Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Le di mi tanga al profesor en mitad de la clase

Me llamo Camila. Tengo diecinueve años, mido un metro cincuenta y siete, y hay dos cosas de mi cuerpo que nadie pasa por alto: unos pechos grandes que rellenan cualquier blusa del uniforme y un trasero redondo que, cuando cruzo las piernas, llama la atención sin que yo tenga que esforzarme. Mi falda del uniforme siempre me quedó en ese límite justo, ni demasiado larga ni demasiado corta, apenas flojita en la cintura para que pudiera bailar un poco si quería. Lo que pasó con el profesor Bermúdez en la biblioteca del instituto no lo supo nadie, y hasta hoy nunca lo había contado.

Empezó una mañana de martes. Yo venía medio dormida, me senté en la tercera fila como siempre y crucé las piernas por costumbre. Bermúdez daba literatura, un tipo de unos treinta y cinco, casado, camisa impecable y corbata azul marino. Nada del otro mundo, pero tenía una voz grave que, cuando leía en clase un fragmento de Neruda, te hacía pensar cosas que una alumna no debería pensar. Esa mañana, mientras explicaba no sé qué de la generación del boom, sentí que me miraba más de lo habitual. Al principio creí que me lo estaba inventando. Cuando volví a cruzar las piernas en sentido contrario, lo confirmé: sus ojos siguieron el movimiento por debajo del pupitre.

Llevaba puesta una tanga color durazno. Desde hacía unos meses había dejado las bragas normales; me gustaba la sensación, me hacía sentir adulta, dueña de un secreto que nadie veía. Descubrir que él lo veía lo cambió todo.

—Camila —dijo desde el escritorio, sin levantar mucho la voz—. Acércate un momento.

Me levanté con la calma más fingida del mundo. Cuando llegué al escritorio, él bajó el tono todavía más.

—Deja de distraerme, por favor —me dijo, sin quitar la vista del cuaderno que tenía abierto delante.

Yo entendí justo al revés. Asentí, volví a mi banco, y durante los siguientes veinte minutos crucé y descrucé las piernas con una lentitud que no tenía nada de inocente. Él no se levantó de la silla hasta que sonó el timbre. Cuando por fin se paró, vi que se acomodaba el pantalón de una manera que no dejaba lugar a dudas. Me reí bajito, guardé las cosas y salí del aula como si no hubiera pasado nada.

***

Esa tarde, encerrada en mi cuarto, me masturbé pensando en cómo me había mirado. Me imaginaba su mano izquierda bajando por debajo del escritorio mientras pasaba lista con la derecha. Me imaginaba sus ojos fijos en mi muslo, subiendo despacio. Cuando terminé, estaba más mojada que en mucho tiempo, y ya tenía un plan para el día siguiente.

Elegí la tanga más pequeña del cajón, una negra de encaje que me había regalado mi prima en mi último cumpleaños. Me puse la falda del uniforme un dedo más floja de lo habitual. Llegué al instituto con el corazón latiéndome raro, como si estuviera por presentar un examen para el que sí había estudiado.

Entró, saludó, pasó lista. Empezó a escribir algo en el pizarrón. Yo abrí un poco las piernas, lo justo para que, si él miraba hacia mi fila, viera el borde negro de la tela. Lo miré. Él me miró. Sus ojos se quedaron ahí dos segundos más de lo normal.

—Camila, al escritorio.

Ahora sin que le temblara la voz.

—Si sigues jugando así —me dijo muy bajito cuando me incliné sobre su escritorio—, no voy a poder aguantarme.

—¿Puedo ir al baño, profe? —le contesté.

Me dio permiso con un gesto. En el baño me quité la tanga, la guardé en el bolsillo del suéter, me subí la falda un dedo más y volví al aula con la piel ardiéndome. Me senté, lo miré, y cuando abrí las piernas no había nada que cubriera nada. Él tardó medio segundo en darse cuenta. No apartó la mirada. Yo tampoco cerré las piernas hasta que le sonreí.

Al terminar la clase, antes de que yo saliera, me hizo una seña para que me acercara.

—Lo que llevas ahora, en el bolsillo. Préstamelo.

—Es un regalo. No puedo.

—Una clase. Te lo devuelvo la próxima con una sorpresa. Te lo prometo.

Dudé. Después saqué la tanga negra por debajo del suéter, la apreté en el puño para que no se viera, y la deslicé sobre su carpeta. Él la tapó con una hoja, la guardó en el portafolio y me hizo un gesto para que saliera como si no hubiera pasado nada. Los últimos chicos se iban detrás de mí sin sospechar una sola cosa.

***

Pasaron dos días larguísimos. El jueves no tuve clase con él. El viernes, en cambio, tocaba doble hora en la última franja. Esa mañana, cuando me vestí, me temblaban las manos. Fui al baño del instituto antes de que empezara la clase y me quité la tanga del día. La dejé en el fondo de la mochila. Quería entrar al aula en la misma condición en la que había salido el miércoles.

Entró, dejó el portafolio sobre el escritorio, pasó lista. Cuando dijo mi nombre, yo contesté con la voz más firme que pude. Un minuto después, caminó entre las filas y dejó caer un sobre color crema sobre mi banco. Siguió como si nada hacia el pizarrón.

Abrí el sobre debajo del pupitre. Dentro estaba la tanga negra, doblada con cuidado. La saqué un segundo, tapándola con la mano, y noté que estaba rígida en una zona. El olor me llegó antes de pensarlo: seco, pero inconfundible.

Levanté la mirada. Él escribía algo en el pizarrón, de espaldas.

—Camila —dijo sin girarse—. Ve al baño.

Fui con el sobre apretado contra el pecho. Me metí en el último cubículo. Me puse la tanga, la subí todo lo que pude, hasta que la tela se marcó justo donde yo quería que se marcara. Mi humedad se mezcló con lo otro sin resistencia. Volví al aula con las piernas flojas.

Me senté. Abrí las piernas. Él levantó la vista del libro un segundo, vio lo que yo quería que viera y sonrió. Después le dijo al resto del salón, en tono normal, como quien menciona un ejercicio extra:

—Camila va a venir conmigo a la biblioteca al final del día. Es una alumna muy obediente.

Algunas compañeras se rieron por lo bajo. Yo me mordí el labio para no reírme también. El resto de la clase pasó muy lento y muy rápido a la vez.

***

A la hora que me tocaba ir, fue él a buscarme al otro salón. Habló un momento con el profesor de la última clase. Yo junté mis cosas sin que me temblaran las manos, lo cual me sorprendió. El otro profesor me dijo que me llevara todo, por si ya no volvía al aula. Qué poco sabía.

Caminamos por el pasillo sin hablar. La biblioteca del instituto estaba en el segundo piso, al fondo, una sala grande con cuatro pasillos de estanterías y dos mesas de roble. A esa hora no había nadie. Bermúdez cerró la puerta con llave, sin disimular, y me apoyó las manos en los hombros desde atrás.

—Quiero tocar todo lo que mis ojos han visto esta semana —me dijo al oído.

—¿Y yo qué saco?

Se rió corto, sorprendido. No esperaba que yo preguntara.

—Te pongo las mejores calificaciones del semestre.

—No me hace falta. Soy buena alumna.

Se quedó callado. Después sacó la cartera, contó unos billetes y los dejó sobre una de las mesas.

—¿Con esto nos entendemos?

Miré el monto. Era suficiente para lo que yo tenía pensado gastar ese fin de semana, y sobraba. Lo guardé en el bolsillo interno de la mochila sin contestar. Él entendió que la respuesta era sí.

Me besó el cuello primero, despacio, con una delicadeza que no esperaba. Una mano me fue abriendo los botones de la blusa mientras la otra me subía la falda por detrás. Cuando sus dedos rozaron la tela que él mismo me había devuelto, soltó el aire como si llevara todo el día conteniéndolo.

Me guió hasta el pasillo que estaba entre la estantería de literatura clásica y la de ensayo. Del suelo sacó una colchoneta enrollada; supuse que la usaba la profe de educación física cuando alguna alumna se mareaba. No pregunté. Él la desplegó, me recostó encima y me apartó la tanga con dos dedos.

Su boca bajó hasta donde yo quería. Lo hacía con una calma desesperante, como si me estuviera corrigiendo un examen muy largo. Yo arqueaba la espalda contra la colchoneta y me tapaba la boca con el antebrazo para no gritar. Cuando sentí que se me aflojaban las piernas, me incorporé, lo empujé despacio para que se recostara y me arrodillé entre sus rodillas.

—Déjame ver —le dije.

Le desabroché el cinturón, le bajé el pantalón hasta las rodillas. No era grande ni chica: era proporcionada, con las venas marcadas de una manera que me gustó más de lo que esperaba. Me la metí en la boca sin preámbulo. Él apoyó la mano en mi nuca y marcó el ritmo. Cada vez que me llegaba al fondo de la garganta, yo hacía un sonido que no sabía que podía hacer. Él lo agradecía con un gemido corto que se esforzaba por no soltar.

Me sacó de ahí con una suavidad firme, me volteó, me empujó contra la colchoneta con la cara contra el suelo y el trasero levantado. Entró despacio al principio, y cuando sintió que yo estaba lista, empezó a moverse en serio.

—¿Te gusta cómo le mamo al profesor? —le susurré, con la mejilla contra la colchoneta.

Él me dio una nalgada suave. Después otra, menos suave.

—Eres una alumna muy mala —me dijo, y esa palabra en su voz, con ese tono de corrección de examen, me hizo apretar alrededor de él de una manera que no pude controlar.

En algún momento sonó el timbre de salida del instituto. Escuché pasos en el pasillo del piso de abajo, gritos lejanos, risas. Él no paró. Yo tampoco quise que parara. Me levantó, me apoyó contra el borde de una de las estanterías y me penetró ahora de frente, sosteniéndome una pierna en el aire. Los libros temblaban cada vez que empujaba. Un volumen cayó al suelo sin que ninguno de los dos lo levantara.

Me volvió a poner a cuatro patas sobre la colchoneta. Sentí que aceleraba, que la respiración se le iba por otro lado. Salió a tiempo. Sentí un calor líquido sobre la parte baja de la espalda y el principio del trasero, un calor que se extendía despacio. Yo me vine casi al mismo tiempo, con la cara hundida en mi propio brazo para amortiguar el sonido.

Me quedé así un segundo, respirando. Después me incorporé, agarré la tanga del borde y la usé para limpiarme. Me la volví a poner, húmeda como estaba, y me acomodé la falda. Él ya se estaba abrochando el cinturón, con las mejillas rojas y una media sonrisa tonta que no le había visto en toda la semana.

—El lunes —me dijo.

—Ya veremos —le contesté, y salí de la biblioteca sin mirarlo.

Alcancé a mis compañeras en el patio cuando ya caminaban hacia la salida. Me sentía abierta todavía, y la tela de la tanga se había empapado otra vez. Caminé los quince minutos hasta casa con una sonrisa que no me sacaba nadie.

En cuanto llegué me encerré en el baño. Me quité la tanga. La olí, la probé, cerré los ojos. El lunes queda lejos, pero ya sé qué me voy a poner.

Valora este relato

Comentarios (10)

CarlosRdz22

tremendo relato!! me enganché de principio a fin, sin poder soltarlo. Mas de estos por favor

Sandra1282

Dios mio que bueno estooo, necesito la segunda parte ya!!! me quede con las ganas jaja

Tomi_BA

jaja me recordo a mis años de estudiante... esas cosas pasan mas seguido de lo que uno piensa. Muy bueno

PatricioL

el titulo ya me vendio y el relato no defraudo para nada. Genial

rfito

excelente!!!

Claudia_DF

Y como termino todo con el profe? siguieron viendose o fue solo esa vez? me quede con la intriga jajaja

viajero_nocturno

muy bien contado, se siente autentico. Eso es lo mejor de las confesiones, que uno no sabe si es real o no. Seguí subiendo!

MiguelFdez

la del titulo me mato jajaja. Que atrevida, excelente relato

Andres66

increible de verdad, de lo mejor que lei aca en mucho tiempo. Gracias

NocheEstrella

me enganché desde el primer renglon, esa tension del inicio esta increible

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.