Llamé a Marcos tres días después de aquella noche
Han pasado tres días desde la fiesta de Nochevieja en el séptimo piso, y sigo sin poder dormir bien. Me despierto a las cuatro de la mañana con la ropa pegada al cuerpo, el corazón acelerado, los dedos buscando el teléfono en la mesita antes de que termine de estar despierta del todo. Leo el número guardado bajo un nombre que no es el suyo. Apago la pantalla. Cierro los ojos. Y vuelta a empezar.
Durante el día me las arreglo para funcionar: preparo el desayuno, contesto correos, hago la compra. Mi marido llama desde Monterrey cada noche con sus actualizaciones, y yo respondo con la entonación correcta y hago las preguntas que se esperan: el hotel, el vuelo, si ha comido bien. Rodrigo es un buen hombre. Siempre lo ha sido. Que lleve cuatro años viajando más de la mitad del tiempo no lo hace mal marido, solo distante. Eso lo entiendo. Pero entenderlo no cambia lo que siento cada vez que el silencio de esta casa me devuelve, con una precisión que me irrita, la sensación exacta de las manos de Marcos en mi cintura.
El primer día después de la fiesta lo pasé convenciéndome de que había sido algo puntual: el alcohol, la euforia del año nuevo, demasiados meses de rutina matrimonial buscando una válvula de escape. Cosas que ocurren. El segundo día me descubrí buscando excusas para salir al pasillo a las horas aproximadas en que lo había visto entrar antes. Estuve un momento parada junto a la puerta, escuchando el ascensor, y subí de nuevo con esa sensación ridícula de una adolescente. El tercer día, esa mañana fría del dos de enero, me desperté con la certeza de que si no lo llamaba iba a terminar haciendo algo peor.
Lo conocí en la fiesta de los Figueroa. Marcos tenía esa manera de estar parado en una habitación llena de gente y, a pesar de todo, ocuparla entera. No por su altura ni porque fuera el más ruidoso. Era la forma en que miraba: directo, sin apresurarse, como si supiera exactamente lo que pensabas y le pareciera razonablemente interesante saberlo. Me ofreció una copa sin preguntar si quería, y cuando abrí la boca para protestar, se limitó a esbozar esa media sonrisa suya que, en retrospectiva, debí haber interpretado como una advertencia.
No voy a entrar en todos los detalles de esa noche. Solo diré que a las dos de la madrugada terminamos en un cuarto al fondo del pasillo, con la música del salón filtrándose por la puerta, y que Marcos hizo cosas que a Rodrigo no se le ocurrirían en quince años de matrimonio. No porque sean nada extraordinario. Sino porque requieren prestar atención real a la persona que tienes delante. Y Marcos, a diferencia de mi marido, prestaba mucha atención.
Rodrigo había llamado la noche anterior con sus novedades de siempre: el vuelo retrasado otra semana, las reuniones interminables, el cliente complicado. Colgué sin culpa notable, lo cual me dijo algo que preferí no analizar demasiado en ese momento. Me duché despacio, pensando. Me miré en el espejo con más cuidado del habitual: el pelo mojado sobre los hombros, los treinta y cuatro años que había aprendido a aceptar y que Marcos, bastante más joven, había sujetado con las dos manos como si fueran lo más valioso del cuarto.
Tomé el teléfono a las diez de la mañana. Marqué despacio, todavía diciéndome que podía colgar en cualquier momento.
Sonó dos veces.
—¿Sí? —Su voz, ronca y tranquila, me hizo cerrar los ojos.
—Marcos. Soy Valentina. De la fiesta de los Figueroa.
Hubo un silencio breve.
—Ya sé quién eres.
Respiré.
—Pensé que podría... —Empecé sin saber exactamente cómo terminar la frase.
—¿Estás sola? —me cortó.
—Sí.
—¿Quieres que vaya?
No era exactamente una pregunta. Era la comprobación de algo que ya daba por sentado. Y lo peor, lo que me hizo apretar los dedos alrededor del teléfono sin poder evitarlo, es que tenía razón.
—Sí —dije.
La palabra salió más pequeña de lo que pretendía.
—En veinte minutos. Deja la puerta entornada.
Colgó antes de que pudiera añadir nada.
Me quedé un momento apoyada en la encimera de la cocina, con el teléfono todavía en la mano y el corazón haciendo cosas que no le corresponden a una mujer de treinta y cuatro años casada y con hipoteca. Luego subí corriendo. Me cambié el pijama por un vestido oscuro y ceñido, lo justo para que la intención quedara clara sin parecer que había pensado demasiado en ello. Sin ropa interior. Me cepillé el pelo. Bajé, entorné la puerta tal como había dicho, y me senté en el sofá a esperar.
Los veinte minutos se convirtieron en treinta. Me levanté. Caminé de un extremo al otro del salón. Me volví a sentar. Encendí el televisor y lo apagué al segundo. Pensé en mandarle un mensaje preguntando si seguía viniendo y me pareció demasiado evidente. Pensé en cerrar la puerta, subir, meterme en la cama y fingir que nada de esto había ocurrido.
Pero no me moví.
Lo oí antes de verlo: pasos lentos en el pasillo, sin ninguna prisa. La puerta se abrió. Marcos entró sin llamar, la cerró con ese gesto suyo de quien no tiene nada que demostrar, y se quedó un momento en la entrada mirándome.
Llevaba una camiseta oscura y unos vaqueros. Las manos metidas en los bolsillos. Veintiséis años y esa calma de quien está acostumbrado a que las cosas salgan como espera. Me recorrió de arriba abajo con los ojos, hizo una pausa breve, y luego se acercó despacio sin decir nada.
Se paró frente a mí. Me apartó el pelo de la cara con un solo dedo.
—Tardaste tres días —dijo.
—Resistí lo que pude.
Se le cruzó una sonrisa. Breve, satisfecha. Luego me besó despacio, con esa manera suya que no tiene nada que ver con los besos de alguien que quiere impresionarte. Era el beso de alguien que sabe lo que tiene y no necesita probarlo.
Se sentó a mi lado en el sofá. Me miró.
—Muéstrame —dijo.
—¿Cómo?
—Tres días pensando en mí —explicó, con esa calma que empezaba a sacarme de quicio—. Muéstrame cómo lo llevas.
Entendí perfectamente lo que pedía. Y aunque una parte de mí quiso protestar por principios, otra parte —la que llevaba setenta y dos horas despertándome a las cuatro de la mañana con el cuerpo encendido— no tuvo ningún reparo. Subí el vestido hasta la cintura. Marcos no dijo nada. Solo me miraba, esperando, con ese silencio suyo que pesaba más que cualquier orden.
Deslicé los dedos hacia abajo despacio, consciente de sus ojos siguiendo cada movimiento. La humedad que encontré no me sorprendió. Llevaba así desde que había marcado su número esa mañana. Cerré los ojos instintivamente.
—Mírame mientras lo haces —dijo.
Lo miré. Fue más difícil de lo que esperaba y, al mismo tiempo, exactamente lo que necesitaba. Había algo en la atención de Marcos, en esa manera suya de no apartar los ojos, que hacía que todo fuera más real. No calculado para parecer bien. Solo presente y concreto.
Cuando se inclinó hacia mí y apartó mis dedos para reemplazarlos con los suyos, lo hizo como si tuviera todo el tiempo del mundo. Empezó despacio, tanteando, encontrando el ritmo que me hacía respirar más deprisa. Cuando aceleró fue porque él quiso, no porque yo se lo pidiera. Me eché hacia atrás contra el respaldo del sofá, las manos buscando el cojín.
—Marcos... —empecé.
—Todavía no —dijo, sin detener lo que hacía.
Obedecí. No porque tuviera que hacerlo. Sino porque quería. Había una diferencia entre las dos cosas, y los dos lo sabíamos.
Cuando por fin me dejó llegar fue con una intensidad que borró durante un rato bastante agradable cualquier pensamiento coherente. Me quedé apoyada en el respaldo, recuperando el aliento, mientras él se levantaba sin prisa.
***
Me dio un momento para recomponerme. Fue al baño, volvió, se sentó a mi lado sin decir nada. Yo necesité un par de minutos antes de poder hablar sin que me temblara un poco la voz.
—Eso no era todo para lo que te llamé —dije.
—Ya lo sé —respondió, y se puso de pie.
Me tomó de la mano y me condujo hacia el dormitorio. Ahí fue diferente: más directo, menos pausado, con instrucciones breves que yo seguía sin pensar demasiado en por qué me resultaba tan fácil hacerlo. Hay personas que tienen esa capacidad: consiguen que lo que quieren y lo que tú necesitas coincidan de una manera que parece natural, como si siempre hubiera sido así.
Me tumbé en la cama y lo dejé acercarse. Me quitó el vestido con calma, sin apresurarse, recorriendo con las manos lo que miraba. Tenía esa forma de tocar que no pide permiso pero tampoco aplasta: sabe dónde está y adónde va, y eso solo ya resulta extraordinariamente extraño cuando llevas años acostumbrada a otra cosa.
Cuando entró en mí lo hizo despacio, sosteniéndome la mirada, y el sonido que salió de mi garganta no fue ninguno de los que había aprendido a producir a lo largo de los años para que las cosas parecieran bien. Fue algo más urgente y más verdadero. Marcos se movió con paciencia, marcando el ritmo que le daba la gana, y cuando me incliné hacia él para acelerar, me sujetó por las caderas y me mantuvo donde quería.
—Quieta —dijo.
Obedecí. No porque me lo exigiera. Sino porque en ese momento, en esa cama, en ese mediodía frío de enero, quería obedecerlo. Y eso, pensé mientras lo hacía, era la cosa más honesta que había sentido en mucho tiempo.
Lo que vino después fue largo y minucioso y bastante mejor de lo que había recordado en tres días de insomnio, que ya es decir. Cuando terminamos me quedé mirando el techo, escuchando el silencio de la casa, mientras Marcos se sentaba en el borde de la cama para vestirse.
Recogió la camiseta del suelo. Se la puso. Se ató los zapatos sin prisa. Yo lo observé en silencio y pensé que era bastante absurdo que algo tan cotidiano me pareciera interesante.
—¿Cuándo vuelve tu marido? —preguntó, sin levantar la vista.
—Una semana, más o menos.
Asintió. No añadió nada más. Terminó de vestirse y se levantó.
En la puerta, antes de salir, se giró.
—La próxima vez no tardes tanto.
—Puede que no tarde nada —dije.
—Eso espero.
Y se fue.
***
Me apoyé en la puerta cerrada y tardé un minuto en volver a moverme. La casa estaba igual que siempre: el sofá en su sitio, la luz del mediodía entrando por las persianas, el teléfono sobre la mesita con el número de Marcos guardado bajo un nombre que no era el suyo. Todo exactamente igual y, al mismo tiempo, completamente distinto.
Rodrigo llamó a las siete de la tarde. Respondí con normalidad, le pregunté por las reuniones, por si quedaba mucho para que volviera. Colgué con cariño y dejé el teléfono sobre la mesita.
No sé exactamente cómo llamar a lo que estoy viviendo. No sé si tiene un nombre preciso, o si me importa que lo tenga. Lo que sí sé es que esa tarde, después de que Marcos se fue, cerré los ojos en la cama y dormí cuatro horas seguidas. Las primeras desde la fiesta de los Figueroa. Las primeras en mucho tiempo, para ser honesta.
Antes de apagar la luz le mandé un mensaje corto:
«La semana que viene también estoy sola.»
Respondió diez minutos después. No con palabras. Solo con una hora y un número de piso.
Guardé el teléfono, apagué la luz, y me permití, por primera vez en tres días, dejar de pensar en nada.