Lo que el segurata del club me hizo en su despacho
Lo vi al mediodía, en la cafetería que está justo al lado de una de las discotecas más conocidas de la costa de Málaga. Estaba sentado en la barra, comiéndose un bocadillo enorme con una caña al lado. Llevaba un pantalón de licra ajustado que le marcaba cada fibra del muslo y una camiseta sin mangas tan abierta a los costados que dejaba ver el comienzo del pecho y de los oblicuos. Por encima del gimnasio al que voy tres veces por semana, este hombre era otro nivel. Pelo casi blanco, ojos claros, fácil un metro noventa. Una mole. Por los rasgos, eslavo seguro.
Aquel mediodía perdí la oportunidad. Entré al baño un momento y, cuando salí, su taburete estaba vacío. Me dio tanta rabia conmigo misma por no haber sacado mis encantos antes que decidí volver al día siguiente y al otro, hasta cazarlo de nuevo.
Esa misma noche, al salir de la boutique en la que trabajo durante el verano, lo vi otra vez. Esta vez a la puerta de la discoteca, con un traje oscuro y una camisa azul claro abierta hasta casi el ombligo. Llevaba prendida una chapa que decía SEGURIDAD. Cualquier idea de colarse o de armar bronca se moría con solo verlo plantado allí. Me quedé en la acera sin disimular, mirándolo, mientras notaba cómo se me humedecía la entrepierna. En ese instante decidí que iba a follármelo costara lo que costara, aunque tuviera que entrarle de manera descarada y proponerle sexo sin restricciones.
Aquella noche llegué a casa con esos músculos clavados en la retina. Me desnudé, me metí en la ducha y dirigí el chorro caliente al pubis. Cerré los ojos y me hice un par de pajas imaginándolo penetrándome desde atrás, sus manos enormes apretándome las caderas, soltando un azote tras otro mientras me embestía. Me corrí de pie, mordiéndome el labio para no hacer ruido.
Al día siguiente fui al trabajo con una bolsa preparada. Dentro, una falda vaquera cortísima, una camiseta blanca tan escotada por las axilas que sin sujetador deja ver el bamboleo y clarea los pezones, y unos zapatos de charol rojo con tacón de aguja de doce centímetros. Si la noche anterior había decidido follármelo, no iba a dejar nada al azar.
Al cerrar la boutique me cambié en el probador. Cuando me miré al espejo no quedaba ninguna duda de lo que iba buscando. Me dirigí a la cafetería andando despacio, sintiendo cómo me miraban los hombres que pasaban a mi lado. Asomé la cabeza por la puerta y allí estaba, en el mismo taburete de la barra. Escogí una mesa justo enfrente y me senté de lado, sin disimular un milímetro de mi anatomía.
—¿Qué te pongo? —apareció el camarero a los dos segundos, mirándome el escote desde arriba.
—Una caña y una tapa de calamares.
Cuando volvió con la cerveza, le pregunté como sin darle importancia si el chico de los músculos de la barra trabajaba en el local. Soltó una sonrisa burlona y me dijo que era el responsable de seguridad de los dos sitios, la cafetería y la discoteca. Mi intuición no había fallado.
En cuanto el camarero se metió detrás de la barra, los vi hablar. Ambos miraron hacia mi mesa y aproveché para cruzar y descruzar las piernas con calma, regalándoles una visión completa del tanga lila que me había puesto. Lo que siempre atrae a los hombres como las moscas a la miel.
***
Cuando el camarero desapareció por la puerta de la cocina, el segurata seguía mirándome con descaro. Volví a abrir los muslos un par de centímetros más, despacio, y mantuve la postura. Cogió su botella, se levantó del taburete y caminó hacia mi mesa. Cuanto más se acercaba, más grande me parecía. Conmigo sentada y él de pie a un palmo, era casi cómico el contraste.
—Iván —dijo, alargando la mano.
—Lucía.
Se sentó a mi lado, no enfrente, y acercó la cara a mi oído al tiempo que su mano enorme me cubría un pecho por encima de la camiseta. La palma me abarcaba todo. No retiré nada. Era exactamente lo que había venido a buscar.
—¿Te gusta el sexo duro? —preguntó tan bajo que solo lo oí yo.
—Lo que no me gusta es el sexo simple y sin imaginación —contesté sin moverme.
Bajó la mano por mi costado, la apoyó en mi muslo y empezó a subir presionando, sin retirar los ojos de los míos. Al llegar al pubis no se detuvo. Yo apuré la cerveza de un trago y cerré las piernas atrapándole la mano. Él levantó su botella, la vació también y se puso de pie tirando de mi muñeca. No hubo necesidad de palabras.
Caminamos los veinte metros que separaban la cafetería de la puerta lateral del club. Sacó un manojo de llaves del bolsillo del pantalón y abrió una puerta marcada como ACCESO EXCLUSIVO PARA EMPLEADOS. Cerró con llave detrás de mí y me llevó por unas escaleras estrechas hasta el primer piso. Entró en un despacho con una pared entera de cristal ahumado que daba a la playa. La luna se reflejaba en la arena.
Me apoyó de espaldas contra el cristal y me subió la falda hasta la cintura con las dos manos. Recorrió con un dedo el borde del tanga, lo apartó y palpó la entrada del sexo. Yo le subí la camiseta hasta el cuello, me incliné y le lamí los pezones que me quedaban a la altura de la cara. Se los chupé despacio mientras le palpaba la polla por encima del pantalón. Ya tenía consistencia, pero todavía no estaba dura del todo.
***
Me metió un dedo. Al notar lo mojada que estaba, lo sacó y metió dos, presionando hacia arriba y aplastándome el clítoris con la base del pulgar. No me había fijado en sus manos: dedos gruesos, anchos, fuertes. Los notaba dentro como si llenaran todo. La presión sobre el clítoris me estaba volviendo loca. Era sexo por el sexo. Sin preámbulos, sin frases, solo buscar darnos placer y, cuanto más bestia, más morbo.
Al primer gemido que se me escapó, me cogió por la cintura y me levantó como si yo no pesara nada. Me cargó al hombro como un saco de patatas, me pasó un brazo entre las piernas, me las subió hasta los hombros y me dejó con el pubis a la altura de su boca, la espalda contra el cristal frío. Empujó mi culo hacia su cara, me apretó contra la pared y metió la lengua en el sexo haciendo círculos lentos, como si quisiera limpiarme. Solo conseguía mojarme más. Sentía cómo bajaba un hilo por su barbilla.
—Quiero que te corras una sola vez —me dijo separando los labios un instante—. No vamos a agotar la fiesta tan pronto. Lo que quiero es que estés tan mojada que pueda metértela entera del tirón.
Volvió a la lengua antes de que pudiera contestar. Intenté retener el orgasmo todo lo que pude, pero su boca no me daba tregua. Cuando ya no aguanté, me dejé ir. En el momento exacto del clímax me mordió el clítoris con los dientes, suave, y me hizo gritar. Tuve que apoyar las manos en el cristal para no caer.
Esperó a que respirara con normalidad pasándome la lengua justo por encima del pubis. Me fue bajando despacio, deslizándome contra su cuerpo, y cuando puse los pies en el suelo me dijo que se la chupara para tenerla a punto. Le bajé el pantalón y los calzoncillos en un solo gesto. Me sorprendió que tuviera el pubis depilado al ras. Le metí un huevo en la boca primero. Era grande, pero no tuve problema, estoy acostumbrada a abrirla en exceso.
Cuando agarré la polla con la mano comprendí lo que se me venía encima. Estaba cubierta de venas marcadas, gruesa, con la cabeza brillante. Babeé pensando en tenerla dentro, rompiéndome por dentro. Me la metí en la boca todo lo que pude, fui ganando ritmo, lo masturbé al tiempo que se la chupaba. No me detuve. Necesitaba que me follara cuanto antes, no por darle placer a él, sino por mí.
Que me rompa, pensé. Que me rompa de una vez.
Me cogió por las axilas y me incorporó. Sacó un condón del bolsillo del pantalón, se lo puso de un movimiento, me pegó la espalda a la cristalera otra vez y me empujó la cintura hacia él para obligarme a adelantar la cadera. Encajó la punta y empujó con tanta fuerza que, si no me llega a sostener por las caderas, habría caído al suelo. Salió y volvió a entrar tirando de mí en cada embestida, sin darme tregua, hasta que sentí que el cuerpo me iba a explotar.
Entonces empezó a torcerme los pezones. Vi las estrellas. Sin parar de moverse, me daba cachetadas en los pechos con la mano abierta, de arriba abajo, como si me clavara alfileres. Me corrí gritando contra su hombro. Me tuvo que sujetar para que no cayera al suelo. Mis piernas no respondían.
***
Me cogió en volandas y me subió de pie sobre una silla con respaldo alto. Me hizo apoyarme en el respaldo, dándole la espalda, y empezó a lamerme el culo. Despacio, sin prisa. Me metió un dedo en el sexo, lo sacó y, usándolo como lubricante, lo hundió en el ano. Lo movió en círculos hasta que comprobó que no me crispaba. Entonces me llevó otra vez a la cristalera, me dejó con el culo en pompa y empezó a darme azotes con la mano abierta. Una nalga, la otra, alternando, midiendo la fuerza. Cuando las tuve ardiendo, me penetró por detrás sin avisar.
Me dolió y al mismo tiempo me gustó. Me incorporó pegando todo el cuerpo al cristal. Los dos sabíamos que si alguien levantaba la vista desde la calle me vería ahí, expuesta, sin lugar a dudas de lo que estaba pasando. Esa idea me puso aún más.
No fui capaz de soportar la presión en la vejiga. Justo antes del segundo orgasmo se me escapó un poco de orina contra el cristal. Él no se inmutó. Me la metió bruscamente entera varias veces para llevarme arriba del todo. Me sentía agotada, con el culo en llamas, sin aire, pero insistió hasta que el cuerpo respondió otra vez y me corrí. Solo entonces me la sacó y me sentó en la silla de mala manera, las piernas todavía temblando.
Se quitó el condón, se acercó a mí blandiéndola y me dijo que se la chupara. Después de todos los orgasmos, no había manera de negarse. La cogí con las dos manos y me la metí en la boca lo más adentro que pude, masturbándolo al ritmo. Llevaba media hora follándome y aún no se había corrido. Cuando lo hizo, fue brutal. Dejé salir la mayor parte por la comisura de los labios para no atragantarme. Al acabar, recorrí el tronco con la lengua para recoger lo que se le había quedado y volví a chupársela despacio, ya blando. Cuando se retiró, me dolía la mandíbula.
Me indicó dónde estaba el baño. Me adecenté lo justo para no salir oliendo a sexo y a semen. Me dio tiempo, sin meterme prisa. Cuando salí, me pidió que lo esperara y entró él. Dos minutos después volvió, me cogió de la mano y bajamos juntos a la calle. Me dio un pico en los labios —era la primera vez que me besaba en toda la noche— y me dijo que había sido un placer follar conmigo.
Me marché con el culo dolorido, el sexo escocido y la mandíbula entumecida, pero satisfecha y feliz. Iván no me pidió el teléfono y yo no se lo pedí a él. No hacía falta. Sabía exactamente dónde encontrarlo cuando volviera a tener ganas de que me partieran en dos contra un cristal.