La noche que volvió y rompió todos mis tabúes
Llevaba siete días marcándolos en la agenda. Mateo había viajado a Lima por una capacitación de su empresa y, aunque hablábamos por videollamada cada noche, ninguna pantalla compensaba la ausencia de su cuerpo en nuestra cama. La última noche antes de su regreso, dormí abrazada a su almohada como una adolescente, con la mano metida entre las piernas más de una vez, corriéndome sola pensando en su polla, y desperté con una idea fija entre las costillas: cuando llegara, no iba a soltarlo hasta que se le borraran las marcas del avión.
El detalle inconveniente era que la regla me había bajado esa misma mañana. Lo descubrí en el baño, frente al espejo, y solté una carcajada amarga. Siete días esperándolo y mi cuerpo decidía recibirlo así. Pensé en mandarle un mensaje para advertirle, para proponerle cenar, una película, algo que aplazara lo inevitable. Pero no lo hice.
Esta vez no.
Decidí no decirle nada. Si quería frenar, frenaría él, no yo. Llevaba toda la semana con el coño encendido y no estaba dispuesta a dejar que un calendario me ganara la batalla.
Me puse el vestido rojo que él me había regalado en mi cumpleaños, ese que se ajusta a la cintura y se abre apenas en la falda. Tacones negros, perfume detrás de las orejas y en la cara interna de las muñecas, labios pintados en un tono que pretendía ser discreto y no lo era. Cuando me miré por última vez antes de salir, no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada: era la versión de mí que solo aparecía cuando él estaba a punto de tocarme.
El aeropuerto El Dorado a esa hora era un caos amable. Llegué con cuarenta minutos de adelanto y los gasté caminando entre los kioscos de revistas, fingiendo interés en portadas que no leía. Cuando anunciaron el aterrizaje del vuelo desde Lima, sentí que el estómago se me ponía a girar como si yo también estuviera bajando del avión.
Mateo apareció en la puerta de salida con la valija arrastrándose detrás y la corbata ya guardada en el bolsillo. Tenía el pelo más corto que cuando se había ido —se lo había cortado en Lima— y una sombra de barba que no le conocía. Me vio antes que yo a él, y la sonrisa que se le dibujó en la cara me dio ganas de llorar y de morderle el cuello al mismo tiempo.
—Estás distinta —dijo al abrazarme, hundiendo la nariz en mi pelo.
—Tú también —respondí, pasándole la mano por la mejilla raspada—. Esto es nuevo.
—¿Te gusta?
—Pregúntame en una hora.
Se rió bajo y me besó, y ese beso no fue de aeropuerto: fue de cama deshecha. Me metió la lengua entera, sin disimulo, y yo se la chupé como si fuera un anticipo. Sentí cómo su mano me apretaba la cintura, cómo me pegaba contra él lo suficiente para que sintiera el bulto duro de su polla clavándoseme en el vientre a través del pantalón.
—Vámonos —dije sin separarme del todo—. Ya. Se me está mojando el calzón acá parada.
***
El trayecto hasta La Calera se me hizo eterno. Tomé el volante porque él venía cansado, pero no fue un favor: necesitaba algo que sostener con las manos para no metérselas dentro del pantalón en plena autopista. Me equivoqué igual. En cada semáforo, mi mano viajaba sola hasta su muslo, subía un poco, encontraba el bulto que crecía bajo la tela y se quedaba ahí, midiéndolo, apretándolo despacio.
—Si sigues así, no llegamos —murmuró Mateo con la voz ronca, los ojos fijos en la luz roja.
—Es un riesgo que estoy dispuesta a correr.
Le abrí el botón del pantalón en el último tramo de la autopista, le bajé el cierre y metí la mano dentro del bóxer. Lo saqué a la luz de los faros ajenos: la verga tiesa, gorda, con la punta ya húmeda de esa gotita transparente que se le escapaba cuando le duraba mucho la calentura. Le cerré los dedos alrededor y empecé a masturbarlo despacio, apretando bien la base, corriéndole el prepucio hacia atrás para que se le viera todo el glande.
—Mierda, mi amor —jadeó él, y apretó el volante con las dos manos como si así pudiera sostenerse a sí mismo.
Bajé la cabeza sin soltárselo. Le pasé la lengua por la punta, recogí esa gota salada, y me lo metí en la boca hasta la mitad. Mateo soltó un gemido ronco que hizo saltar el coche unos centímetros contra el bordillo.
—Voy a chocar, joder, voy a chocar.
Le subí y le bajé la boca dos, tres veces, chupándoselo con ganas, haciéndole ruido con la lengua contra el paladar. Después me incorporé, me limpié los labios con el dorso de la mano y le dejé la polla afuera, dura, brillante de mi saliva, apuntando al techo del coche.
—Te juro que en cuanto entremos a la casa…
—¿Qué? —le interrumpí—. Dime.
—Te voy a desarmar. Te voy a follar hasta que se te olvide cómo te llamas.
Sonreí mirando la carretera. Era la respuesta que yo buscaba.
***
Entramos a la casa a tropezones. La puerta se cerró sola por el viento de afuera, y antes de que yo pudiera dejar las llaves en la mesa, Mateo me empujó contra la pared del recibidor. Las llaves cayeron al piso con un ruido metálico que ninguno de los dos se molestó en registrar.
Me besó como se besa después de mucho tiempo, con prisa y con detalle al mismo tiempo. Yo tenía las manos enredadas en su pelo recién cortado, en los hombros, en la espalda, en todas partes. El vestido rojo se subió solo unos centímetros con el roce de su muslo entre los míos, y sentí el calor de su verga tiesa, todavía afuera del pantalón, aplastándose contra la tela empapada de mi calzón.
Me pasó la mano por debajo de la falda, apartó el encaje de un tirón y me metió dos dedos de golpe. Grité contra su boca. Estaba tan mojada que los dedos entraron enteros sin resistencia, y él se rió bajito, hundiéndolos hasta el fondo, buscándome ese punto de adentro que sabía perfectamente dónde estaba.
—Mira cómo estás —me dijo al oído—. Empapada.
—Llevo una semana así, imbécil.
Me sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó uno por uno, mirándome a los ojos. Después me los metió a mí en la boca y yo los lamí también, saboreándome.
—Arriba —pidió contra mi boca.
Subimos las escaleras en una mezcla de torpeza y urgencia, riéndonos cuando tropezábamos en el último escalón. En el dormitorio, Mateo me empujó hacia la cama con una mano y se sacó la camisa con la otra. La piel del torso se le había bronceado un poco en Lima, y eso, no sé por qué, me puso todavía más. Se bajó el pantalón y el bóxer de un tirón y quedó desnudo, con la polla dura apuntándome como una acusación.
—Ven acá —le dije, estirando el brazo.
Vino. Se subió a la cama encima de mí, me besó el cuello, bajó por el escote, mordisqueó la tela del vestido a la altura de los pezones hasta que estos se marcaron a través del encaje. Arqueé la espalda buscando su boca, y él me hizo esperar, paseando los labios alrededor sin tocar lo que yo quería que tocara.
—Mateo —protesté—. Chúpamelas ya.
—Una semana —dijo él contra mi piel—. Una semana imaginando esto. Déjame.
Lo dejé. Bajó el cierre del vestido, lo deslizó hasta dejarlo enredado en mi cintura, y la primera vez que su lengua tocó mi pezón sin tela de por medio cerré los ojos con fuerza. Me lo chupó entero, se lo metió en la boca, lo mordió con cuidado, después con más fuerza. Con la otra mano me apretaba la otra teta, me pellizcaba el pezón hasta ponerlo tieso. Dos semanas se me condensaron en ese segundo.
—Muérdemelas más —le pedí—. Fuerte.
Obedeció. Me clavó los dientes en el pezón izquierdo hasta que dolió, y yo me arqueé y solté un gemido que rebotó contra el techo. Después me pasó a la otra teta e hizo lo mismo. Cuando me soltó, tenía los dos pezones enrojecidos, hinchados, dolorosos, y yo estaba tan mojada que sentía el calzón pegado como una segunda piel.
***
Siguió bajando. Beso a beso fue dejando un mapa por mi vientre, y a la altura del ombligo me acordé de pronto de lo que se le venía encima. Pensé en avisarle. Abrí la boca para hacerlo. La cerré.
Mateo me levantó la falda del vestido, deslizó el calzón hacia un lado y se acomodó entre mis piernas con la concentración con la que se hacen las cosas importantes. Lo miré desde arriba. Tenía los ojos cerrados y una sonrisa pequeña, como de quien va a comer su plato favorito después de mucho tiempo.
La primera lamida fue larga, de abajo hacia arriba, de todo el coño, con la lengua bien plana. Gemí más fuerte de lo que esperaba. La segunda me subió por los labios menores, buscando el clítoris. La tercera fue cuando se detuvo.
Levantó la cabeza despacio. Lo vi parpadear, mirarse, mirarme. Tenía la boca y la barbilla manchadas de rojo, una mancha brillante que en la penumbra del dormitorio parecía pintura.
Se hizo un silencio largo.
—Bueno —dijo él al fin, con esa media sonrisa que le aparecía cuando algo lo desarmaba—. Esto es nuevo.
Yo no me reí. Yo me partí de risa. Tanto, que tuve que ponerme la mano en la boca para amortiguar el ruido y no despertar al perro de los vecinos.
—Tienes cara de payaso —le dije, y eso pareció desarmarlo todavía más.
Pensé que se levantaría. Pensé que iría al baño, se mojaría la cara, volvería con cara de circunstancias y propondríamos otra cosa. Eso fue lo que pensé.
Me equivoqué.
—¿Es por eso que no me dijiste nada? —preguntó.
—Me daba miedo que no quisieras.
—¿Y tú quieres?
—Llevo siete días queriendo, Mateo. Quiero que me comas el coño así, con sangre y todo. Quiero que me folles hasta manchar las sábanas. No me importa nada.
Él asintió una vez, despacio, y sin sacarme los ojos de encima volvió a bajar la cabeza. Lo que vino después me sorprendió tanto que casi se me escapó la respiración. No solo no se detuvo: lo hizo con más ganas, con menos cuidado, con una entrega que yo no le había visto en años de pareja.
Me abrió los labios con los dedos, me buscó el clítoris con la punta de la lengua y empezó a lamérmelo en círculos, primero lento, después más rápido. Cuando lo tuvo hinchado y saltando, se lo metió entero en la boca y me lo chupó como si fuera una polla en miniatura. Yo levanté las caderas de la cama, se las estampé contra la cara, y él, en vez de apartarse, me agarró del culo con las dos manos y me apretó todavía más fuerte contra su boca.
Me metió la lengua adentro. La sentí entrar, moverse, salir, volver al clítoris. Me metió también dos dedos, los curvó hacia arriba, encontró ese punto que solo él sabía encontrar y empezó a masajearlo mientras seguía chupándome el botón. Mis manos terminaron en su pelo otra vez. Mis caderas se movían solas. Estaba jadeando, gimiendo, diciendo cosas sin sentido, y él no paraba, no me daba tregua, me lamía y me chupaba y me metía los dedos como si le fuera la vida.
—Voy a venirme, Mateo, no pares, no pares…
Cuando llegó el orgasmo, llegó como una ola que venía desde lejos: la había visto formarse en la videollamada de la noche anterior, en cada minuto del aeropuerto, en cada semáforo del camino. Cuando rompió, rompí yo también. Me sacudí entera, apreté los muslos contra su cara, sentí cómo me chorreaba encima de su boca y de sus dedos una mezcla espesa que él siguió chupando y tragando sin ningún asco.
***
Cuando se incorporó, tenía la cara y el cuello manchados, la barba embadurnada, los labios rojos y brillantes, y a mí, en lugar de incomodarme, me pareció lo más excitante que había visto en mucho tiempo. Le agarré la nuca, lo atraje hacia mí y lo besé sin importarme nada. Sentí mi propio sabor en su boca. Era metálico y era mío. Le chupé la lengua manchada, le lamí una comisura del labio, se lo dejé todo pintado de mí.
—Ven —le dije después—. Acuéstate. Ahora te toca.
Él obedeció. Se tumbó de espaldas, con la polla parada, roja, palpitando contra el vientre. Yo me saqué lo que quedaba del vestido y del calzón empapado y me arrodillé un momento entre sus piernas. Le agarré la verga con la mano derecha, se la apreté desde la base, y bajé la boca a chupársela como me gusta hacerlo cuando quiero volverlo loco.
Le pasé la lengua por toda la cara de abajo, desde los huevos hasta la punta. Le chupé los cojones uno por uno, se los metí en la boca con cuidado, se los mimé. Después subí, le lamí el glande en círculos, se lo besé, y me lo metí entero hasta que me golpeó el fondo de la garganta. Mateo pegó un respingo y me agarró del pelo.
—Así no, joder, así me voy a correr ya.
—Todavía no —le dije, y me lo saqué de la boca con un ruido húmedo.
Me senté encima, despacio. Lo miré a los ojos mientras me deslizaba sobre su verga. Me la clavé de un solo movimiento, hasta la base, y sentí cómo me abría por dentro. La sangre y mi propia humedad hacían que todo se moviera con una facilidad nueva, casi escandalosa: la verga entraba y salía con un chapoteo obsceno, y cada embestida me sacaba un gemido nuevo. Mateo apretó los dientes.
—Carajo —dijo—. Esto… nunca…
—No hables —le pedí.
Empecé a moverme. Subía y bajaba las caderas, lo cabalgaba clavándome su verga hasta el útero, girando la cintura para sentírmelo por todos los ángulos. Las manos de él me agarraron las caderas, me sostuvieron el ritmo, lo apuraron cuando yo amenacé con hacerme la lenta. Me miré hacia abajo un segundo: su polla entraba y salía embadurnada de rojo y de blanco, la base cubierta de mi flujo, mis muslos manchados, la mano abierta de él pintándome huellas en las caderas.
—Mírate —jadeó él—. Mírate cómo me montas.
Me incliné hacia adelante, le puse las manos en el pecho, le clavé las uñas. Mateo me miraba desde abajo con una expresión que no le conocía: una mezcla de hambre, de asombro, de algo parecido al agradecimiento. Eso último fue lo que me hizo perder la cabeza. Me erguí de nuevo, me llevé una mano al clítoris y empecé a frotármelo mientras me clavaba encima de él, cada vez más rápido, cada vez más fuerte.
—Me voy a correr otra vez, Mateo, córreme otra vez…
Me vine con una sacudida que se me trepó por la columna, más adentro que la primera, apretándole la verga con el coño en espasmos que él sintió porque gruñó y me clavó los dedos en la cadera hasta hacerme daño. Me dejé caer sobre su pecho jadeando, empapada de sudor, y noté que él todavía no había llegado.
—Date la vuelta —murmuró contra mi oído—. Quiero cogerte por detrás.
***
Lo hice. Apoyé las rodillas y los codos, arqueé la espalda, saqué el culo. Sentí cómo me acomodaba el pelo a un lado y me apoyaba la mano abierta entre los omóplatos para mantenerme quieta. La otra mano la usó para prepararme con paciencia, con esa lentitud suya que en la cama servía para marcar quién estaba al mando: me pasó los dedos por el coño, por el perineo, por el otro agujero, jugándome ahí también un rato.
—¿Aquí también? —preguntó, y sentí la punta de un dedo apretándome el culo.
—Aquí también. Todo. Hoy todo.
Empujó la polla despacio en el coño primero. Yo apreté la sábana con las dos manos hasta que se me blanquearon los nudillos. La presión del principio era siempre la misma, esa frontera incómoda que hay que cruzar antes de que el placer se imponga, y esa noche, con todo lo que ya había pasado, mi cuerpo cruzó esa frontera más rápido que nunca.
Cuando estuvo del todo dentro, se quedó quieto un segundo.
—¿Estás bien?
—Estoy mejor que bien. Fóllame fuerte, no me trates de porcelana.
Empezó a moverse. Al principio con cuidado, después con menos, después sin ninguno. Me clavaba la verga hasta el fondo con embestidas que me hacían golpear la frente contra la almohada, y el ruido de sus caderas chocando contra mis nalgas se mezclaba con el chapoteo húmedo de la sangre y el flujo. Yo escondí la cara en la almohada y dejé que me llevara. Sentí cómo se inclinaba sobre mi espalda, cómo me besaba el cuello sin dejar de moverse, cómo me apretaba una teta con una mano y con la otra me buscaba el clítoris para frotármelo mientras me la metía. Me decía al oído cosas que no voy a repetir aquí, cosas que solo me las dice a mí y que no le pertenecen a nadie más: qué puta era, qué bien le apretaba el coño, cuánto había pensado en cogerme así toda la semana.
—Mateo, córrete adentro, córrete adentro que hoy no importa —gemí contra la almohada.
Eso lo terminó de romper. Aceleró todavía más, me agarró de las caderas con las dos manos y me embistió cinco, seis, siete veces seguidas, cada vez más fuerte, hasta que se pegó a mí y soltó un gemido ronco en el fondo de la garganta. Sentí los chorros calientes descargándose adentro, uno tras otro, mientras él temblaba encima de mí y se dejaba caer como si lo hubieran desenchufado.
***
Estuvimos un rato así, él pegado a mi espalda, todavía con la verga adentro, yo escuchando cómo se le iba acompasando la respiración. Cuando por fin se salió, sentí cómo me chorreaba por el muslo una mezcla de todo. La sábana de abajo era un mapa: huellas rojas, manchas más oscuras, charquitos brillantes de semen, una geografía de la noche. En otra época me habría avergonzado. Esa noche me dio una ternura rara.
—Voy a tener que comprar sábanas nuevas —dije.
—Yo te ayudo —contestó él, y me besó la nuca.
Pensé que ya estaba. Que después de eso me iba a dormir abrazada a él, que el cansancio del viaje y el cansancio del cuerpo se iban a juntar y se acabó. Me equivoqué otra vez.
A los pocos minutos, sentí que el calor volvía a juntárseme entre las piernas. No tenía ninguna lógica. Pero ahí estaba: el coño otra vez pidiendo, el clítoris hinchado, las tetas todavía sensibles al roce de la sábana.
—Mateo —dije.
—Mmm.
—Date la vuelta.
Se incorporó apenas para mirarme. Tenía los ojos a medio cerrar.
—¿Otra vez?
—Otra vez. Pero distinto. Ponte encima.
Él entendió enseguida. Estiró la mano, se agarró la verga y me la mostró: se le había puesto tiesa otra vez, con esfuerzo, esa erección terca que le sale cuando ya está cansado pero no quiere fallarme. Me giró con cuidado, se acomodó entre mis piernas, se pasó la punta un par de veces por los labios del coño para lubricarse en todo el desastre que teníamos ahí, y antes de metérmela me sostuvo la cara con las dos manos. Me miró largo, sin sonreír.
—¿Sabes que te extrañé? —me dijo.
—Lo sé.
—Te extrañé en serio. No solo el cuerpo.
—Yo también.
Entró despacio, hasta el fondo, y se quedó ahí un momento sin moverse, solo empujando la base contra mi clítoris. Esta vez fue distinto: ni la urgencia del recibidor, ni el frenesí del primer orgasmo, ni la insistencia del segundo. Era él mirándome, yo mirándolo, las caderas moviéndose en un ritmo casi tonto de tan tranquilo, la verga entrando y saliendo entera, despacio, empapada. Le rodeé la espalda con los brazos, le crucé las piernas en la cintura, lo apreté contra mí para sentirlo hasta el fondo. La sangre seguía estando, claro, y su semen de antes, y mi flujo, y ya nos daba lo mismo. Nos daba lo mismo todo lo que no fuera la cara del otro.
—Te quiero —le dije en algún momento.
—Yo más —contestó, y eso fue lo que terminó de empujarme.
Me vine sin gritar, sin escándalo, apretándole la verga adentro con contracciones lentas, largas, con lágrimas que no tenían explicación. Él vino atrás de mí, despacio, sin dejar de mirarme, descargándose por segunda vez en la noche en un chorrito tibio que apenas sentí.
***
Después nos quedamos quietos, con las piernas todavía enredadas, mientras afuera la noche de Bogotá hacía sus ruidos habituales: un perro, un carro lejano, alguien cerrando una reja. Mateo me apartó el pelo de la frente y me dio un beso pequeño, casi tímido, como si el escándalo de antes no hubiera existido.
—Mañana lavamos las sábanas —dijo.
—Y compramos otras.
—Y otras —repitió, sonriendo.
Esa noche dormí pegada a él, con las piernas todavía manchadas y el coño palpitando y una paz que me sorprendió. Pensé, antes de quedarme dormida, en la chica que se había mirado al espejo unas horas antes con dudas, con vergüenza, con la idea de avisarle. Le mandé un mensaje mental: hiciste bien en no avisar.
Y cerré los ojos.
