Mi asistente, mi esposa y aquella tarde en la terraza
Aquella tarde de enero me había sentado en la terraza con un trago helado en la mano, esperando que el sol bajara un poco. El aire pesaba, el suelo de mosaicos quemaba aunque uno lo pisara con sandalias, y desde mi reposera escuchaba el chapoteo monótono de Mateo limpiando la piscina con la red.
Mateo era, por ponerle un nombre formal, mi asistente. En la práctica hacía un poco de todo: la agenda del estudio, los pagos, las compras, el mantenimiento del jardín. Tenía apenas veintidós años, era alto, atlético, con esa flacura justa que se sostiene a base de gimnasio y de tener tiempo. Yo le había pedido que limpiara la piscina en traje de baño, y él había venido con un bañador minúsculo y ajustado que no le tapaba absolutamente nada. Cuando se inclinaba para sacar las hojas, sus nalgas se marcaban como dibujadas, y desde mi lugar yo no podía dejar de mirar el bulto que se le hinchaba contra la tela negra.
Lucía salió a la terraza con tres vasos en una bandeja. Había decidido que esperáramos a Mateo para tomar algo todos juntos. Mi mujer es de las que coquetean sin pedir permiso, y lo hace a propósito; le divierte ver el efecto que provoca, le divierte ver cómo el otro tiembla un poco antes de pedirle disculpas por mirarla.
—Vení, dejá la red —le dijo cuando Mateo se acercó al borde, todavía mojado—. Estás transpirando como un caballo.
Mateo subió los dos escalones de piedra y agarró el vaso. El agua le bajaba en hilos por el pecho y le iba a parar al elástico del bañador, que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Lucía se sentó en la reposera de al lado y cruzó las piernas largas mostrando una rodilla bronceada por dentro del pareo.
—¿Cómo va? —preguntó ella mirándolo de costado.
—Bien, señora —dijo él, y bajó la vista al vaso.
Le decía «señora» desde el primer día, aunque Lucía debía tener apenas diez años más que él. Le decía «señora» porque ella se lo había exigido. Y le decía «señora» porque a esta altura ya sabía que en esa casa había reglas que él no había puesto.
***
Cuando Lucía volvió de la cocina con la segunda ronda, había cambiado el pareo por una tanguita de hilo dental y un corpiño que apenas le cubría los pezones. «Hace mucho calor», dijo, como si nada. Mateo se quedó congelado con el vaso a mitad de camino. La erección le levantó la tela del bañador de manera tan obvia que daba ternura.
—Al parecer te gusta lo que estás viendo —le dijo Lucía con una sonrisita.
—No, señora —contestó él, sin animarse a mirar.
—¿No?
—No me gusta. Me vuelve loco. Usted lo sabe.
Lucía caminó los tres pasos que la separaban de Mateo y le hundió la cara entre los pechos. Le dio un beso corto en la boca, casi maternal, y volvió a empujarle la cabeza contra ella. Mateo cerró los ojos y se dejó hacer. Las reglas, otra vez. Él podía sentirla pero no podía agarrarla. No podía pasarle la mano por la cintura ni meterle un dedo. Conmigo podía hacer lo que quisiera, eso lo teníamos hablado desde hacía meses. Con ella, no.
Mientras los miraba, sentí que la sangre se me iba al sexo de un solo viaje. Lucía dejó a Mateo, vino hasta mi reposera y se me sentó encima sin avisar. Me besó largo, con la lengua, mientras movía las caderas adelante y atrás como si ya estuviéramos cogiendo. Yo le bajé el corpiño con los dientes y le mordí un pezón.
—Bueno —dijo ella sin parar de moverse—. Mateo, dejá de tocarte.
Lo había olvidado mirar, pero estaba parado a dos metros de nosotros, con el bañador bajado a la altura de los muslos y la mano envolviéndose la verga.
—Vení acá. Mamale la pija a tu jefe.
Mateo se arrodilló entre mis piernas tan rápido que casi se cae. Me bajó el short de un tirón y se me metió la mitad en la boca en el primer movimiento. Yo no era nuevo para él, pero él tampoco era nuevo para mí: a esa altura ya nos conocíamos los tiempos. Sabía exactamente con qué parte de la lengua jugarme la punta para hacerme apretar las manos contra los apoyabrazos.
Lucía se levantó de mi falda y se puso detrás de la reposera. Me besaba el cuello mientras me pasaba las manos abiertas por el pecho y el abdomen. Después se arrodilló al lado de Mateo, y los dos empezaron a turnarse: ella me la chupaba, él me lamía los testículos; él me la tragaba, ella me pasaba la lengua por el perineo. De vez en cuando, sentía las manos de Mateo subiendo por la cara interna de mis muslos hasta apretarme las nalgas, queriendo entrar.
***
—Vení —le dijo Lucía a Mateo, y lo llevó del brazo hasta el sillón largo de la terraza.
Lo acostó boca arriba, le sacó el bañador del todo y se le tiró encima a chupársela. Mateo tenía una verga más larga y más gruesa que la mía. Lucía le agarraba los testículos con una mano y con la otra lo masturbaba mientras se la metía en la boca. Yo me senté en el borde de la reposera, me agarré la pija y empecé a hacerme una paja mirándolos.
Después me acerqué, le acaricié el pelo a Mateo y le acerqué mi verga a la boca. Él la tomó sin mirarme. Yo le calcé una pierna sobre el hombro y me senté apenas sobre su pecho, lo justo para entrarle en la boca desde arriba. Sus manos me apretaban las nalgas, abriéndomelas, y un dedo se le escapaba hacia adentro cada vez que respiraba.
—¿Puedo? —preguntó Lucía, todavía con la mano alrededor de la verga de Mateo.
—Subite.
Se montó encima como si llevara toda la tarde esperando ese permiso. Se acomodó la verga con la mano y se la metió de un golpe. Empezó a moverse rápido, casi saltando, y las tetas le rebotaban a la altura de la cara de Mateo, que se las buscaba con la boca. Yo me bajé del sillón y me quedé parado al costado, masturbándome despacio para no acabar.
***
No la oí entrar. La puerta de la terraza estaba abierta, claro. Daniela tenía la llave de la casa desde hacía meses, era la asistente de Lucía en el estudio y entraba sin tocar timbre cuando venía a dejar algo de la oficina. Yo levanté la vista y la encontré parada en el umbral, con una carpeta apretada contra el pecho y la cara blanca.
—Perdón —empezó a decir, y se dio media vuelta.
—Quedate.
Se quedó. Lucía la miró desde arriba del sillón, sin dejar de moverse, y le sonrió como si la estuviera saludando en la cocina. Me acerqué a Daniela, le saqué la carpeta de la mano y la dejé en una silla. Tenía treinta y pocos, era flaca, llevaba una falda larga de lino y una camisa cerrada hasta el cuello. Le desabroché la camisa sin preguntarle. Ella tampoco preguntó nada.
La acosté en otra reposera. Le abrí las piernas y le saqué la bombacha. No estaba depilada, tenía un olor fuerte, a tarde de oficina, a sudor, a algo más, y me gustó. Le hundí la lengua entre las piernas y se la moví despacio, escuchándola respirar cada vez más rápido. Cuando me pareció que ya estaba lista, la di vuelta, la puse en cuatro y le pasé el dedo por el culo. Le escupí, le pasé saliva, le metí un dedo. Después dos.
—Vas a ser amable, ¿no? —dijo ella, con la voz tomada.
—No.
Le metí la verga de un solo tirón. Daniela gritó, un grito corto y agudo, y dejó caer la cabeza contra la reposera. La sostuve por las caderas y empecé a moverme.
Lucía bajó del sillón. Caminó hasta nosotros sin apuro, le agarró el pelo a Daniela y le tiró la cabeza hacia atrás.
—¿Vos no aprendés a tocar el timbre?
Le pegó una cachetada con la palma abierta. Daniela cerró los ojos. Le pegó otra del otro lado. Sentí cómo se le contraía el culo alrededor de mi verga y cómo le empezaba a temblar todo el cuerpo. Estaba acabando. Acabó con la mano de mi mujer en el pelo y la mía clavada en sus caderas, y se quedó respirando contra la tela de la reposera, con el pelo pegado a la cara.
—Ya está —le dijo Lucía, casi con ternura, y se sentó a su lado.
Las dos se quedaron juntas un rato largo, besándose, tocándose como si yo no estuviera. Yo salí de Daniela despacio y me fui a buscar a Mateo, que seguía en el sillón con la verga parada apuntándole al techo.
***
—Vení —le dije.
Vino. Esta vez me lamió desde el glande hasta atrás, se quedó un rato largo ahí, con la lengua adentro, y después se humedeció un dedo con saliva y me lo metió. Se metió mi verga entera en la boca al mismo tiempo. Yo me agarré del respaldo del sillón y dejé de pensar.
Lo acosté en el piso, sobre las baldosas frescas de la terraza, y me acomodé al revés sobre él. Su verga me llenó la boca con dificultad. La de él era para mí, y la mía para él, y los dos chupábamos sin urgencia, sin acabar todavía.
Cuando levanté la vista, vi que Lucía se había sentado sobre la cara de Daniela, agarrándole el pelo con las dos manos, obligándola a no parar. Daniela tenía las piernas abiertas y Mateo, sin pedir permiso, se le acercó y le hundió la cara entre las piernas. Yo me acomodé detrás de Mateo, le puse las manos en las caderas, le escupí en el culo y empecé a entrar.
Estaba apretado, demasiado, y entré despacio, milímetro a milímetro, hasta que me lo metí entero. Después me dejó de importar la paciencia. Lo agarré por la cintura y empecé a moverme rápido. Le busqué la verga con la mano para masturbarlo al mismo tiempo. Sentía que iba a acabar muy pronto, demasiado pronto, y no quería frenarme.
—Adentro —dijo él, sin sacar la cara de entre las piernas de Daniela.
Acabé adentro. Tardé en salir. Cuando finalmente me corrí, lo di vuelta, me agaché y me la metí en la boca. Le agarré los testículos con una mano y le pasé la lengua por el frenillo con la otra. Acabó casi al instante, con un quejido largo, y me llenó la boca con tanta cantidad que se me escapó por el costado de los labios.
Lucía bajó de la cara de Daniela y se me tiró encima a lamerme la cara. Compartimos lo que quedaba. Daniela seguía tirada, todavía respirando como si volviera de correr.
***
Después nos quedamos los cuatro en la cama doble que tenemos a un costado de la terraza, debajo del toldo. El sol estaba bajando por fin. Alguien encendió un parlante chico que sonaba lejos. Mateo se durmió primero, con la cara apoyada en mi pecho. Daniela se acomodó del otro lado de Lucía. Mi mujer me buscó la mano por arriba del cuerpo del muchacho y la apretó dos veces, como diciéndome algo que ya no hacía falta decir.
Esa fue la primera tarde. Hubo varias después.