Cuando todos se fueron, ella sacó el vino bueno
Marta y yo llevábamos más de quince años trabajando juntos en la misma empresa de logística en Lanzarote. Desde el primer día me había tratado como si nos conociéramos de toda la vida, y eso, viniendo de alguien que llegaba de fuera como yo, significó mucho más de lo que le dije en su momento.
Con los años habíamos construido algo que a veces cuesta más que cualquier relación sentimental: confianza de verdad. Las cenas después del trabajo, las cañas de los viernes, algún concierto y muchas horas de conversación habían tejido entre nosotros una amistad de esas que no necesitan mantenimiento constante para seguir en pie.
Yo le había contado cosas que no le había dicho ni a mi hermano. La tarde en que mi exmujer me pidió el divorcio, las experiencias que habíamos tenido antes de que todo se rompiera, mis dudas sobre si quedarme en la isla o volver al continente. Ella, a cambio, me había hablado de los años que pasó sola con su hija recién nacida cuando su pareja desapareció sin aviso, de cómo la bebida casi la arrastró, de los tatuajes que se hizo en aquella época y que ahora prefería no mirar demasiado. No nos guardábamos nada porque nunca habíamos necesitado protegernos el uno del otro.
Cada historia oscura terminaba con una alegre. Cada confesión, con una carcajada. Era así desde el principio, y los dos sabíamos que por eso la cosa había aguantado tanto tiempo sin romperse.
Desde hacía varios años, al inicio del verano, Marta organizaba una comida en el jardín de su casa. Era una tradición de la que nadie quería perderse. El arroz lo encargaba siempre al mismo restaurante del puerto, y el vino blanco, las cervezas y los helados de postre hacían el resto. La comida empezaba tarde, esperando a los que salían del turno de mañana, que a su vez esperaban a los del turno anterior, que se habían parado a tomar el aperitivo. Los inconvenientes de trabajar en una empresa que no para nunca.
Aquel sábado de mediados de julio era especialmente caluroso. Los más jóvenes monopolizaban la piscina desde primera hora. Dos becarios intentaban impresionar a la nueva técnica de recursos humanos y a una chica de administración que llevaba poco tiempo con nosotros. Las dos se reían de ellos desde el borde, con los pies en el agua, sin ninguna intención de caer en la trampa.
El resto alternábamos entre la mesa y la piscina, la conversación y la comida, mientras el sol fue bajando hasta que la sobremesa se convirtió en algo que nadie quería que terminara. Quien más quien menos con alguna cerveza de más, y los más jóvenes seguían chapoteando como si tuvieran doce años.
La había estado mirando todo el día. Iba con un vestido largo de tela ligera que se movía con la brisa, y debajo se adivinaba el bañador de una pieza que se había puesto por la mañana. Cada vez que se agachaba a recoger algo de la mesa, la tela se le pegaba al culo y me dejaba ver la forma completa, redonda, generosa. Cada vez que pasaba cerca de mí, mi mirada la seguía sin que yo tomara la decisión consciente de hacerlo. Y creo que ella lo sabía, porque en más de una ocasión me había pillado con la vista clavada en sus tetas o en sus caderas y no había apartado los ojos. Se había limitado a sonreírme de lado, como diciendo «sigue mirando, que no me molesta».
Poco a poco, los invitados fueron marchándose. Primero los que tenían niños pequeños, luego los que habían bebido demasiado y querían dormir la siesta, después los que alegaban que con las sobras ya llegaban cenados a casa. Cuando me di cuenta, el jardín había quedado en silencio. Solo quedábamos Marta y yo.
—¿No te marchas? —me preguntó mientras recogía unas copas de la mesa.
—No, te ayudo a recoger. Tienes trabajo por delante para dejar esto medianamente presentable —le respondí.
La verdad es que no tenía ningún motivo real para quedarme. Pero tampoco tenía ninguno para irme, y menos con la polla medio dura desde hacía tres horas dentro del bañador.
—No te preocupes, este año la gente ha sido muy cívica —dijo señalando el jardín—. Ya casi no queda nada por hacer.
Era cierto. Los invitados habían ido recogiendo a medida que se marchaban, y el jardín estaba en mejor estado de lo que cabría esperar después de ocho horas de fiesta. Terminamos de recoger en veinte minutos entre los dos, anudando bolsas y apilando las últimas sillas plegables.
—Aun así, mejor barrer un poco. Si no, mañana tendrás el jardín invadido de hormigas —le dije.
—Si insistes... la escoba está en el cuarto de la entrada, a la izquierda. No seré yo quien te quite el gusto.
Cuando volví con la escoba, ella no estaba en el jardín. La encontré saliendo por la puerta corredera de la cocina con una botella en la mano. Una botella cubierta de gotas de condensación que no se parecía en nada a las que habíamos consumido durante la comida. En la otra mano traía dos copas de cristal fino, de las buenas, las que solo salen del armario para ocasiones concretas.
—Me parece que esto me apetece más que barrer —dijo dejando la botella y las copas sobre la mesa.
Le quité el sacacorchos de la mano y abrí la botella mientras ella se sentaba. El corcho salió limpio.
—No vi ninguna de estas durante la comida —le comenté.
—Claro que no. Si la pongo en la mesa con todos, alguno me la mezcla con refresco. No tengo paciencia para ese tipo de barbaridades.
Sonreí mientras servía las dos copas. El vino era frío, muy ligero y buenísimo. Nos sentamos frente al jardín oscurecido, bebiendo despacio, sin ninguna prisa. La noche olía a tierra caliente y a jazmín.
—Hoy has estado muy callado —dijo ella después de un rato.
—Estaba concentrado.
—¿En qué?
Hice una pausa.
—En el trabajo —dije.
La verdad es que llevaba horas imaginándola desnuda, imaginándome metiéndosela por detrás mientras se agarraba a esa misma mesa.
Esbozó una sonrisa sin mirarme. Los dos sabíamos que era mentira.
***
El jardín estaba casi a oscuras. Las luces automáticas del porche se habían encendido hacía un rato y proyectaban una luz cálida sobre el borde de la piscina, dejando el agua en una penumbra azulada.
—Venga, dame la copa y métete —dijo poniéndose de pie.
Se quitó el vestido por la cabeza con un solo movimiento y lo dejó doblado sobre la silla. Las sandalias las dejó debajo. Cogió las dos copas, bajó los escalones de la piscina con cuidado y avanzó hasta que el agua le llegó a la cintura. Se sumergió, llegó al otro lado buceando y se giró para mirarme desde allí.
—El agua está perfecta. Trae las copas.
Me quité la camiseta y los zapatos y bajé por la escalera. El agua estaba templada todavía por el sol del día, con apenas un poco de frescor en el fondo. Buceé hasta donde estaba ella y cuando salí a la superficie me tendió una copa.
Brindamos sin decir nada.
Estuvimos un rato así, moviéndonos despacio en el agua, cada vez un poco más cerca el uno del otro. La voz se nos fue bajando sola, como si el jardín oscuro pidiera que habláramos en susurros. Hablábamos de cualquier cosa. Del calor, del verano, de las vacaciones que ninguno de los dos había terminado de planear todavía. Habíamos hablado de ir juntos a Tenerife cuando los turnos nos hicieran coincidir varios días libres. Ese verano quizás.
En un momento dado, ella dejó su copa en el borde y, de espaldas a mí, se bajó los tirantes del bañador. Los pechos quedaron por debajo del nivel del agua. Vi cómo terminaba de quitarse el bañador y lo lanzaba fuera de la piscina.
—Este bañador me tenía aprisionada desde las once de la mañana —dijo volviéndose hacia mí con toda la naturalidad del mundo.
Y allí las tenía, apenas veladas por la penumbra del agua: dos tetas grandes, blancas, con los pezones oscuros ya endurecidos por el fresco. No pude hacer otra cosa que sacarme el bañador también y lanzarlo al borde. La polla, que llevaba horas jugando conmigo, se me puso completamente dura en el momento en que la tela dejó de sujetarla.
Nos miramos. En el agua, a esa luz, con el vino y el silencio del jardín, todo lo que habíamos ido acumulando durante meses se hizo de repente muy evidente. Su mano rozó la mía debajo del agua. No fue un accidente. Bajó unos centímetros más y me agarró la polla con la palma abierta, sin apretar, solo sopesándola, comprobando el estado en que la tenía.
—Joder —murmuró—. Llevaba rato preguntándome si estarías así.
—Desde la hora del café —le confesé.
Nos acercamos. Cuando nos besamos, no fue un beso tímido ni exploratorio. Fue un beso de alguien que lleva tiempo queriendo hacerlo y ya no ve ninguna razón para seguir esperando. Le mordí el labio inferior y le metí la lengua hasta el fondo de la boca. Ella me pasó los brazos por el cuello y me apretó contra ella sin ningún reparo, aplastándome las tetas contra el pecho, restregándose contra mi polla debajo del agua.
El agua nos llegaba al pecho a los dos. Le bajé una mano por la espalda hasta agarrarle el culo con las dos manos, una nalga en cada palma, y la levanté ligeramente para que se abriera contra mí. Ella separó las piernas y me rodeó la cintura con una, dejando que la polla se le colara entre los muslos, resbalando contra el coño sin llegar a entrar.
—Llevo meses queriendo que pasara esto —le confesé mientras le recorría el cuello con los labios y le mordía el hueco entre el hombro y la clavícula.
—Yo también —dijo—. Nos hemos perdido por lo menos tres oportunidades perfectas.
—¿Cuáles?
—Después del concierto de mayo. Y aquella tarde en la oficina cuando todos se habían ido. Y...
—Sí, esa sí la recuerdo —la interrumpí.
Se rio contra mi hombro. Luego volvió a besarme y su mano volvió a buscarme la polla, esta vez con más decisión, cerrando los dedos alrededor y empezando a masturbarme despacio bajo el agua.
Mis manos la recorrían despacio: la espalda, la cintura, las caderas. Bajé una hasta meterla entre sus piernas y le pasé los dedos por el coño. Estaba caliente incluso con el agua alrededor, y los labios se le abrieron enseguida bajo la yema. Le encontré el clítoris y empecé a hacer círculos suaves. Ella soltó un jadeo directo en mi boca.
—Ahí —dijo—. Justo ahí.
Le metí dos dedos dentro sin dejar de frotarle el clítoris con el pulgar. El coño le apretaba con fuerza, y notaba cómo se contraía cada vez que llegaba un poco más al fondo. Ella no dejaba de masturbarme, cada vez más rápido, cada vez apretándome más.
—Subamos —dijo después de un momento, con la respiración cortada—. El cloro me irrita y prefiero estar cómoda. Quiero que me folles bien, no aquí de pie.
Salimos de la piscina. La luna estaba alta y el jardín completamente tranquilo. Ella salió delante de mí y le vi el culo entero por primera vez a plena luz: dos nalgas rotundas, con la marca del bañador todavía marcada en la piel más blanca. Le di un cachete que sonó en el silencio del jardín. Ella se rio y me miró por encima del hombro.
—Espera a que suba y ya me lo darás en condiciones.
Entramos por la cocina dejando un rastro de agua por el pasillo y subimos las escaleras hasta su habitación. Yo iba detrás, con la polla apuntando al frente, mirándole el culo bambolearse escalón a escalón.
***
Encendió la lámpara de la mesilla, que daba una luz cálida y suave. La ventana estaba entreabierta y la cortina se movía con la brisa. Para cuando llegamos arriba, el calor de la noche casi nos había secado.
Nos tumbamos en la cama y seguimos donde lo habíamos dejado. Ella se concentró en mi pecho, pasando los dedos por él despacio, luego la lengua, bajando por el esternón, por el vientre, dejándome un rastro de saliva hasta que llegó a la polla. La miró un segundo como quien mide algo, sonrió y me la agarró con la mano.
—Llevaba meses queriendo verla —dijo.
—Pues aquí la tienes.
Se inclinó y se la metió en la boca hasta el fondo, de golpe, sin transición. Sentí la garganta apretándose alrededor del glande y tuve que agarrarme a las sábanas para no correrme en ese primer envite. Subió despacio, chupándola con la mejilla hundida, hasta que solo la punta quedó entre sus labios, y volvió a bajar. Otra vez. Y otra. La lengua le trabajaba por debajo mientras la boca subía y bajaba con un ritmo que dejaba claro que aquello lo había hecho muchas veces y sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
—Joder, Marta —conseguí decir—. Así no voy a durar nada.
Sacó la polla de la boca con un pop húmedo y me miró desde abajo, con los labios brillantes de saliva.
—No te preocupes. Tenemos toda la noche. Córrete las veces que haga falta.
Y volvió a metérsela. Esta vez se centró en el glande, lamiéndomelo con la punta de la lengua, dando vueltas alrededor, mientras con la mano me masturbaba el resto de la polla con firmeza. La otra mano me acarició los huevos, los sopesó, los estrujó con la fuerza justa. Yo tenía los ojos cerrados y el estómago tenso, aguantando como podía.
Abrió el cajón de la mesilla y sacó preservativos y lubricante. Se incorporó, rasgó el envoltorio con los dientes y colocó el preservativo sin torpeza, sin interrumpir el momento. Luego se puso de rodillas en la cama, abrió el lubricante y se preparó ella misma con los dedos, sin ningún pudor, delante de mí. Se abrió el coño con dos dedos de la otra mano para que yo la viera bien: rosado, hinchado, con el clítoris asomando. Se metió tres dedos hasta los nudillos y jadeó.
—La menopausia tiene estas cosas —dijo con una media sonrisa—. El deseo por las nubes y la humedad por los suelos.
—No hay ningún problema con eso. Me pone verte hacerte eso.
—¿Sí? Pues mira bien, que no lo hago para cualquiera.
Se metió y sacó los dedos varias veces más, mirándome a los ojos, y luego se los llevó a la boca y los chupó uno a uno. Se colocó encima de mí a horcajadas, se agarró la polla con la mano y se la fue metiendo despacio, centímetro a centímetro, con los ojos cerrados y la boca abierta.
Cuando me recibió entera, los dos nos quedamos quietos un segundo, sintiendo. Ella tenía el coño apretado, caliente, y las paredes le palpitaban alrededor de la polla. Luego empezó a moverse.
Marta tenía el pelo completamente blanco, unas tetas grandes que se le movían al ritmo de las embestidas, y una forma de cabalgar que no dejaba lugar a dudas sobre lo que quería. No había nada de artificioso en ella. Cabalgar con calma al principio, bajadas más rápidas que las subidas, los ojos entrecerrados y la boca levemente abierta. Cada vez que bajaba del todo, hacía un pequeño movimiento circular con las caderas, restregándose el clítoris contra el hueso de mi pubis, y soltaba un gemido corto.
Le puse las manos en la cintura para ayudarla a subir y bajar. Luego las subí hasta sus tetas y me entretuve con ellas mientras ella seguía su ritmo. Los pezones, endurecidos, respondían al mínimo contacto. Cada vez que mis manos apretaban un poco más, su cadencia se aceleraba un poco. Le pellizqué uno con dos dedos, tirando ligeramente hacia arriba, y ella soltó un «joder» entre dientes y bajó de golpe con más fuerza.
—Acércate —le pedí.
Se inclinó hacia mí y acerqué la boca a sus tetas. Le atrapé un pezón entre los labios y empecé a chuparlo mientras con la mano me ocupaba del otro. Ella siguió cabalgándome con el mismo ritmo, ahora más pegada a mí, con el pelo blanco cayéndome sobre la cara. El pezón se me endurecía más aún dentro de la boca. Le pasé la lengua por encima, se lo mordisqueé con cuidado, y luego lo solté para pasar al otro. La mano libre bajó por su costado, por su cadera, hasta llegar al culo, y le clavé los dedos en la nalga.
Ella gemía muy bajo, casi en silencio, de una manera que resultaba más intensa que cualquier grito. Un sonido cortado en la garganta que salía cada vez que bajaba del todo, como si no pudiera contenerlo pero tampoco quisiera dejarlo salir entero.
Cuando noté que me acercaba demasiado rápido al límite, la aparté suavemente, la desplacé a un lado y salí de ella. Necesitaba un momento para no terminar demasiado pronto.
—No pares —dijo casi en un susurro.
—No paro. Cambio.
Me arrodillé junto a ella y le abrí las piernas del todo. La vista era la que llevaba imaginándome desde la cocina: el coño abierto, brillante, con el vello blanco recortado y los labios hinchados de lo que llevábamos. Bajé la cabeza entre sus piernas y empecé con la lengua: despacio al principio, un lametazo largo desde abajo hasta el clítoris, luego otro, luego otro. Ella arqueó las caderas para pegarse más a mi boca.
Encontré el clítoris con la punta de la lengua y me quedé ahí, haciendo círculos, alternando la velocidad. Metí dos dedos dentro y empecé a moverlos hacia arriba, buscando el punto que sabía que iba a hacerla saltar. Cuando lo encontré, ella soltó un gemido que se ahogó en la almohada.
—Ahí —dijo con la voz rota—. Justo ahí. No pares.
Mis dedos entraban y salían con firmeza mientras mi lengua se concentraba en el clítoris. Le sujeté la cadera con la otra mano para que no se moviera demasiado. Ella tenía una mano apoyada sobre mi cabeza, sin empujar, solo ahí, dejándomelo hacer.
Desde esa posición podía verle la cara. La veía tocarse las tetas con la otra mano, pellizcarse los pezones sin delicadeza esta vez, tensar los músculos del vientre cuando algo que hacía yo le resultaba especialmente bien. Había algo en poder verle la cara mientras se lo comía que valía tanto como el resto.
En un momento dado, su mano bajó y me quitó el preservativo con un movimiento ágil. Me tomó en su mano y empezó a moverse con fuerza, sin delicadeza, con una intensidad que me costó sostener. Me la masturbaba de arriba abajo, apretando fuerte en la base, girando la muñeca al llegar al glande, con la palma llena de saliva y de restos de lubricante. Yo mantuve el ritmo sobre ella lo mejor que pude, chupándole el clítoris, metiéndole los dedos hasta el fondo, aunque cada vez me resultaba más difícil concentrarme en otra cosa que no fuera su mano.
—Me voy a correr —le avisé, levantando la cabeza un segundo.
—Sí —dijo—. Córrete. Córrete encima de mí. Quiero verlo.
Me incorporé y me arrodillé a horcajadas sobre ella, con la polla apuntándole al vientre. Ella no dejó de masturbarme ni un segundo, apretando cada vez más, mirándome fijamente a los ojos y luego a la polla, alternando. El orgasmo llegó con fuerza, con esa tensión que sube desde los pies y explota en algún punto que no sabes localizar exactamente. La primera descarga cayó entre sus tetas, la segunda en el vientre, y las siguientes le mancharon la mano y el muslo. Ella siguió masturbándome hasta la última gota, sacándome todo lo que tenía dentro.
—Joder —dijo mirándose el pecho manchado de semen—. Buena corrida.
Recuperé el aliento un segundo. Se pasó dos dedos por el vientre, recogiendo un poco, y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme. Yo volví a bajar entre sus piernas sin perder más tiempo.
Mis dedos, mi lengua, toda la atención disponible. Le metí tres dedos esta vez, moviéndolos rápido, mientras le chupaba el clítoris con más presión. Ella empezó a moverse con más urgencia, las caderas iban al encuentro de mi mano, los jadeos se hicieron más frecuentes, más cortos. La vi apretar los puños en las sábanas, retorcerlas hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Sí, sí, sí —repetía casi sin voz—. No pares, no pares, ya casi, ya casi...
Y entonces se paró.
Un segundo de silencio absoluto, el cuerpo completamente tenso, los ojos cerrados, la boca abierta sin que saliera aire. Después un grito ahogado y una sacudida de caderas hacia adelante, como si quisiera expulsar algo de su interior. El coño se le cerró alrededor de mis dedos con una fuerza que casi me los dejó atrapados. Sus uñas se clavaron en mi muslo con una fuerza que dejó marca. Sentí una oleada caliente contra la palma de la mano.
Se quedó quieta. La respiración fue volviendo poco a poco. Yo saqué los dedos despacio y le lamí el clítoris una última vez, muy suave, con la lengua plana, y ella dio un respingo y se rio con la voz rota.
—Para, para, no puedo más.
—Dios —dijo en voz baja después—. Dios mío.
Me tumbé a su lado. Le aparté un mechón de pelo de la frente con la mano. Ella abrió los ojos y me miró con esa expresión de alguien que acaba de aterrizar después de un viaje muy largo.
—Ha tardado quince años —dijo.
—Más o menos —respondí.
—Podríamos haber empezado antes.
—Sí. Pero tampoco estuvo mal así.
Ella sonrió y no dijo nada más. Se giró de lado, se pegó a mí y me pasó una pierna por encima. Yo le puse una mano en el culo y la dejé ahí.
La brisa seguía entrando por la ventana. Afuera, el jardín estaba tranquilo y la piscina brillaba sola bajo la luna. Era una de esas noches de verano que tardan mucho en enfriarse, si es que alguna vez se enfrían del todo.

