Una fantasía que no sabía que quería
Llevo dos años divorciada y no me arrepentí ni un día. Lo que sí me tomó por sorpresa fue descubrir, del otro lado de los treinta, que lo mejor de mi vida sexual todavía estaba por pasar.
Para eso cuento con Nicolás. Nos conocemos desde hace mucho tiempo: es amigo de mi familia, lleva más de veinte años sobre mí en edad y varios mundos de ventaja en experiencia. Fue mi amante durante los últimos meses de mi matrimonio, cuando yo todavía me contaba a mí misma que era solo una etapa. Hoy sé perfectamente lo que es: el único hombre que ha sabido leerme de verdad.
Hace unas semanas leí la confesión de otra mujer en un foro. Describía con detalle cómo su pareja la había compartido con un hombre más joven sin avisarle, mientras ella permanecía vendada y atada a la cama. No sabía si la historia era real o inventada, pero algo en ella me quedó dando vueltas. No era una fantasía que yo hubiera formulado antes, pero tampoco podía dejar de pensar en ese detalle específico: no saber quién te toca. La incertidumbre como parte del placer.
Se lo comenté a Nicolás una tarde sin darle demasiada importancia, en uno de esos ratos de calma que nos tomamos entre una cosa y la siguiente.
—¿Te gustaría vivirlo? —preguntó, con esa calma suya que siempre me descoloca.
—No sé. Suena morboso. Excitante, pero morboso —admití.
No lo pedí directamente. Con Nicolás nunca he necesitado hacerlo. Él tiene una forma de convertir las insinuaciones vagas en experiencias concretas, y generalmente lo hace mejor de lo que yo hubiera imaginado. Así que dejé el tema ahí.
Tres semanas después me dijo que reservara el sábado. Sin detalles, sin anticipos. Solo esa mirada suya de cuando ya tiene todo planeado.
***
Me preparé toda la tarde con calma. Peluquería, depilación, un rato largo frente al espejo dedicado a los pequeños rituales que marcan la diferencia cuando alguien va a verte de cerca. No sé si lo hacía por él o por mí. Probablemente las dos cosas en la misma medida.
Pasó a buscarme a las ocho de la noche. Condujo en silencio durante casi media hora hasta llegar a su edificio en el centro de la ciudad. Subimos al piso doce sin hablar demasiado. Yo había estado en ese departamento decenas de veces y no había nada en ese sábado que anticipara lo que me esperaba adentro.
El departamento estaba a oscuras. Solo el dormitorio tenía luz: una penumbra suave que entraba desde la ventana entreabierta y caía sobre la cama con la sábana perfectamente estirada. Sobre ella había un conjunto de látex negro extendido con cuidado: un sostén con broche frontal que permitía liberar los pechos sin quitárselo, una tanga de tiras con cobertura mínima que dejaba la entrepierna completamente accesible, y unos zapatos de tacón de aguja. Todo exactamente en mi talla.
Lo miré. Me miró.
—Póntelo —dijo.
Me cambié despacio. El látex frío tardó unos segundos en tomar la temperatura de mi piel. Cuando me giré hacia él, ya se había quitado la ropa y me observaba desde el centro de la habitación, quieto, solo en ropa interior.
—¿Confías en mí? —preguntó en voz baja.
—Siempre —respondí. Y era la verdad absoluta.
***
Se acercó con calma. De una bolsa de cuero sacó cuatro pulseras gruesas con argollas de metal y me las colocó una a una en las muñecas y los tobillos. Después ató mis muñecas juntas detrás de mi espalda con una cuerda corta. Me recogió el pelo en una cola. Finalmente vino el antifaz, oscuro y bien ajustado, que bloqueó cualquier rastro de luz.
—Quédate quieta —susurró.
Me acomodó boca arriba sobre la cama. Sentí cómo ataba mi muñeca derecha a mi tobillo derecho, y después el lado izquierdo al izquierdo, dejándome con las rodillas semiflexionadas y los brazos completamente inmovilizados. Era una posición extraña pero no incómoda. Habíamos jugado así otras veces, aunque nunca con esta planificación tan cuidadosa.
Entonces comenzó la tortura.
Una caricia lenta, apenas la punta de los dedos, desde mi mejilla hasta el cuello y luego al escote. Solo eso bastó para que se me erizara la piel de la cabeza a los pies. Soltó el broche del sostén y liberó un pecho. Lo masajeó con esa presión exacta que él sabe que me vuelve loca, apretando el pezón con suavidad hasta que solté un suspiro que no pude contener. Intenté alcanzarlo con las manos. No pude. Eso lo hacía todo mucho más intenso.
De fondo sonaba algo lento, música soul apenas audible que llenaba el silencio de la habitación sin romperlo.
Soltó el segundo broche y liberó el otro pecho. Sus dos manos se ocuparon de mí al mismo tiempo. Después lo sentí acercarse a mi boca: estaba detrás de mi cabeza, inclinado sobre mí en ángulo extraño. Sus labios encontraron los míos y comenzó un beso profundo que absorbió toda mi atención.
En ese momento, otra boca tocó mis rodillas.
Me paralicé.
La boca de Nicolás estaba ocupada. La que recorría la cara interna de mis muslos, subiendo despacio, era de otra persona.
—Relájate —me susurró contra los labios—. Todo está bien.
Tardé unos segundos. Respiré despacio y solté los músculos uno a uno.
Esa otra boca llegó hasta mi entrepierna. Abrió la tanga de un lado y encontró lo que buscaba. Comenzó a lamerme con una precisión que me sacudió de adentro hacia afuera, como si conociera exactamente dónde estaba cada terminación nerviosa. Mientras tanto, las manos de Nicolás seguían en mis pechos sin apuro. Solo tenía que dejarme estar y recibir todo eso al mismo tiempo.
Él se separó de mi boca y lo sentí moverse sobre la cama. Un momento después, el calor de algo rozó mis labios. Los abrí esperando reconocerlo, y en cambio encontré una textura diferente: un prepucio, un grosor y una forma que no eran los suyos. No era Nicolás.
Entonces su voz llegó desde el otro extremo de la habitación.
—Pruébalo. Igual que a mí.
Éramos al menos cuatro.
Abrí la boca del todo y lo recibí. Lo fui conociendo con la lengua y los labios: su forma, su calor, los detalles que solo se perciben así, de cerca, sin ver nada. Mientras tanto, la boca anónima de abajo trabajaba con dos dedos adentro y la lengua ocupándose de mi clítoris de forma alternada. Se me hacía difícil concentrarme en una sola sensación cuando todas llegaban al mismo tiempo.
***
De repente me levantaron. Me acomodaron de rodillas sobre la cama con las ataduras todavía en su lugar. Alguien se puso de pie a mi lado. Sentí otro miembro rozar mis labios y lo dejé entrar. Alguien más me tomó del pelo con una presión firme y marcó el ritmo. Cada cierto tiempo me giraban la cabeza para ofrecerme otro. El segundo era considerablemente más grueso, con una cabeza que requería toda mi concentración para recibirla bien.
Alguien se deslizó entre mis piernas desde abajo y retomó la estimulación. Lengua y dedos, alternando sin permitir que me acostumbrara a ninguno. Me costaba respirar, no sé si por tener la boca permanentemente ocupada o por la acumulación de sensaciones que se iban sumando sin pausa. El orgasmo empezaba a construirse desde adentro con esa lentitud que a veces resulta casi insoportable.
Justo cuando ya lo sentía cerca, pararon todo.
Me dejaron suspendida al borde. Sin contacto, sin movimiento, sin ningún sonido cercano. Solo mi propia respiración entrecortada y el pulso acelerado resonando en los oídos. Unos segundos que me parecieron una eternidad.
Después me levantaron con cuidado y me sentaron sobre un cuerpo tumbado boca arriba. No era Nicolás: su pecho es velludo y este era completamente liso, suave, con ese calor específico del sudor reciente pegándose a mi espalda. Entre mis piernas sentí el roce de algo rígido buscando posición.
—Cuando vos digas, paramos —susurró Nicolás junto a mi oído. Reconocí el calor familiar de sus manos sosteniéndome por la cintura—. ¿De acuerdo?
—Sí —dije.
El cuerpo bajo el mío encontró mi entrada y comenzó a empujar despacio. Estaba tan mojada que no hubo ninguna resistencia, pero lo sentí avanzar centímetro a centímetro. La persona empezó a moverse con suavidad sostenida mientras me tomaba los pechos desde abajo.
Entonces sentí unas manos separar mis glúteos. Un líquido frío cayó entre ellos y unos dedos comenzaron a distribuirlo con cuidado, masajeando despacio el contorno.
—¿Nicolás? —pregunté en voz baja.
—Soy yo —confirmó desde mi espalda.
—Solo vos —pedí—. Por favor.
Él entendió sin que yo explicara más. Hace un tiempo tuve una mala experiencia con otra persona que fue descuidado y me dejó con dolor durante días. Con Nicolás es diferente: fue él quien me lo enseñó, fue la primera vez que lo disfruté de verdad, y sigue siendo el único con quien funciona.
—Lo sé —dijo—. Sé exactamente cómo te gusta.
Me inclinó suavemente hacia adelante. Un dedo primero, después dos, abriéndome con la paciencia que lo caracteriza, sin apresurarse nunca. Cuando finalmente sentí su glande presionando, me concentré en respirar. Fue entrando muy despacio hasta quedar completamente adentro. Esa mezcla específica de presión y placer que no encontré con nadie más.
Entonces empezaron los dos al mismo tiempo.
Un ritmo coordinado y profundo. Cada movimiento de uno amplificaba al otro. Empecé a gemir con más fuerza de lo que hubiera querido, quizás demasiado para la tranquilidad de ese edificio. Para acallarme, o tal vez simplemente porque era el siguiente paso, alguien colocó el miembro más grueso frente a mi boca. Lo recibí. Me tomaron el rostro con firmeza y marcaron la profundidad. No podía hacer nada más que dejarme llevar, dejar que todo eso ocurriera en mí al mismo tiempo, superpuesto y sin pausas.
El orgasmo llegó sin previo aviso. Primero un hormigueo en el abdomen, luego una contracción que se expandió hacia afuera en todas direcciones. Me sacudí entera. Grité con la boca ocupada y el sonido que salió no lo reconocí como mío. Todo mi cuerpo se tensó por completo y después soltó de golpe, como un resorte que llevaba demasiado tiempo comprimido.
***
Me movieron rápido. Me acomodaron de espaldas sobre Nicolás, que seguía adentro de mí. El otro, el más grueso, encontró mi entrada y se deslizó sin esfuerzo. Todavía temblaba.
Lo que vino después fue demasiado para lo que mi cuerpo podía procesar. Cada embestida llegaba directo a algo que estaba completamente expuesto y sin ninguna defensa. Intentaba contenerme pero lo único que salía era un grito corto y entrecortado con cada movimiento. Aguanté todo lo que pude, más de lo que pensé que iba a poder.
—¡Paren! —logré gritar—. ¡Paren, por favor!
Nicolás me levantó de inmediato y me dejó caer de costado sobre la cama. La sensación del vacío repentino, de los dos cuerpos saliendo casi simultáneamente, fue el golpe de gracia. Me encogí sobre mí misma con las rodillas contra el pecho. Temblaba sin poder parar.
Me soltó las ataduras pero yo no toleraba que me tocara. Me quedé hecha un ovillo durante varios minutos, emitiendo algo que debía sonar parecido a un sollozo. (Esto me lo contó él después, porque yo había perdido completamente la noción del tiempo y del espacio.)
Cuando por fin volví, el antifaz ya no estaba. Estaba cubierta con las sábanas y hacía frío. Nicolás estaba a mi lado acariciándome el pelo con esa paciencia suya de siempre, mirándome con algo que mezclaba preocupación y alivio.
—¿Estás bien? —preguntó en voz muy baja.
—Sí —dije—. Creo que sí.
Busqué con la mirada por la habitación, pero solo estábamos nosotros dos.
—¿Y los demás? —pregunté.
—Ya se fueron —respondió—. Era parte de la experiencia. No saber quiénes son.
Me alcanzó una taza de té caliente con mucho azúcar. Lo tomé despacio, con las manos todavía algo temblorosas, y sentí cómo el calor del líquido me iba devolviendo a mí misma de a poco. Me acurruqué contra su pecho y me dormí sin darme cuenta.
Desperté al mediodía siguiente con el sol en la cara y el cuerpo entero como si hubiera corrido una maratón.
***
Han pasado varios días desde esa noche y todavía la recuerdo con una claridad que no tiene nada de abstracto. Cuando el recuerdo vuelve, vuelve completo: las ataduras, el antifaz, las manos y bocas que no podía identificar, la imposibilidad de moverme, la acumulación de sensaciones hasta el punto de quiebre y más allá.
No lo pedí. Ni siquiera sabía con certeza que lo quería.
Pero si alguien me pregunta cuál fue la noche más intensa de mi vida, sé exactamente de qué sábado hablo. Todo comenzó con la lectura de una confesión ajena que no tenía nada que ver conmigo, y terminó convirtiéndose en algo propio que no le contaría a nadie más que a esta pantalla.