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Relatos Ardientes

Lo que el padre de mi alumna me enseñó aquel verano

Andaba justa de dinero en segundo de carrera y una mañana encontré una nota en el tablón de la facultad de Letras: «Busco profesora particular para mi hija. Buen sueldo. Zona residencial». Llamé esa misma tarde y así fue como llegué a la vida de Claudia.

Me citó en su casa, un adosado con jardín en las afueras de Sevilla. Cuando abrió la puerta me quedé mirándola un segundo de más. Claudia tenía dieciocho años, yo veintiuno. Era una de esas chicas que parecen sacadas de una revista de moda discreta: pelo castaño largo hasta media espalda, ojos verdes grandes que te miraban con una mezcla de curiosidad y vergüenza, piel clara que se encendía con facilidad, rasgos suaves y delicados. Alta, delgada, con piernas largas y un trasero firme y redondo que se marcaba incluso con la ropa más holgada. Vestía sencillo pero con gusto: una falda corta de tela vaquera, una camiseta ajustada que dejaba un trozo de cintura al descubierto, sandalias planas. Todo en ella gritaba buena familia.

Era tímida hasta resultar tierna. Bajaba la mirada cuando le hablaba, se sonrojaba si le decía cualquier cosa bonita, tartamudeaba al principio de cada frase. Pero esa timidez me atraía de una forma que no esperaba. Me gustaba imaginar lo que habría debajo de esa fachada de niña obediente, la parte de ella que nadie había despertado todavía.

Las primeras semanas dimos clase en el salón. Claudia se sentaba muy recta, tomaba apuntes con letra redonda y se ponía roja cada vez que le corregía algo. Pero fuimos cogiendo confianza. Empezamos a hablar de la universidad, de amigos, de fiestas. Ella se abría despacio, me contaba que sus padres eran muy estrictos, que apenas había salido, que con los chicos no sabía cómo actuar. Yo la escuchaba, le sonreía, le rozaba la mano al pasarle un libro. Se notaba que le gustaba mi atención, que se sentía segura conmigo.

Un día de julio, con Sevilla a cuarenta grados, Claudia me recibió en la puerta con una sonrisa nerviosa.

—Lucía, ¿te importa si damos la clase en la terraza? Mi padre trabaja hasta las diez y no hay nadie. Podemos meternos en la piscina después.

Yo acepté encantada.

Se había puesto un bikini azul marino sencillo que le quedaba perfecto: el top ceñido marcaba su pecho pequeño, los pezones insinuándose bajo la tela; la parte de abajo abrazaba ese trasero redondo y alto, dejando ver las curvas sin exagerar. La piel clara le brillaba bajo el sol, el pelo castaño suelto cayéndole mojado por los hombros. Se sonrojó cuando notó que la miraba, pero se metió rápido en el agua. Yo me quedé en el borde con pantalón corto y camiseta, los pies dentro, disfrutando de la vista.

Intentamos estudiar, pero el calor ganó. Acabamos hablando de chicos, de lo que nos gustaba, de experiencias. Claudia se puso muy roja cuando la conversación se desvió hacia el sexo.

—Yo solo he estado con un chico —confesó bajito, mirando el agua—. Y fue bastante normal. No sé si hago algo mal.

Yo me acerqué un poco más y le dije con suavidad:

—No haces nada mal. Solo necesitas a alguien que vaya despacio contigo. Eso lo cambia todo.

Me miró con esos ojos verdes enormes, sonrojada hasta el cuello, pero con algo parecido a la curiosidad brillándole en la cara.

Y entonces llegó su padre.

***

Andrés tenía cuarenta y siete años y el tipo de presencia que te hace girar la cabeza. Alto, ancho de hombros, brazos fuertes por el deporte, mandíbula marcada con barba de dos días, ojos oscuros que te miraban con una calma que intimidaba. Se había divorciado hacía unos años y vivía solo con Claudia. Siempre era correcto conmigo: me preguntaba por las clases, me ofrecía café, me pagaba puntual. Pero yo notaba cosas.

Cuando me pagaba, sobre todo en verano, cuando yo iba con camisetas finas y pantalones cortos, sus ojos oscuros bajaban un segundo a mi escote, a mis piernas, y volvían rápido a mi cara. Esa tensión contenida, ese esfuerzo por controlarse, me excitaba muchísimo. Yo lo provocaba sin disimular demasiado: me inclinaba un poco más al coger el dinero, cruzaba las piernas despacio, me pasaba la mano por el cuello como si tuviera calor. Él se tensaba, la mirada se le oscurecía, pero no daba el paso. Todavía no.

Un día especialmente caluroso, Andrés había salido a correr temprano. Claudia y yo estábamos solas en la piscina. Me quité la parte de arriba del bikini y me tumbé en la hamaca, los pezones endurecidos por la brisa de la mañana. Claudia me miró nerviosa.

—Lucía, tápate. Si llega mi padre y te ve así...

—Tranquila. En cuanto oigamos la puerta, me pongo algo.

La pillé varias veces mirándome el pecho mientras hablábamos, los ojos verdes fijos, mordiéndose el labio. Se sonrojaba, pero no apartaba la vista.

Entonces oímos las llaves en la puerta del jardín. Claudia me avisó nerviosa. En vez de ponerme el bikini, cogí la camiseta con la que había llegado y me la puse directamente. Estaba mojada de la piscina y la tela fina se me pegó a la piel al instante, transparentando todo: los pezones duros, la forma del pecho.

Andrés entró sudado, la camiseta pegada al torso, el pantalón corto marcándole todo. Me miró y se quedó quieto un segundo, los ojos bajando a mi camiseta mojada.

—Andrés, ¿por qué no se da un baño con nosotras? Se le nota en forma —le dije con una sonrisa inocente.

Claudia quería desaparecer. Andrés tragó saliva, se quitó la camiseta sin decir nada y se tiró a la piscina. Pecho ancho, abdominales marcados, piel bronceada con gotas de sudor brillando al sol. Hizo un largo entero, salió del agua con el bañador pegado al cuerpo y se fue hacia la casa sin despedirse. Esa tarde no pude pensar en otra cosa.

***

A partir de ese día, la relación con Andrés cambió. Insistía en acompañarme al despacho para pagarme y las charlas se alargaban cada vez más. Al principio hablábamos de Claudia, de cómo iban las clases, pero poco a poco empezó a preguntarme por mí. Por mi vida, por lo que hacía cuando no daba clases, por si tenía novio.

—No soy de tener uno solo —le contesté mirándolo a los ojos.

Él se rio bajito, con esa risa grave que me erizaba la piel.

—Me divorcié hace cuatro años —me confesó—. Desde entonces no he sabido muy bien cómo volver a todo esto.

Claudia no estaba contenta con esas charlas a solas. Aparecía de golpe, interrumpiendo. Yo la tranquilizaba, le daba consejos con los chicos, la ayudaba con su timidez. Teníamos buena relación. Pero mi cabeza estaba con su padre.

Así fue pasando julio hasta llegar a agosto. Un calor espeso que te pegaba la ropa a la piel y hacía que cada movimiento costara el doble. Me encantaba esa casa. Ganaba dinero, tenía buena compañía y tanto Claudia como Andrés me deseaban a su manera. Las semanas se sucedían con un ritmo perezoso: clases por la mañana, piscina, charlas que se alargaban sin querer. Claudia se abría cada vez más conmigo. Andrés pasaba por la terraza con cualquier excusa, los ojos un segundo de más donde no debían estar.

Una tarde, Claudia estaba más callada de lo normal. Un chico que le gustaba se había liado con otra en una fiesta. Se lo tomó fatal. Después de la clase me quedé con ella. Andrés preparó una cena sencilla en la terraza, con esa camisa remangada que le marcaba los antebrazos. Luego Claudia y yo nos tumbamos a ver una película hasta que se quedó dormida en el sofá.

Salí al jardín. La noche era cálida, el cielo limpio, y Andrés estaba sentado en una tumbona junto a la piscina con un vaso de whisky. La luz de la luna le dibujaba la mandíbula, la barba corta, los ojos oscuros fijos en la bebida.

Me acerqué despacio.

—¿Y a mí no me invitas?

Me miró un segundo de más y dijo con voz grave:

—No debería.

Me senté a su lado, crucé las piernas para que la falda se subiera un poco y lo miré fijamente.

—Cuando me miras no me tratas como a una niña, ¿verdad?

Sirvió dos vasos sin contestar. Me dio uno y dijo:

—Gracias, Lucía. Por las clases, por cuidar a Claudia. Se nota que confía en ti.

Yo cogí su mano y la llevé despacio a mi muslo, guiándola bajo la tela de la falda.

—A mí también me vendría bien alguien con experiencia a mi lado —le susurré.

No apartó la mano. La dejó ahí, caliente contra mi piel.

—Lucía... —dijo con voz ronca, intentando resistirse.

—He cuidado a tu hija todo el verano —le dije bajito, subiendo su mano un poco más—. Ahora cuídame tú a mí.

Respiró hondo, la mirada oscura, y deslizó la mano dentro de mi ropa interior. Sus dedos me encontraron empapada, caliente, resbaladiza. Empezó a moverlos despacio, con un ritmo firme que me arrancó un gemido alto. Me tapó la boca con la otra mano, apretando justo lo necesario para silenciarme.

—Claudia duerme dentro —susurró contra mi oído.

Eso me excitó todavía más. Su mano en mi boca, sus dedos moviéndose dentro de mí con ese ritmo lento y preciso, el sonido húmedo de mi excitación en el silencio del jardín. Me corrí temblando contra su palma, apretándolo con fuerza, el placer subiendo en oleadas que no terminaban. Él no paró. Siguió moviéndose despacio hasta que me dejó jadeando.

Cuando recuperé el aliento, lo miré y le susurré:

—No voy a dejar a un hombre a medias.

—No puedo, Lucía. Eres amiga de mi hija. Podrías ser mi hija.

Acaricié su erección por encima del pantalón y la apreté con suavidad.

—Esto no opina lo mismo —le dije mirándolo a los ojos.

Me senté sobre él, me quité la camiseta despacio y dejé mi pecho al aire. Los pezones duros, la piel erizada por la brisa. Se inclinó y empezó a besarme el pecho con calma, la lengua suave rodeando cada pezón, chupando despacio, mordiendo con cuidado. Yo arqueaba la espalda, disfrutando esa boca caliente sobre mi piel.

Luego bajé la mano y lo acaricié con lentitud. Solo la mano, sin prisa. Subía y bajaba despacio, apretando justo debajo del glande, el pulgar rozando la punta en cada movimiento. Lo miraba a los ojos todo el tiempo. Él jadeaba, las caderas moviéndose solas, pero yo controlaba el ritmo. Cada vez que se acercaba al límite, paraba un segundo, apretaba la base y volvía a empezar. Lo llevaba al borde y lo bajaba, una y otra vez, hasta que no pudo más. Me agarró del trasero con las dos manos y se corrió con un gruñido grave. Yo seguí moviendo la mano despacio, hasta la última gota, sin dejar de mirarlo.

Me incliné a su oído:

—Hoy lo dejamos aquí. Pero no tiene por qué ser la última noche que me quede a dormir.

***

A partir de esa noche empecé a quedarme a dormir en su casa con frecuencia. Claudia lo agradecía, le gustaba tener compañía. Cuando ella se dormía, Andrés y yo nos buscábamos. Me trataba sin prisa, con una seguridad que ningún chico de mi edad tenía. Hablábamos durante horas antes y después, como si de verdad quisiera conocerme. Yo creía que sabía bastante del sexo, pero él me demostró que no sabía nada.

Una noche de mucho calor, con Claudia dormida, nos quedamos en la terraza. Yo llevaba una camiseta fina y pantalón corto, sin sujetador. Él me miró y dijo:

—Hace demasiado calor para estar aquí sentados.

—Pues vamos a la piscina.

Nos desnudamos despacio bajo la luna. Su cuerpo era exactamente lo que imaginaba: fuerte, proporcionado, excitado. Me metí en el agua primero, él detrás. Jugamos un rato, rozándonos, besándonos con calma al principio y con urgencia después. El agua fresca contra la piel caliente, sus manos en mi cintura, mi pecho rozando el suyo.

Luego me sentó en el borde de la piscina con las piernas abiertas. Se arrodilló en el agua y me recorrió entera con la lengua. Lento, plano, de abajo arriba, saboreando cada pliegue. Círculos suaves en el clítoris que se volvían firmes, succionando con precisión. Metió dos dedos curvados hacia arriba y los movió dentro de mí mientras la lengua seguía sin parar. Me corrí la primera vez agarrándole el pelo, arqueando la espalda, temblando entera. No paró. Siguió lamiendo más suave, prolongando el orgasmo hasta que me corrí otra vez, más fuerte, las piernas cediendo, el placer subiendo en olas que no terminaban.

Otra noche, mientras lo cabalgaba sintiendo cada movimiento, me dio un par de azotes. Suave el primero, más firme el segundo. Le gustaba marcar el ritmo, y aguantaba como nadie. Me dijo que tenía un cuerpo increíble. Yo me sonrojé y confesé que disfrutaba mucho del sexo, pero que había cosas que nunca me había atrevido a probar. Eso le cambió la expresión. Me contó que su exmujer y él lo habían explorado todo juntos y que, si yo quería, él me guiaría.

Su seguridad venció mis miedos.

Me vendó los ojos con una corbata suave. La oscuridad lo amplificó todo. Empezó besándome el cuello, bajando despacio por el pecho, el vientre, hasta llegar entre mis piernas. Me recorrió con la lengua con una lentitud que me volvía loca, murmurando contra mi piel con esa voz ronca que me estremecía. Yo gemía, las caderas moviéndose solas hacia su boca, las manos agarrando la sábana.

Me corrí temblando. Pero él no paró. Su lengua bajó un poco más y me rozó donde nadie me había tocado. Un escalofrío me recorrió entera.

—Tranquila —susurró al notar que me tensaba—. Respira. Déjame.

Me acarició con una calma exquisita, despacio, sin forzar nada. Fue preparándome con paciencia infinita, hablándome al oído, indicándome cuándo respirar, cuándo soltar. Yo me sentía completamente suya. El placer era nuevo, intenso, distinto a todo lo que conocía. Todo lo hizo sin prisa, cuidándome en cada momento, hasta que me di la vuelta y sentí cómo entraba despacio.

Hubo dolor al principio, agudo, que me hizo apretar los dientes. Pero él se quedó quieto, me acariciaba el clítoris con los dedos, me besaba la espalda y me susurraba que respirara, que lo estaba haciendo muy bien. Poco a poco el dolor se transformó en un placer denso que me llenaba entera. Empezó a moverse lento y profundo, cada movimiento abriéndome un poco más. Me corrí de una forma que no conocía, intensa, larga, temblando de los pies a la cabeza. Él controlaba todo: el ritmo, mi respiración, cada segundo. Aceleraba cuando yo se lo pedía, paraba cuando era demasiado.

Al final se corrió con un gruñido bajo y yo con él, otra vez, el placer tan fuerte que me dejó sin fuerzas. Me quedé boca abajo, jadeando, con una sonrisa que no podía borrar.

***

Esa fue una de las noches que más recuerdo de mi vida. Andrés me enseñó que la confianza lo cambia todo, que el placer no tiene nada que ver con la prisa y que un hombre que sabe escuchar tu cuerpo vale más que cien que solo piensan en el suyo. Desde entonces busco eso en cada persona con la que estoy: esa calma, esa atención, esa forma de hacerme sentir que el tiempo se detiene. Y cada vez que huelo cloro de piscina en una noche de verano, vuelvo a aquel jardín en las afueras de Sevilla, con la luna iluminándole media cara y sus manos calientes sobre mi piel.

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