Porque cuanto más lo miraba, más guapo me parecía. Tenía el pelo rubio casi blanco, la piel morena como el caramelo, de tomar mucho sol, y los ojos azules clarísimos. Yo no había visto un chico así en mi vida.

—¿Es español?

—Es de aquí, sí, pero su padre es noruego. Por eso es tan alto, creo. Y hace natación, por eso está tan fuerte. Además es muy listo, es ingeniero y está terminando un doctorado. Y simpático, padre. Hacía unos chistes que nos partíamos de risa. Hasta mi suegra. Yo no podía mirarlo a los ojos y todos me decían que si me había comido la lengua el gato.

—Continúa.

—Yo, padre, soy normal. Aunque no me ve bien con esta celosía y la oscuridad, soy un tío normal. Pelo y ojos oscuros, español de toda la vida. No soy bajito, tengo algo de barriga, pero los brazos los tengo fuertes. Soy un macho ibérico de los de siempre —me reí, pero el cura no se rió conmigo.

—Continúa, hijo.

—Lars y Lucía parecían muy enamorados. Con mis suegros yo siempre he procurado respetar mucho a Carmen. Nada de besos delante, nada de meterle mano. Pero ellos se daban besos, se abrazaban, se buscaban. A mí eso me daba un poco de envidia. Mire, otro pecado, ni me había dado cuenta. Yo miraba a Lucía y sentía envidia.

—¿Y de él?

—¿De él? —No lo había pensado, pero era una buena pregunta—. De él también, claro. También. Total, fuimos a la procesión, después a misa y a comer. Pasamos un buen día. Por la tarde, Carmen sugirió ir a la piscina del pueblo, y allí fuimos a pasar la tarde.

—Sigue.

—Lars, que es majísimo, intentaba hablar conmigo. Y cuando me iba a meter en la piscina, me cogió por detrás. Como en broma, padre, como para tirarme dentro. Pero al hacer ese movimiento me sujetó por la cintura, y todo su cuerpo quedó pegado al mío. Y noté todo su pene contra mi trasero. Por encima del bañador, pero era inconfundible. Lo que noté era enorme, padre. Y eso que estaba blando. Entonces… tuve una erección. Tuve que volver a la toalla a tumbarme boca abajo, porque mi pene también tiene algo de tamaño y se me iba a marcar perfectamente.

—Entiendo.

—Todos me decían lo raro que estaba. Las chicas se metieron al agua, pero Lars vino a tumbarse a mi lado. Yo hacía como que leía un libro. Él intentó sacar tema. Me dijo que él casi no tenía vello en el cuerpo. Yo, en cambio, soy bastante peludo. Me preguntó si me había depilado alguna vez. Le dije que no. Me dijo que como era nadador había ayudado a muchos compañeros del equipo a depilarse, y que si yo quería, él me podía ayudar.

—Ya.

—Padre, mi pene estaba tan duro en ese momento que no me podía levantar. Qué vergüenza. Eso nunca me había pasado. Por suerte volvieron las chicas y estuvimos con ellas hasta la hora de la cena.

***

—Cuando mis suegros se fueron a dormir, los cuatro nos quedamos jugando al Monopoly. Habíamos traído un vino de regalo, así que lo abrimos. Yo no suelo beber, padre. Con tres copas ya estaba arrastrando las palabras. Lars se reía mucho de mí. O conmigo, más bien.

—Sigue.

—Empezamos a hablar de cualquier cosa, ya con la lengua suelta. Carmen y yo contamos que éramos vírgenes y que íbamos a aguantar hasta el matrimonio. Lucía dijo que ella también lo era. Lars dijo que él también, pero eso no me lo creí ni un poco. Estuvimos charlando un rato más hasta que empecé a dar cabezadas, y decidimos terminar la partida y subir a dormir.

—Continúa.

—Lars se desvistió nada más entrar al dormitorio. Y yo sentí algo que no había sentido nunca en mi vida, padre. Un calor por todo el cuerpo, una especie de agobio. Tenía el cuerpo perfecto. Todo moreno, salvo la marca del bañador, blanca, justo en su trasero. Y su… pene, padre, era enorme.

—El tamaño no viene al caso, hijo.

—Bueno, padre. Después le diré por qué sí viene al caso. Total, lo vi desnudo poniéndose el calzoncillo, y volví a tener una erección. Yo procuro no masturbarme nunca, ¿eh? Pero Lars me preguntó si era verdad eso de que era virgen. Le dije que sí. Me preguntó si nunca me había tocado con nadie, padre. Le juré que no, y cambié de tema apartando la mirada de su paquete.

—Continúa.

—Me puse el pijama como pude, y esta vez me coloqué yo del lado de la pared. Para no tener pensamientos sucios, me di la vuelta hacia la pared y esperé a quedarme dormido. Con el vino esta vez no me costó tanto. Pero al cabo de unas horas, padre, me desperté.

—Sigue.

—No había manera de volver a dormirme. Estaba incómodo, no encontraba la postura. Me giré y me quedé mirándolo, padre. Cómo dormía tan plácido, cómo respiraba. La noche era cálida y casi se había quitado la sábana de encima. Llevaba solo el calzoncillo. Podía verle perfectamente el abdomen, el pecho tan bien hecho, las clavículas. Pero yo solo miraba un sitio: el bóxer negro y el bulto enorme que había debajo.

—Hijo…

—Ya lo sé, padre. Fatal. Yo tenía unos pensamientos… —Me quedé un momento callado—. ¿Cuántos pecados llevo, padre?

—No importa el número, hijo. Continúa. ¿Qué pasó?

—Sí, padre. Pues no pude evitarlo. Alargué la mano y se lo toqué por encima del calzoncillo. Estaba duro como una piedra. No sé qué me pasó por dentro, pero empecé a subir y a bajar la mano por encima de la tela. Él respiraba profundo, casi roncando, pero algo más agitado. Yo no podía parar. Mi pene tenía una erección que parecía que iba a estallar. Me acerqué a olerlo, padre. No quería despertarlo, solo olerlo.

—Continúa.

—Pero algo se apoderó de mí. Iba a arruinar mi vida, mi proyecto con Carmen, todo. Pero no estaba pensando, padre. Veía borroso. Igual eran restos del alcohol. Con mucho cuidado levanté la goma del bóxer y le saqué el miembro de la prisión de la tela. Era precioso. —Tragué saliva—. Digo…

—No te preocupes por las palabras, hijo. Sigue.

—Era precioso. Tenía un prepucio perfecto que subí y bajé hasta que empezó a salir un líquido transparente por la punta. Era tan grueso que, mire que tengo las manos grandes, casi no podía rodearlo entero. Empecé a masturbarlo, subiendo y bajando, cada vez más rápido. Sentía un calor por todo el cuerpo, el vello erizado. Respiraba tan fuerte que me daba miedo despertar a alguien. Yo siempre he respetado a Carmen, padre. Pero es que nunca había sentido algo así.

—Continúa, hijo. Continúa.

—Le subía y le bajaba la mano cada vez más rápido. Me olvidé de que podían descubrirnos, me olvidé de todo. Y de repente, padre… —Bajé el tono de voz, con miedo de que alguien pudiera oírnos al otro lado del confesionario—. De repente noté algo en la nuca.

—¿En la nuca? —preguntó el cura, con la voz entrecortada. Como si le faltara el aire.

—Sí, padre. Una presión en la nuca. Era su mano. Empujando.

—¿Empujando?

—Sí, padre. Me empujaba la cabeza hacia abajo. Me dio un susto enorme, pero no podía parar. Estaba endemoniado. Veía borroso. Y cuando noté la presión llevándome la boca hacia su miembro, me lo metí en la boca, padre. Y empecé a chupárselo, de arriba abajo, intentando metérmelo todo.

—¿No pudiste… controlarte ni un poquito?

Su respiración se había vuelto más pesada. Pensé que era de la indignación de oír mis pecados.

—No, padre. Cerré los ojos y me dejé llevar. Usaba la lengua para darle más placer, intentaba metérmelo hasta el fondo aguantando las arcadas. Su mano me empujaba más abajo, y sus caderas empezaron a subir frenéticas, embistiéndome la garganta. Su respiración se volvió cada vez más pesada. Yo entré en pánico y recuperé un poco la razón. Le llevé la mano a la boca para que no hiciera ruido. Pero sus caderas seguían moviéndose, padre. Y de repente me acordé. —La vergüenza me silenció.

—¿De qué, hijo? ¡Continúa!

—De lo que pasa cuando uno acaba. —Estaba mortificado contándolo. Mi pene apretaba ahora contra el cinturón—. Y me entró pánico de que mi suegra pudiera ver cualquier evidencia por la mañana. Cualquier huella del pecado que estábamos cometiendo sus dos yernos.

—Continúa.

—Entonces me aparté un segundo para coger aire, pero no dejé de masturbarlo. Cuando paró el movimiento de cadera y se le contrajo todo el cuerpo, supe que era el momento. Me llevé su miembro a la boca formando una cavidad con los labios, sellando bien. Mi otra mano seguía sobre su boca, notando el aliento de los gemidos que no podía dejar salir.

—Sigue, hijo.

—Dejé que se… eyaculara en mi boca, padre. Con muchísimo cuidado de que no se derramara nada. Ni una gota.

—Bien hecho, hijo —oí que decía con la voz quebrada.

—¿Bien hecho?

—No, no. O sea, me imagino lo difícil que debe ser contarme estas cosas. Continúa.

—Ah, sí, claro, padre. Pues descargó todo el semen en mi boca. Pensé que no me iba a gustar el sabor, pero sabía a embutido, así que me lo tragué entero. Limpié con la lengua la punta para que no quedara nada. No me atreví a mirarlo a la cara. Solo oí que me decía «qué bien la chupas, cuñado», antes de girarse y dormirse.

Oí ruidos al otro lado del confesionario. Como si el padre estuviera moviendo algún mueble pequeño, o algo más cerca de su propio cuerpo.

—¿Todo bien, padre?

—Sííí —exhaló.

—Padre, ¿ve lo mucho que he pecado?

El cura tardó en responder. Su respiración tardaba en calmarse.

—Dios lo perdona todo si hay arrepentimiento sincero. ¿Quieres que te diga tu penitencia?

—¿Penitencia? Pero, padre, si todavía no he terminado.

Valora este relato

Comentarios (9)

Titi_cba

buenisimo!!!

LectoraNocturna

Desde el primer parrafo me engancho. Esa tension entre la culpa y el deseo esta muy bien lograda, se siente real.

JorgeDelSur

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como termina. No me dejes asi!!!

confesor77

Muy original el planteo, no habia leido algo parecido por aca. Me sorprendio para bien, felicitaciones.

Valentina_Sur

Me gusto mucho como lo contaste, tiene un ritmo muy bueno. Sigue escribiendo!

RoqueRuta

La tension que se construye desde el principio es increible. Uno siente la angustia del protagonista como si fuera propia. Muy buen trabajo.

lector_fx

El titulo me llamo la atencion desde que lo vi y la historia no decepciono para nada. Muy bueno.

NachoPe

Me recordo a esa sensacion de cargar algo pesado y no saber si contarlo o no. Muy bien capturado.

SurReal_B

Se hizo muy corto, quiero mas! El escenario que elegiste es muy original y le da mucha atmosfera al relato.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.