Cuando le conté mi pasado, su reacción me encendió
Mi marido y yo llevamos más de veinte años juntos. Nos conocimos a los veinticinco, nos casamos tres años después, y ahora, ya instalados en la segunda mitad de los cuarenta, seguimos encontrando maneras de sorprendernos. No es algo que hayamos planeado deliberadamente; simplemente aprendimos, con el tiempo, que la rutina puede matar una relación más rápido que cualquier otra cosa, y que el antídoto no siempre viene de afuera ni de lugares obvios.
Soy una mujer que siempre disfrutó del sexo, desde muy joven. No pienso en comparaciones ni en mediciones: cuando algo me excita, lo disfruto completo y se lo hago sentir a quien tengo enfrente. Eso nunca cambió. Lo que sí cambió, con los años y con la confianza, es que aprendí a hablar de ello sin pudor.
Hace unos meses, mi marido empezó a pedirme que le contara sobre mis experiencias anteriores. Al principio pensé que era una curiosidad pasajera, de esas que aparecen y desaparecen. Pero la tercera vez que me lo pidió, con los ojos fijos en los míos y sin ningún rodeo, entendí que era algo que genuinamente quería saber. No lo encontré incómodo. Lo encontré interesante. Y decidí contarle.
***
Era una noche de entre semana, ya pasadas las once. Nuestros hijos habían cerrado sus puertas hacía rato y el departamento entero era nuestro. Él estaba recostado en la cama y yo me había acercado sin decir nada, porque tampoco hacía falta. Con los años uno aprende a leer esos silencios, a distinguir cuáles son de cansancio y cuáles son de otra cosa.
Empecé a acariciarlo despacio, tomándome el tiempo que siempre me tomo. Hay algo en ese momento inicial, cuando todavía está apenas despertando bajo mis dedos, que me resulta más íntimo que cualquier otra cosa. Me sé su cuerpo de memoria y aun así me sigo tomando el tiempo que quiero tomarme, sin apuro.
Cuando ya lo tenía completamente firme y estaba inclinándome hacia él, me tomó de la barbilla con suavidad.
—Contame algo —dijo.
—¿Qué cosa? —pregunté, aunque intuía adónde iba.
—Sobre antes. Quiero saber cómo fueron los otros.
La pregunta no me incomodó. Lo que sí me sorprendió fue el tono: directo, sin ningún pretexto que lo envolviera, como si llevara un rato armándose de valor para hacerla. Lo miré y vi que hablaba completamente en serio.
—¿Cuánto querés saber? —le pregunté.
—Todo lo que me quieras contar.
Me senté sobre él sin dejarlo entrar, solo apoyada en su cadera, y me quedé pensando unos segundos en cuál historia elegir. Tenía algunas. No muchas, pero tampoco pocas. Y había una en particular que sabía que lo iba a encender más que las otras, precisamente porque tenía que ver con algo que él no podía darme. Nunca le había importado demasiado, pero esa noche sentí que quería escucharlo.
—Hay una que creo que te va a gustar —le dije—. Aunque te aviso que la primera reacción va a ser de incredulidad.
—Contame.
***
Fue antes de que nos conociéramos. Yo tendría veintidós o veintitrés años. Vivía sola en un departamento en el centro, en un edificio con muchos pisos y vecinos que casi no se hablaban entre sí. En el piso de arriba vivía un tipo que se llamaba Damián. Nos cruzábamos en el ascensor dos o tres veces por semana, intercambiábamos comentarios sobre el calor o sobre el ruido del departamento del fondo, esas conversaciones de pasillo que no llevan a ningún lado pero que de a poco van construyendo algo sin que uno se dé cuenta.
Un sábado por la tarde me lo crucé en la planta baja, cargado con bolsas del supermercado, y me invitó a tomar algo en su departamento. Yo sabía que no era solo para tomar algo. Y él también lo sabía. Ninguno de los dos hizo el esfuerzo de fingir lo contrario.
Tenía curiosidad. Hasta ese momento había estado con dos hombres, y el segundo me había enseñado bastante, pero sentía ganas de saber qué había más allá de lo que ya conocía. La picardía de estar con alguien nuevo, con alguien del que no sabía nada todavía, fue suficiente para que dijera que sí.
Subimos. Su departamento era más luminoso que el mío, con una ventana enorme que daba a los techos de los edificios de enfrente. Nos sentamos en el sofá y charlamos durante no más de veinte minutos, hasta que la charla empezó a volverse superflua y los dos lo notamos al mismo tiempo.
Me besó con calma, sin ningún apuro. Tenía boca grande y labios firmes, y sabía lo que hacía. Ese tipo de beso que empieza quieto y va subiendo de temperatura por sí solo, sin que nadie tenga que forzarlo. Me tomó de la nuca y sentí que algo dentro de mí respondía antes de que yo lo decidiera conscientemente.
Mientras cuento todo esto no he dejado de tener la mano sobre mi marido. Lo noto cada vez más tenso, y su respiración se vuelve más lenta y profunda.
—Seguí —me pide en voz baja.
En esa época yo era más delgada, aunque ya tenía bastante pecho para mi altura, caderas marcadas y piernas que siempre me gustaron. Llevaba un vestido de tirantes ligero, sin demasiado debajo. Cuando Damián me lo sacó, me quedé solo en ropa interior, y la forma en que me miró hizo que esa ropa interior me pareciera completamente innecesaria.
Se tomó su tiempo con el corpiño, soltándolo despacio como si tuviera toda la noche por delante, y cuando mis pechos quedaron libres inclinó la cabeza y empezó a besarlos. Los pezones se me pusieron duros antes de que llegara a rozarlos del todo. Me rodeó la cintura con un brazo, me acomodó, y yo sentí que la humedad entre mis piernas ya era una respuesta que no necesitaba ninguna explicación.
Cuando me sacó lo poco que me quedaba de ropa, ya estaba completamente lista. Me abrió con los dedos y encontró el clítoris sin rodeos, con una presión exacta que me hizo doblar la espalda. No fue brusco ni apurado: fue exactamente lo que hacía falta. Cuando sentí que estaba a punto de venirme, él lo intuyó y aumentó apenas la presión sin cambiar el ritmo. Me dejé ir. El orgasmo llegó antes de lo que esperaba, y me apoyé en su hombro hasta que el temblor se calmó del todo.
***
—Hasta ahí podría ser la historia de cualquier noche más o menos buena —le digo a mi marido—. Lo que viene ahora es lo que te interesa a vos.
Él no dice nada, pero lo que siento bajo mis dedos es respuesta suficiente. Aprieto un poco más y escucho que retiene el aire.
Cuando Damián se levantó del sofá y empezó a desabrocharse el pantalón, yo lo miraba sin ninguna expectativa particular. Y entonces vi lo que había debajo. Y me quedé completamente quieta.
—¿Qué pasó? —pregunta mi marido. Ya no disimula el interés.
—Que era algo que no había visto antes —le digo—. No tanto por el largo, que también lo tenía. Era el grosor lo que me dejó sin habla.
Mi marido me pide que lo describa, y lo hago sin exagerar ni una sola sílaba, porque no hace falta exagerar nada: era grueso como nunca había visto en ningún hombre antes ni después de eso, con una cabeza redondeada de piel suave, y cuanto más se acercaba a la base, más ancho se volvía. Las venas se marcaban porque a esa escala no podían no marcarse. Estaba completamente erecto sin el menor esfuerzo, como si no pudiera ser de otra manera.
—Imaginate algo que empieza más angosto arriba y se va ensanchando hacia la base —le digo—. Pero de carne. Con calor y textura y peso.
Mi marido exhala despacio.
—¿Y vos qué hiciste?
—Me quedé mirando, creo que con cara de susto. Y él se rió, sin burlarse, sino como quien está acostumbrado a esa reacción y ya sabe cómo manejarla.
Damián tomó su tiempo. Empezó cubriéndose con saliva, despacio, y antes de acercarse me preguntó si estaba bien. Me gustó eso: había algo en su actitud que decía claramente que sabía lo que cargaba y que no iba a ignorar ese hecho. Se puso el preservativo con la misma calma con la que había hecho todo lo demás, y volvió hacia mí sin apuro.
Cuando entró, el primer sonido que hice fue completamente involuntario. Una mezcla entre sorpresa y algo que rozaba el dolor sin serlo del todo. Él se detuvo, esperó, y cuando yo asentí con la cabeza, siguió muy despacio. Sentí cada centímetro con una claridad que no había experimentado antes: mi cuerpo tardó un momento en adaptarse, y durante todo ese tiempo él no se movió, solo me miraba.
Cuando me relajé, comenzó a moverse. Lento al principio, con movimientos cortos que me daban tiempo de acostumbrarme. La sensación era distinta a todo lo que conocía: una presión constante contra las paredes internas, una fricción que alcanzaba lugares que hasta ese momento habían estado dormidos. Sentí sus venas moverse adentro mío con una claridad que me pareció casi irreal.
Tomó mis pechos con ambas manos para que no rebotaran demasiado con el movimiento, y ese gesto me pareció tan considerado que casi me dio ternura. Fue subiendo el ritmo de a poco, y yo ajustaba el mío al suyo sin pensarlo. En algún momento empecé a sentir que se acumulaba algo muy profundo, diferente a los orgasmos que conocía, como si viniera desde más adentro de lo habitual.
No tardé mucho. La fricción de ese grosor hacía un trabajo que no requería demasiado esfuerzo adicional de ninguno de los dos. Me aferré a su espalda, hundí los dedos, y me dejé ir con una intensidad que me sorprendió incluso a mí misma. Las piernas me temblaron de verdad, no como expresión dramática, sino porque el cuerpo hizo lo que quiso sin consultarme.
—¿Y él? —pregunta mi marido.
—Me pidió que me diera vuelta —digo—. Y yo le pedí un segundo para recuperarme.
—¿Y le diste ese segundo?
—Le di dos. Era lo menos que podía hacer.
Me puse en cuatro apoyos y lo sentí acomodarse desde atrás con una mano firme en mi cadera. Esta vez no hubo tanta delicadeza: entró con más decisión y empezó a moverse con una energía que no había mostrado antes. Yo solo podía concentrarme en respirar, porque la posición lo hacía todo más profundo y más intenso al mismo tiempo, y mi cuerpo ya no tenía mucho margen.
No lo tuve. El segundo orgasmo llegó desde abajo, como una ola que empieza en las plantas de los pies y sube por las piernas hasta sacudir el centro del cuerpo. Me escuché hacer ruidos que normalmente no hago, y no me importó. Sentí sus manos apretando mis caderas con más fuerza, y entonces él se retiró de golpe y terminó encima de mí, con una cantidad que tampoco había visto antes.
***
Guardé silencio un momento. Mi marido tenía la respiración entrecortada y yo sentía bajo mis dedos que estaba completamente al límite. Completamente.
—Eso es todo —le dije.
—¿Todo? —repitió, con voz ronca.
—Por ahora —le dije—. Hay más. Pero eso lo cuento otro día.
Lo que pasó a continuación no necesita mucho detalle. Solo diré que su reacción fue exactamente la que yo esperaba, y que esa noche descubrimos que los recuerdos, bien contados y en el momento justo, pueden ser el mejor de todos los juegos que existen entre dos personas que se conocen de memoria.