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Relatos Ardientes

Lo que pasó cuando mi esposo me vio mirar a otro

El almuerzo de la empresa de mi marido caía siempre el primer viernes de marzo, y siempre a la misma hora insoportable: dos de la tarde, demasiado temprano para sentir hambre y demasiado tarde para escapar con la excusa del trabajo. Yo era diseñadora del departamento creativo de la misma compañía. No me presenté a esos almuerzos por gusto. Me presenté porque mi puesto, que dependía a partes iguales de mi talento y de mi apellido de casada, me obligaba a aparecer.

Lorenzo me observaba desde la cabecera, vestido de gris oscuro, hablando con un tono que solo yo reconocía como tenso. Llevábamos ocho años de matrimonio. Sabía leer cada gesto suyo, cada inflexión, cada manera en que apretaba la mandíbula cuando algo no le gustaba. Y esa tarde algo no le gustaba.

El nuevo gerente regional, un hombre joven al que habían incorporado dos semanas antes, me miraba con una insistencia que iba más allá de la cortesía. Cada vez que cruzaba la sala, sus ojos volvían a mí. Cuando me serví agua, sus ojos volvieron a mí. Cuando pasé por delante de su silla para saludar a una compañera, sus ojos siguieron mi vestido hasta la última costura.

Mi marido lo notó. Mi marido siempre lo notaba.

—¿Estás cómoda, amor? —me preguntó al oído, en algún momento entre los postres y el café.

—Bastante.

—Te voy a preguntar otra cosa —dijo, sin alzar la voz—. ¿Te gusta cómo te está mirando ese hombre?

No le respondí. Me limité a sonreír, a girar la copa entre los dedos y a dejar que el silencio dijera por mí lo que no convenía decir en voz alta. Lorenzo se puso de pie, se abrochó el saco y se alejó con esa serenidad suya que en realidad no era serenidad sino una forma muy elegante de furia controlada.

Cuando empezaron a hablar de la fiesta nocturna en la terraza del hotel, inventé un dolor de cabeza y me marché. Sabía que él volvería tarde y que volvería distinto. Lo había visto antes y había aprendido a esperarlo.

***

Llegué a casa pasadas las once. Me duché despacio, dejé que el agua caliente me corriera por la espalda hasta enrojecerme la piel. Después abrí el cajón del fondo del armario, ese cajón que él me había regalado un cumpleaños cualquiera y que yo solo abría cuando quería decirle algo sin necesidad de palabras. Saqué el conjunto de encaje negro. La pieza más fina, la que él había elegido en aquel viaje a Florencia. Me lo puse despacio, como quien se pone una respuesta.

Bajé a la cocina, encendí solo la luz del extractor y me preparé un té. Me senté en el banco alto de la barra, crucé las piernas y esperé. Debajo del encaje ya estaba mojada. Llevaba mojada desde el postre, desde el momento en que había entendido cómo iba a terminar la noche.

El reloj de pared marcó las dos. Después las dos y media. A las tres en punto oí la llave en la puerta y un click demasiado suave para alguien que había bebido tanto whisky.

Lorenzo entró sin saludar. El saco le colgaba de un hombro. Llevaba la camisa abierta hasta el segundo botón y la corbata medio deshecha, sostenida por dos dedos largos que en otro momento me habían parecido los dedos de un pianista. Esa noche eran los dedos de un hombre que llevaba horas conteniéndose.

Se quedó parado en el umbral. Sus ojos oscuros me recorrieron de los pies a la boca con esa lentitud calculadora que yo conocía bien. Yo seguí removiendo el té, despreocupada, como si él no acabara de pasar la tarde viendo a otro hombre desnudarme con la mirada.

—Sigues despierta —dijo. La voz le raspaba en la garganta. Alcohol y rabia.

—Te estaba esperando.

Avanzó tres pasos. Solo tres. Y se detuvo a una distancia que no era suficiente para tocarme pero sí para que yo sintiera el calor que traía debajo de la camisa y el bulto duro que ya le marcaba el pantalón.

—¿Tienes idea de lo que fue sentarme allí —dijo— y dejar que otro hombre creyera, aunque fuera un segundo, que podía mirarte así?

Una sonrisa sin humor le tensó la boca.

—Ya no trabaja para mí —murmuró—. Lo despedí al salir.

Apoyó la mano en la barra, a un costado de mi cadera. Todavía sin tocarme. Todavía midiendo. Yo sostuve su mirada.

—Sabes cuánto me molesta —siguió— que alguien olvide cuál es su lugar y crea que puede mirar lo que es mío. —Bajó los ojos al encaje, a los pechos que se asomaban entre los bordes negros, y volvió a subirlos—. ¿Te vestiste así para mí?

—¿Para quién, si no?

Le dejé la respuesta en el aire. Me pasé la lengua por el labio inferior, despacio, sin apartar la vista. Las pupilas se le oscurecieron de golpe.

—¿Quieres desquitarte conmigo, cariño? —pregunté.

—Quiero hacer algo más que desquitarme contigo, Camila —respondió, y en el modo en que dijo mi nombre cabían todos los celos del día—. Quiero recordarte de quién es este coño con la polla, no con palabras.

Las manos se le apoyaron en mi cintura como si nunca hubieran estado en otra parte. Los pulgares me rozaron la parte baja de los pechos, a través del encaje. Me incliné hacia él lo justo para que sintiera el aliento.

—Me gustan los problemas que me busco —susurré.

—Estás jugando con fuego.

—Lo sé. Fóllame, Lorenzo. Fóllame como te follaste con la mirada esa idea toda la noche.

***

Me levantó sobre la barra con un solo movimiento, como si yo no pesara nada, y se metió entre mis muslos. El mármol frío me tocó las piernas y yo apreté los talones contra sus caderas para acercarlo más. La erección le marcaba el pantalón con una dureza obscena, y el roce, exactamente sobre el encaje empapado, me hizo cerrar los ojos un segundo, solo un segundo. Un gemido bajo se me escapó de la garganta.

—Este pequeño atuendo —dijo, pegando la boca a mi oreja— es como si me estuvieras pidiendo perder el control.

—Piérdelo.

Mordió con cuidado el lóbulo y deslizó la lengua por debajo. Las manos le subieron por la espalda hasta la nuca, después bajaron al sostén y, sin previo aviso, lo rasgó. La tela cedió con un sonido seco. Mis pechos quedaron expuestos al aire frío de la cocina y al calor de su mirada, que era mucho más intenso. Me los tomó con fuerza, apretó los pezones entre el pulgar y el índice hasta hacerme jadear, después bajó la boca y se llevó el izquierdo entero, chupando, lamiendo, mordiendo con los dientes hasta que sentí el tirón directo en el coño. Cuando pasó al otro pezón, ya estaba jadeando su nombre.

—Te voy a hacer gritar mi nombre —dijo, ronco, con el pezón todavía entre los labios—. Toda la puta noche.

—Empieza.

Le clavé las uñas en la nuca. Él me besó como si quisiera dejar marca. Su lengua entró sin pedir permiso y la mía la recibió sin pedir disculpas. Su mano bajó entre mis piernas, apartó el encaje mojado y dos dedos se hundieron en mí de golpe, hasta los nudillos. Grité contra su boca. Los sacó despacio, brillantes, y me los pasó por los labios.

—Mira cómo estás —murmuró—. Empapada. ¿Todo esto es por mí o por cómo te miraba él?

—Por ti —jadeé, chupándole los dedos—. Siempre por ti.

—Buena respuesta.

Cuando rompió el beso, los dos respirábamos demasiado rápido. Sus dedos volvieron entre mis piernas, tres esta vez, y empezaron a bombear con un ritmo brutal mientras el pulgar me frotaba el clítoris en círculos. La barra de mármol crujía debajo de mí. Yo me agarré de sus hombros para no caerme.

—Me estás llevando al límite —gruñó—. Y te voy a dar todo lo que me pidas.

—Con la lengua —le rogué—. Primero con la lengua.

Trazó un camino con la boca: cuello, clavícula, esternón, vientre. Me deslizó hacia el borde de la barra y se arrodilló entre mis muslos. Me arrancó la prenda de abajo con la misma facilidad con la que había cedido el sostén y quedó rota entre sus dedos. Se la llevó a la nariz, olió, gruñó, y la dejó caer al suelo. Su aliento caliente me llegó antes que su lengua. Cuando empezó a lamerme, lo hizo despacio al principio, con la punta de la lengua trazando toda la longitud del coño, de abajo hacia arriba, saboreándome como si llevara años sin comer. Después con un hambre de varias horas. Me abrió los labios con dos dedos y clavó la lengua entre ellos, hundiéndola, penetrándome con ella mientras la nariz me frotaba el clítoris.

—Joder, tienes un sabor que me vuelve loco —murmuró contra mi carne, y las palabras vibraron dentro de mí.

Sus dedos se hundieron en mis caderas para sostenerme. Chupó, lamió, succionó el clítoris entre los labios hasta que la espalda se me arqueó sola y las piernas empezaron a temblar sobre sus hombros. Metió dos dedos otra vez, curvados, buscando ese punto que solo él conocía, mientras la boca no dejaba de trabajarme arriba.

—Lorenzo… me voy a correr… —jadeé, tirándole del pelo.

—Aún no, amor.

Se incorporó cuando estaba a punto de venirme, con la boca brillante de mí, la barba mojada, y la sonrisa cruel de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Se pasó el dorso de la mano por los labios sin dejar de mirarme. Yo casi lo insulto. El cinturón cayó al suelo con un golpe seco. El pantalón se abrió, y cuando liberó la polla, dura, gruesa, la punta ya brillándole de líquido preseminal, se me hizo la boca agua. Me bajó de la barra con la misma autoridad con la que me había subido. Yo entendí lo que quería sin que tuviera que decirlo.

Me arrodillé delante de él sobre las baldosas frías. Le rodeé la base con la mano y lo miré desde abajo antes de sacar la lengua y pasarla lentamente desde los huevos hasta la punta. Él siseó entre dientes. Recogí la gota que le brillaba arriba con la lengua, la saboreé, y solo entonces lo tomé en la boca. Primero la punta, saboreándola con la lengua, dando vueltas alrededor del glande. Después un poco más, mientras él me enredaba los dedos en el pelo con esa desesperación contenida de macho al borde.

—Joder, Camila… así, así… —susurró.

Lo miré desde abajo, con los ojos brillantes de saliva y de lágrimas contenidas, y me lo tragué hasta el fondo. La punta me golpeó la garganta. Él gimió desde el pecho, un sonido bajo que me erizó la piel. Empezó a moverme la cabeza con la mano, marcando el ritmo, empujando con las caderas, follándome la boca sin pedir permiso. La saliva me bajaba por el mentón. La boca se me llenó de él, del olor de él, del sabor a sal y a hombre y a whisky de su piel. Con la mano libre le acariciaba los huevos, se los apretaba con suavidad, y él gruñía cada vez que lo hacía.

—Mírame mientras te la meto hasta el fondo —jadeó.

Lo miré. Él empujó más profundo. Se me llenaron los ojos de lágrimas y él lo notó y gimió con las lágrimas. Cuando sentí que se acercaba al borde, cuando la polla empezó a hincharse todavía más contra mi lengua, me apartó con suavidad tirándome del pelo.

—No —dijo, jadeando—. La primera me la trago yo dentro de ese coño. Sube a la barra.

Obedecí.

***

Me apoyé sobre los codos, con las piernas abiertas de par en par, exhibida para él sobre el mármol como un plato servido. Él se colocó en la entrada. Se pasó la polla, dura y brillante de mi saliva, por toda la raja del coño, de arriba a abajo, mojándose entero en mí antes de encajar la punta. Empujó despacio, midiéndome, comprobando hasta dónde podía llegar antes de hundirse. La cabeza me entró con un chapoteo obsceno. Se detuvo. Me miró.

—Dilo.

—Fóllame.

—Otra vez.

—Fóllame, Lorenzo, hasta el fondo.

Y entonces se hundió de una sola vez, hasta el final, hasta que sentí los huevos golpearme contra el culo. Grité. La cocina entera repitió mi grito. Me tuve que morder el labio para no despertar a los vecinos.

—Eres mía —dijo, con la frente pegada a la mía, sin moverse, dejándome sentir cada centímetro de él llenándome—. Solo mía. Este coño es mío.

—Solo tuya. Solo tuyo.

Empezó a moverse despacio para volver a salir casi entero —lo vi salir, brillante de mí, la vena marcada— y luego me llenó de nuevo con un golpe profundo que me hizo ver las luces de la encimera bailar en el techo. El segundo golpe fue igual. El tercero fue más fuerte. Sus dedos se clavaban en la cara interna de mis muslos abriéndomelos más, obligándome a recibirlo entero.

—Repítelo —exigió, embistiendo—. Que eres mía.

—Solo tuya, Lorenzo. Solo tú me follas así.

—Ningún otro hombre —gruñó, clavándose con más fuerza a cada palabra— va a tocarte. Nunca. Ningún cabrón que te mire va a saber lo que yo sé.

—Ninguno —jadeé—. Solo tú.

Bajó la cabeza, me mordió el pezón derecho hasta hacerme gritar, lo lamió después para calmar la mordida, y siguió bajando el ritmo con embestidas que ya no medían nada. La barra crujía debajo de mí. Los tazones temblaban en la encimera. Me agarró de la nuca con una mano para obligarme a mirarlo, y con la otra siguió sujetándome la cadera para clavarme contra su polla.

—Mira cómo te la meto —dijo—. Mira cómo entra y sale.

Yo miré. Bajé los ojos y vi cómo su polla entraba y salía, brillante, empapada de mí, cómo la piel se nos confundía a cada embestida, cómo perdía la compostura el hombre que en la cabecera de la mesa había sonreído todo el almuerzo como si nada le pasara. Los huevos le rebotaban contra mi culo con un sonido húmedo. Una de sus manos bajó por mi vientre hasta el clítoris y empezó a frotarlo en círculos rápidos, precisos, mientras seguía metiéndomela sin bajar el ritmo.

—Ven para mí —ordenó—. Ven en mi polla.

Y yo me vine.

Me vine arqueada contra él, gritando un sonido que ni siquiera era una palabra, mientras todo el cuerpo me temblaba y el coño se me apretaba alrededor de él en oleadas que sentí subir por dentro hasta el vientre. Él no paró. Siguió metiéndomela con embestidas profundas mientras yo me corría, alargando el orgasmo hasta que ya no distinguí dónde terminaba uno y empezaba otro. Hasta que se me apagó el último estremecimiento, y entonces salió despacio. La polla salió brillante, más gruesa aún, sin haberse corrido todavía.

***

—Date la vuelta —dijo.

Apoyé el pecho contra el mármol frío. Los pezones se me endurecieron al contacto. Levanté el culo para él, temblando todavía por el primer orgasmo. Sentí su mano, mojada en mi propia humedad, descender por la raja hacia el otro lado. Un dedo. Lo sentí rodear despacio, mojarme, presionar. Se hundió sin resistencia. Después otro. Me mordí el labio. Él se inclinó sobre mi espalda, los labios pegados a mi nuca, mientras los dedos me abrían por dentro.

—Quiero que veas hasta dónde te llevo esta noche.

—Todo —le supliqué contra el mármol—. Llévame a todo.

Me curvó el cuello con la otra mano, tirándome del pelo justo lo necesario para arquearme hacia atrás. Yo ya no medía el tiempo. Retiró los dedos. Sentí la punta de la polla, todavía empapada de mi coño, presionar contra la otra entrada. Cuando entró por el otro lado lo hizo despacio, centímetro a centímetro, dejando que me adaptara al grosor, deteniéndose cada vez que se me escapaba un jadeo, empujando después un poco más. Era lento y era demasiado y era exactamente lo que yo había buscado al ponerme el conjunto negro y bajar a la cocina a esperarlo.

—Joder —dijo, cuando estuvo entero adentro, apoyando la frente contra mi omóplato—. Qué apretada. Estás hecha para mí.

Empezó a moverse. Al principio con cuidado, con embestidas cortas, superficiales, mientras dos dedos suyos bajaban a mi coño y volvían a hundirse ahí, llenándome por los dos lados a la vez. Grité contra el mármol. Después, cuando me oyó pedirle más, cuando el cuerpo se me relajó del todo alrededor de él, sin tanto cuidado. Empujó más profundo. Los dedos de la otra mano me follaban el coño al mismo ritmo, y yo no sabía dónde terminaba una sensación y empezaba la otra.

—Dime cómo lo sientes —jadeó contra mi oreja.

—Lleno —jadeé—. Estoy toda llena de ti.

—Así te quiero.

Yo gemía contra el mármol, la mejilla pegada, la boca abierta, sin poder callar. Él gemía contra mi nuca. La cocina entera se llenó del sonido de los dos, del choque de piel contra piel, del olor a whisky y a té frío y a sudor y a sexo. Sus huevos volvieron a chocarme, esta vez contra los dedos que él mismo me hundía en el coño.

—No te oigo —murmuró, mordiéndome el hombro hasta dejar marca—. Mi nombre.

—Lorenzo.

—Otra vez.

—Lorenzo, Lorenzo, Lorenzo…

Salió de mí con un gesto brusco, me dio la vuelta otra vez sobre la barra, me abrió las piernas alrededor de su cintura, y volvió a entrar por delante de una embestida. La polla, mojada de los dos lados de mí, se hundió hasta el fondo del coño. Yo grité su nombre otra vez. Esta vez no aguantó mucho. El ritmo se le volvió errático, brutal, más animal que humano. Me agarró de las caderas con tanta fuerza que iba a dejarme las marcas de los dedos durante días.

—Me voy a correr dentro —gruñó—. Vas a sentir hasta la última gota.

—Dentro —le rogué, apretando los talones en su espalda—. Todo dentro.

Se hundió una última vez, hasta el fondo, y se vino con un rugido que no se parecía a ningún otro sonido suyo. Sentí el latido caliente adentro, la polla vaciándose en oleadas, el semen llenándome mientras él seguía embistiendo despacio, prolongándolo, hasta la última contracción. Yo me vine con él. La segunda vez. La que ya no esperaba. Un orgasmo largo, profundo, que me arrancó de la boca su nombre en un gemido roto.

Nos quedamos un rato así, él inclinado sobre mí, todavía dentro, sintiendo cómo se le ablandaba despacio, yo con la espalda pegada al mármol, los dos respirando. Cuando salió, sentí el chorreo caliente bajarme por el muslo, y él lo miró, y sonrió con esa sonrisa suya de propietario. Se inclinó, pasó dos dedos por mi entrepierna, recogió parte de lo suyo mezclado con lo mío, y me lo llevó a los labios. Yo abrí la boca y le chupé los dedos limpios sin apartar la mirada.

—Buena chica —murmuró.

Después se incorporó del todo, se abrochó apenas el pantalón y me cargó en brazos, contra el pecho, como si yo no pesara nada.

—Vamos a darte un baño —dijo, y la voz ya era otra, mucho más baja, mucho más mía—. Y a la cama.

—¿Y mañana?

—Mañana repito. Y pasado. Hasta que se te olvide que existe otro hombre en el mundo.

Lo abracé del cuello y dejé que me llevara. La luz del extractor seguía encendida, y el té, en la encimera, ya estaba completamente frío.

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Comentarios(10)

ClaritaR

Que bueno este relato!!! me lo lei de un tiron sin parar

Pancho_BsAs

Por favor continuá, quedé con ganas de saber como siguio todo. Muy buen arranque

Leo_Cba

Los relatos de Confesiones tienen algo que los demas no tienen, se sienten autenticos. Este especialmente

MiguelitoDV

jajaja el encaje negro a las 3am no deja mucho lugar a la imaginacion 😂

PamelaRosario

Me recordó a algo que viví hace un tiempo, esa mezcla de nervios y culpa que no sabes como explicar. Muy bien narrado

lecturaNocturna

Me quede leyendo hasta tarde sin darme cuenta del tiempo. Esos relatos donde la tension esta en lo que no se dice son los que mas me gustan. Espero que haya segunda parte!

SantaFe_Roxana

Qué buena narrativa, se nota cuando alguien escribe de verdad y no solo para contar

Caro_BA

Escribis seguido? No te habia leido antes y ahora quiero leer todo lo que tenés subido

DiegoSCL

Excelente, muy bien escrito. Saludos desde Chile

Juancho_BA

Se hizo cortisimo, queremos mas!!! jaja

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