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Relatos Ardientes

La primera vez que le dije que sí a todo

Habían pasado exactamente dos semanas desde aquella noche. Las conté. No los días, sino las noches, porque era de noche cuando más pensaba en él. Me acostaba y lo primero que llegaba era el recuerdo de su boca recorriendo mi cuello, bajando despacio, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Damián. Solo su nombre me revolvía el estómago de una manera que no sabía si llamar deseo o adicción.

Lo había conocido por casualidad, en una reunión de amigos comunes donde nadie nos presentó formalmente pero sus ojos me encontraron al otro lado de la habitación y ya no hubo mucho más que decir. Lo que pasó esa primera noche fue que terminé con las bragas en la mano de un desconocido en el baño de una casa ajena, con su lengua metida hasta el fondo de mi coño y sus dedos abriéndome mientras me mordía la cara interna del muslo. Me hizo correrme dos veces contra el lavabo antes de darse vuelta, sacarse la verga y hacerme arrodillar para que se la mamara hasta que se corrió en mi boca sin avisar. Cuando me fui a casa de madrugada caminaba diferente. Como si algo hubiera cambiado de lugar dentro de mí.

Esas dos semanas fueron una tortura deliciosa. Me imaginaba su lengua siguiendo la línea de mi cintura, su manera de agarrarme la cabeza con las dos manos, firme pero sin brusquedad, cuando me la metía en la boca hasta el fondo de la garganta. Pensaba en eso en el trabajo, en el colectivo, a las tres de la mañana mirando el techo con la mano metida entre las piernas, los dedos empapados moviéndose sobre mi clítoris hasta correrme sola pensando en él. Había momentos en que la necesidad de verlo se volvía casi física, como un hambre concreta que no se apaga con nada. Llegué a fantasear no solo con lo que me había hecho a mí, sino con cómo sería con su pareja, si ella se la mamaba como yo, si él le pediría cosas que a mí me pedía, si sabría lo que yo sabía, si lo vería igual que yo.

Y entonces llegó el mensaje.

Solo un «hola». Dos vocales y una consonante, pero bastaron para que me temblaran las manos sobre el teléfono y para que sintiera un tirón en el bajo vientre, como si mi coño hubiera leído el mensaje antes que yo.

Le respondí sin pensar demasiado.

—Me alegra que aparezcas. Pensé que no iba a volver a saber de ti.

—¿Me extrañaste? —escribió.

—Puede ser que sí. ¿Y vos?

Hubo una pausa breve. Luego:

—¿Tomamos un café?

Le dije que hoy no podía, que tenía planes. Lo cual era cierto: Lucía me esperaba para salir a bailar, llevábamos semanas organizando esa noche y el vestido negro que había elegido me quedaba demasiado bien como para desperdiciarlo. Así que lo pospuse para el día siguiente. Mi cuerpo no podía creer que le estuviera diciendo que no, con todas las ganas que tenía de verlo, de sentirlo, de tenerlo dentro. Ya estaba mojada de solo pensarlo.

Su respuesta llegó casi de inmediato.

—¿Qué planes? ¿Dónde vas a estar?

Le conté que iba a salir con una amiga, que ya estábamos casi listas. Y cinco minutos después sonó el teléfono. Era él, llamando.

—Sal a la esquina —dijo, sin saludos—. Estoy cerca.

Mi cuerpo respondió antes de que mi cabeza terminara de procesar lo que había escuchado. Colgué, me arreglé el vestido frente al espejo del baño de Lucía y le dije que bajaba un momento. Ella me miró con esa sonrisa de quien ya sabe todo sin que le cuenten nada.

—Cuidate el rímel —dijo, y se rió sola.

Afuera hacía frío, pero no lo noté. Lo vi desde lejos, apoyado en la moto, con esa postura suya de quien no tiene prisa jamás. Cuando me vio llegar, no dijo nada durante unos segundos. Solo me miró de arriba abajo, detenido en el vestido, en mis piernas, en mi cara.

—Estás demasiado bien para ir a bailar —dijo al fin.

—Como vos para tu novia —respondí.

Se rió. Se levantó de la moto y me abrazó antes de que terminara de hablar, apretándome contra él con una fuerza que me dejó sin aire. Lo sentí todo: el calor de su cuerpo, el olor de su ropa, las manos que me recorrían la espalda como si llevaran tiempo queriendo hacer exactamente eso, y el bulto duro apretándose contra mi vientre a través del pantalón. Me besó con una urgencia que no esperaba, metiéndome la lengua hasta el fondo, mordiéndome el labio inferior, luego el cuello. Y entonces me bajó el escote de un tirón.

Ahí, en la calle, con el frío de la noche y los autos pasando a cien metros. Se agachó y me chupó una teta directamente, la lengua áspera y caliente sobre el pezón que se me endureció al instante contra su boca. Pasó al otro, lo mordió con los dientes hasta arrancarme un jadeo, mientras la mano libre me pellizcaba el que dejaba libre, girándolo entre los dedos. Sentí que me flaqueaban las rodillas y que las bragas se me empapaban ahí mismo, parada en la vereda con las tetas afuera y su boca comiéndome como si tuviera hambre de dos semanas acumulada.

—Ven —dijo, señalando un terreno oscuro al fondo de la cuadra—. Necesito cogerte ya.

Le dije que no podía, que Lucía me esperaba, que esa noche no era posible. Pero mi voz salió sin fuerza, ronca, delatándome. Entonces me alzó de la cintura, me cargó de verdad, y caminó hacia allá mientras yo me aferraba a sus hombros sin oponer demasiada resistencia. Podía sentir la verga dura empujándome contra la cadera a cada paso.

***

Era un terreno en obras, oscuro, con un muro de hormigón que nos daba algo de resguardo. No era romántico. No era lo que me hubiera imaginado si hubiera planeado algo. Pero en ese momento no me importó nada de eso. Solo quería que me la metiera.

Me besó contra la pared con las manos en mi cintura, subiéndome el vestido hasta la cintura, y yo noté cómo se le tensaba el pantalón, cómo la verga le empujaba la tela buscando salida. Me arrodillé sin que me lo pidiera, porque era lo que quería hacer, porque llevaba dos semanas pensando en ese momento exacto y el cuerpo no miente. Le abrí el cinturón, le bajé el cierre y le saqué la polla de un tirón. Estaba dura, gorda, latiendo en mi mano con una gota transparente asomando en la punta.

—¿Me lo pedís con esa voz? —preguntó en voz baja, mirándome desde arriba.

No respondí con palabras. Le pasé la lengua por toda la extensión, desde la base hasta la punta, saboreando esa gota salada, y después me la metí entera en la boca.

La tomé despacio al principio, explorando, aprendiendo otra vez lo que ya sabía pero quería volver a aprender. Chupé la punta con los labios cerrados, la solté con un pop sonoro, la volví a meter hasta la mitad. Pasé la lengua por debajo, donde sabía que lo hacía perder el control, sentí cómo se tensaba, cómo sus manos me buscaban el pelo. Se lo agarró en un puño y empezó a marcarme el ritmo. La tomé entera, moviéndome con una cadencia que fue acelerando solo, guiada por sus manos que empujaban primero con suavidad y luego con más decisión, jalando mi cabeza hacia él hasta que la punta me pegaba en el fondo de la garganta y se me llenaban los ojos de lágrimas.

—Así, puta —murmuró—. Así te la comés.

La saqué un segundo para respirar, con un hilo de saliva colgándome del labio, y bajé a chuparle las bolas mientras le hacía una paja lenta con la mano. Después subí de vuelta, me la metí entera y empecé a moverme más rápido, dejándome coger la boca, sintiendo cómo se le tensaban los muslos.

—Para —dijo de pronto, con la voz cambiada—. Para o me corro ya.

Me detuve. Lo miré desde abajo con la polla apoyada en mi mejilla. Tenía los ojos entrecerrados y la respiración cortada.

—Si dejás algo, después te muestro algo que te va a gustar —dijo.

No entendí bien qué quería decir. Pero le seguí chupando despacio, dosificándolo, hasta que las manos se le crisparon en mi pelo y sentí el primer chorro caliente golpearme el paladar. Se corrió en mi boca como la primera noche, con ese calor espeso que se me había quedado grabado en la memoria esas dos semanas, y yo tragué todo mirándolo a los ojos, sin perder una gota. Le seguí chupando la punta hasta la última contracción, hasta dejarlo temblando.

Me levanté. Lo besé, pasándole la lengua para que se probara. Saboreó el beso con todo lo que acababa de pasar.

—Bueno —dije—. Ahora sí me voy.

Me agarró del brazo antes de que diera un paso.

Me giró de espaldas a él, muy despacio, con una mano en mi cadera y la otra recorriendo mi cuello hacia arriba, hasta rodearme la garganta con una presión leve que me dejó sin palabras. Su boca estaba en mi oreja.

—Es hora de que te muestre lo que quiero —dijo—. Lo que pienso cada vez que te veo.

Sentí que volvía a estar duro contra mi espalda, la polla empujándome a través del vestido, y algo en mí se encendió de una manera diferente. Sus dedos subieron por mi muslo, corrieron la tela de la ropa interior hacia un lado, y empezaron a explorar. Primero pasó dos dedos por mi coño, que estaba empapado, chorreando, y los deslizó adentro sin resistencia. Los movió despacio, curvándolos, mientras con el pulgar me hacía círculos en el clítoris. Me tuve que morder el labio para no gritar. Después sacó los dedos, brillantes de mi flujo, y los subió. Más arriba. Más atrás. Empezó a untarme con lo que yo misma había mojado, insistiendo justo ahí, en el otro agujero.

Me tensé entera.

—Espera —dije.

—Tranquila.

—No, Damián, eso no...

—Escuchame. —Su voz era baja, segura, sin apuro—. ¿Confiás en mí?

No respondí. Pero tampoco me moví.

Sus dedos seguían ahí, pacientes, resbalando en mi propia humedad, y la sensación que llegaba era extraña. No era lo que esperaba. Era algo entre el miedo y una curiosidad que no me atrevía a nombrar todavía. La punta de un dedo empezó a entrar, apenas, y yo aguanté el aire. Me besaba el cuello mientras trabajaba despacio, preparando, abriendo un camino que nadie había recorrido antes. El dedo entró un poco más y yo apreté los ojos. Cuando quiso salir, otro se me metió entre las piernas y encontró el clítoris, y entonces las dos sensaciones se cruzaron y me arqueé contra él sin querer.

—Nunca nadie me lo hizo por ahí —dije en voz muy baja.

—Lo sé —dijo él—. Por eso.

Sentí su boca en mi hombro, sus dientes rozando apenas la piel, su mano libre sujetando la mía contra el muro. Y con la otra seguía, ahora con dos dedos, abriéndome despacio, con una paciencia que contrastaba con todo lo anterior. Los sacaba, los volvía a mojar en mi coño, los volvía a meter atrás. Cada vez un poco más adentro. Yo estaba temblando, con el vestido enredado en la cintura, las bragas corridas y las tetas afuera, respirando contra el hormigón frío.

Cuando sacó los dedos sentí la punta de la polla apoyándose en su lugar, buscando esa entrada, y el miedo fue real. Un instante de pánico puro que me hizo apretar los dientes.

—Para —dije—. Para, que me va a doler. No quiero.

Se detuvo. No del todo, pero sí lo suficiente para girarse y mirarme de frente, con la mano todavía en mi cintura y la verga apoyada entre mis nalgas, palpitando.

—¿Segura que no querés? —preguntó.

Y en ese momento me ocurrió algo que no sé cómo explicar del todo: busqué su cadera con la mano que tenía libre, y lo empujé hacia mí.

Solo un poco. Apenas.

Pero fue suficiente.

La cabeza de su polla empezó a abrirme paso y yo dejé de respirar. El ardor inicial me hizo contener el aliento y aferrarme al muro con los dedos hasta que se me pusieron blancos los nudillos. Sentí cómo me estiraba, cómo un músculo que nunca había cedido cedía por primera vez, con una lentitud que era casi peor que si hubiera sido rápido. Pero sus manos no paraban: una recorriéndome la teta, apretándomela, pellizcándome el pezón, y la otra bajando entre mis piernas, dos dedos frotándome el clítoris en círculos húmedos. Su boca en mi hombro me decía cosas que apenas escuchaba pero que me llegaban igual, en voz baja, constante, como un ancla.

—Aflójate —murmuraba—. Respirá. Así. Toda mía.

Y el dolor fue cediendo, o transformándose, o mezclándose con otra cosa que no tenía nombre todavía. Los dedos en el clítoris no paraban, y yo empezaba a sentir un placer distinto, más profundo, que subía desde algún lugar nuevo.

—Más —me escuché decir.

Y me sorprendí a mí misma diciéndolo.

Avanzó despacio, centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez que notaba que me tensaba, besándome hasta que me aflojaba de nuevo. Cuando estuvo dentro del todo me quedé quieta unos segundos, apoyada contra la pared fría, sintiendo algo completamente nuevo. Una plenitud diferente, más profunda, que ocupaba un espacio que no sabía que tenía. La sentía latir dentro, gruesa, marcando el pulso contra mis paredes.

Empezó a moverse. Despacio primero, con una cadencia casi cuidadosa. Salidas cortas, entradas lentas, dándome tiempo a acostumbrarme. Yo respiraba entrecortado, con la mejilla contra el hormigón. Luego más rápido, con las manos en mis caderas, jalándome hacia él, empujándome contra la pared con cada embestida. Tenía la boca en mi nuca, en mis hombros, mordiéndome. Mis propias manos buscaban el muro, algo firme a qué aferrarme mientras el mundo se reducía a esa sensación de tenerlo entrando y saliendo por un lugar que hasta hace un rato me daba miedo.

—Así —decía él, con la voz ronca en mi oído—. Así, no pares. Movete, cogeme.

Y yo ya no pensaba. Solo sentía. Empecé a mover el culo hacia atrás, a recibir cada empujón con uno mío, arqueando la espalda, ofreciéndole todo. Su mano bajó de nuevo entre mis piernas y me metió dos dedos en el coño mientras me la seguía metiendo por atrás, y la sensación de estar llena por los dos lados a la vez me hizo gemir en voz alta, sin importarme si alguien pasaba por la calle y me escuchaba.

—Callate —dijo, tapándome la boca con la otra mano—. Que te van a oír.

Pero me la seguía metiendo más fuerte, más profundo, y yo gemía contra su palma, mordiéndosela, empujando el culo hacia atrás para recibirlo mejor. Lo que había empezado con miedo se había convertido en algo que no quería que terminara. Los dedos de su otra mano seguían moviéndose dentro de mi coño, buscando ese punto, y el clítoris rozando contra la base de su pulgar en cada embestida.

—Me voy a correr —jadeé contra su mano.

—Corrémela encima —dijo—. Así, quiero sentirte.

El orgasmo me pegó como una descarga que empezó en el vientre y se me abrió hasta las puntas de los dedos. Sentí las paredes del coño apretándose sobre sus dedos y el culo cerrándose sobre la polla al mismo tiempo, y él gruñó bajo, apretando el ritmo, cogiéndome más fuerte mientras yo todavía temblaba.

—No pares —le pedí, con la voz destrozada—. Correte adentro. Ya.

Cuando llegó el momento lo hizo con un gruñido bajo, con las manos clavadas en mis caderas, empujando hasta el fondo, y yo sentí el calor de él dentro de mí de una manera que no había sentido nunca. Los chorros calientes rellenándome por dentro, contracción tras contracción, mientras él me apretaba contra la pared con todo el peso. Una entrega que no había planeado, total y sin vuelta atrás.

Nos quedamos quietos unos segundos, con él todavía dentro, palpitando. Su frente en mi nuca. La respiración de los dos mezclada en el aire frío. Cuando salió despacio, sentí un hilo caliente resbalándome por la cara interna del muslo, y me tuve que agarrar del muro para no perder pie.

***

Nos arreglamos en silencio. Él se abotonó, yo me acomodé el vestido y la ropa interior lo mejor que pude, sintiendo que la tela se me pegaba a la piel mojada. Nos besamos una última vez, despacio, sin la urgencia de antes, como si hubiera algo más suave debajo de todo lo que había pasado.

—Llegás tarde a bailar —dijo.

—Lucía me va a matar —respondí.

Sonrió. Era la primera vez que lo veía sonreír así, sin más.

Caminé de vuelta a la entrada del edificio sintiéndome diferente. No solo en el sentido físico, aunque eso también: caminaba con las piernas un poco abiertas, sintiendo cada paso, sintiendo cómo se me escurría algo de él entre los muslos a cada movimiento. Sino de otra manera más difícil de explicar: como si hubiera cruzado un límite que llevaba tiempo ahí, esperando que yo decidiera si quería cruzarlo o no. Y lo había cruzado. No porque me lo hubieran impuesto, sino porque en el último momento había sido yo quien lo había empujado hacia mí.

Lucía me abrió la puerta con cara de pocos amigos.

—Veinte minutos —dijo.

—Lo sé.

—¿Valió la pena?

La miré. Pensé en Damián apoyado en la moto cuando llegué, en su voz baja diciéndome que confiara en él, en la manera en que había esperado mi señal antes de seguir. Pensé en todo lo que no había planeado y en cómo había terminado pidiéndole más igual, cómo había sido yo la que lo empujó adentro.

—Sí —dije—. Valió.

Agarré mi cartera y salimos. Afuera todavía hacía frío, pero yo ya no lo notaba. Solo sentía, a cada paso, el recuerdo tibio de él dentro de mí.

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Comentarios(8)

Rosario_73

que buenisimo!!! me atrapo desde la primera linea, no pude parar de leer

Dante_cba

Por favor seguí con esto, quede con muchisimas ganas de saber como termino todo

MarcelaT

Me encanto como lo contaste. Esas dos semanas de silencio y de golpe el mensaje... lo senti muy real

Lautaro_noche

tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo. Mas asi!

viajero73

Esto me recordo a algo que me paso hace unos años. Esa mezcla de nervios y ganas cuando alguien reaparece de repente sin avisar... la describis perfectamente. Muy bien escrito

SofiRios22

y en que quedo todo?? jaja quiero la segunda parte ya

ClaraMdz

Corto pero te deja pensando. Buenisimo

VeranoCaliente

Dios mio que manera de escribir, te mete adentro sin darte cuenta. Espero el proximo!

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