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Relatos Ardientes

Cómo lo hice aguantar con el micrófono abierto

Estoy tirada en la cama, desnuda, con las sábanas enredadas en los tobillos. Afuera ya cayó la noche y el único sonido es el zumbido del ventilador sobre la cómoda. No puedo dormir. Cada vez que cierro los ojos, tu ausencia se llena con imágenes de aquella noche, la de hace dos semanas, la que todavía no mencionamos en voz alta.

Me paso la mano izquierda por el vientre y subo despacio hasta el pezón. Lo rozo con la yema del dedo mientras mi cabeza se hunde en el recuerdo. Tus labios, tus manos, la forma en que me mirabas por encima de la pantalla. Todo vuelve, nítido, como si estuviera sucediendo ahora mismo.

Fue un martes. Yo había llegado tarde del trabajo y tú llevabas horas sentado frente a la computadora, concentrado en esa partida en línea con tus amigos. Tenías puestos los auriculares con micrófono y no te habías percatado siquiera de que entré. Desde el sillón te escuché soltar una maldición en voz baja, seguida de una carcajada ronca.

Me quedé mirándote un rato. Estabas en bóxer, con los hombros inclinados hacia adelante, los dedos rápidos sobre el teclado. La luz del monitor te iluminaba la espalda, y había algo en la línea que formaban tus omóplatos que me apretó el pecho y también otras cosas más abajo.

Decidí distraerte.

Sin hacer ruido, fui quitándome la ropa en el pasillo. La blusa cayó sobre el respaldo de una silla. El pantalón, al suelo. Dejé puesta solo la tanga, una negra, de encaje, la que nunca te había mostrado. Me acerqué descalza por detrás, pisando únicamente las baldosas frías para no hacer crujir la madera.

Apoyé el pecho contra tu espalda.

Tu cuerpo se puso rígido medio segundo, apenas lo necesario para darme cuenta de que te había sorprendido. Después seguiste tecleando como si nada, aunque los dedos se te trabaron antes de volver al ritmo.

—¿Todo bien, Matías? —preguntó una voz metálica en los auriculares.

—Sí, sí, nada, un gato —respondiste tratando de sonar normal.

Mordí una sonrisa. Te pasé las manos por los costados del abdomen, la yema de los dedos rozando apenas la piel. Te incliné la cabeza con la nariz y te besé justo detrás de la oreja. Tu respiración se quebró un instante.

—Concéntrate, Matías —otra voz, burlona, por los auriculares—. Te están por voltear.

No podías hablar. No podías moverte demasiado sin delatar nada. Y yo lo sabía.

Fui bajando los besos por tu cuello, mordisqueando la curva entre el hombro y la clavícula. Tu mano derecha se crispó sobre el mouse, y el personaje de la pantalla avanzó en una dirección absurda.

—¿Qué haces? —protestó alguien—. ¡Por ahí no!

Soltaste un gruñido breve que fácilmente podía pasar por frustración del juego. Yo sabía que no era el juego.

Di la vuelta, rodeando tu silla por el costado izquierdo. Pasé por debajo de tu brazo, ese que todavía sostenía el mouse con una tensión exagerada, y me deslicé entre tu cuerpo y el escritorio. Me arrodillé.

Desde ahí abajo te vi la cara. Tenías los dientes apretados, el maxilar duro, y una gota de sudor bajándote por la sien. Los ojos, sin embargo, seguían fijos en la pantalla.

Apoyé las palmas en tus rodillas y te las abrí despacio. Te corriste un poco hacia atrás con la silla, lo justo para darme espacio. Fue el único gesto con el que reconociste que yo estaba ahí.

Te besé la cara interna del muslo. Subí, subí más, y cuando mis labios rozaron el elástico del bóxer sentí el pulso rápido debajo de la tela. Ya estabas duro. Te bajé la ropa interior hasta la mitad del muslo y ahí te dejé, expuesto, indefenso, con una partida que se te estaba yendo de las manos.

Me tomé mi tiempo.

Te pasé la lengua por la base, lento, siguiendo la vena hasta la punta. Todo tu cuerpo se contrajo un centímetro. Te metí apenas la cabeza en la boca, cerrando los labios con suavidad, y succioné una vez. Tus caderas se levantaron solas del asiento.

—Matías, te están matando, tírale una granada —la voz del amigo, impaciente—. ¿Qué te pasa hoy?

—Nada —murmuraste con una voz rasposa—. Un… un segundo.

Silenciaste el micrófono. Escuché el clic desde ahí abajo. Solo entonces sonreíste.

—Eres imposible —me dijiste, pero la voz te salió rota, entre una risa y un gemido ahogado.

Yo no contesté. Te la metí entera en la boca de golpe. Un temblor te sacudió de arriba abajo, y tu cabeza se fue hacia atrás un segundo antes de que volvieras a concentrarte en la pantalla. Porque tenías que seguir jugando. Ese era el juego dentro del juego: tú intentando sobrevivir, yo intentando que no pudieras.

El vaivén era lento al principio. Subía despacio hasta la punta, cerraba los labios alrededor de la cabeza, volvía a bajar. Escuchaba tu respiración alterarse sin permiso, entrecortada, mientras tu mano derecha seguía moviendo el mouse con una torpeza que no se correspondía con tus horas de práctica.

Empecé a alternar. Estocadas largas que me llegaban al fondo de la garganta y me hacían largar un hilo de saliva por la comisura. Después, besos suaves, casi delicados, sobre la punta. Después, chupadas rápidas y superficiales. Ni siquiera tú sabías qué te iba a hacer a continuación.

Mientras tanto, el calor empezó a subirme por el vientre. Un tirón dulce entre las piernas, la humedad formándose bajo el encaje. Bajé la mano izquierda y me colé por debajo de la tanga. El primer roce de mis propios dedos contra el clítoris me arrancó un gemido que reboté directamente contra tu piel. Sentí cómo temblabas.

Te solté un segundo para mirarte. Tenías los ojos entrecerrados, los dedos quietos sobre el teclado. El personaje de la pantalla se había quedado parado detrás de un muro, y tus amigos habían empezado a gritarte.

—Matías, Matías, ¿me escuchas? Se te congeló el juego.

Abriste el micrófono apenas lo suficiente para balbucear una excusa sobre la conexión y lo volviste a cerrar. Tu mano libre bajó y me tomó del pelo. No tiraste. Solo apoyaste los dedos ahí, como una promesa de lo que venía.

Volví a metérmela en la boca y subí el ritmo. Mis dedos, entre mis piernas, imitaban el vaivén. Dos dedos dentro, el pulgar dibujando círculos sobre el clítoris. El ruido de mi propia saliva se mezclaba con tus jadeos, que ahora sí dejabas escapar porque el micrófono estaba muerto.

Estaba cerca. Los dos estábamos cerca. Y yo sabía, con la precisión de un animal, que iba a terminar antes que tú.

—Voy a… —intenté avisarte, pero no terminé la frase.

El orgasmo me agarró de costado, con la boca todavía llena, con tu mano en mi pelo, con los ojos llorosos por lo profundo de las estocadas. Gemí contra ti, un gemido largo, descontrolado, y el pecho me explotó por dentro. Las piernas se me acalambraron. La tanga quedó empapada, pegada a la piel.

Tuve que sacarte de la boca un segundo para recuperar el aire. Un hilo de saliva se estiró entre mis labios y tu punta, brillante bajo la luz del monitor.

—Me vas a matar —susurraste. Ya no tenías aire. Ya no te importaba el juego.

Volví a tomarte con la mano derecha, firme por la base. Con la izquierda te acaricié apenas, esa caricia que sabía que te volvía loco. Te metí la cabeza en la boca otra vez, pero en ese intento apreté la lengua contra la parte de abajo, justo en ese punto, y no la solté.

Tus caderas se levantaron. Las dos manos vinieron a mi cabeza. Ya no disimulabas. Ya no había partida, ya no había amigos, ya no había pantalla. Marcabas el ritmo tú, profundo, rápido, sin medida.

—Abre la boca —me dijiste con la voz rota—, que me voy a venir.

Te miré desde abajo y asentí con los ojos. Un segundo después estabas acabando, y yo sentía la explosión caliente contra el paladar. Mucho. Tanto que parte se me escapó por la comisura y me bajó por el mentón, por el cuello, hasta el pecho. Tragué lo que pude. El resto lo recogí con dos dedos y me lo pasé por los pezones, lento, mirándote a los ojos.

Te quedaste derrumbado contra el respaldo de la silla, con los auriculares torcidos y la boca entreabierta.

—Matías, ¿te moriste? —la voz metálica, ahora preocupada, en los cascos.

Abriste el micrófono.

—Se me cortó la luz un rato —mentiste, todavía con la voz rasposa—. Ya vuelvo.

Lo apagaste otra vez. Me levantaste el mentón con el pulgar y me pasaste la yema por el labio. Yo seguí arrodillada, los ojos hundidos en los tuyos, con una mano entre las piernas. Todavía me estaba tocando. Todavía quería más. Y tú lo sabías.

—Sube —me ordenaste.

Lo que pasó en la cama después ya es otro recuerdo, uno que guardo para otra noche.

***

Vuelvo a la cama, a este presente oscuro donde no estás. Mis dedos se mueven solos, igual que esa noche, exactamente en el mismo lugar, con la misma presión. El cuerpo me arde. Intercalo el vaivén adentro con los círculos afuera, despacio, despacio, hasta que ya no aguanto el despacio.

El segundo orgasmo me arrastra. Me hace temblar entera. Me doblo sobre un costado, con la almohada mordida entre los dientes, y cuando por fin abro los ojos descubro que la sábana quedó empapada debajo de mí. Un charco pequeño, delator.

Me quedo así, respirando.

Una sonrisa se me escapa.

Vas a volver en dos horas. Yo no pienso cambiar la sábana. Vas a entrar al cuarto cansado del turno de noche, vas a sentir el olor en el aire, y vas a notar la mancha. Y vas a saber, sin que te diga una sola palabra, que me acordé de ti.

Quizás, si tengo suerte, decidas castigarme por no haberte esperado.

Y eso, cuando suceda, va a ser otra historia.

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Comentarios (7)

LunaEscondida22

Excelente!!!

Caro_Mdq

jajaja que perversa!! la idea del microfono abierto es una genialidad. Segui escribiendo!

Tiago_Cba

Y al final aguanto o no?? nos dejaste con la intriga, queremos la segunda parte porfavor

Marcos_Cba

Me recordo a algo que hize una vez, aunque sin microfono de por medio jaja. Tremendo juego de tensiones

danny52

La tension que transmite el relato es increible, uno se siente ahi adentro. Muy bien contado

Sofi_lectora

Cuanto aguanto al final?? jaja deja saber!!

PabloK77

Me gusto mucho el concepto, se nota que fue algo real. La narracion es fluida y te mete de lleno en la situacion. Sigan viniendo relatos asi!

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