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Relatos Ardientes

Cuando todos se fueron, ella sacó el vino bueno

4.3 (29)

Marta y yo llevábamos más de quince años trabajando juntos en la misma empresa de logística en Lanzarote. Desde el primer día me había tratado como si nos conociéramos de toda la vida, y eso, viniendo de alguien que llegaba de fuera como yo, significó mucho más de lo que le dije en su momento.

Con los años habíamos construido algo que a veces cuesta más que cualquier relación sentimental: confianza de verdad. Las cenas después del trabajo, las cañas de los viernes, algún concierto y muchas horas de conversación habían tejido entre nosotros una amistad de esas que no necesitan mantenimiento constante para seguir en pie.

Yo le había contado cosas que no le había dicho ni a mi hermano. La tarde en que mi exmujer me pidió el divorcio, las experiencias que habíamos tenido antes de que todo se rompiera, mis dudas sobre si quedarme en la isla o volver al continente. Ella, a cambio, me había hablado de los años que pasó sola con su hija recién nacida cuando su pareja desapareció sin aviso, de cómo la bebida casi la arrastró, de los tatuajes que se hizo en aquella época y que ahora prefería no mirar demasiado. No nos guardábamos nada porque nunca habíamos necesitado protegernos el uno del otro.

Cada historia oscura terminaba con una alegre. Cada confesión, con una carcajada. Era así desde el principio, y los dos sabíamos que por eso la cosa había aguantado tanto tiempo sin romperse.

Desde hacía varios años, al inicio del verano, Marta organizaba una comida en el jardín de su casa. Era una tradición de la que nadie quería perderse. El arroz lo encargaba siempre al mismo restaurante del puerto, y el vino blanco, las cervezas y los helados de postre hacían el resto. La comida empezaba tarde, esperando a los que salían del turno de mañana, que a su vez esperaban a los del turno anterior, que se habían parado a tomar el aperitivo. Los inconvenientes de trabajar en una empresa que no para nunca.

Aquel sábado de mediados de julio era especialmente caluroso. Los más jóvenes monopolizaban la piscina desde primera hora. Dos becarios intentaban impresionar a la nueva técnica de recursos humanos y a una chica de administración que llevaba poco tiempo con nosotros. Las dos se reían de ellos desde el borde, con los pies en el agua, sin ninguna intención de caer en la trampa.

El resto alternábamos entre la mesa y la piscina, la conversación y la comida, mientras el sol fue bajando hasta que la sobremesa se convirtió en algo que nadie quería que terminara. Quien más quien menos con alguna cerveza de más, y los más jóvenes seguían chapoteando como si tuvieran doce años.

La había estado mirando todo el día. Iba con un vestido largo de tela ligera que se movía con la brisa, y debajo se adivinaba el bañador de una pieza que se había puesto por la mañana. Cada vez que pasaba cerca de mí, mi mirada la seguía sin que yo tomara la decisión consciente de hacerlo. Y creo que ella lo sabía, porque en más de una ocasión me había pillado y no había apartado los ojos.

Poco a poco, los invitados fueron marchándose. Primero los que tenían niños pequeños, luego los que habían bebido demasiado y querían dormir la siesta, después los que alegaban que con las sobras ya llegaban cenados a casa. Cuando me di cuenta, el jardín había quedado en silencio. Solo quedábamos Marta y yo.

—¿No te marchas? —me preguntó mientras recogía unas copas de la mesa.

—No, te ayudo a recoger. Tienes trabajo por delante para dejar esto medianamente presentable —le respondí.

La verdad es que no tenía ningún motivo real para quedarme. Pero tampoco tenía ninguno para irme.

—No te preocupes, este año la gente ha sido muy cívica —dijo señalando el jardín—. Ya casi no queda nada por hacer.

Era cierto. Los invitados habían ido recogiendo a medida que se marchaban, y el jardín estaba en mejor estado de lo que cabría esperar después de ocho horas de fiesta. Terminamos de recoger en veinte minutos entre los dos, anudando bolsas y apilando las últimas sillas plegables.

—Aun así, mejor barrer un poco. Si no, mañana tendrás el jardín invadido de hormigas —le dije.

—Si insistes... la escoba está en el cuarto de la entrada, a la izquierda. No seré yo quien te quite el gusto.

Cuando volví con la escoba, ella no estaba en el jardín. La encontré saliendo por la puerta corredera de la cocina con una botella en la mano. Una botella cubierta de gotas de condensación que no se parecía en nada a las que habíamos consumido durante la comida. En la otra mano traía dos copas de cristal fino, de las buenas, las que solo salen del armario para ocasiones concretas.

—Me parece que esto me apetece más que barrer —dijo dejando la botella y las copas sobre la mesa.

Le quité el sacacorchos de la mano y abrí la botella mientras ella se sentaba. El corcho salió limpio.

—No vi ninguna de estas durante la comida —le comenté.

—Claro que no. Si la pongo en la mesa con todos, alguno me la mezcla con refresco. No tengo paciencia para ese tipo de barbaridades.

Sonreí mientras servía las dos copas. El vino era frío, muy ligero y buenísimo. Nos sentamos frente al jardín oscurecido, bebiendo despacio, sin ninguna prisa. La noche olía a tierra caliente y a jazmín.

—Hoy has estado muy callado —dijo ella después de un rato.

—Estaba concentrado.

—¿En qué?

Hice una pausa.

—En el trabajo —dije.

La verdad es que llevaba horas mirándola de una manera que no tenía nada que ver con el trabajo.

Esbozó una sonrisa sin mirarme. Los dos sabíamos que era mentira.

***

El jardín estaba casi a oscuras. Las luces automáticas del porche se habían encendido hacía un rato y proyectaban una luz cálida sobre el borde de la piscina, dejando el agua en una penumbra azulada.

—Venga, dame la copa y métete —dijo poniéndose de pie.

Se quitó el vestido por la cabeza con un solo movimiento y lo dejó doblado sobre la silla. Las sandalias las dejó debajo. Cogió las dos copas, bajó los escalones de la piscina con cuidado y avanzó hasta que el agua le llegó a la cintura. Se sumergió, llegó al otro lado buceando y se giró para mirarme desde allí.

—El agua está perfecta. Trae las copas.

Me quité la camiseta y los zapatos y bajé por la escalera. El agua estaba templada todavía por el sol del día, con apenas un poco de frescor en el fondo. Buceé hasta donde estaba ella y cuando salí a la superficie me tendió una copa.

Brindamos sin decir nada.

Estuvimos un rato así, moviéndonos despacio en el agua, cada vez un poco más cerca el uno del otro. La voz se nos fue bajando sola, como si el jardín oscuro pidiera que habláramos en susurros. Hablábamos de cualquier cosa. Del calor, del verano, de las vacaciones que ninguno de los dos había terminado de planear todavía. Habíamos hablado de ir juntos a Tenerife cuando los turnos nos hicieran coincidir varios días libres. Ese verano quizás.

En un momento dado, ella dejó su copa en el borde y, de espaldas a mí, se bajó los tirantes del bañador. Los pechos quedaron por debajo del nivel del agua. Vi cómo terminaba de quitarse el bañador y lo lanzaba fuera de la piscina.

—Este bañador me tenía aprisionada desde las once de la mañana —dijo volviéndose hacia mí con toda la naturalidad del mundo.

No pude hacer otra cosa que sacarme el bañador también y lanzarlo al borde.

Nos miramos. En el agua, a esa luz, con el vino y el silencio del jardín, todo lo que habíamos ido acumulando durante meses se hizo de repente muy evidente. Su mano rozó la mía debajo del agua. No fue un accidente.

Nos acercamos. Cuando nos besamos, no fue un beso tímido ni exploratorio. Fue un beso de alguien que lleva tiempo queriendo hacerlo y ya no ve ninguna razón para seguir esperando. Le mordí el labio inferior. Ella me pasó los brazos por el cuello y me apretó contra ella sin ningún reparo.

El agua nos llegaba al pecho a los dos. Nuestros cuerpos se encontraron y siguieron encontrándose mientras nos besábamos y nos decíamos al oído lo que llevábamos semanas sin atrevernos a decir en voz alta.

—Llevo meses queriendo que pasara esto —le confesé mientras le recorría el cuello con los labios.

—Yo también —dijo—. Nos hemos perdido por lo menos tres oportunidades perfectas.

—¿Cuáles?

—Después del concierto de mayo. Y aquella tarde en la oficina cuando todos se habían ido. Y...

—Sí, esa sí la recuerdo —la interrumpí.

Se rio contra mi hombro. Luego volvió a besarme.

Mis manos la recorrían despacio: la espalda, la cintura, las caderas. Las suyas hacían lo mismo sobre mí. El agua amplificaba cada contacto, hacía que todo llegara un poco más lento y un poco más intenso. Sentí su mano bajar y encontrar lo que buscaba, y el efecto fue inmediato.

—Subamos —dijo después de un momento—. El cloro me irrita y prefiero estar cómoda.

Salimos de la piscina. La luna estaba alta y el jardín completamente tranquilo. Entramos por la cocina dejando un rastro de agua por el pasillo y subimos las escaleras hasta su habitación.

***

Encendió la lámpara de la mesilla, que daba una luz cálida y suave. La ventana estaba entreabierta y la cortina se movía con la brisa. Para cuando llegamos arriba, el calor de la noche casi nos había secado.

Nos tumbamos en la cama y seguimos donde lo habíamos dejado. Ella se concentró en mi pecho, pasando los dedos por él despacio. Yo tenía una mano en su pelo blanco y la otra explorando su cuerpo con calma, sin prisa, aprendiendo lo que no habíamos tenido ocasión de aprender antes.

Abrió el cajón de la mesilla y sacó preservativos y lubricante. Se inclinó hacia mí, me tomó entre sus manos y empezó a prepararme con la boca: despacio, con una precisión que me obligó a cerrar los ojos y agarrar las sábanas. Cuando colocó el preservativo lo hizo sin torpeza, sin interrumpir el momento.

Luego se puso de rodillas en la cama, abrió el lubricante y se preparó ella misma con los dedos, sin ningún pudor. El jadeo breve que no pudo contener hizo que me costara quedarme quieto.

—La menopausia tiene estas cosas —dijo con una media sonrisa—. El deseo por las nubes y la humedad por los suelos.

—No hay ningún problema con eso —le respondí.

Se colocó encima de mí. Cuando me recibió dentro, los dos nos quedamos quietos un segundo, sintiendo. Luego empezó a moverse.

Marta tenía el pelo completamente blanco, unos pechos generosos y una forma de moverse que no dejaba lugar a dudas sobre lo que quería. No había nada de artificioso en ella. Cabalgar con calma al principio, bajadas más rápidas que las subidas, los ojos entrecerrados y la boca levemente abierta.

Le puse las manos en la cintura. Luego las subí hasta sus pechos y me entretuve con ellos mientras ella seguía su ritmo. Los pezones, endurecidos, respondían al mínimo contacto. Cada vez que mis manos apretaban un poco más, su cadencia se aceleraba un poco.

—Acércate —le pedí.

Se inclinó hacia mí y acerqué la boca a sus pechos. El que me quedaba más lejos no se quedaba sin atención: lo cubría con la mano, pasaba el pulgar por el pezón, apretaba con suavidad contenida. Ella gemía muy bajo, casi en silencio, de una manera que resultaba más intensa que cualquier grito.

Cuando noté que me acercaba demasiado rápido al límite, la aparté suavemente, la desplacé a un lado y salí de ella. Necesitaba un momento para no terminar demasiado pronto.

—No pares —dijo casi en un susurro.

Me arrodillé junto a ella. Bajé la cabeza entre sus piernas y empecé con la lengua: despacio al principio, explorando, encontrando los puntos que hacían que su respiración cambiara. Mis dedos entraban y salían con suavidad mientras mi lengua se concentraba en lo que más le importaba. Ella tenía una mano apoyada sobre mi cabeza, sin empujar, solo ahí.

Desde esa posición podía verle la cara. La veía tocarse los pechos con la otra mano, pellizcarse los pezones suavemente, tensar los músculos del vientre cuando algo que hacía yo le resultaba especialmente bien. Había algo en poder ver su cara en ese momento que valía tanto como el resto.

En un momento dado, su mano bajó y me quitó el preservativo con un movimiento ágil. Me tomó en su mano y empezó a moverse con fuerza, sin delicadeza, con una intensidad que me costó sostener. Yo mantuve el ritmo sobre ella lo mejor que pude, aunque cada vez me resultaba más difícil concentrarme en otra cosa.

—Me voy a correr —le avisé.

—Sí —dijo—. Córrete.

Me incorporé un poco y el orgasmo llegó con fuerza, con esa tensión que sube desde los pies y explota en algún punto que no sabes localizar exactamente. Las sábanas pagaron las consecuencias. Recuperé el aliento y volví a ella sin perder tiempo.

Mis dedos, mi lengua, toda la atención disponible. Ella empezó a moverse con más urgencia, los jadeos se hicieron más frecuentes, más cortos. La vi apretar los puños en las sábanas.

Y entonces se paró.

Un segundo de silencio absoluto, el cuerpo completamente tenso, los ojos cerrados. Después un grito ahogado y una sacudida de caderas hacia adelante, como si quisiera expulsar algo de su interior. Sus uñas se clavaron en mi muslo con una fuerza que dejó marca.

Se quedó quieta. La respiración fue volviendo poco a poco.

—Dios —dijo en voz baja—. Dios mío.

Me tumbé a su lado. Le aparté un mechón de pelo de la frente con la mano. Ella abrió los ojos y me miró con esa expresión de alguien que acaba de aterrizar después de un viaje muy largo.

—Ha tardado quince años —dijo.

—Más o menos —respondí.

—Podríamos haber empezado antes.

—Sí. Pero tampoco estuvo mal así.

Ella sonrió y no dijo nada más.

La brisa seguía entrando por la ventana. Afuera, el jardín estaba tranquilo y la piscina brillaba sola bajo la luna. Era una de esas noches de verano que tardan mucho en enfriarse, si es que alguna vez se enfrían del todo.

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4.3 (29)

Comentarios (10)

Rosario_73

Buenisimo!!! de esos relatos que se sienten reales de verdad. Me quede con ganas de mas.

Mariana_cr

Por favor seguí, no puede terminar ahí. Necesito saber que paso despues de esa noche en la piscina.

LucianoOK

Quince años de amistad y una noche lo cambia todo. Eso es lo que hace que este relato pegue diferente a otros. Bien narrado, sin apuro.

Cachopo

jajaja el titulo ya lo dice todo. El vino bueno siempre aparece en el momento exacto

lectura_nocturna7

Me recordo a algo que vivi hace unos años con una amiga. Esa mirada que de repente es distinta a todas las anteriores. Lo captaste muy bien.

Fede_86

Se hizo corto, quiero mas :) muy lindo relato

Paula_reads

Como sigue?? quede con ganas de saber si aquella noche cambio todo o si cada uno siguio como si nada hubiera pasado

DeltaLector

excelente. Tiene algo que no tienen muchos relatos acá: emocion genuina. No solo morbo.

Tomas_Noche

La piscina de noche en verano... escenario perfecto para esto. Me gusto mucho como esta contado.

Elisa77

Que tension tan bien construida. Espero el proximo con ganas, segui escribiendo por favor!

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