El hijo del mecánico no me dejó irme esa tarde
Pasó hace un par de años, pero todavía lo recuerdo como si hubiera sido la semana pasada. Tenía diecinueve, cursaba segundo año en la facultad. Era la última semana antes del viaje de fin de cursada; no teníamos clases y en casa flotaba ese aire raro de los días que no son del todo vacaciones. Me levanté temprano, bajé a desayunar y mi papá me paró en la cocina con la tostada a medio terminar.
—Necesito que me hagas un favor —me dijo—. Llevale plata a Raúl, al taller. Hoy tiene que empezar sí o sí con el auto.
Mamá estaba de viaje por trabajo en Mendoza y él tenía que salir al día siguiente rumbo a Salta para un cliente importante. Le pregunté si podía ir al mediodía. Me dijo que era lo mismo, pero que no me olvidara. Dejó dos sobres sobre la mesa, pegados con una bandita elástica, y salió a trabajar.
Hacía calor. Elegí una pollera corta y una musculosa de algodón; nada que se me pegara al cuerpo. Corpiño no me puse. Se me notaban los pezones, pero me gustaba cómo la musculosa me levantaba los pechos. Son redondos y no demasiado grandes, pero con un poco de empuje parecen más. Estrené una tanga de algodón que me había comprado la semana anterior; se me erizó toda la piel cuando la sentí acomodarse entre las nalgas y ajustarse tirante contra el coño. Chatitas en los pies, una ensalada rápida al mediodía, el paquete de plata en una mochila ajustada y los anteojos negros. Listo.
Salí y sentí algo distinto. No era la ropa, era yo. Caminaba de otra manera. Tenía mucha plata encima, estaba haciendo un mandado un día de semana y me sentía adulta, rompiendo una regla que nadie me había impuesto. Nunca me habían mirado tanto. A mi espalda, los tipos giraban la cabeza. La cadera me tomaba una cadencia que yo no pedí; sonreía y quebraba más la cintura, serpenteando. En una esquina, el viento me levantó la pollera. La bajé rápido, pero desde un auto alguien gritó «¡qué cola, mi amor!» y yo me reí con la cabeza baja. Sentí un cosquilleo entre las piernas de saberme mirada, y la tela finita de la tanga se me empezó a humedecer.
El taller lo reconocí de lejos. Hacía años que no iba. Cuando entré me pegó de golpe la oscuridad, el calor y el olor a grasa y metal. Uno de los mecánicos, un pibe con overol hasta la cintura, soltó la herramienta y caminó hacia mí.
—¿Sí? ¿En qué te puedo ayudar?
—Busco a Raúl. Traigo algo que me dio mi papá.
—Raúl no está —me contestó mirándome las piernas—. Pero está Damián. El hijo. Está arriba.
Subió una escalera metálica que daba a una oficina con ventanal y persianas americanas. Mientras esperaba abajo, los otros tres mecánicos dejaron lo que estaban haciendo para mirarme sin disimulo. Cada tanto caía una herramienta y el golpe me hacía saltar. Me saqué los anteojos y los guardé en la mochila. Arriba, una silueta se asomó entre las persianas y después el pibe bajó como un perrito.
—Te dice que subas.
La escalera era alta, de rejas; los escalones formaban rombos por los que se veía hacia abajo perfectamente. Me agarré la pollera y me la pegué a la cola con la mano libre, pero era imposible taparlo todo. Subí despacio, mirando al frente, sintiendo cuatro pares de ojos tratando de colarse entre mis piernas para verme la tanga. Cuando llegué arriba, golpeé el vidrio de la puerta.
—Pasá —dijo una voz, en movimiento.
Cuando entré, estaba descolgando un póster de la pared. Alcancé a ver la cara de una modelo rubia antes de que lo enrollara.
—Ja, lo bajo para que no se ponga celosa de vos.
Me reí por compromiso. Damián era mucho más joven que su padre, flaco, alto, con una camisa arremangada hasta el codo y un tatuaje tribal que le bajaba por el antebrazo. Sonrisa blanca, llena de dientes. Los ojos le brillaban de una forma que me incomodó y me gustó al mismo tiempo.
—Vengo de parte de Darko Jurić —dije, tratando de pronunciar bien el apellido de mi viejo.
—El croata. Ya sé. Sos una croatita, mirá vos. No podrías ser más blanca y rubia. ¿No te acordás de mí?
Me acordaba del taller de cuando tenía diez u once años. De él, no.
—Eras re chiquita. Venías con tu viejo y yo te traía acá arriba para que dibujaras. Se notaba que ibas a ser hermosa. El pelo se te oscureció un poco, pero esa piel de porcelana sigue igual. Eras flaquita. Ahora tenés más curvas que el circuito de Suzuka.
—No conozco Suzuka —me reí.
—Mejor así. Dejá el bolsito allá, en el sillón.
Apoyé la mochila al fondo de la oficina y, cuando volví, me invitó a sentarme. Estuvimos charlando. Le conté del viaje de fin de cursada, del bondi que íbamos a tomar, de los días de playa. Él se reía. «El descontrol que vas a hacer», repetía. Me dijo que todos los mecánicos se iban a comer abajo y que él se iba a pedir algo, que si quería quedarme a comer con él, invitaba. Dudé dos segundos. Le dije que sí.
La comida llegó en veinte minutos. Ensalada con carne. Me sirvió agua fría en un vaso largo y me la tomé de un sorbo, con sed de verdad. Se me escapó un poquito por la comisura y me tuve que pasar la mano. Él estaba del otro lado del escritorio de vidrio, mirándome con disimulo el borde de la pollera. Cuando tuve que cortar la carne usé las dos manos, y la mirada se le fue directo entre mis muslos. Crucé las piernas despacio. No me importó que se me viera la tanga tirante contra el coño. Miré el pantalón y le noté el bulto, duro, tirando de la tela, marcándole la forma de la polla contra el muslo. Sentí un calor que me trepaba desde los pies, por los gemelos, por los muslos, y me terminó de empapar la tanga.
—Está rica, ¿no? —dijo, y sin hacer pausa—: ¿Cuántos novios tenés?
Me atraganté. Él se paró, riéndose, y me sirvió más agua. Esta vez el agua me cayó en la pollera y un poco en el muslo. Sin esperar, agarró un trapo del escritorio, se arrodilló a mi lado y me empezó a secar. El trapo tenía un poco de grasa y me dejó una mancha oscura arriba de la rodilla. Bufó, pidió disculpas y me la limpió con los dedos, despacio, subiendo de a poco por el interior del muslo, cada roce más cerca del elástico de la tanga. Sentí la piel arder. Acomodé la cola más adentro de la silla y arqueé la espalda sin darme cuenta, ofreciéndole las tetas contra la musculosa.
—Era solo una pregunta —dijo, y volvió a su lado del escritorio.
—No tengo novio.
Levantó las cejas sin decir nada. Se le escapó la mirada otra vez al triángulo. El silencio se hizo denso.
—Te doy la plata —dije, por romperlo.
—Dale, como quieras.
Fui al sillón. Me agaché a abrir la mochila.
—Ah, no —dijo con voz airosa—. Quedate siempre así, para siempre.
La pollera se me había subido y le estaba regalando la vista del nacimiento de la cola, con la tanga blanca metida entre las nalgas. No me moví. En vez de levantar el bolso, lo abrí apoyado sobre el sillón y, de espaldas, saqué el sobre despacio. Escuché los pasos y después la voz al oído.
—Es mucha plata. Qué rico perfume tenés.
Me di vuelta. Quedamos cara a cara, con el sobre aplastado entre él y mis pechos. Lo agarró sin apuro y los nudillos me rozaron apenas los pezones a través de la musculosa. Se me pusieron duros de una, marcándose contra el algodón como dos botones. Me mordí el labio sin pensar. Se rió, se dejó caer en el sillón y abrió el sobre. Sacó el fajo, lo pesó con los dedos y me pidió que le alcanzara un papel del escritorio. Me di cuenta de que quería verme de atrás. Fui, lo agarré, se lo mostré desde lejos y él asintió. Caminé hasta el sillón con el papel y se lo dejé en la mano.
—Me mandó la mitad —dijo, mirándome.
Me empezó un temblor de verdad en las rodillas.
—¿Podés empezar igual, no? —tartamudeé.
—No. No puedo.
—Llamo a mi papá y te la traemos.
—Olvidate. En una hora viene el flaco con el repuesto y no me lo deja sin la guita completa. Cómo está el país, todos quieren cobrar ya. Lo empezamos otra semana.
—No. Mi papá lo necesita sí o sí. Se va mañana a Salta.
—Y bueno. Que no vaya.
—¿No tenés vos para adelantarle? Mañana te traigo el resto, te lo juro.
—No sé. No creo.
Le empecé a rogar. No sé si fue el calor de la oficina, la comida, el agua fría, los ojos de él. Me puse de rodillas sin pensarlo. Caminé dos pasos con las rodillas y le apoyé los codos en los muslos. Le miré la bragueta. La tela estaba estirada, se le marcaba la polla entera, gorda y palpitante debajo del jean. Lo miré a los ojos. Le deslicé las manos por las piernas, muy despacio, hacia arriba, hasta rozarle apenas la verga por encima del pantalón. Carraspeó y se acomodó en el sillón, abriéndome más las piernas.
—Quizás tengo algo de plata acá —dijo con la voz más ronca.
—¿Sí?
Incliné la cabeza, le apoyé la mejilla en la rodilla y lo miré con los ojos bien abiertos. Le llevé la mano izquierda hasta la tela hinchada y la dejé a un milímetro, sin tocarlo. Solo los calores se tocaban. Bufó. Me bajó la mano con la suya, apretándomela contra la polla dura. Con la otra me abrió los labios; sentí el pulgar en los dientes y los separé como una puerta que se desliza sola. Le recibí el dedo con la punta de la lengua, hecha lanza, y se lo empecé a chupar como si ya fuera la pija. Cerré los ojos y le succioné despacio hasta el nudillo, ahuecando las mejillas, sacando y tragando saliva. Cuando lo saqué, un hilo largo me quedó colgando del labio hasta la yema.
—Puta que la parió —murmuró.
Las respiraciones cambiaron, pero a ritmos distintos. Él se apuró a desabrocharse el pantalón. Le frené la mano. Moví la cabeza. Le abrí las piernas, entré entera entre ellas y fui yo la que le desabrochó el botón sin dejar de mirarlo. Le bajé el cierre diente por diente, escuchándolo. Le metí la mano por el bóxer. Un choque de calores: yo tibia, él ardiendo, la piel de la verga hirviendo. La saqué forzando la tela, ayudándome con la otra mano para liberarle también los huevos. Se la vi entera por primera vez: gorda, venosa, con la cabeza morada apuntándome a la cara y una gota de líquido brillándole en la punta. Cabía justo entre mis dos manos y me sobraba un cacho arriba. Empecé a masajearlo de arriba abajo, despacio, sintiendo cómo se le movía la piel sobre el mástil duro. Con la otra mano le fui masajeando los huevos, pesándoselos en la palma. Tiré saliva desde arriba, un chorro largo, acerqué la cara, saqué la lengua y le mostré cómo la saliva le caía justo en la cabeza y le chorreaba por los costados hasta la base. Le tiró la cabeza hacia atrás por un segundo, gimiendo bajo. Le di besos, primero al glande, después le fui bajando la piel con la mano y le lamí el prepucio con la punta de la lengua. Después le lamí despacio, en círculos, alrededor de la cabeza, después de arriba abajo por toda la extensión, marcándole cada vena con la lengua. Me bajé hasta los huevos y se los chupé uno por uno, metiéndomelos enteros en la boca, dando vueltas con la lengua. Él se retorcía en el sillón. Volví a subir por la vena de abajo, lento, hasta la punta. Después me lo fui metiendo, de a poquito, mirándolo a los ojos. La cabeza me llenó la boca. Empujé más, hasta que me chocó el fondo de la garganta y me lloraron los ojos. Me agarró el pelo. Le saqué la mano sin soltarlo con la boca, negando con la cabeza sin dejar de mamársela. Yo mandaba.
Empecé a subir y bajar, ensalivándole toda la verga, chupándosela con ganas, ruidosa. Se me caía la baba por el mentón, por el cuello, entre los pechos, hasta manchar la musculosa. Cuando la sacaba entera de la boca, le tiraba un escupitajo desde arriba y volvía a metérmela, deslizando fácil. Le apretaba la base con la mano mientras le succionaba la punta, haciéndole vacío. Después se la sacaba, le sacaba la lengua y le pegaba cachetazos suaves con la pija en la mejilla, en los labios, en la lengua, riéndome sin dejar de mirarlo.
—No podés ser tan puta —dijo con la voz quebrada.
—¿Viste? —le contesté con la boca a medio llenar y una sonrisa oblicua.
Me la metí de nuevo, entera, y me la clavé hasta el fondo. Me lloraron los ojos y arqueé la garganta para atrás. La sostuve ahí unos segundos, sintiendo cómo se le movía en el paladar, tragando la saliva alrededor de la pija. La sostuve hasta que él bufó y me acarició la cabeza, y recién ahí la solté con un ruido obsceno, con hilos de baba uniéndonos todavía. Le lamí la punta una vez más, chupándole el líquido que le salía.
Se paró y me levantó del piso agarrándome de las axilas. Me dio vuelta, me agarró la cintura y me empezó a dar besos en el cuello, mordiéndome apenas la piel debajo de la oreja. La otra mano me entró por debajo de la pollera y me apartó la tanga a un costado de un tirón. Los dedos me recorrieron los labios del coño, encontrándolos empapados, resbalando. Cada tanto me acertaba al clítoris y me lo frotaba en círculos rápidos, después bajaba y me metía dos dedos de una hasta el nudillo. Las rodillas me chocaron. Gemí por primera vez en voz alta, obscena.
—Estás toda chorreada, croatita —me susurró al oído mientras me sacaba los dedos y me los metía en la boca para que probara mi gusto—. Estás desesperada por una pija.
—Sí. Sí, estoy desesperada. Metémela.
Me empujó, besándome el cuello, hasta el escritorio. Apoyé las manos sobre el vidrio. Saqué la cola para afuera, arqueándome como me pedía el cuerpo solo. Me bajó la musculosa hasta la cintura de un tirón y los pechos me quedaron a medio caer, pesados, los pezones duros golpeando el vidrio frío. Me levantó la pollera hasta la cintura, me corrió la tanga al costado y se agachó atrás mío. Me lamió desde el hueco de la espalda hasta las nalgas, y ahí abrió con las manos y me hundió la lengua entre los labios del coño desde atrás. Le sentí la lengua chocar con la humedad que ya estaba ahí, chupándome de abajo hacia arriba, cebándose, tragándose mi jugo. Me metió la lengua adentro, entrando y saliendo, después me chupó el clítoris con los labios, tirando suave, después de nuevo la lengua adentro. Los dedos me entraron mientras me chupaba, dos, curvados hacia arriba, buscándome el punto. Contraje toda la pelvis. Se me escapó un gemido más fuerte que rebotó contra el vidrio.
—Cogeme ya —le rogué—. Metémela, por favor, no aguanto más.
Se paró. Me irguió, me dio vuelta y nos besamos, con toda la lengua. Me mordió el labio de abajo. Sentí mi propio gusto en su boca, mezclado con el suyo. No dijo nada claro, pero murmuró algo al oído que sonó brutal, algo como «te voy a romper el coño, puta». Le dije que sí con los ojos. Me sacó la musculosa del todo, me la pasó por la cabeza y me quedé desnuda de la cintura para arriba. Me apoyó la frente contra el vidrio frío del escritorio y me empujó la espalda para que la arquease bien, dejándole la cola parada. Se escuchó un desgarrito seco cuando me arrancó la tanga del todo, el elástico partido en dos.
—Uy, sí —recé.
En cuatro, con la cola empinada, sentí la pija pasarme primero por una nalga, después por la otra, y después empezar a abrirme los labios del coño. Me la pasó de arriba abajo por la raja, mojándose de mi humedad, chocándome el clítoris en cada pasada. Me hizo esperar. Le empujé la cola hacia atrás, buscándola, desesperada. Cuando por fin apoyó la cabeza en la entrada, empujó de una y me la clavó entera. Tuve que tirar la cabeza para atrás y gemir largo, con la boca abierta, porque me expandió toda de un saque. Sentí cada centímetro abriéndose paso adentro, la verga llenándome el coño hasta el fondo. Me agarró el pelo con una mano, el hombro con la otra, y me tiró hacia atrás para clavarme más adentro todavía.
—Qué concha caliente que tenés, croatita —me dijo con los dientes apretados—. Te está tragando la pija enterita.
La cintura le empezó a marcar un ritmo cada vez más rápido. La escuchaba entrar y salir con un ruido húmedo, chapoteando, chapa chapa contra mi cola. Los gemidos me salieron agudos, sin control, sincronizados con los golpes. Una gota de saliva me cayó de la boca al vidrio y él, sincronizado, me la limpió con el pulgar y me metió el mismo pulgar en la boca. Se lo chupé como una perra. Me bajó la tanga rota hasta las rodillas y yo lo ayudé levantando los pies para sacármela del todo. Me abrió más las piernas de una patadita a los tobillos. Me la metió más fuerte, martillándome sin misericordia. El escritorio de vidrio empezó a golpear la pared con cada embestida. Los pechos se me arrastraban contra el vidrio, dejándome marcas de sudor y saliva. Le grité que me diera más, que no parara. Me agarró de las caderas con las dos manos y me la enterró hasta el fondo, hasta que sentí los huevos golpearme contra el clítoris. Cada estocada me hacía un ruido nuevo en la garganta.
Me levantó, me dio vuelta y me sentó sobre el escritorio, sin sacármela. Bueno, me la sacó un segundo para acomodarme y me la volvió a meter apenas me apoyé. El frío del vidrio me llegó a la cola desnuda. Se escupió la pija cuando la sacó y yo la esparcí con la mano, sintiendo cómo latía dura entre mis dedos. Me escupió la mano y me la pasó por la concha, mezclando su saliva con mi humedad, frotándome el clítoris en el mismo movimiento. Nos besamos con las lenguas peleándose. Los pelos del pecho, cuando le abrí la camisa, me rasparon los pezones erguidos. El gusto era a metal y a sexo, a mi coño y a su transpiración. Cuando me la metió de nuevo, me expandió de una otra vez, más fácil ya. Le crucé los brazos por el cuello y encontramos un ritmo parejo. Me tocaba el clítoris con el pulgar mientras me la enterraba. Me cargó, con la pija adentro, sin salirse; le abracé la cintura con las piernas y no quise soltarlo. Me llevó así, empalada en él, hasta la silla del escritorio y se sentó, quedando yo montada arriba.
Empecé a saltar. Apoyé las rodillas a los costados de la silla y me monté sobre la verga con todo mi peso, cabalgándolo, sintiéndola bien adentro. Me chupaba los pechos, se los llenaba la boca, me mordía los pezones haciéndome saltar más. Me puso la mano en la boca; le chupé el dedo entero. Me dio una cachetada suave en la mejilla, casi como un aviso.
—Más —dije sin pensarlo—. Más fuerte, no me tengas miedo.
Me pegó de nuevo, un poco más fuerte, y el ardor en la mejilla me hizo apretar toda la concha alrededor de la pija. Me agarró el pelo con una mano, tironeándome para atrás, y con la otra me seguía golpeando la cara, suave, alternando mejillas, mientras yo saltaba sin parar. Todo era agua, sudor, saliva, mi coño chorreando por sus huevos hasta la silla. Le escuché los huevos hacer un ruido húmedo cada vez que le caía encima con el culo. Empecé a gritar un poco porque un cosquilleo me nacía en la pelvis, me subía por el vientre, se me metía adentro. Me di cuenta de que me iba a correr en cualquier momento.
—Me vengo, me vengo —le dije con la voz temblorosa, agarrándome de sus hombros con las uñas.
—Vení, puta, vení encima de mi pija —me contestó, apretándome las nalgas con las dos manos y ayudándome a saltar más rápido, empujándome desde abajo—. Cabalgame, dale, correte encima mío.
Me vine gritando con la cara pegada al cuello de él, contrayéndome entera. La concha me palpitó alrededor de la verga en oleadas, tantas que perdí la cuenta. Le mordí el hombro para no gritar más fuerte y que no escucharan abajo. El orgasmo me sacudió la cadera sola, sin control, contra la pelvis de él. Cuando empecé a bajar, me sacó de encima con los brazos, casi tirándome, con la pija todavía dura, brillante de mi corrida. Tiró la silla para atrás con las piernas. Me paró de un tirón, me dio vuelta y me apoyó otra vez contra el escritorio, ahora con los pechos aplastados contra el vidrio frío, sudados.
—No, pará —le dije, todavía temblando del orgasmo.
—Callate.
Se arrodilló, me abrió las nalgas con las dos manos y me lamió el culo. Violento, húmedo, necesario. La lengua me entró un poco en el ano, moviéndose en círculos, ensalivándome todo el ojete. Me temblaron las piernas y casi me caigo del escritorio. Se escupió la mano y me mojó la concha con dos dedos, metiéndomelos y sacándomelos rápido para hacerme aflojar; entró de nuevo con la pija por el coño, fuerte, sin aviso. Me clavó a fondo dos, tres, cuatro veces, hasta dejarme jadeando con la mejilla apretada contra el vidrio. Después la sacó de golpe y escupió arriba de la espalda; el chorro me bajó por la raja de la cola. Llevó la saliva más abajo con los dedos y me empezó a bordear el ano, mojándomelo bien, después metiéndome un dedo hasta la primera falange. Le quise sacar la mano, apretando el culo por reflejo, pero me la agarró y me la llevó hacia adelante, obligándome a agarrarme del borde del escritorio con las dos.
—Quieta, puta —me dijo despacio al oído—. Vos me la pediste. Aflojá.
El dedo me entró entero. Dolía, pero me gustaba. Después metió dos. Me abría, ahí adentro, haciendo tijera. Es ahora o nunca, pensé sin razón, apretando los ojos y aflojando el culo lo mejor que pude. Después la pija. La sentí apoyarse en el ojete, mojada de mi propia concha y de la saliva. Primero lento, muy lento. La cabeza pasó y sentí un ardor que me quemó por dentro. Me tuve que juntar las rodillas del dolor. Grité contra el vidrio, tapándome la boca con la mano. Él siguió empujando, milímetro a milímetro, sin apuro, hasta que estuvo entera adentro, hasta los huevos, y me quedé sin aire.
—Aflojá, croatita —me murmuró, quieto, dejándome acostumbrarme—. Aflojá, respirá, ahora se te va a pasar.
Respiré. Aflojé el culo alrededor de la pija. Me acostumbré al calibre. Empezó a moverse muy suave, entrando y saliendo apenas los primeros centímetros. El dolor se mezcló con el calor y se hizo natural, y después bueno, y después necesario. Empecé a moverle la cola yo también, buscándolo, empujándome hacia atrás para que me la metiera más adentro. Él lo entendió y aumentó el ritmo. El golpe seco de su pelvis contra mi cola marcaba el compás, cachetazos húmedos con cada estocada. Me agarró de los pelos y me tiró la cabeza hacia atrás hasta arquearme entera.
—Mirá cómo te gusta que te la meta en el culo —me decía al oído, jadeando—. Sos una puta, croatita. Una puta hermosa. Con el culo apretado, mirá cómo me lo chupa la pija.
Le dije que sí a todo, sin voz. Me llegó la mano por adelante y me empezó a frotar el clítoris mientras me la metía en el culo. Dos orgasmos me subían al mismo tiempo, uno de cada lado. Me temblaba el cuerpo entero de la cintura para abajo. Apoyé la mejilla contra el vidrio, babeando descontrolada. Escuché que venía galopando el final de él, la respiración acelerada, los quejidos cada vez más cortos, las estocadas más brutas. La sacó de golpe del culo, me tiró del pelo hacia atrás y yo entendí de una. Me arrastró para que me diera vuelta y me puse de rodillas frente a la silla, con la boca abierta y la lengua afuera, esperando. Se masajeó la pija delante de mi cara, rápido, con la mano llena de saliva mía y de mi jugo. La punta se le puso más morada, se le hincharon las venas del tronco. Gimió una vez larga y terminó pintándome. El primer chorro me pegó en la mejilla y en la ceja, calentito y espeso. El segundo me cayó en la boca, sobre la lengua, y me llenó el paladar de leche tibia y salada. El tercero, más flojo, me chorreó por el mentón hasta el cuello y me bajó entre los pechos. Le siguió apretando la base y le sacó las últimas gotas, que le cayeron en la lengua. Lo miré con los ojos llenos, con la boca todavía abierta, y le sonreí mostrándole la lengua con la corrida encima. Me la tragué de una, cerrando la boca despacio, y le lamí después la punta de la pija, chupándole hasta la última gota.
***
Nos abrazamos un segundo, tiernos. Me pasó una toalla de mano. Me limpié la cara despacio, las mejillas, la pera, el cuello.
—Me tocó pintar a mí —dijo.
Recién ahí escuché que abajo el ruido del taller había vuelto. Metal contra metal, radio prendida, voces.
—¿Están todos ahí? —pregunté.
—Sí. Comen en la oficina de abajo.
Cerré los ojos. Me moría de vergüenza. Busqué la tanga en el piso, la vi rota y la guardé en la mochila hecha un bollo. Me pasé la mano por el coño y sentí que todavía estaba chorreada. Bajé la pollera y se me pegó, húmeda, a los muslos.
—Me voy. Mañana te traigo la plata.
—No. Quedate tranquila. Te la regalo, para el viaje de fin de cursada. Volvé cuando quieras.
Le di un beso corto en los labios. Saqué el celular para ver la hora y me di cuenta de que el sobre de mi papá seguía en la mochila, con la bandita elástica rota adentro.
—No me animo a bajar —dije.
—No escucharon nada. Quedate tranqui.
Se sentó a mirar un cuaderno como si no hubiera pasado nada. Respiré hondo y abrí la puerta. Cuando puse un pie en la escalera, los cuatro mecánicos levantaron la cabeza al mismo tiempo. Uno le dio un codazo al de al lado y le murmuró algo. Bajé mirando los rombos de metal y, entre las rejas, vi a uno de ellos que me miraba desde abajo, casi sin pestañear, buscándome entre las piernas. Sin tanga, sabía que me la estaba viendo entera. Pensé en taparme la pollera con la mano. No lo hice. Sonreí apenas y seguí bajando. Las piernas me temblaban, cansadas y doloridas, con el culo todavía ardiendo por dentro, irradiando un calor que no se me iba.
Me puse los anteojos negros antes de salir al sol. La siesta me pegó en la cara. Caminé de vuelta a casa con el sobre intacto en la mochila y una sonrisa que no pude borrar hasta la noche.

