La conocí en un juego y acabé buscándola en la vida real
Voy a contar esto tal como pasó, sin adornar nada, porque todavía me cuesta creer que una persona que conocí dentro de una pantalla terminara siendo la primera mujer que me hizo temblar de verdad.
Hace poco más de un año yo estaba en una etapa rara de mi vida. Acababa de salir de una relación de catorce meses con un chico que se llamaba Tomás y que, resumiendo mucho, me dejó con la sensación de que el amor era una obligación más que un deseo. Tenía veinte años, estaba terminando un curso técnico de diseño gráfico y mis planes eran claros: título, trabajo estable, quizá la universidad después. Nada de enredos sentimentales. Nada de dramas. Me lo repetía cada noche como un mantra mientras abría aquel juego de realidad virtual en el que llevaba meses refugiándome.
El juego se llamaba algo así como un simulador social con avatares. Uno podía crear su personaje, decorar espacios, entrar en salas temáticas y hablar con gente de cualquier parte del mundo. Yo lo usaba para desconectar. Me ponía los auriculares, elegía una sala tranquila y me sentaba en algún banco virtual a escuchar conversaciones ajenas. A veces participaba, a veces no. Era mi manera de sentirme acompañada sin tener que dar explicaciones.
Una noche de jueves entré en una sala que solía frecuentar. Estaba decorada con banderas de colores y luces suaves, un espacio que la comunidad había creado para sentirse segura. Yo iba ahí porque la gente era amable y porque, aunque en ese momento no lo admitía del todo, había algo en esa sala que me hacía sentir menos sola de una forma que no entendía.
Esa noche había poca gente. Tres o cuatro avatares dispersos, música lo-fi de fondo y una chica sentada en la terraza del segundo piso, sola, mirando el paisaje digital que se extendía hasta un horizonte falso de montañas moradas. Su avatar era sencillo: pelo oscuro hasta los hombros, ropa casual, sin los accesorios exagerados que la mayoría usaba. Me senté a su lado sin decir nada.
—¿También vienes a esconderte? —preguntó después de un minuto.
Su voz me sorprendió. Era grave para ser de mujer, con un acento que no pude ubicar de inmediato. Algo entre caribeño y centroamericano, con las eses un poco arrastradas.
—Algo así —respondí—. Hoy el mundo real está insoportable.
—El mundo real siempre está insoportable. Por eso inventamos este.
Se llamaba Daniela. O al menos ese era el nombre que usaba en el juego. Tenía diecinueve años, estudiaba enfermería en otro país y estaba despierta a esa hora porque el insomnio era su compañero más fiel. Me lo dijo con una naturalidad que me desarmó. No estaba tratando de impresionarme ni de coquetear. Simplemente hablaba como quien necesita que alguien la escuche.
Y yo la escuché.
Hablamos de todo y de nada. De series que nos gustaban, de comida que extrañábamos, de lo absurdo que era tener más confianza con desconocidos de internet que con la gente que veíamos todos los días. Me contó que le gustaba dibujar pero que nunca le mostraba sus dibujos a nadie. Yo le conté que escribía cosas en un cuaderno que guardaba debajo del colchón. Nos reímos. Nos reímos mucho.
A las dos de la mañana me di cuenta de que llevábamos tres horas hablando sin pausa. A las tres, la sala se había vaciado por completo y solo quedábamos nosotras dos, sentadas en esa terraza virtual con las piernas de nuestros avatares colgando del borde.
—¿Me pasas tu Instagram? —preguntó de pronto—. Si quieres, claro. Sin presión.
Le di mi usuario sin pensarlo. Ella me mandó una solicitud casi al instante y cuando abrí su perfil sentí que algo dentro de mí se movía de lugar. Era guapa. No de una forma obvia ni exagerada, sino de esa forma que te hace volver a mirar la foto dos, tres, cuatro veces. Tenía el pelo castaño oscuro, largo hasta la cintura, la piel bronceada y una sonrisa que mostraba un colmillo ligeramente torcido. En una de sus fotos estaba sentada en el suelo de lo que parecía ser un parque, con las rodillas recogidas y la cara medio escondida detrás de una taza de café.
—Eres tú de verdad —escribí, como si necesitara confirmarlo.
—¿Esperabas que fuera un señor de cincuenta años? —respondió con un emoji de risa.
—Un poco, sí.
—Pues no. Soy yo. ¿Y tú?
Le mandé una foto. Una que me había tomado esa semana en el espejo del baño, con el pelo recogido y una camiseta vieja. Nada especial. Ella tardó menos de un minuto en responder.
—Eres muy guapa.
Tres palabras. Tres palabras que si me las hubiera dicho cualquier chico no me habrían provocado nada. Pero viniendo de ella, viniendo de esa voz grave que llevaba horas resonando en mis auriculares, me hicieron sentir un calor que subía desde el estómago hasta las mejillas. Y más abajo también, aunque en ese momento no quise admitirlo. Sentí un tirón húmedo entre las piernas, una punzada de deseo que llevaba meses sin sentir por nadie.
—Gracias —escribí, y luego borré el mensaje y escribí otro—. Tú también.
Tú también. Como si eso fuera suficiente para describir lo que estaba sintiendo.
Esa noche hablamos hasta las cinco de la mañana. Pasamos del texto al audio, del audio a las notas de voz larguísimas que eran casi monólogos, y de ahí a una videollamada que ninguna de las dos planeó. Simplemente ocurrió. Ella estaba acostada en su cama, con la pantalla iluminándole la cara en la oscuridad, y yo estaba igual, en la mía, a miles de kilómetros.
—Es raro —dijo en algún momento, con la voz más suave de lo habitual—. Siento que te conozco de antes.
—Yo también —admití—. Y eso me da un poco de miedo.
—¿Miedo de qué?
No respondí. No supe cómo explicarle que el miedo no era hacia ella sino hacia lo que ella estaba despertando. Hacia la posibilidad de que todo lo que yo creía saber sobre mí misma fuera incompleto.
***
Durante las semanas siguientes, Daniela se convirtió en la primera persona a la que le escribía al despertar y la última antes de dormir. Nos mandábamos fotos de cosas absurdas: su desayuno, mi gato, un grafiti que ella vio camino a la facultad, un atardecer que yo vi desde la ventana de mi cuarto. Cosas pequeñas que entre nosotras se volvían enormes.
Empecé a notar cosas que antes no notaba. Me fijaba en sus manos cuando grababa un video y me imaginaba esos dedos largos metiéndose entre mis piernas. En la forma en que se recogía el pelo con un lápiz cuando estudiaba, dejando el cuello descubierto, y yo pensando en morderlo hasta dejar marca. En cómo se le arrugaba la nariz cuando se reía fuerte. Cada detalle me atraía más y la distancia me dolía más.
Una noche, después de una videollamada de dos horas en la que habíamos hablado de todo menos de lo que realmente queríamos hablar, ella se quedó callada. La pantalla mostraba su cara seria, los labios apretados, los ojos fijos en algún punto fuera de cámara.
—¿Estás bien? —pregunté.
—No —dijo—. No estoy bien. Porque te quiero decir algo y no sé cómo.
El corazón me latía en la garganta. Sabía lo que venía. Lo sabía porque yo sentía exactamente lo mismo y no había tenido el coraje de decirlo primero.
—Dilo —susurré.
—Me gustas. No como amiga. No como alguien con quien hablar a las tres de la mañana. Me gustas de verdad. Me gustas de una forma que me asusta porque nunca había sentido esto por otra chica.
El silencio que siguió duró apenas unos segundos, pero se sintió eterno. Yo tenía los ojos húmedos y las manos temblando sobre el teclado.
—A mí también —dije, y la voz me salió rota—. A mí también me gustas, Daniela. Llevo semanas sintiéndolo y no sabía cómo nombrarlo.
Ella se tapó la cara con las manos y cuando las retiró estaba sonriendo. Esa sonrisa del colmillo torcido que yo ya conocía de memoria.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó.
—No tengo idea.
—Yo tampoco.
Nos reímos. Nerviosas, aliviadas, asustadas. Las dos al mismo tiempo.
***
Lo que siguió fue un descubrimiento lento y abrumador. Empezamos a decirnos cosas que nunca le habíamos dicho a nadie. Ella me confesó que desde los quince había tenido fantasías con una compañera de clase, que se había masturbado imaginando cómo sería meterle la lengua entre las piernas, pero que las había enterrado tan profundo que casi logró olvidarlas. Yo le conté que la única vez que me había excitado de verdad con un beso fue cuando una amiga me besó en una fiesta a los diecisiete, que se me mojó la ropa interior en ese instante, y que después pasé meses convenciéndome de que había sido el alcohol.
Las videollamadas nocturnas se transformaron. Ya no eran solo conversaciones. Eran silencios cargados, miradas que duraban demasiado, labios que se mordían a propósito. Una noche ella se estaba cambiando de ropa mientras hablábamos y se le cayó la toalla. Vi su espalda desnuda durante un segundo antes de que la recogiera entre risas nerviosas, pero fue tiempo suficiente para grabármela: la curva de la cintura, el arranque del culo asomando por el borde de la toalla, un lunar pequeño justo debajo del omóplato derecho.
—Perdona —dijo, sonrojada.
—No te disculpes —respondí, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía.
Esa noche, después de colgar, me quedé despierta en la oscuridad pensando en su espalda. En la curva de su cintura. En la línea donde la piel bronceada se encontraba con la sombra. Me metí la mano dentro del pantalón del pijama sin pensarlo demasiado y me encontré empapada, tan empapada que los dedos se me deslizaron solos entre los labios de mi coño hinchado. Empecé despacio, dibujando círculos sobre el clítoris con la yema del índice, imaginando que era la boca de Daniela la que estaba ahí, chupándome despacio, con esa lengua que yo conocía solo de verla hablar en la pantalla. Metí dos dedos y ahogué un gemido contra la almohada. Los sacaba brillantes, los volvía a meter, los curvaba hacia adelante buscando ese punto que siempre me costaba encontrar sola pero que esa noche apareció rápido, como si mi cuerpo llevara semanas listo y solo hubiera necesitado el permiso mental. Imaginé a Daniela encima de mí, con el pelo cayéndole sobre los pechos, susurrándome al oído con esa voz grave: «Córrete para mí, chiquita, córrete». Y me corrí. El orgasmo fue tan intenso que tuve que morderme la almohada para no despertar a nadie, con las piernas temblando y los dedos todavía dentro, sintiendo cómo mi coño se apretaba contra ellos en oleadas que no terminaban nunca. Me quedé un rato así, con la mano quieta, respirando fuerte, sintiendo cómo la humedad me chorreaba hasta el culo. Nunca me había tocado pensando en una mujer. Nunca me había corrido tan fuerte.
Al día siguiente le escribí un mensaje que borré y reescribí seis veces.
—Anoche pensé en ti. No de la forma inocente.
Tardó veinte minutos en responder. Veinte minutos que fueron una tortura.
—Yo también. Desde hace semanas.
—¿Qué me haces cuando piensas en mí? —le escribí, con el corazón golpeándome en las costillas.
—¿Quieres que te lo diga por texto o por audio?
—Por audio. Ahora.
Me llegó una nota de voz de casi dos minutos. La escuché con los auriculares puestos, encerrada en el baño porque no confiaba en aguantarme. Su voz sonaba más ronca que nunca, casi un susurro contra el micrófono.
—Te desnudo despacio, empezando por la camiseta, y te muerdo el hombro mientras te bajo el sujetador. Te chupo los pezones uno por uno, los muerdo hasta que se ponen duros, y bajo por tu vientre hasta arrodillarme entre tus piernas. Te separo los muslos con las manos y te miro un rato antes de tocarte, para que sepas que te estoy viendo entera. Después te lamo despacio, de abajo hacia arriba, saboreándote, y te chupo el clítoris hasta que me tires del pelo pidiéndome más. Quiero que te corras en mi boca, chiquita. Quiero tragarme todo lo que salga de ti.
Casi me caigo del inodoro. Me temblaban las piernas. Le respondí también con audio, con la voz entrecortada.
—Y yo quiero que te sientes encima de mi cara. Quiero sentir tu coño contra mi boca, quiero chuparte hasta que me claves las uñas en la cabeza, quiero que me llenes la lengua de ti. Y después quiero que me folles con los dedos hasta que te suplique que pares.
A partir de ahí la tensión se rompió. O más bien se desbordó. Las notas de voz se volvieron susurros entrecortados a las dos de la mañana. Ella me describía lo que imaginaba hacerme y yo sentía cada palabra como si fuera un toque real sobre mi piel. Su voz me guiaba y yo me dejaba llevar con los ojos cerrados, el teléfono pegado a la oreja y la mano entre las piernas.
—Quiero besarte el cuello —decía ella—. Quiero sentir cómo se te eriza la piel cuando pase la lengua por detrás de tu oreja. Quiero morderte ahí, dejarte marca, para que mañana te acuerdes de mí cuando te mires al espejo.
Yo gemía bajito, con los dos dedos moviéndose adentro y el pulgar sobre el clítoris, intentando controlarme.
—Quiero tocarte despacio. Quiero recorrerte entera con los dedos hasta encontrar el punto exacto que te haga cerrar los ojos. Y cuando lo encuentre, no voy a parar hasta que te corras dos veces seguidas. Quiero verte deshacerte.
—Daniela...
—Dime.
—No pares. Sigue hablándome. Cuéntame qué me harías después.
—Después te doy la vuelta. Te pongo boca abajo, con el culo arriba, y te lamo desde el clítoris hasta el ojete. Muy despacio, para que sientas cada pasada de mi lengua. Después meto tres dedos y te follo así, mientras te muerdo la nalga. Y cuando estés a punto de correrte otra vez, saco los dedos y los meto en tu boca para que te pruebes.
—Joder, joder, joder...
—¿Estás tocándote?
—Sí.
—Cuéntame qué haces.
—Tengo dos dedos adentro. Estoy empapada. No paro de pensar en tu boca.
—Métete otro. Quiero oírte.
Le hice caso. Metí un tercer dedo y solté un gemido que no pude tragarme. Ella respiraba fuerte al otro lado, y yo escuchaba el ritmo mojado de su propia mano trabajándole el coño, ese sonido inconfundible de dedos entrando y saliendo de una mujer excitada.
—Yo también estoy con la mano metida —susurró—. Estoy pensando en tu lengua. Chiquita, si supieras cómo me tienes. Estoy chorreando en las sábanas.
—Córrete conmigo. Córrete ahora.
—Espera. Espera. Dime que eres mía.
—Soy tuya. Soy toda tuya, Daniela.
—Otra vez.
—Soy tuya. Mi coño es tuyo. Mi boca es tuya. Todo es tuyo.
Su voz grave se convertía en un hilo que me envolvía, que me apretaba, que me deshacía. La escuché correrse primero, con un gemido largo y ahogado que sonaba a súplica, y ese sonido me tiró a mí por el borde. Me corrí con tres dedos adentro, apretándolos con el coño en espasmos, la boca abierta contra la almohada, temblando de pies a cabeza. Llegábamos juntas, respirando agitadas a través de la pantalla, separadas por un continente entero pero más cerca de lo que yo había estado nunca de otra persona.
Nos quedábamos después así, en silencio, escuchando cómo la respiración del otro lado se iba calmando. A veces ella me pedía que le mandara una foto de mis dedos brillantes, y yo se la mandaba. A veces ella me mandaba una del suyo, con los labios hinchados y la mano manchada, y yo la guardaba en una carpeta oculta del teléfono que abría al día siguiente para volver a correrme mirándola. Nos volvimos adictas. Ninguna de las dos podía dormir sin ese ritual: la voz, los dedos, el orgasmo compartido a distancia, la promesa susurrada de que un día íbamos a poder hacerlo de verdad, piel contra piel.
***
Tres meses después de esa primera noche en la terraza virtual, tomé una decisión que mi yo de un año atrás habría considerado una locura absoluta. Busqué vuelos. Comparé precios. Revisé mis ahorros del trabajo de medio tiempo que había conseguido en un estudio de diseño. Y una mañana, con el corazón latiéndome tan fuerte que sentía el pulso en los dientes, le mandé una captura de pantalla de mi reserva.
—¿Esto es real? —escribió.
—Es real. Llego el catorce.
—Dios mío.
—¿Estás bien?
—Estoy llorando. Pero de las buenas. Y ya te aviso que en cuanto entres por esa puerta te voy a llevar directo a mi cama y no vas a salir en tres días.
—Me parece un plan perfecto.
Las dos semanas previas al viaje fueron las más largas de mi vida. Sentía una mezcla de euforia y terror que no me dejaba comer ni dormir bien. ¿Y si en persona no había química? ¿Y si todo lo que habíamos construido era una ilusión alimentada por la distancia y las pantallas? ¿Y si la veía y no sentía nada? Cada noche me tocaba pensando en ella y cada noche le mandaba la nota de voz correspondiente, cada vez más cruda, cada vez más impaciente. «Quiero que me abras las piernas en el asiento del coche antes de llegar a tu casa», le mandé una madrugada. «Quiero correrme en tu mano mientras conduces».
El aeropuerto era pequeño y olía a café quemado. Salí con mi mochila al hombro, el pelo hecho un desastre después de seis horas de vuelo y los nervios convertidos en un nudo físico en la boca del estómago. La busqué entre la gente y no la vi. Revisé el teléfono. Un mensaje de ella: «Estoy en la columna azul. No me encuentro las piernas».
Levanté la vista y ahí estaba.
Más pequeña de lo que imaginaba. Más real de lo que mi cerebro podía procesar. El pelo castaño suelto, un vestido blanco sencillo, sandalias gastadas y esa sonrisa. Esa maldita sonrisa del colmillo torcido que me había enamorado a través de una pantalla y que ahora, a tres metros de distancia, me estaba desarmando por completo.
Caminé hacia ella. Ella caminó hacia mí. Y cuando nos encontramos a medio camino, no dijimos nada. No hacía falta. Me abrazó con una fuerza que no esperaba de alguien de su tamaño y yo hundí la cara en su cuello y respiré. Olía a champú de coco y a algo cítrico que no supe identificar. Olía a real. Olía a todo lo que había imaginado y a todo lo que no.
—Eres tú —dijo contra mi oído.
—Soy yo.
Se separó un poco, lo justo para mirarme a los ojos. Tenía los suyos brillantes, casi dorados bajo la luz artificial del aeropuerto. Me puso una mano en la mejilla. El tacto de sus dedos me provocó un escalofrío que me recorrió desde la mandíbula hasta la base de la espalda y me terminó de mojar la ropa interior que ya venía húmeda desde el aterrizaje.
—¿Puedo? —susurró.
Asentí.
Me besó. Suave primero, apenas un roce de labios. Después más firme, más segura, con la mano deslizándose desde mi mejilla hasta mi nuca. Sabía a chicle de menta y a nervios. Me metió la lengua despacio, buscando la mía, y yo se la chupé sin pensarlo, como si llevara meses ensayando ese beso en mi cabeza. Sentí su otra mano bajarme por la espalda hasta apretarme el culo por encima del pantalón, y ahí, en medio del aeropuerto, se me escapó un gemido bajito contra su boca que la hizo sonreír sin separarse. Me besó en medio de un aeropuerto lleno de extraños y por primera vez en mi vida entendí lo que significaba sentir que todo encaja. Que cada decisión equivocada, cada noche de insomnio, cada hora de conversación a través de una pantalla me había traído exactamente a ese momento.
Cuando nos separamos, las dos teníamos los ojos húmedos y las mejillas rojas.
—Tengo el coche afuera —dijo, tomándome de la mano—. Y tengo una semana para enseñarte que esto es todavía mejor de lo que imaginábamos.
Le apreté la mano y la seguí. Afuera el sol pegaba fuerte y el asfalto brillaba con el calor. Ella abrió la puerta del copiloto para mí y antes de cerrarla se inclinó y me besó otra vez, esta vez metiéndome la lengua profundo, mordiéndome el labio inferior al separarse, con la mano subiéndome por el muslo hasta rozarme por encima del pantalón justo donde ya estaba empapada. Se apartó con la sonrisa de quien acaba de comprobar algo.
—Estás mojada —susurró.
—Llevo así desde el avión.
—Aguanta hasta casa. O no aguantes. Yo conduzco.
Esto es real, pensé. Esto es absolutamente real.
Y fue apenas el principio.