Cuando le conté mi pasado, su reacción me encendió
Mi marido y yo llevamos más de veinte años juntos. Nos conocimos a los veinticinco, nos casamos tres años después, y ahora, ya instalados en la segunda mitad de los cuarenta, seguimos encontrando maneras de sorprendernos. No es algo que hayamos planeado deliberadamente; simplemente aprendimos, con el tiempo, que la rutina puede matar una relación más rápido que cualquier otra cosa, y que el antídoto no siempre viene de afuera ni de lugares obvios.
Soy una mujer que siempre disfrutó del sexo, desde muy joven. No pienso en comparaciones ni en mediciones: cuando algo me excita, lo disfruto completo y se lo hago sentir a quien tengo enfrente. Eso nunca cambió. Lo que sí cambió, con los años y con la confianza, es que aprendí a hablar de ello sin pudor. A decir polla, coño, corrida, follar, con la misma naturalidad con la que digo cualquier otra palabra.
Hace unos meses, mi marido empezó a pedirme que le contara sobre mis experiencias anteriores. Al principio pensé que era una curiosidad pasajera, de esas que aparecen y desaparecen. Pero la tercera vez que me lo pidió, con los ojos fijos en los míos y sin ningún rodeo, entendí que era algo que genuinamente quería saber. No lo encontré incómodo. Lo encontré interesante. Y decidí contarle.
***
Era una noche de entre semana, ya pasadas las once. Nuestros hijos habían cerrado sus puertas hacía rato y el departamento entero era nuestro. Él estaba recostado en la cama y yo me había acercado sin decir nada, porque tampoco hacía falta. Con los años uno aprende a leer esos silencios, a distinguir cuáles son de cansancio y cuáles son de otra cosa.
Empecé a acariciarlo despacio, tomándome el tiempo que siempre me tomo. Le bajé el bóxer hasta las rodillas y le tomé la polla con la mano derecha, apretándola en la base y subiendo despacio hacia la punta, sintiéndola engrosarse contra mi palma. Hay algo en ese momento inicial, cuando todavía la tengo blanda y noto cómo empieza a llenarse de sangre bajo mis dedos, que me resulta más íntimo que cualquier otra cosa. Me sé su verga de memoria y aun así me sigo tomando el tiempo que quiero tomarme, sin apuro, pasándole el pulgar por la corona una y otra vez hasta que se le escapa la primera gota transparente en la punta. La recojo con el dedo y me la llevo a la boca, y él suelta el aire de golpe.
Cuando ya la tenía completamente dura, gruesa y caliente en mi mano, me incliné y le pasé la lengua desde la base hasta el glande, muy lentamente, deteniéndome a chupar el frenillo con los labios apenas cerrados. Se le tensaron los muslos. Me la metí entera en la boca hasta sentirla golpear el fondo, la mantuve ahí unos segundos y la solté con un ruido húmedo, saliva bajando por el tronco.
—Contame algo —dijo, tomándome de la barbilla con suavidad.
—¿Qué cosa? —pregunté, aunque intuía adónde iba.
—Sobre antes. Quiero saber cómo fueron los otros. Con quiénes cogiste antes de mí.
La pregunta no me incomodó. Lo que sí me sorprendió fue el tono: directo, sin ningún pretexto que lo envolviera, como si llevara un rato armándose de valor para hacerla. Lo miré y vi que hablaba completamente en serio.
—¿Cuánto querés saber? —le pregunté, sin soltarle la polla, moviendo el puño despacio de arriba a abajo.
—Todo lo que me quieras contar. Con detalle. Cómo te la metieron, cómo te corriste.
Me senté a horcajadas sobre él sin dejarlo entrar, apoyando el coño mojado sobre su verga estirada contra su vientre, y empecé a moverme adelante y atrás, deslizando mis labios abiertos por toda la longitud, mojándosela con mi humedad. Me quedé pensando unos segundos en cuál historia elegir. Tenía algunas. No muchas, pero tampoco pocas. Y había una en particular que sabía que lo iba a encender más que las otras, precisamente porque tenía que ver con algo que él no podía darme. Nunca le había importado demasiado, pero esa noche sentí que quería escucharlo.
—Hay una que creo que te va a gustar —le dije, sin dejar de restregarme sobre él—. Aunque te aviso que la primera reacción va a ser de incredulidad.
—Contame.
***
Fue antes de que nos conociéramos. Yo tendría veintidós o veintitrés años. Vivía sola en un departamento en el centro, en un edificio con muchos pisos y vecinos que casi no se hablaban entre sí. En el piso de arriba vivía un tipo que se llamaba Damián. Nos cruzábamos en el ascensor dos o tres veces por semana, intercambiábamos comentarios sobre el calor o sobre el ruido del departamento del fondo, esas conversaciones de pasillo que no llevan a ningún lado pero que de a poco van construyendo algo sin que uno se dé cuenta.
Un sábado por la tarde me lo crucé en la planta baja, cargado con bolsas del supermercado, y me invitó a tomar algo en su departamento. Yo sabía que no era solo para tomar algo. Y él también lo sabía. Ninguno de los dos hizo el esfuerzo de fingir lo contrario.
Tenía curiosidad. Hasta ese momento había estado con dos hombres, y el segundo me había enseñado bastante — sobre todo a chupar bien una verga y a pedir sin vergüenza lo que quería —, pero sentía ganas de saber qué había más allá de lo que ya conocía. La picardía de estar con alguien nuevo, con alguien del que no sabía nada todavía, fue suficiente para que dijera que sí.
Subimos. Su departamento era más luminoso que el mío, con una ventana enorme que daba a los techos de los edificios de enfrente. Nos sentamos en el sofá y charlamos durante no más de veinte minutos, hasta que la charla empezó a volverse superflua y los dos lo notamos al mismo tiempo.
Me besó con calma, sin ningún apuro. Tenía boca grande y labios firmes, y sabía lo que hacía. Ese tipo de beso que empieza quieto y va subiendo de temperatura por sí solo, sin que nadie tenga que forzarlo. Me tomó de la nuca, me metió la lengua hasta el fondo, y sentí que el coño se me humedecía de una manera que no pude ignorar. Me apretó una teta por encima del vestido, me buscó el pezón con el pulgar y me lo pellizcó, y yo dejé escapar un suspiro dentro de su boca.
Mientras cuento todo esto no he dejado de tener la mano sobre mi marido, y la boca también, alternando. Se la chupo lenta, mirándolo a los ojos, dejando que la saliva le caiga en huevos y se los masajeo con la otra mano. Lo noto cada vez más tenso, y su respiración se vuelve más lenta y profunda.
—Seguí —me pide en voz baja—. No pares de contar y no pares de chupar.
En esa época yo era más delgada, aunque ya tenía bastante pecho para mi altura, caderas marcadas y piernas que siempre me gustaron. Llevaba un vestido de tirantes ligero, sin nada debajo salvo unas bragas mínimas de encaje. Cuando Damián me lo sacó de un tirón por arriba de la cabeza, mis tetas cayeron pesadas y libres, con los pezones ya duros apuntando hacia él. La forma en que me miró hizo que las bragas me parecieran completamente innecesarias.
Me tumbó de espaldas en el sofá, se agachó y me metió una teta entera en la boca, chupándomela fuerte, tirando del pezón con los dientes lo justo para hacerme arquear la espalda. Con la otra mano me amasaba la otra teta, pellizcándome el pezón entre el índice y el pulgar. Yo ya estaba mojada, tanto que sentía la humedad manchándome la parte interna de los muslos.
Me bajó las bragas con los dientes, muy despacio, deslizándolas por mis piernas hasta quitármelas del todo. Después me abrió las piernas con las dos manos, me miró el coño abierto y brillante, y dijo en voz baja "qué rica estás". Y se agachó y me la comió.
Empezó chupándome los labios exteriores, uno por uno, con los ojos cerrados como si estuviera comiendo algo delicioso. Después me abrió con dos dedos y me pasó la lengua entera desde la entrada del coño hasta el clítoris, muy lento, apretando la punta al final. Lo repitió tres o cuatro veces, cada vez más rápido, hasta que se quedó pegado al clítoris chupándomelo con toda la boca, presión constante y exacta, mientras me metía dos dedos y los curvaba hacia arriba buscando ese punto que sabía perfectamente dónde estaba.
Se me doblaron las caderas contra su cara. Le agarré la cabeza con las dos manos y se la apreté contra el coño, moviéndome sin ninguna vergüenza, follándole la boca. Cuando sentí que estaba a punto de venirme, él lo intuyó y aumentó apenas la presión sin cambiar el ritmo, y siguió con los dedos adentro moviéndolos rápido. Me corrí gritando, apretando los muslos alrededor de su cabeza, sintiendo cómo el orgasmo me sacudía de arriba abajo. Él no paró: me siguió lamiendo con la lengua plana mientras yo temblaba, hasta que el clítoris me quedó tan sensible que tuve que apartarle la cara.
***
—Hasta ahí podría ser la historia de cualquier noche más o menos buena —le digo a mi marido, y le doy un lametazo largo desde los huevos hasta la punta de la polla—. Lo que viene ahora es lo que te interesa a vos.
Él no dice nada, pero lo que siento bajo mis dedos y en mi lengua es respuesta suficiente. La aprieto un poco más en la base y escucho que retiene el aire. Le doy un beso húmedo en la punta y me la meto de nuevo, esta vez hasta el fondo.
Cuando Damián se levantó del sofá y empezó a desabrocharse el pantalón, yo lo miraba desde abajo, todavía con el coño palpitando por la corrida. Se bajó el pantalón y el bóxer de un solo movimiento. Y me quedé completamente quieta.
—¿Qué pasó? —pregunta mi marido. Ya no disimula el interés.
—Que era una polla como nunca había visto —le digo—. No tanto por el largo, que también lo tenía. Era el grosor lo que me dejó sin habla.
Mi marido me pide que la describa, y lo hago sin exagerar ni una sola sílaba, porque no hace falta exagerar nada: era gruesa como no había visto en ningún hombre antes ni después de eso, con la cabeza gorda y purpúrea, y cuanto más se acercaba a la base más ancha se volvía. Las venas se marcaban gordas y azules porque a esa escala no podían no marcarse. Estaba completamente erecta, dura como una piedra, apuntando hacia mí sin el menor esfuerzo, como si no pudiera ser de otra manera. Un hilo de líquido preseminal le colgaba del glande.
—Imaginate algo que empieza más angosto arriba y se va ensanchando hacia la base —le digo—. Pero de carne caliente, con textura, con peso. Cuando la tomé con la mano no llegaba a cerrarla del todo, me faltaban dedos.
Mi marido exhala despacio y siento que su polla me da un tirón en la boca.
—¿Y vos qué hiciste?
—Me quedé mirando, creo que con cara de susto. Y él se rió, sin burlarse, sino como quien está acostumbrado a esa reacción y ya sabe cómo manejarla. Me acerqué gateando por el sofá y se la agarré con la mano. No cerraba. Le pasé la lengua por el glande, que era del tamaño de una ciruela, y traté de metérmela en la boca. Me entró la cabeza y poco más. Me atragantaba con solo un tercio.
Se la chupé como pude, con las dos manos alrededor del tronco moviéndolas al mismo tiempo, dejando que la saliva chorreara hasta los huevos. Él me miraba desde arriba, con una mano en mi pelo sin empujar, dejándome hacer a mi ritmo. La lamí por todos lados, le chupé los huevos uno por uno, volví a la punta y hundí la lengua en la ranura hasta hacerle temblar las piernas.
—Vení para acá —dijo con la voz ronca, y me levantó del sofá.
Me llevó al dormitorio, me tiró boca arriba en la cama y me abrió las piernas. Antes de acercarse me preguntó si estaba bien. Me gustó eso: había algo en su actitud que decía claramente que sabía lo que cargaba y que no iba a ignorar ese hecho. Se puso el preservativo con la misma calma con la que había hecho todo lo demás — el látex tirante, casi al límite —, se escupió en la mano y se untó él mismo, y después me untó a mí, metiéndome dos dedos hasta el fondo para asegurarse de que estaba bien mojada.
Cuando apoyó la punta en la entrada, sentí el ancho antes de que empezara a empujar. El primer sonido que hice fue completamente involuntario. Una mezcla entre sorpresa y algo que rozaba el dolor sin serlo del todo. Él empujó despacio, muy despacio, y sentí cómo el coño se me iba abriendo centímetro a centímetro, estirándose de una manera que no había experimentado nunca. Se detuvo con la cabeza dentro, esperó, y cuando yo asentí con la cabeza, siguió metiéndomela igual de despacio.
—Ay, la puta madre —dije, o algo parecido. No me acuerdo bien.
Sentí cada centímetro con una claridad brutal: mi cuerpo tardó un momento en adaptarse, y durante todo ese tiempo él no se movió, solo me miraba y me acariciaba las tetas para que me relajara. Cuando por fin me la metió entera, hasta que los huevos me tocaron el culo, me quedé quieta unos segundos, sintiéndome llena de una manera que jamás había sentido. Podía sentir cada vena palpitando adentro mío.
Cuando me relajé, comenzó a moverse. Lento al principio, con movimientos cortos que me daban tiempo de acostumbrarme. La sensación era distinta a todo lo que conocía: una presión constante contra las paredes internas, una fricción que alcanzaba lugares que hasta ese momento habían estado dormidos. Sentí sus venas moverse adentro mío con una claridad casi irreal, y cada vez que la sacaba casi hasta la punta y volvía a meterla hasta el fondo, se me escapaba un gemido que no podía controlar.
—Más rápido —le pedí, sin reconocer del todo mi propia voz—. Cogeme más rápido.
Tomó mis tetas con ambas manos para que no rebotaran demasiado con el movimiento, y ese gesto me pareció tan considerado que casi me dio ternura. Fue subiendo el ritmo de a poco, y yo ajustaba el mío al suyo, levantando las caderas para recibirlo, buscándolo. El sonido de sus huevos golpeándome el culo se mezclaba con el chapoteo del coño empapado y con mis gemidos, y en algún momento empecé a sentir que se acumulaba algo muy profundo, diferente a los orgasmos que conocía, como si viniera desde más adentro de lo habitual.
No tardé mucho. La fricción de ese grosor hacía un trabajo que no requería demasiado esfuerzo adicional de ninguno de los dos. Me aferré a su espalda, hundí los dedos hasta las uñas, le mordí el hombro, y me corrí con una intensidad que me sorprendió incluso a mí misma. Las piernas me temblaron de verdad, no como expresión dramática, sino porque el cuerpo hizo lo que quiso sin consultarme. Sentí las contracciones del coño apretándole la polla, y él tuvo que quedarse quieto un momento, aguantando, porque estuvo a punto de correrse él también.
—¿Y él? —pregunta mi marido, con la voz apretada.
—Me pidió que me diera vuelta —digo, moviendo el puño sobre su polla con más ritmo—. Y yo le pedí un segundo para recuperarme.
—¿Y le diste ese segundo?
—Le di dos. Era lo menos que podía hacer.
Me puse en cuatro apoyos, con el culo bien parado y la cara contra la almohada, y lo sentí acomodarse desde atrás con una mano firme en mi cadera. Me abrió con el pulgar y me miró un momento, y después escupió sobre el coño abierto y frotó la escupida con la cabeza de la polla, restregándomela contra los labios antes de meterla. Esta vez no hubo tanta delicadeza: entró de un empujón casi entero, y yo grité contra la almohada.
Empezó a moverse con una energía que no había mostrado antes, agarrado de mis caderas con las dos manos, tirándome hacia él en cada embestida. La posición lo hacía todo más profundo, sentía que llegaba a un lugar al que nadie había llegado antes, y con cada estocada la cabeza gorda me golpeaba el cuello del útero de una manera que era mitad placer y mitad otra cosa. Yo solo podía concentrarme en respirar y en aguantar, porque mi cuerpo ya no tenía mucho margen.
Me pasó una mano por debajo y me buscó el clítoris con el dedo del medio, empezando a frotarme al mismo ritmo con el que me follaba. Con la otra mano me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás.
—Decime que te gusta —me dijo cerca del oído, sin dejar de meterla.
—Me gusta —dije jadeando—. Me encanta tu polla, no pares, cogeme fuerte.
No lo tuve que pedir dos veces. Empezó a metérmela con toda la fuerza, huevos contra el culo, mientras el dedo me trabajaba el clítoris en círculos. El segundo orgasmo llegó desde abajo, como una ola que empieza en las plantas de los pies y sube por las piernas hasta sacudir el centro del cuerpo. Me escuché hacer ruidos que normalmente no hago, gruñidos, insultos, cosas que no repetiría en frío. No me importó. El coño se me cerró alrededor de esa verga enorme en espasmos que no podía controlar.
Sentí sus manos apretando mis caderas con más fuerza, sus embestidas volviéndose más cortas y desordenadas, y entonces él se retiró de golpe, se arrancó el preservativo y terminó encima de mí, chorros gruesos y calientes que me cayeron desde la nuca hasta la parte baja de la espalda, resbalándome por los costados. Una cantidad que tampoco había visto antes, que se juntó en el hueco de la cintura y me chorreó hasta el culo. Se quedó ahí un momento, arrodillado, respirando fuerte, con la polla todavía dura en la mano y goteando los últimos restos sobre mí.
Después me limpió con una toalla, muy despacio, sin ninguna prisa, como si esa parte también fuera del sexo.
***
Guardé silencio un momento. Mi marido tenía la respiración entrecortada y yo sentía bajo mis dedos que estaba completamente al límite. La polla le latía dura, hinchada, con la punta mojada de líquido preseminal.
—Eso es todo —le dije, apretándosela en la base para que no se corriera todavía.
—¿Todo? —repitió, con voz ronca.
—Por ahora —le dije—. Hay más. Pero eso lo cuento otro día.
Me subí encima suyo, me agarré su polla y me la puse en la entrada del coño empapado. Bajé despacio, sintiéndolo abrirme, hasta que me la metí entera. Empecé a moverme lento, con las manos apoyadas en su pecho.
—Imagináme con Damián —le dije, mirándolo a los ojos, moviendo las caderas—. Imagináme abierta, con esa polla enorme adentro, corriéndome como una perra.
No aguantó ni un minuto. Lo sentí temblar debajo mío, agarrarme las caderas con las dos manos y empujar hacia arriba, y se corrió adentro con una fuerza que hacía años no le sentía, con un gemido largo que le salió del fondo del pecho. Yo me seguí moviendo hasta que él terminó de vaciarse y hasta que yo misma me corrí otra vez, encima suyo, apretándole la polla ya sensible con las contracciones de mi coño.
Me tiré al lado de él, sudada, y le pasé un brazo por el pecho. Su reacción fue exactamente la que yo esperaba, y esa noche descubrimos que los recuerdos, bien contados y en el momento justo, pueden ser el mejor de todos los juegos que existen entre dos personas que se conocen de memoria.