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Relatos Ardientes

Mi marido me tocó en el pasillo mientras todos dormían

Era tarde y los dos lo sabíamos. Los niños se habían dormido horas antes, agotados después de un sábado que empezó con el partido de fútbol de Mateo y terminó con la bañera de rigor y los cuentos que ya los dos nos sabíamos de memoria. Tomás y yo nos habíamos quedado en el sofá con los teléfonos en la mano, sin hablar, cada uno mirando su pantalla sin leer realmente nada. Esa clase de silencio cómodo que solo existe cuando llevas suficientes años con alguien como para no necesitar llenar el espacio con palabras.

—Deberíamos dormir —dije al final.

—Sí —respondió él.

Pero ninguno de los dos se levantó durante un rato más.

Cuando por fin me puse de pie y avancé por el pasillo, me detuve delante de la puerta de nuestra habitación. Los niños dormían allí adentro, habían pedido quedarse con nosotros esa noche, y yo lo había aceptado como siempre acepto estas cosas: con esa mezcla de ternura y resignación que solo entienden los padres. Podía oír la respiración pausada de mi hija pequeña a través de la madera. El pasillo estaba casi a oscuras, apenas la luz azul que venía del televisor apagado al fondo.

Me quedé ahí plantada con los ojos cerrados, sin sueño todavía a pesar del cansancio acumulado.

Sentí sus pasos detrás de mí.

Tomás se pegó a mi espalda sin decir nada y me rodeó con los brazos desde atrás. Su boca encontró mi cuello, ese lugar específico entre el hombro y la mandíbula que lleva años siendo territorio suyo. Él lo conoce de memoria y no lo olvida aunque pase tiempo, aunque estemos los dos agotados y lo único que queramos sea caer en la cama y apagar la luz.

Levanté los brazos despacio y enredé las manos detrás de su nuca. Era un gesto casi reflejo, de tanto haberlo hecho.

Sus labios se movieron por mi cuello con una calma que solo tiene cuando no hay prisa de verdad. Primero apenas roces, casi sin peso. Luego besos más lentos, más cálidos, aplicados con una atención deliberada. Incliné la cabeza hacia el lado para darle más espacio y él aprovechó hasta el último centímetro. El calor de su boca se extendía hacia abajo, hacia el hombro, hacia esa zona del cuello donde siempre me late con más fuerza el pulso.

Llevo todo el día sin que me toquen de verdad.

Sus manos empezaron a subir por encima del pijama. Llevo la misma ropa para dormir desde hace años: camiseta fina de algodón, pantalón con elástico, sin sujetador. Cuando sus palmas se cerraron sobre mis pechos, el tacto llegó claro a través de la tela. No hubo vacilación. Los apretó con las manos completas, con esa seguridad que da conocer bien a alguien durante mucho tiempo. Un sonido pequeño salió de mi garganta antes de que pudiera controlarlo.

Silencio. Los niños están al otro lado.

Me mordí el interior del labio y respiré despacio por la nariz.

Tengo los pechos grandes desde siempre y él siempre ha sabido qué hacer con eso: cómo sostenerlos, cómo apretarlos, en qué momento concentrarse en los pezones y en cuál abarcarlos enteros con la palma. Los amasó sin timidez ni prisa, aprendiendo de nuevo algo que ya había aprendido muchas veces. Mis pezones se endurecieron casi de inmediato. Cuando sus dedos los encontraron y los pellizcó con suavidad, tuve que apoyar la frente en la puerta de madera que tenía delante.

No se detuvo. Alternó entre abarcarme los pechos enteros con las palmas y concentrarse en los pezones: estirándolos apenas, haciéndolos rodar entre los dedos con una delicadeza que en ningún momento se sentía timidez, sino control. Cada vez que lo hacía, algo en mi vientre respondía con un apretón.

Mientras tanto, sus caderas se pegaban cada vez más a las mías. No era accidental.

Llevé una mano hacia atrás y lo busqué a través de la tela. Él ajustó la posición y empujó contra mí con más claridad. Bien.

Sus manos se deslizaron por debajo de mi camiseta. El cambio fue inmediato: el contacto directo de su piel sobre la mía, sus palmas más calientes de lo que esperaba, recorriendo mis costillas, el borde inferior de los pechos, sosteniéndolos desde abajo. Luego volvió a los pezones con el contacto directo y empezó a trazar círculos lentos alrededor de las areolas con la yema de los dedos, acercándose y alejándose sin llegar al centro.

Esto es una tortura. Una tortura que él domina perfectamente.

Tenía las bragas completamente mojadas. Lo noté sin sorpresa. Mi cuerpo no espera a que yo esté de acuerdo para tomar sus propias decisiones.

Empujé el trasero hacia atrás contra él, buscando más contacto. Él respondió con un sonido grave, apenas audible, que noté más que escuché porque lo sentí contra la piel de mi nuca.

—Espera —murmuró.

Su mano derecha bajó despacio por fuera del pijama, cruzando el abdomen, deteniéndose justo encima del elástico del pantalón. Ahí se quedó quieta un momento.

Yo llevé mi propia mano y me cubrí entre las piernas por encima de la tela. Solo presión. Solo para que él supiera qué estaba pensando.

Me bajó el pantalón hasta los muslos con un movimiento lento y continuo. Luego tomó la tela central de mis bragas y tiró suavemente hacia arriba, dejando que se metieran entre mis glúteos y se apretaran contra mí por delante. Esa tensión localizada me hizo cerrar los ojos involuntariamente.

Empecé a frotarme por encima de la tela. Despacio, sin urgencia todavía, calibrando. Me conozco lo suficiente como para saber que hay un punto en que la prisa puede traicionarte si vas demasiado rápido.

Con una mano Tomás volvió a mis pechos. Con la otra me sujetó la cadera. Sus dedos en mis pezones. Su cuerpo pegado al mío por detrás. Mis propios dedos moviéndose despacio entre las piernas, encontrando el ritmo.

No puedo hacer ruido. Bajo ningún concepto puedo hacer ruido.

Aparté la tela de las bragas y me toqué directamente. El contacto fue más intenso de lo que recordaba. Tuve que detenerme un segundo, con los pulmones apretados, antes de seguir. Pasé los dedos desde la entrada hasta el clítoris lubricando todo el camino, sin fijar la atención en ningún punto todavía, sin prisa.

Sentí que Tomás empezaba a agacharse detrás de mí.

Sus manos me tomaron de las caderas y ajustaron el ángulo de mi cuerpo, haciéndome inclinar hacia adelante con las palmas planas contra la puerta. Sentí su aliento muy cerca. Separó mis glúteos con las dos manos y yo contuve la respiración.

Su lengua me recorrió de abajo hacia arriba, lenta, sin ninguna prisa. Mis labios primero, luego más arriba, hasta posarse sobre el ano con un beso largo que me tensó todo el cuerpo de una manera que no esperaba. Me quedé completamente quieta, con los brazos estirados contra la madera fría, dejando que lo hiciera.

Cuando su boca volvió a mis labios, esperé.

Un dedo entró despacio. Sin resistencia, porque no había ninguna. Lo introdujo hasta el fondo y lo mantuvo ahí quieto un momento antes de empezar a moverse. Salida y entrada. Lento. Muy lento. Con más paciencia de la que yo tenía en ese momento.

Volví a mi clítoris con los dedos, sincronizando sin pensarlo.

Añadió un segundo dedo y la sensación cambió de naturaleza, más sólida, más completa. Abrí las piernas un poco más dentro del espacio que me dejaba el pantalón bajado.

Tomé su mano con la mía y guié dos de mis dedos junto a los suyos. Los cuatro dentro, moviéndose juntos despacio. Fue una saturación de sensaciones que hace perder el hilo de los pensamientos.

Lo retiramos juntos.

Se puso de rodillas del todo y me abrió con la boca. Su lengua recorrió todo el camino una vez más, de la entrada hacia arriba, antes de posarse sobre el clítoris. Empezó a succionarlo con una presión constante y rítmica mientras dos dedos volvían a entrar.

Le tomé la cabeza con una mano y la acerqué. Él ajustó el ángulo y aumentó la presión. Mis caderas empezaron a moverse solas, pequeños impulsos involuntarios, y solté la otra mano de la puerta para apretarme un pezón con fuerza.

El orgasmo llegó con esa doble fase que a veces tiene: primero un aviso, una corriente que sube despacio y que reconoces antes de que llegue del todo, y luego el golpe sin negociación. Las piernas me temblaron. Aguanté el sonido hasta convertirlo en un soplo largo por la nariz, con los dientes apretados y la frente hundida contra la madera. Todo el cuerpo se contrajo durante unos segundos que parecieron más largos de lo que fueron.

***

Me quedé apoyada en la puerta hasta que las piernas volvieron a ser fiables.

Tomás se puso de pie despacio y me pasó un brazo por la cintura. Tomé su mano y la mantuve ahí un momento sin decir nada. Después me giré y lo besé despacio, saboreando lo que todavía quedaba en su boca.

—Gracias —le dije muy bajo.

Sonrió en la penumbra del pasillo.

Me subí el pantalón, abrí la puerta con cuidado y me asomé. Los niños dormían en sus posturas de siempre, ajenos a todo. La respiración pausada de mi hija era lo único que se oía en la habitación.

Entré de puntillas, me metí en la cama con cuidado de no hacer ruido, y mientras escuchaba llegar a Tomás y tumbarse a mi lado, pensé en lo extraño que es mantener viva una relación de años. No es un trabajo constante ni un esfuerzo diario consciente. Es más bien una serie de momentos dispersos que nadie programa: un pasillo oscuro, diez minutos antes de dormir, saber sin palabras dónde tocar al otro y cómo hacerlo. Y en esos momentos todo lo demás —el cansancio, los niños dormidos, los teléfonos en el sofá— deja de importar por un rato.

Me dormí con eso en la cabeza.

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Comentarios (9)

NocheLectora22

Me encantó!!! Esas situaciones cotidianas contadas asi tienen algo especial que te atrapa desde el principio.

Valentina_ok

Que lindo relato. Me recordo a noches similares, esa tension de no poder hacer ruido le da un sabor unico a todo.

papillon68

Corto pero muy intenso. Se hizo corto, quiero mas!

MarcelaRosario

Las confesiones en primera persona son las que mas me gustan, se sienten tan reales. Segui contando!!

Facundo_bsas

Muy buen relato, se nota que es vivencial. La tension con todos durmiendo alrededor es perfecta, da una emocion diferente.

GatoNocturno77

jaja el titulo ya me enganchó. Tremendo!

SusanaRdz

Me quede con ganas de saber que paso despues... segunda parte por favor!

Charly_Baires

Excelente, muy bien narrado. Este tipo de historias simples pero cargadas de emocion son las mejores.

Rocio45

Dios mio que momento tan especial. La adrenalina de que alguien pueda despertar en cualquier instante... eso no tiene precio.

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