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Relatos Ardientes

Llamé a Marcos tres días después de aquella noche

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Han pasado tres días desde la fiesta de Nochevieja en el séptimo piso, y sigo sin poder dormir bien. Me despierto a las cuatro de la mañana con el camisón pegado al cuerpo, el coño húmedo de soñar con él, el corazón acelerado, los dedos buscando el teléfono en la mesita antes de que termine de estar despierta del todo. Leo el número guardado bajo un nombre que no es el suyo. Apago la pantalla. Cierro los ojos. Meto la mano entre mis muslos y me encuentro empapada otra vez, los pliegues hinchados, el clítoris latiendo como si llevara horas pidiéndolo. Y vuelta a empezar.

Durante el día me las arreglo para funcionar: preparo el desayuno, contesto correos, hago la compra. Mi marido llama desde Monterrey cada noche con sus actualizaciones, y yo respondo con la entonación correcta y hago las preguntas que se esperan: el hotel, el vuelo, si ha comido bien. Rodrigo es un buen hombre. Siempre lo ha sido. Que lleve cuatro años viajando más de la mitad del tiempo no lo hace mal marido, solo distante. Eso lo entiendo. Pero entenderlo no cambia lo que siento cada vez que el silencio de esta casa me devuelve, con una precisión que me irrita, la sensación exacta de los dedos de Marcos abriéndome el coño en aquel cuarto del fondo, su polla tensándome la boca, su corrida resbalándome por la barbilla.

El primer día después de la fiesta lo pasé convenciéndome de que había sido algo puntual: el alcohol, la euforia del año nuevo, demasiados meses de rutina matrimonial buscando una válvula de escape. Cosas que ocurren. El segundo día me descubrí buscando excusas para salir al pasillo a las horas aproximadas en que lo había visto entrar antes. Estuve un momento parada junto a la puerta, escuchando el ascensor, con las bragas mojadas pegadas a la entrepierna, y subí de nuevo con esa sensación ridícula de una adolescente. El tercer día, esa mañana fría del dos de enero, me desperté con la certeza de que si no lo llamaba iba a terminar metiéndome tres dedos hasta el fondo pensando en él, y eso ya lo había hecho dos noches seguidas sin que me bastara.

Lo conocí en la fiesta de los Figueroa. Marcos tenía esa manera de estar parado en una habitación llena de gente y, a pesar de todo, ocuparla entera. No por su altura ni porque fuera el más ruidoso. Era la forma en que miraba: directo, sin apresurarse, como si supiera exactamente lo que pensabas y le pareciera razonablemente interesante saberlo. Me ofreció una copa sin preguntar si quería, y cuando abrí la boca para protestar, se limitó a esbozar esa media sonrisa suya que, en retrospectiva, debí haber interpretado como una advertencia.

No voy a entrar en todos los detalles de esa noche, aunque podría: a las dos de la madrugada terminamos en un cuarto al fondo del pasillo, con la música del salón filtrándose por la puerta, mi vestido subido hasta la cintura y las bragas colgando de un tobillo. Marcos me sentó en el borde de una cómoda, me abrió las piernas con las dos manos y se arrodilló sin decir palabra. Me comió el coño como si llevara semanas pensándolo, lamiéndome despacio de abajo arriba, abriéndome con los dedos para meter la lengua entera, succionándome el clítoris hasta que me corrí en su boca mordiéndome la mano para no gritar. Después se levantó, se desabrochó el pantalón sin perder la calma, me puso a cuatro patas sobre la cómoda y me la metió de un solo empujón. Me folló contra el espejo durante un rato larguísimo, mirándome a los ojos en el reflejo cada vez que yo intentaba bajar la cabeza, hasta que se vino dentro con un gruñido apretado y luego me hizo arrodillarme y limpiárselo con la boca. No porque sean cosas extraordinarias. Sino porque requieren prestar atención real a la persona que tienes delante. Y Marcos, a diferencia de mi marido, prestaba mucha atención.

Rodrigo había llamado la noche anterior con sus novedades de siempre: el vuelo retrasado otra semana, las reuniones interminables, el cliente complicado. Colgué sin culpa notable, lo cual me dijo algo que preferí no analizar demasiado en ese momento. Me duché despacio, pensando. Bajo el agua caliente me pasé la mano por las tetas, me pellizqué los pezones hasta endurecerlos, bajé los dedos por el vientre y me los hundí en el coño imaginando que eran los suyos. Me corrí apoyada en los azulejos, mordiéndome el labio, y aun así no me alcanzó. Me miré en el espejo con más cuidado del habitual: el pelo mojado sobre los hombros, los pezones todavía erizados, los treinta y cuatro años que había aprendido a aceptar y que Marcos, bastante más joven, había sujetado con las dos manos como si fueran lo más valioso del cuarto.

Tomé el teléfono a las diez de la mañana. Marqué despacio, todavía diciéndome que podía colgar en cualquier momento.

Sonó dos veces.

—¿Sí? —Su voz, ronca y tranquila, me hizo cerrar los ojos y apretar los muslos.

—Marcos. Soy Valentina. De la fiesta de los Figueroa.

Hubo un silencio breve.

—Ya sé quién eres.

Respiré.

—Pensé que podría... —Empecé sin saber exactamente cómo terminar la frase.

—¿Estás sola? —me cortó.

—Sí.

—¿Quieres que te la meta otra vez?

La pregunta me golpeó en el estómago. No era exactamente una pregunta, en realidad. Era la comprobación de algo que ya daba por sentado. Y lo peor, lo que me hizo apretar los dedos alrededor del teléfono sin poder evitarlo, es que tenía razón.

—Sí —dije.

La palabra salió más pequeña de lo que pretendía.

—Dilo bien.

Tragué saliva. Sentí cómo la humedad me bajaba por dentro del muslo.

—Quiero que vengas y me folles.

—Esa es mi chica. En veinte minutos. Deja la puerta entornada. Y nada de ropa interior.

Colgó antes de que pudiera añadir nada.

Me quedé un momento apoyada en la encimera de la cocina, con el teléfono todavía en la mano y el corazón haciendo cosas que no le corresponden a una mujer de treinta y cuatro años casada y con hipoteca. Luego subí corriendo. Me cambié el pijama por un vestido oscuro y ceñido, lo justo para que la intención quedara clara sin parecer que había pensado demasiado en ello. Sin ropa interior, tal como había mandado. Me cepillé el pelo. Bajé, entorné la puerta tal como había dicho, y me senté en el sofá a esperar, sintiendo el aire fresco subirme por debajo del vestido y rozarme el coño desnudo.

Los veinte minutos se convirtieron en treinta. Me levanté. Caminé de un extremo al otro del salón. Me volví a sentar. Encendí el televisor y lo apagué al segundo. Pensé en mandarle un mensaje preguntando si seguía viniendo y me pareció demasiado evidente. Pensé en cerrar la puerta, subir, meterme en la cama y fingir que nada de esto había ocurrido.

Pero no me moví. Solo me crucé las piernas y descrucé, sintiendo la humedad pegándose ya a la cara interna de los muslos.

Lo oí antes de verlo: pasos lentos en el pasillo, sin ninguna prisa. La puerta se abrió. Marcos entró sin llamar, la cerró con ese gesto suyo de quien no tiene nada que demostrar, y se quedó un momento en la entrada mirándome.

Llevaba una camiseta oscura y unos vaqueros. Las manos metidas en los bolsillos. Veintiséis años y esa calma de quien está acostumbrado a que las cosas salgan como espera. Me recorrió de arriba abajo con los ojos, hizo una pausa breve en mis muslos descubiertos, y luego se acercó despacio sin decir nada.

Se paró frente a mí. Me apartó el pelo de la cara con un solo dedo.

—Tardaste tres días —dijo.

—Resistí lo que pude.

Se le cruzó una sonrisa. Breve, satisfecha. Luego me besó despacio, con esa manera suya que no tiene nada que ver con los besos de alguien que quiere impresionarte. Era el beso de alguien que sabe lo que tiene y no necesita probarlo. Su boca presionó la mía con paciencia cruel, abriéndose apenas, saboreándome, y yo sentí de inmediato la corriente caliente bajarme por el vientre y empaparme entre las piernas como si me hubiera abierto un grifo dentro.

Se sentó a mi lado en el sofá. Me miró.

—Muéstrame —dijo.

—¿Cómo?

—Tres días pensando en mi polla —explicó, con esa calma que empezaba a sacarme de quicio—. Muéstrame cómo llevas el coño.

Entendí perfectamente lo que pedía. Y aunque una parte de mí quiso protestar por principios, otra parte —la que llevaba setenta y dos horas despertándome a las cuatro de la mañana con los dedos en la entrepierna— no tuvo ningún reparo. Subí el vestido hasta la cintura. Las piernas me temblaron un poco al separarlas. Marcos no dijo nada. Solo miraba mi coño desnudo, brillante de humedad, esperando, con ese silencio suyo que pesaba más que cualquier orden.

—Ábrete con los dedos —añadió—. Quiero verlo bien.

Llevé las dos manos a la entrepierna y me abrí los labios con los dedos, exponiéndome del todo. Vi cómo se le oscurecía la mirada. Mis muslos se abrieron un poco más por pura necesidad, y el aire frío de la casa me erizó la piel mientras un hilo de humedad me resbalaba hasta el ano.

—Métete dos dedos —ordenó—. Despacio. Mírame mientras lo haces.

Lo hice. Deslicé el corazón y el índice por mis pliegues empapados y los hundí dentro hasta los nudillos, soltando un suspiro entrecortado. Lo miré. Fue más difícil de lo que esperaba y, al mismo tiempo, exactamente lo que necesitaba. Había algo en la atención de Marcos, en esa manera suya de no apartar los ojos de mi coño abierto, que hacía que todo fuera más real. No calculado para parecer bien. Solo presente y concreto. Empecé a moverlos, entrando y saliendo, con la palma rozándome el clítoris en cada empujón.

—Más rápido —dijo—. Sin pararte hasta que yo te diga.

Aceleré. El sonido húmedo de mis dedos chapoteando dentro de mí llenó el salón, y la vergüenza de oírlo me puso peor. Marcos seguía sentado, sin tocarse, sin tocarme, solo mirándome destrozarme sola en su sofá. Cuando estaba a punto de correrme, con las caderas empujando contra mi propia mano y la garganta cerrándoseme, habló.

—Para.

Gemí de frustración. Saqué los dedos despacio, brillantes y pegajosos.

—Chúpatelos.

Me los metí en la boca y los chupé uno a uno, saboreando mi propia humedad mientras él miraba sin pestañear.

Cuando se inclinó hacia mí y me apartó la mano para reemplazarla con la suya, lo hizo como si tuviera todo el tiempo del mundo. Metió dos dedos entre mis pliegues y empezó a moverlos despacio, recorriéndome, empapándose de mí, encontrando enseguida el punto exacto que me hizo soltar el aliento en un temblor. Luego me rozó el clítoris con la yema, sin prisa, dibujando círculos pequeños, firmes, que me arrancaron un gemido húmedo y vergonzosamente alto.

—Eso —murmuró—. Así. Mira cómo chorreas, Valentina.

Su pulgar se hundió un poco más, abriendo, dándome el ritmo que quería imponerme. Curvó los dedos contra esa pared interior que pocos hombres encuentran y empezó a presionar con una insistencia metódica, mientras la palma seguía castigándome el clítoris. Cuando aceleró fue porque él quiso, no porque yo se lo pidiera. Me eché hacia atrás contra el respaldo del sofá, las manos buscando el cojín, los dedos apretando la tela mientras sentía cómo me llenaba de calor entre las piernas, cómo la humedad me resbalaba y me hacía perder el control de la forma más sucia posible. El brazo de Marcos se movía con violencia controlada, y mi coño emitía un chasquido obsceno cada vez que sus dedos entraban hasta el fondo.

—Marcos... —empecé.

—Todavía no —dijo, sin detener lo que hacía—. Aguántame.

Obedecí. No porque tuviera que hacerlo. Sino porque quería. Había una diferencia entre las dos cosas, y los dos lo sabíamos. Me sostuvo abierta con una mano mientras la otra seguía trabajándome con una precisión indecente, entrando y saliendo, empujando contra mí, obligándome a sentir cada pulso en el centro del coño. Mis caderas se levantaban solas, buscándole la mano, follándome a mí misma con sus dedos.

—Pídemelo —dijo.

—Déjame correrme, por favor.

—Otra vez.

—Déjame correrme, Marcos, te lo pido, por favor, no aguanto más.

—Córrete.

Cuando por fin me dejó llegar fue con una intensidad que borró durante un rato bastante agradable cualquier pensamiento coherente. Me temblaron las piernas. Me arqueé sobre el sofá con un gemido roto, sintiendo la sacudida subir desde el vientre hasta la garganta, la cadera convulsionando contra su mano mientras me corría con un latigazo caliente y profundo. Sentí cómo me empapaba la mano y el sofá, un chorro tibio resbalándome por las nalgas, y la vergüenza de haber mojado tanto me hizo morderme el labio. Marcos no apartó la vista ni un segundo. Me sostuvo hasta que el estremecimiento se deshizo en una respiración entrecortada y húmeda, y entonces sacó los dedos despacio, brillantes hasta la muñeca, y se los pasó por los labios antes de chupárselos él mismo.

—Mejor que en mi recuerdo —dijo.

***

Me dio un momento para recomponerme. Fue al baño, volvió, se sentó a mi lado sin decir nada. Yo necesité un par de minutos antes de poder hablar sin que me temblara un poco la voz.

—Eso no era todo para lo que te llamé —dije.

—Ya lo sé —respondió, y se puso de pie.

Me tomó de la mano y me condujo hacia el dormitorio. Ahí fue diferente: más directo, menos pausado, con instrucciones breves que yo seguía sin pensar demasiado en por qué me resultaba tan fácil hacerlo. Hay personas que tienen esa capacidad: consiguen que lo que quieren y lo que tú necesitas coincidan de una manera que parece natural, como si siempre hubiera sido así.

Me tumbé en la cama y lo dejé acercarse. Me quitó el vestido con calma, sin apresurarse, recorriendo con las manos lo que miraba. Tenía esa forma de tocar que no pide permiso pero tampoco aplasta: sabe dónde está y adónde va, y eso solo ya resulta extraordinariamente extraño cuando llevas años acostumbrada a otra cosa. Su boca bajó por mi cuello, luego por el centro del pecho, mordiendo apenas la piel hasta dejarme un cosquilleo punzante en los pezones. Me los tomó entre los dedos, uno y otro, apretándolos hasta que se endurecieron más bajo su tacto. Me retorció uno con fuerza, hasta arrancarme un quejido, y se rió bajito contra mi vientre.

—Sigues siendo igual de cochina que en Nochevieja.

—Más —contesté, sin pensar.

—Eso vamos a verlo.

Bajó dejándome un rastro húmedo de besos por el ombligo, mordiéndome la cadera, lamiéndome la cara interna del muslo a centímetros del coño sin tocármelo, hasta que las caderas se me levantaron solas buscando su boca. Cuando se arrodilló entre mis piernas, me las abrió con firmeza y apoyó la cara entre mis muslos. La primera lengua fue un golpe caliente, directo, sobre mi sexo todavía palpitante. Lamió despacio, de arriba abajo, recogiendo la humedad que yo seguía soltando, y luego hundió la lengua en mí con una atención obscena, como si quisiera aprenderme por dentro. Yo me agarré a las sábanas con ambas manos, el cuerpo entero tensándose cuando volvió al clítoris y lo succionó con una boca hambrienta que me hizo soltar un quejido áspero.

—Así te quiero —dijo, con la voz amortiguada contra mi piel—. Empapada y suplicando.

El comentario me atravesó como una descarga. Noté cómo el placer se acumulaba otra vez, espeso, inevitable. Marcos siguió lamiendo, alternando presión y respiro, metiendo dos dedos en mi coño mientras su lengua seguía castigándome el centro. Cuando los movió dentro, abriéndome, el sonido húmedo de mi propio cuerpo me dio vergüenza y más hambre al mismo tiempo. Le tiré del pelo sin querer, incapaz de no buscar más, restregándole la cara contra el coño con una urgencia que no me reconocía. Subió un dedo mojado y empezó a presionarme el ojete con el pulgar al ritmo de su lengua, y yo me corrí otra vez contra su boca con un grito ronco que se oyó hasta la cocina, los muslos cerrándose sobre sus orejas mientras él seguía lamiéndome hasta que tuve que apartarlo con las dos manos porque ya no aguantaba.

Se incorporó solo lo suficiente para mirarme, con la boca y el mentón brillantes de mí.

—Dímelo.

—Fóllame.

—¿Cómo?

—Métemela hasta el fondo. Fóllame el coño hasta que no pueda caminar.

Sonrió, y esa sonrisa fue casi peor que el resto.

Se quitó la camiseta de un tirón, luego los vaqueros y los calzoncillos, y me dejó verlo sin ninguna prisa. La polla, dura y pesada, ya estaba completamente despierta para mí, gruesa, venosa, apuntando hacia mi vientre antes de que él la guiara con la mano. Se la apretó en la base y se la pasó por mis labios un par de veces, untándomela de saliva.

—Chúpamela primero. Quiero ver esa boca trabajándola.

Me senté en el borde de la cama y se la metí entera, todo lo que pude, sintiéndola tensarme la garganta y obligándome a respirar por la nariz. La saqué brillante, lamí desde la base hasta la punta, le mordí apenas el frenillo, me la metí otra vez hasta tener arcadas. Marcos me sostuvo la nuca con una mano y empezó a moverme la cabeza al ritmo que quería, despacio al principio, luego más rápido, follándome la boca con embestidas cortas y profundas mientras yo le miraba desde abajo con los ojos llorosos. Cuando supo que iba a venirse si seguía, me sacó la polla con un sonido obsceno y un hilo de saliva colgándome del mentón.

—Túmbate. De espaldas. Abre.

Me tumbé en la cama. Marcos se puso encima, apoyándose en un codo, y me penetró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo yo me abría para él con una mezcla indecente de resistencia y necesidad. Era grande, más de lo que recordaba, y cuando entró del todo solté un gemido largo y sucio que me salió desde el estómago. Ambos nos quedamos quietos un segundo, respirando al mismo ritmo, como si el cuerpo reconociera algo que la cabeza no terminaba de aceptar.

Entonces empezó a moverse.

Lo hizo primero con calma, saliendo apenas y volviendo a hundirse, marcando un vaivén profundo que me arrancó jadeos cortos. Sus caderas golpeaban las mías con una cadencia firme, cada embestida más clara que la anterior, y yo sentía cómo me llenaba por completo, cómo la fricción me tensaba el abdomen y me hacía perder la medida de todo lo que no fuera él. Me agarró las dos muñecas y me las clavó contra el colchón por encima de la cabeza, follándome más fuerte, las tetas saltándome con cada embestida, el sonido de pieles mojadas chocando llenando la habitación. Cambió el ángulo, me levantó una pierna sobre su hombro y volvió a entrar más hondo, tocando algo dentro de mí que me hizo gritar su nombre con la voz rota.

—Eso es —dijo, apretándome la cadera—. No te calles. Quiero oírte.

Me folló así, sin adornos y sin compasión, durante un rato que no supe medir. A ratos me sostenía la mirada; a ratos bajaba la frente a mi cuello para morderme, lamerme, o hablarme al oído con una suciedad que me encendía aún más. Me llamó caliente, me dijo que era una puta de coño apretado, que olía a mí y a él mezclados, que mi marido tenía una mujer demasiado caliente para no follársela bien, que le gustaba verme perder el control. Yo respondí como pude, diciéndole que no parara, que me diera más, que me la metiera otra vez y otra vez hasta que no me quedara nada más que su nombre en la boca, que me usara, que me partiera el coño, cosas que tres días antes no me habría creído capaz de decir en voz alta.

Se retiró de golpe lo justo para darme la vuelta. Me colocó a cuatro patas y, sin perder tiempo, volvió a entrar por detrás. La nueva penetración me sacó un gemido brutal; esa postura lo hacía más profundo, más duro, y cada embestida me movía todo el cuerpo hacia adelante sobre el colchón. Una mano en la nuca, la otra en la cadera, Marcos me hundió la cara contra el colchón, me arqueó la espalda y empezó a follarme con un ritmo cada vez más violento, el sonido de piel contra piel llenando el cuarto, seco y obsceno. Me dio una palmada fuerte en el culo, luego otra, hasta dejarme la nalga ardiendo y la marca de su mano roja sobre la piel.

—Otra —pedí, sin reconocerme.

Me la dio. Y otra. Y siguió follándome más fuerte aún, con las dos manos clavadas en mi cadera, tirando de mí hacia atrás para empalarme entera en cada embestida. Después separó la mano un momento, se lamió el pulgar y empezó a frotarme el ojete con él al ritmo de la polla.

—¿Aquí también? —preguntó, presionando.

—Sí —dije, sin pensar—. Lo que quieras.

Hundió el pulgar despacio, hasta el nudillo, y la doble sensación me hizo gemir como una loca. Siguió follándome el coño mientras me empujaba el ojete con el dedo, y yo sentí cómo el orgasmo se me armaba desde dos sitios a la vez, imparable.

—Mírate —murmuró—. Qué bonita te pones cuando se te abren los dos agujeros para mí.

La frase me hizo perder el resto de la dignidad. Me corrí otra vez con un espasmo que me dobló sobre la cama, temblando y jadeando, el coño apretándose alrededor de su polla con tantos pulsos que él tuvo que parar un segundo para no venirse conmigo. Sosteniéndome abierta hasta que la ola pasó y dejó un zumbido caliente en las piernas.

Lo que vino después fue largo y minucioso y bastante mejor de lo que había recordado en tres días de insomnio, que ya es decir. Me hizo girar de nuevo y montarme encima, con su polla clavada hasta el fondo y sus manos en mis caderas marcándome el ritmo. Me cabalgué encima de él mirándolo a los ojos, las tetas botando, los dos jadeando, hasta que se incorporó para sentarse y me abrazó por la espalda, follándome desde abajo mientras me chupaba un pezón y me apretaba el clítoris con dos dedos. Me corrí otra vez así, agarrada a su cuello, mordiéndole el hombro para no chillar. Cuando ya no aguantaba, me tiró de espaldas otra vez, me cogió los tobillos, me los puso sobre sus hombros, se hundió hasta el fondo y empezó a embestir con esa cadencia rota, profunda, que avisa de que ya no queda mucho.

—¿Dónde? —jadeó.

—Dentro —dije—. Llename. Dentro, por favor.

Cuando terminó, su corrida me llenó por dentro con un calor espeso que me hizo cerrar los ojos y apretar los muslos, notándolo salir a pulsos mientras él se quedaba clavado en mí un segundo más, gruñendo contra mi cuello, las caderas todavía empujando con espasmos cortos para vaciarse del todo. Cuando se retiró despacio, sentí cómo su semen me chorreaba del coño hasta las sábanas, tibio, espeso, suyo. Bajó la mano y lo recogió con dos dedos, me los llevó a la boca, y yo se los chupé sin pensarlo dos veces, saboreándonos a los dos. Yo me quedé mirando el techo, con el corazón todavía golpeándome las costillas, escuchando el silencio de la casa, mientras Marcos se sentaba en el borde de la cama para vestirse.

Recogió la camiseta del suelo. Se la puso. Se ató los zapatos sin prisa. Yo lo observé en silencio y pensé que era bastante absurdo que algo tan cotidiano me pareciera interesante con su semen aún resbalándome entre los muslos.

—¿Cuándo vuelve tu marido? —preguntó, sin levantar la vista.

—Una semana, más o menos.

Asintió. No añadió nada más. Terminó de vestirse y se levantó.

En la puerta, antes de salir, se giró.

—La próxima vez no tardes tanto. Y dúchate después, no antes. Quiero encontrarte como te dejé hoy.

—Puede que no tarde nada —dije.

—Eso espero.

Y se fue.

***

Me apoyé en la puerta cerrada y tardé un minuto en volver a moverme. Sentía su corrida bajándome todavía por la cara interna del muslo, las piernas flojas, los pezones doloridos de tanto pellizco. La casa estaba igual que siempre: el sofá en su sitio con una mancha húmeda que tendría que limpiar, la luz del mediodía entrando por las persianas, el teléfono sobre la mesita con el número de Marcos guardado bajo un nombre que no era el suyo. Todo exactamente igual y, al mismo tiempo, completamente distinto.

Rodrigo llamó a las siete de la tarde. Respondí con normalidad, sentada en el sofá con las bragas limpias pegadas a un coño todavía hinchado, le pregunté por las reuniones, por si quedaba mucho para que volviera. Colgué con cariño y dejé el teléfono sobre la mesita.

No sé exactamente cómo llamar a lo que estoy viviendo. No sé si tiene un nombre preciso, o si me importa que lo tenga. Lo que sí sé es que esa tarde, después de que Marcos se fue, cerré los ojos en la cama —en sábanas que olían a él, a sexo, a nosotros— y dormí cuatro horas seguidas. Las primeras desde la fiesta de los Figueroa. Las primeras en mucho tiempo, para ser honesta.

Antes de apagar la luz le mandé un mensaje corto:

«La semana que viene también estoy sola. Y todavía te tengo dentro.»

Respondió diez minutos después. No con palabras. Solo con una hora y un número de piso.

Guardé el teléfono, apagué la luz, metí la mano una última vez entre las piernas para tocar lo que él me había dejado, y me permití, por primera vez en tres días, dejar de pensar en nada.

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Comentarios(8)

Lector4990

Dios mio que final... me dejó sin palabras

pamela_sv

Necesito saber que paso despues!!! por favor continua

Tomás_BA

Se siente tan real. Esos tres dias de lucha interna los viví con ella sin darme cuenta. Muy bien narrado.

Marianela_ok

Me recordó a algo que me pasó hace un tiempo, que sensacion tan familiar jaja

oficinista23

Como aguanto tres dias?? yo hubiese llamado al día siguiente jajaja

alfesc

De lo mejor que lei en confesiones, gracias por animarte a compartirlo

SofiaB

El final me mató. Tremendo relato

Froy

Que manera de escribir, se nota el talento. Más por favor!

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