La primera vez que le dije que sí a todo
Habían pasado exactamente dos semanas desde aquella noche. Las conté. No los días, sino las noches, porque era de noche cuando más pensaba en él. Me acostaba y lo primero que llegaba era el recuerdo de su boca recorriendo mi cuello, bajando despacio, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Damián. Solo su nombre me revolvía el estómago de una manera que no sabía si llamar deseo o adicción.
Lo había conocido por casualidad, en una reunión de amigos comunes donde nadie nos presentó formalmente pero sus ojos me encontraron al otro lado de la habitación y ya no hubo mucho más que decir. Lo que pasó esa primera noche no cabe aquí, pero sí que cuando me fui a casa de madrugada caminaba diferente. Como si algo hubiera cambiado de lugar dentro de mí.
Esas dos semanas fueron una tortura deliciosa. Me imaginaba su lengua siguiendo la línea de mi cintura, su manera de agarrarme la cabeza con las dos manos, firme pero sin brusquedad. Pensaba en eso en el trabajo, en el colectivo, a las tres de la mañana mirando el techo. Había momentos en que la necesidad de verlo se volvía casi física, como un hambre concreta que no se apaga con nada. Llegué a fantasear no solo con lo que me había hecho a mí, sino con cómo sería con su pareja, si ella sabría lo que yo sabía, si lo vería igual que yo.
Y entonces llegó el mensaje.
Solo un «hola». Dos vocales y una consonante, pero bastaron para que me temblaran las manos sobre el teléfono.
Le respondí sin pensar demasiado.
—Me alegra que aparezcas. Pensé que no iba a volver a saber de ti.
—¿Me extrañaste? —escribió.
—Puede ser que sí. ¿Y vos?
Hubo una pausa breve. Luego:
—¿Tomamos un café?
Le dije que hoy no podía, que tenía planes. Lo cual era cierto: Lucía me esperaba para salir a bailar, llevábamos semanas organizando esa noche y el vestido negro que había elegido me quedaba demasiado bien como para desperdiciarlo. Así que lo pospuse para el día siguiente. Mi cuerpo no podía creer que le estuviera diciendo que no, con todas las ganas que tenía de verlo, de sentirlo, de besarlo.
Su respuesta llegó casi de inmediato.
—¿Qué planes? ¿Dónde vas a estar?
Le conté que iba a salir con una amiga, que ya estábamos casi listas. Y cinco minutos después sonó el teléfono. Era él, llamando.
—Sal a la esquina —dijo, sin saludos—. Estoy cerca.
Mi cuerpo respondió antes de que mi cabeza terminara de procesar lo que había escuchado. Colgué, me arreglé el vestido frente al espejo del baño de Lucía y le dije que bajaba un momento. Ella me miró con esa sonrisa de quien ya sabe todo sin que le cuenten nada.
Afuera hacía frío, pero no lo noté. Lo vi desde lejos, apoyado en la moto, con esa postura suya de quien no tiene prisa jamás. Cuando me vio llegar, no dijo nada durante unos segundos. Solo me miró de arriba abajo, detenido en el vestido, en mis piernas, en mi cara.
—Estás demasiado bien para ir a bailar —dijo al fin.
—Como vos para tu novia —respondí.
Se rió. Se levantó de la moto y me abrazó antes de que terminara de hablar, apretándome contra él con una fuerza que me dejó sin aire. Lo sentí todo: el calor de su cuerpo, el olor de su ropa, las manos que me recorrían la espalda como si llevaran tiempo queriendo hacer exactamente eso. Me besó con una urgencia que no esperaba, mordiéndome el labio inferior, luego el cuello. Y entonces me bajó el escote.
Ahí, en la calle, con el frío de la noche y los autos pasando a cien metros. Me besó el pecho despacio, pasó la lengua por mi piel, mordió con suavidad un lado y pellizcó el otro con los dedos. Sentí que me flaqueaban las rodillas.
—Ven —dijo, señalando un terreno oscuro al fondo de la cuadra—. Quiero estar con vos.
Le dije que no podía, que Lucía me esperaba, que esa noche no era posible. Entonces me alzó de la cintura, me cargó de verdad, y caminó hacia allá mientras yo me aferraba a sus hombros sin oponer demasiada resistencia.
***
Era un terreno en obras, oscuro, con un muro de hormigón que nos daba algo de resguardo. No era romántico. No era lo que me hubiera imaginado si hubiera planeado algo. Pero en ese momento no me importó nada de eso.
Me besó contra la pared con las manos en mi cintura, y yo noté que quería más. Me arrodillé sin que me lo pidiera, porque era lo que quería hacer, porque llevaba dos semanas pensando en ese momento exacto y el cuerpo no miente.
—¿Me lo pedís con esa voz? —preguntó en voz baja, mirándome desde arriba.
No respondí con palabras.
Lo tomé despacio al principio, explorando, aprendiendo otra vez lo que ya sabía pero quería volver a aprender. Pasé la lengua por donde sabía que lo hacía perder el control, sentí cómo se tensaba, cómo sus manos me buscaban el pelo. Lo tomé entero, moviéndome con un ritmo que fue acelerando solo, guiado por sus manos que empujaban primero con suavidad y luego con más decisión, jalando mi cabeza hacia él hasta que ya no había más adentro.
—Para —dijo de pronto, con la voz cambiada—. Para o no aguanto más.
Me detuve. Lo miré. Tenía los ojos entrecerrados y la respiración cortada.
—Si dejás algo, después te muestro algo que te va a gustar —dijo.
No entendí bien qué quería decir. Pero lo dejé terminar en mi boca, como antes, sintiendo ese calor espeso que se me había quedado grabado en la memoria esas dos semanas.
Me levanté. Lo besé. Saboreé el beso con todo lo que acababa de pasar.
—Bueno —dije—. Ahora sí me voy.
Me agarró del brazo antes de que diera un paso.
Me giró de espaldas a él, muy despacio, con una mano en mi cadera y la otra recorriendo mi cuello hacia arriba, hasta rodearme la garganta con una presión leve que me dejó sin palabras. Su boca estaba en mi oreja.
—Es hora de que te muestre lo que quiero —dijo—. Lo que pienso cada vez que te veo.
Sentí que volvía a estar duro contra mi espalda, y algo en mí se encendió de una manera diferente. Sus dedos subieron por mi muslo, corrieron la tela de la ropa interior hacia un lado, y empezaron a explorar. Pero no donde esperaba. Más arriba. Más atrás.
Me tensé entera.
—Espera —dije.
—Tranquila.
—No, Damián, eso no...
—Escuchame. —Su voz era baja, segura, sin apuro—. ¿Confiás en mí?
No respondí. Pero tampoco me moví.
Sus dedos seguían ahí, pacientes, y la sensación que llegaba era extraña. No era lo que esperaba. Era algo entre el miedo y una curiosidad que no me atrevía a nombrar todavía. Me besaba el cuello mientras trabajaba despacio, preparando, abriendo un camino que nadie había recorrido antes.
—Nunca nadie lo hizo —dije en voz muy baja.
—Lo sé —dijo él—. Por eso.
Sentí su boca en mi hombro, sus dientes rozando apenas la piel, su mano libre sujetando la mía contra el muro. Y con la otra seguía, con una paciencia que contrastaba con todo lo anterior.
Cuando noté la presión de él buscando esa entrada, el miedo fue real. Un instante de pánico puro que me hizo apretar los dientes.
—Para —dije—. Para, que me va a doler. No quiero.
Se detuvo. No del todo, pero sí lo suficiente para girarse y mirarme de frente, con la mano todavía en mi cintura.
—¿Segura que no querés? —preguntó.
Y en ese momento me ocurrió algo que no sé cómo explicar del todo: busqué su cadera con la mano que tenía libre, y lo empujé hacia mí.
Solo un poco. Apenas.
Pero fue suficiente.
La presión fue intensa. El ardor inicial me hizo contener el aliento y aferrarme al muro con los dedos. Pero sus manos no paraban: una recorriéndome el pecho, la otra entre mis piernas, y su boca en mi hombro diciéndome cosas que apenas escuchaba pero que me llegaban igual, en voz baja, constante, como un ancla. Y el dolor fue cediendo, o transformándose, o mezclándose con otra cosa que no tenía nombre todavía.
—Más —me escuché decir.
Y me sorprendí a mí misma diciéndolo.
Avanzó despacio, centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez que notaba que me tensaba, besándome hasta que me aflojaba de nuevo. Cuando estuvo dentro del todo me quedé quieta unos segundos, apoyada contra la pared fría, sintiendo algo completamente nuevo. Una plenitud diferente, más profunda, que ocupaba un espacio que no sabía que tenía.
Empezó a moverse. Despacio primero, con una cadencia casi cuidadosa. Luego más rápido, con las manos en mis caderas, jalándome hacia él. Tenía la boca en mi nuca, en mis hombros. Mis propias manos buscaban el muro, algo firme a qué aferrarme mientras el mundo se reducía a esa sensación.
—Así —decía él—. Así, no pares.
Y yo ya no pensaba. Solo sentía.
Le pedía más. Se lo pedía con palabras, con el cuerpo, empujándome hacia atrás para recibirlo mejor. Lo que había empezado con miedo se había convertido en algo que no quería que terminara.
Cuando llegó el momento lo hizo con un gruñido bajo, con las manos clavadas en mis caderas, y yo sentí el calor de él dentro de mí de una manera que no había sentido nunca. Una entrega que no había planeado, total y sin vuelta atrás.
Nos quedamos quietos unos segundos. Su frente en mi nuca. La respiración de los dos mezclada en el aire frío.
***
Nos arreglamos en silencio. Él se abotonó, yo me acomodé el vestido y la ropa interior. Nos besamos una última vez, despacio, sin la urgencia de antes, como si hubiera algo más suave debajo de todo lo que había pasado.
—Llegás tarde a bailar —dijo.
—Lucía me va a matar —respondí.
Sonrió. Era la primera vez que lo veía sonreír así, sin más.
Caminé de vuelta a la entrada del edificio sintiéndome diferente. No solo en el sentido físico, aunque eso también. Sino de otra manera más difícil de explicar: como si hubiera cruzado un límite que llevaba tiempo ahí, esperando que yo decidiera si quería cruzarlo o no. Y lo había cruzado. No porque me lo hubieran impuesto, sino porque en el último momento había sido yo quien lo había empujado hacia mí.
Lucía me abrió la puerta con cara de pocos amigos.
—Veinte minutos —dijo.
—Lo sé.
—¿Valió la pena?
La miré. Pensé en Damián apoyado en la moto cuando llegué, en su voz baja diciéndome que confiara en él, en la manera en que había esperado mi señal antes de seguir. Pensé en todo lo que no había planeado y en cómo había terminado pidiéndole más igual.
—Sí —dije—. Valió.
Agarré mi cartera y salimos. Afuera todavía hacía frío, pero yo ya no lo notaba.