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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el pinar ese día no debería contarlo

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Llevaba meses mirando a Lucía de una forma que no debería confesar. Sandra lo sabía, o al menos lo intuía. Nunca lo dijimos en voz alta, pero hay cosas que no necesitan palabras para quedar instaladas en el ambiente de una pareja. Una mirada que dura un segundo de más. Una pausa antes de responder cuando alguien menciona su nombre. Ese silencio cómplice que acaba siendo más elocuente que cualquier discusión.

Lo que no ayudaba era que Lucía era exactamente el tipo de mujer que te descoloca sin esfuerzo visible. Alta, morena, con el pelo negro y rizado cayéndole sobre los hombros y esa manera de moverse que parecía diseñada para hacerte perder el hilo de lo que estabas diciendo. Era de las que te agarran el brazo al saludarte y te miran a los ojos de verdad, sin el parpadeo ansioso de quien está pensando ya en otra cosa. Salía con Marcos desde hacía casi un año. Marcos era mi amigo de toda la vida, de esos con los que puedes hablar de cualquier cosa durante horas sin necesidad de rellenar los silencios. Pero desde que estaba con Lucía, había levantado sin querer una pequeña distancia. Lo notaba. Hay personas que cambian la arquitectura de todo lo que las rodea.

Con Sandra llevábamos casi cuatro años. Cuatro años que, en los últimos meses, habían adquirido la textura tranquila y algo previsible de la rutina. Yo lo había mencionado un par de veces, con cuidado, intentando proponer algo sin que sonara a reproche. Sandra escuchaba, asentía, y después seguía igual. Era de las que se dejan llevar, de las que responden al movimiento pero raramente lo inician. Yo esperaba que alguna vez tomara la iniciativa, que me sorprendiera en algún momento inesperado, que hiciera algo que me dejara sin capacidad de reacción. Fui asumiendo que eso no iba a ocurrir.

Los invitamos a cenar en nuestra casa un viernes de febrero. Era la primera vez que los cuatro quedábamos así, en plan tranquilo, sin plan fijo. Lucía llegó con un vestido verde que le marcaba la cintura y dejaba adivinar la curva de sus caderas cuando se movía. Me saludó con dos besos, me agarró del brazo un momento como hacen las personas que no tienen distancias calibradas, y me sonrió de frente. Tuve que concentrarme en ofrecerles algo de beber para no quedarme mirándola más de lo razonable.

El vino fue soltando la conversación. Empezamos hablando de trabajo, de viajes que no habíamos hecho, de películas que nadie había visto enteras. En algún momento, sin que supiera exactamente cómo habíamos llegado hasta ahí, estábamos hablando de hábitos y preferencias. Lucía admitió, con la naturalidad de alguien que no le da importancia a lo que dice, que tomaba la píldora, que no le gustaba tener que preocuparse por eso, y que desde los dieciocho solo usaba tangas porque odiaba las marcas en el culo. Lo dijo bebiendo su copa, mirando hacia ningún lado en particular. Marcos sonrió sin decir nada. Sandra cambió de tema. Yo guardé ese dato en algún lugar de la cabeza del que no salió en lo que quedó de noche, imaginándome el hilo mínimo de tela hundido entre esas dos nalgas que el vestido dejaba marcar cada vez que se giraba.

Se me ocurrió proponer que nos hiciéramos fotos. Una de esas ideas que parecen inocentes y no lo son tanto. Hicimos algunas en grupo, otras en parejas. En un momento en que Sandra se levantó a buscar algo a la cocina, saqué el móvil y encuadré a Lucía. Ella me vio y posó con una sonrisa, divertida. Le enseñé la foto y le gustó. Cuando me volví a sentar, retrocedí en la galería y la cámara se reactivó sola. Lucía ya miraba hacia otro lado. Le saqué una segunda sin que se diera cuenta. Después, sin pensar demasiado, hice zoom hasta que el encuadre se llenó con su escote y tomé la última así, dos tetas grandes apretadas por el escote, la piel morena brillando bajo la luz cálida del salón. Guardé el móvil justo cuando Sandra volvía al salón. Noté que pasó por detrás de mí y vio algo en la pantalla. No dijo nada. Se sentó y retomó la conversación.

Cuando Marcos y Lucía se marcharon, pensé que vendría la conversación. Pero lo único que Sandra comentó fue:

—Deberíamos volver a quedar con ellos. Fue una noche muy agradable.

Y así quedó.

***

La segunda vez fue un sábado de abril, ya con el calor instalado de golpe como pasa en primavera cuando deja de dudarlo. Quedamos en un parque a las afueras, una zona de pinares enorme que Marcos y yo conocíamos desde pequeños. Íbamos de vez en cuando de niños con los padres, y el olor a resina y tierra seca lo recordaba el cuerpo antes que la memoria. Llevamos nevera, un altavoz pequeño y suficiente ron y cerveza para que la tarde se alargara todo lo que quisiera.

Me sorprendió lo solitario que estaba el lugar. Era sábado por la tarde y apenas había gente a la vista en ninguna dirección. Solo pinos, sombra verde y el sonido del viento entre las ramas haciendo de fondo constante. La manta quedó extendida en un claro y pasamos la primera hora con cartas, risas y conversación. El alcohol fue haciendo su trabajo despacio y sin avisar.

Marcos se puso afectuoso con Lucía a medida que avanzaba la tarde. La abrazaba por la cintura, le robaba besos cada poco, le susurraba algo al oído que la hacía reír con ese tipo de risa algo incómoda de quien no sabe del todo si seguirle el juego. En un momento le metió la mano por debajo de la falda corta, aprovechando que Sandra miraba las cartas, y Lucía dio un pequeño respingo y le apartó la muñeca sin apartarla del todo. La punta de los dedos de Marcos quedó apoyada en el interior del muslo, muy arriba, y ella no la volvió a mover. Yo lo vi de reojo. Ella lo vio que yo lo vi. Bajó los ojos a las cartas con una sonrisa mínima.

Lucía estaba diferente. Más suelta, con los movimientos ligeramente imprecisos y una sonrisa fácil que no le había visto antes en público. El ron le había quitado esa capa exterior de compostura que llevaba siempre encima.

Me levanté a rellenar el vaso y Sandra vino conmigo hasta la nevera. Quedamos algo apartados del resto. Cogí un cubito de hielo y, sin previo aviso, se lo pasé lentamente por la nuca. Ella dio un respingo, pero no se giró. Siguió de espaldas a mí. Bajé la boca despacio por su cuello y noté cómo la piel se le erizaba bajo mis labios, cómo contenía el aliento un momento antes de soltarlo. Después le rodeé la cintura por detrás, le agarré las tetas con las manos por encima de la camiseta, sin prisa, y le pegué la polla ya dura contra el culo, moviendo la cadera despacio contra ella, mientras de reojo comprobaba que Marcos y Lucía seguían en la manta. Sandra cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás apoyándola en mi hombro. Pasé las manos bajo la ropa, le arranqué el sujetador de una tela hacia arriba y le pellizqué los pezones duros entre los dedos, tirando de ellos hasta arrancarle un gemido que tuvo que morder.

—Se te está poniendo dura sabiendo que nos miran —me susurró, sin abrir los ojos.

—Y a ti se te está mojando el coño sabiendo lo mismo —le contesté al oído.

Bajé una mano hasta el pantalón corto que llevaba, metí los dedos por debajo del elástico y la encontré empapada. Le pasé el dedo corazón por toda la raja, de abajo hacia arriba, con lentitud, y le dejé la punta apoyada en el clítoris haciendo pequeños círculos. Sandra abrió las piernas un poco más, apoyándose en la nevera con las dos manos. La follé con dos dedos ahí mismo, de pie, mientras con la otra mano seguía apretándole una teta.

Cuando Sandra se giró hacia mí, tenía la cara encendida, los ojos brillantes y los labios entreabiertos como si le costara respirar. Me miró un segundo, después miró hacia los pinos, después miró hacia la manta. Vi que algo se decidía en su cabeza. Se levantó de golpe, me cogió de la mano y empezó a tirar de mí hacia un árbol cercano, pasando delante de donde estaban sentados Marcos y Lucía. Antes de que yo pudiera decir nada, se paró, se giró hacia ellos y anunció con una voz segura que no reconocí de inmediato como suya:

—Me lo llevo un momento. Siempre he querido chupársela aquí y hoy va a ser el día.

Marcos dejó la copa a medias. Lucía no dijo nada, pero los ojos se le fueron hacia nosotros con una expresión que no era del todo sorpresa.

Sandra me empujó contra el pino. Me miró con una expresión que mezclaba determinación y algo parecido a la satisfacción anticipada. Se agachó delante de mí y tiró de mi pantalón de deporte hacia abajo de un solo movimiento. La polla se me marcaba ya, dura y tensa contra la tela de los calzoncillos. Ella la rozó con la mejilla, despacio, con los ojos cerrados, frotándose la cara contra el bulto como una gata. Yo miré hacia el claro. Lucía y Marcos estaban a menos de diez metros. Lucía nos miraba. Marcos también.

Sandra jugó así un rato, con los labios rozando la tela, mordiéndomela suave por encima, alzando de vez en cuando los ojos hacia mí con una expresión que no tenía nada de inocente. Le vi la punta de la lengua asomando por entre los dientes cuando lamió la mancha húmeda que ya se había formado en el algodón. Después bajó el elástico hasta mis rodillas y mi polla saltó dura a un centímetro de su cara. Ella se la quedó mirando un segundo, con la boca abierta, y giró un poco la cabeza hacia la manta para asegurarse de que nos veían. Después la agarró con la mano en la base, sacó la lengua y empezó a lamerla de abajo hacia arriba, desde los huevos hasta la punta, con lametones largos y planos, como si fuese un helado que no quisiera que se derritiera demasiado deprisa.

—Mírala, joder —murmuré—. Nos están mirando.

—Que miren —dijo ella, con la polla apoyada en la mejilla, sin dejar de acariciarla con la mano—. Que mire ella bien.

Y me la metió entera en la boca. Despacio al principio, profunda, hasta que la sentí golpear contra la garganta. Con esa calma que solo tiene quien sabe exactamente lo que está haciendo y no tiene ninguna prisa en terminar. El calor de su boca, el movimiento preciso de su lengua girando alrededor del glande cada vez que subía, la presión de los labios apretados en la corona, el ruido húmedo, obsceno, que no intentaba disimular. Me apoyé en la corteza del árbol con las dos manos y suspiré sin poder evitarlo. Sandra me tenía sujeto por la cadera con la mano izquierda, hundiéndome los dedos en la piel, marcándome el ritmo desde abajo.

Alcé la vista hacia la manta. Marcos había pasado de observador a negociador: lo vi hablando con Lucía en voz baja, con gesto persuasivo, la mano posada en el interior de su rodilla y subiendo. Lucía reía con esa risa suya que no termina de comprometerse con nada. Pero sus ojos volvían hacia nosotros cada pocos segundos, y en cada regreso se quedaban un poco más de tiempo. Vi que Marcos se abría el pantalón sin sacársela del todo. Vi cómo Lucía bajaba la mirada a la entrepierna de él, tragaba saliva y volvía a mirarme a mí, como preguntando algo que no sabía formular.

Sandra paró un momento, solo para pasar la lengua por la punta con lentitud deliberada, hurgando en el pequeño hoyo con la punta de la lengua para sacar la gota de líquido que se me estaba formando. Un hilo espeso de saliva quedó entre los dos antes de que ella lo cortara con el dedo. Alzó la voz lo suficiente para que llegara sin duda hasta la manta:

—¿Es que voy a ser la única aquí chupando polla?

Y volvió a lo suyo, esta vez usando también la mano derecha, apretándome la base con firmeza y girándola ligeramente en cada bajada, mientras con la boca se concentraba en la mitad superior. La otra mano bajó a mis huevos y me los sopesó con una suavidad que contrastaba con el ritmo brutal que llevaba arriba. Me hizo doblar ligeramente las rodillas y aferrarme al árbol con los dedos hasta clavármelos en la corteza.

Escuché pasos sobre las agujas de pino. Levanté la vista y vi a Marcos y Lucía acercarse hacia el árbol que quedaba a mi derecha, a unos siete u ocho metros. Lucía caminaba delante, con las mejillas encendidas y la mirada baja, mordiéndose el labio. Se arrodilló delante de él sobre las agujas secas sin importarle mancharse la falda. Le desabrochó el cinturón con manos que no temblaban demasiado, le bajó los calzoncillos hasta medio muslo y la polla de Marcos le rebotó cerca de la cara. La cogió con las dos manos, la miró de cerca un instante, y se la metió en la boca de un solo tirón, hundiéndosela hasta atragantarse un poco. Marcos echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, con la expresión de quien acaba de recibir lo que llevaba meses pidiendo. Le puso la mano en la nuca a Lucía y empezó a marcarle el ritmo él, follándole la boca sin miramientos.

El sonido de los dos se mezclaba en el aire quieto del pinar, casi al mismo volumen. Slurps, gemidos ahogados, respiraciones, algún roce de piel. Los rizos negros de Lucía se movían con cada empuje. Le vi el escote colgar hacia adelante, las tetas balanceándose dentro del sujetador, un pezón asomando por el borde de la tela.

Intenté mantener la cabeza clara. Intenté ser consciente del momento, de lo que estaba pasando exactamente y con quién. Pero Sandra no me daba tregua y las piernas empezaron a ceder bajo mi peso. La sentía tragarme entera cada vez, cerrando la garganta alrededor de la punta, y volver a subir con la lengua pegada al frenillo. Noté que me acercaba al límite. Ella lo notó antes que yo. Se me pusieron los huevos duros como piedras contra su palma y ella los apretó justo lo suficiente para retrasarme dos segundos más.

—¿Vas a correrte? —preguntó, separándose apenas lo suficiente para hablar, con la polla apoyada contra su labio inferior—. ¿Te vas a correr en mi boca sabiendo que ella te está viendo?

La miré. Tenía el pelo desordenado, la boca hinchada y brillante, la barbilla mojada de saliva, los ojos brillantes y una expresión entre concentrada y satisfecha. Le desabroché los dos primeros botones de la camiseta, aparté el sujetador de un tirón y le liberé una teta entera. Le agarré el pezón entre el índice y el pulgar y se lo torcí despacio hasta que gimió con la boca vacía. Con la otra mano le sostenía la nuca, marcándole el ritmo yo ahora, entrando y saliendo sin dejar que se retirara.

—Abre la boca, guarra —le dije en voz baja—. Que te vea.

Sandra abrió la boca, sacó la lengua y me miró desde abajo con los ojos entrecerrados. Yo seguí masturbándome delante de sus labios, la punta rozándole la lengua en cada bajada.

Volví a mirar hacia Lucía.

Lucía me estaba mirando a mí.

Se había sacado la polla de Marcos de la boca y la sostenía con una mano al lado de su cara mientras la seguía masturbando. Los rizos oscuros se le mecían con cada movimiento del brazo, pero los ojos estaban fijos en los míos. Tenía los labios brillantes de saliva y una gota le colgaba de la barbilla. Marcos le agarraba una teta desde arriba, se la había sacado por encima del vestido, y se la apretaba con fuerza mientras ella nos miraba a nosotros. No sé qué estaba pensando en ese momento, si es que pensaba en algo concreto. Pero había algo en ese cruce de miradas —ella masturbando a mi mejor amigo con la boca abierta, yo con Sandra de rodillas a mis pies— que terminó de romper todo control que me quedara.

Sentí la primera sacudida mirando los ojos oscuros de Lucía y disparé el primer chorro directamente sobre la lengua de Sandra. Ella no se movió, no cerró la boca, no tragó. Me recibió el semen encima como si fuera lluvia. La segunda fue más intensa y le llegó a los labios y a parte de la barbilla, resbalando despacio hacia el escote y colándose entre los pechos. La tercera y la cuarta le cayeron encima del pezón que le había liberado, blancas contra la piel morena, y bajaron en hilo hasta la copa del sujetador. Ella no se limpió de inmediato. Se pasó la lengua muy despacio por el labio superior, recogiendo lo que podía, y me sostuvo la mirada desde abajo, con un ojo levemente cerrado y una sonrisa tranquila de quien acaba de ganar una apuesta que nadie más sabía que había hecho. Después cerró la boca y tragó todo lo que le quedaba dentro, exagerando el gesto. Le acaricié la mejilla con el pulgar, arrastrando un hilo de semen hasta sus labios, y ella me lo chupó despacio. Me besó los nudillos.

Unos metros más allá, Marcos gruñó, avisó a Lucía con un toque brusco en el hombro y le empujó la cabeza hacia atrás. Ella terminó con la mano, apartando la cara en el último momento, cuidadosa, y él se corrió a chorros sobre sus tetas y sobre el vestido, largos hilos blancos que quedaron colgando de sus rizos y del canalillo. Lucía cerró los ojos y aguantó el chaparrón con la boca entreabierta y el pecho arqueado hacia adelante. Cuando abrió los ojos, volvió a mirarme a mí, con el semen de Marcos colgándole del mentón y de un pezón que ya se había sacado del todo. Se pasó dos dedos por el escote, los recogió empapados y se los llevó a la boca, sin dejar de sostenerme la mirada.

***

Cuando volvimos los cuatro a la manta, el ambiente tenía esa tensión eléctrica y extraña que queda después de algo que no debería haber pasado y sin embargo pasó. Nadie habló de lo ocurrido. Nadie necesitaba hacerlo. Abrimos más cervezas, pusimos otra canción, y la conversación regresó sola con esa naturalidad algo forzada de quien finge que todo está igual cuando sabe perfectamente que nada lo está. Fue Lucía quien rompió el silencio primero, preguntando algo sobre la música, y los cuatro nos aferramos a ese tema como a una cuerda lanzada en el momento justo. Ella se había puesto una chaqueta ligera por encima para tapar las manchas del vestido, pero de vez en cuando se pasaba la lengua por la comisura del labio como buscando algo.

Marcos estaba más callado que de costumbre. Lucía reía más de lo necesario. Sandra tenía esa expresión de serenidad que a veces adopta después de haber tomado una decisión que no sabía que necesitaba tomar. Todavía tenía una gota seca de semen en el hueco de la clavícula que ninguno señaló.

Lo que más recuerdo de esa tarde no es el pinar, ni el calor pegado a la piel, ni el olor a resina mezclado con ron. Lo que más recuerdo es la mirada de Lucía sobre mí en ese momento preciso, con la polla de Marcos en la mano y mi corrida saliendo a un metro de su cara. Y que Sandra, conduciendo de vuelta a casa con el sol cayendo por el retrovisor, me cogió la mano sobre la palanca de cambios, se la llevó a la boca, me chupó el pulgar hasta el fondo y no dijo nada. Solo eso. Pero fue suficiente para entender que algo había cambiado entre nosotros, y que lo que pasó en ese pinar había sido, a su manera, el regalo más inesperado que podría haberme dado.

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4.1(14)

Comentarios(10)

mauro_bsas

increible!!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

VeroLectora

uff que morbo lo del pinar... espero que haya segunda parte porque me quede con las ganas

Tomas_46

muy bueno. Lo leí dos veces y la segunda fue mejor que la primera jaja. Seguí subiendo!

Felix_Mendo

el título solo ya me atrapó, bien jugado. No me lo esperaba para nada

CuriosaNet22

Sandra suena a personaje con mucha historia... habrá mas relatos con ella?

rodorico

genail!! seguí así

LuisVal88

Me encanto el contexto del pinar, le da un toque mas natural y espontaneo a todo. Buen trabajo

MarcosBaires

que nervios leer esto en el trabajo jajaja, casi me agarran con la cara colorada

Javi_BCN

de confesiones hay muchas pero pocas tan bien narradas como esta. Se nota que lo viviste de verdad

PatriciaWW

me recordó a una situacion parecida que casi me pasó a mí hace unos años ja. El ambiente que describis se siente muy real, casi estaba ahí

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