El hijo del mecánico no me dejó irme esa tarde
Pasó hace un par de años, pero todavía lo recuerdo como si hubiera sido la semana pasada. Era la última semana antes del viaje de egresadas; no teníamos clases y en casa flotaba ese aire raro de los días que no son del todo vacaciones. Me levanté temprano, bajé a desayunar y mi papá me paró en la cocina con la tostada a medio terminar.
—Necesito que me hagas un favor —me dijo—. Llevale plata a Raúl, al taller. Hoy tiene que empezar sí o sí con el auto.
Mamá estaba de viaje por trabajo en Mendoza y él tenía que salir al día siguiente rumbo a Salta para un cliente importante. Le pregunté si podía ir al mediodía. Me dijo que era lo mismo, pero que no me olvidara. Dejó dos sobres sobre la mesa, pegados con una bandita elástica, y salió a trabajar.
Hacía calor. Elegí una pollera corta y una musculosa de algodón; nada que se me pegara al cuerpo. Corpiño no me puse. Se me notaban los pezones, pero me gustaba cómo la musculosa me levantaba los pechos. Son redondos y no demasiado grandes, pero con un poco de empuje parecen más. Estrené una tanga de algodón que me había comprado la semana anterior; se me erizó toda la piel cuando la sentí acomodarse. Chatitas en los pies, una ensalada rápida al mediodía, el paquete de plata en una mochila ajustada y los anteojos negros. Listo.
Salí y sentí algo distinto. No era la ropa, era yo. Caminaba de otra manera. Tenía mucha plata encima, estaba haciendo un mandado un día de semana y me sentía adulta, rompiendo una regla que nadie me había impuesto. Nunca me habían mirado tanto. A mi espalda, los tipos giraban la cabeza. La cadera me tomaba una cadencia que yo no pedí; sonreía y quebraba más la cintura, serpenteando. En una esquina, el viento me levantó la pollera. La bajé rápido, pero desde un auto alguien gritó «¡qué cola, mi amor!» y yo me reí con la cabeza baja.
El taller lo reconocí de lejos. Hacía años que no iba. Cuando entré me pegó de golpe la oscuridad, el calor y el olor a grasa y metal. Uno de los mecánicos, un pibe con overol hasta la cintura, soltó la herramienta y caminó hacia mí.
—¿Sí? ¿En qué te puedo ayudar?
—Busco a Raúl. Traigo algo que me dio mi papá.
—Raúl no está —me contestó mirándome las piernas—. Pero está Damián. El hijo. Está arriba.
Subió una escalera metálica que daba a una oficina con ventanal y persianas americanas. Mientras esperaba abajo, los otros tres mecánicos dejaron lo que estaban haciendo para mirarme sin disimulo. Cada tanto caía una herramienta y el golpe me hacía saltar. Me saqué los anteojos y los guardé en la mochila. Arriba, una silueta se asomó entre las persianas y después el pibe bajó como un perrito.
—Te dice que subas.
La escalera era alta, de rejas; los escalones formaban rombos por los que se veía hacia abajo perfectamente. Me agarré la pollera y me la pegué a la cola con la mano libre, pero era imposible taparlo todo. Subí despacio, mirando al frente, sintiendo cuatro pares de ojos tratando de colarse entre mis piernas. Cuando llegué arriba, golpeé el vidrio de la puerta.
—Pasá —dijo una voz, en movimiento.
Cuando entré, estaba descolgando un póster de la pared. Alcancé a ver la cara de una modelo rubia antes de que lo enrollara.
—Ja, lo bajo para que no se ponga celosa de vos.
Me reí por compromiso. Damián era mucho más joven que su padre, flaco, alto, con una camisa arremangada hasta el codo y un tatuaje tribal que le bajaba por el antebrazo. Sonrisa blanca, llena de dientes. Los ojos le brillaban de una forma que me incomodó y me gustó al mismo tiempo.
—Vengo de parte de Darko Jurić —dije, tratando de pronunciar bien el apellido de mi viejo.
—El croata. Ya sé. Sos una croatita, mirá vos. No podrías ser más blanca y rubia. ¿No te acordás de mí?
Me acordaba del taller de cuando tenía diez u once años. De él, no.
—Eras re chiquita. Venías con tu viejo y yo te traía acá arriba para que dibujaras. Se notaba que ibas a ser hermosa. El pelo se te oscureció un poco, pero esa piel de porcelana sigue igual. Eras flaquita. Ahora tenés más curvas que el circuito de Suzuka.
—No conozco Suzuka —me reí.
—Mejor así. Dejá el bolsito allá, en el sillón.
Apoyé la mochila al fondo de la oficina y, cuando volví, me invitó a sentarme. Estuvimos charlando. Le conté del viaje de egresadas, del bondi que íbamos a tomar, de los días de playa. Él se reía. «El descontrol que vas a hacer», repetía. Me dijo que todos los mecánicos se iban a comer abajo y que él se iba a pedir algo, que si quería quedarme a comer con él, invitaba. Dudé dos segundos. Le dije que sí.
La comida llegó en veinte minutos. Ensalada con carne. Me sirvió agua fría en un vaso largo y me la tomé de un sorbo, con sed de verdad. Se me escapó un poquito por la comisura y me tuve que pasar la mano. Él estaba del otro lado del escritorio de vidrio, mirándome con disimulo el borde de la pollera. Cuando tuve que cortar la carne usé las dos manos, y la mirada se le fue directo entre mis muslos. Crucé las piernas despacio. No me importó que se me viera. Miré el pantalón y le noté el bulto, duro, tirando de la tela. Sentí un calor que me trepaba desde los pies, por los gemelos, por los muslos.
—Está rica, ¿no? —dijo, y sin hacer pausa—: ¿Cuántos novios tenés?
Me atraganté. Él se paró, riéndose, y me sirvió más agua. Esta vez el agua me cayó en la pollera y un poco en el muslo. Sin esperar, agarró un trapo del escritorio, se arrodilló a mi lado y me empezó a secar. El trapo tenía un poco de grasa y me dejó una mancha oscura arriba de la rodilla. Bufó, pidió disculpas y me la limpió con los dedos, despacio. Sentí la piel arder. Acomodé la cola más adentro de la silla y arqueé la espalda sin darme cuenta.
—Era solo una pregunta —dijo, y volvió a su lado del escritorio.
—No tengo novio.
Levantó las cejas sin decir nada. Se le escapó la mirada otra vez al triángulo. El silencio se hizo denso.
—Te doy la plata —dije, por romperlo.
—Dale, como quieras.
Fui al sillón. Me agaché a abrir la mochila.
—Ah, no —dijo con voz airosa—. Quedate siempre así, para siempre.
La pollera se me había subido y le estaba regalando la vista del nacimiento de la cola. No me moví. En vez de levantar el bolso, lo abrí apoyado sobre el sillón y, de espaldas, saqué el sobre despacio. Escuché los pasos y después la voz al oído.
—Es mucha plata. Qué rico perfume tenés.
Me di vuelta. Quedamos cara a cara, con el sobre aplastado entre él y mis pechos. Lo agarró sin apuro y los nudillos me rozaron apenas la piel. Los pezones se me endurecieron. Me mordí el labio sin pensar. Se rió, se dejó caer en el sillón y abrió el sobre. Sacó el fajo, lo pesó con los dedos y me pidió que le alcanzara un papel del escritorio. Me di cuenta de que quería verme de atrás. Fui, lo agarré, se lo mostré desde lejos y él asintió. Caminé hasta el sillón con el papel y se lo dejé en la mano.
—Me mandó la mitad —dijo, mirándome.
Me empezó un temblor de verdad en las rodillas.
—¿Podés empezar igual, no? —tartamudeé.
—No. No puedo.
—Llamo a mi papá y te la traemos.
—Olvidate. En una hora viene el flaco con el repuesto y no me lo deja sin la guita completa. Cómo está el país, todos quieren cobrar ya. Lo empezamos otra semana.
—No. Mi papá lo necesita sí o sí. Se va mañana a Salta.
—Y bueno. Que no vaya.
—¿No tenés vos para adelantarle? Mañana te traigo el resto, te lo juro.
—No sé. No creo.
Le empecé a rogar. No sé si fue el calor de la oficina, la comida, el agua fría, los ojos de él. Me puse de rodillas sin pensarlo. Caminé dos pasos con las rodillas y le apoyé los codos en los muslos. Le miré la bragueta. La tela estaba estirada. Lo miré a los ojos. Le deslicé las manos por las piernas, muy despacio, hacia arriba. Carraspeó y se acomodó en el sillón.
—Quizás tengo algo de plata acá —dijo.
—¿Sí?
Incliné la cabeza, le apoyé la mejilla en la rodilla y lo miré con los ojos bien abiertos. Le llevé la mano izquierda hasta la tela hinchada y la dejé a un milímetro, sin tocarlo. Solo los calores se tocaban. Bufó. Me bajó la mano con la suya. Con la otra me abrió los labios; sentí el pulgar en los dientes y los separé como una puerta que se desliza sola. Le recibí el dedo con la punta de la lengua, hecha lanza.
Las respiraciones cambiaron, pero a ritmos distintos. Él se apuró a desabrocharse el pantalón. Le frené la mano. Moví la cabeza. Le abrí las piernas, entré entera entre ellas y fui yo la que le desabrochó el botón sin dejar de mirarlo. Le metí la mano. Un choque de calores: yo tibia, él ardiendo, pero un poco flácido. Lo saqué forzando la tela. Cabía justo entre mis dos manos. Empecé a masajearlo de arriba abajo, despacio. Tiré saliva desde arriba, acerqué la cara, saqué la lengua y le mostré cómo la saliva le caía justo en la cabeza. Le tiró la cabeza hacia atrás por un segundo. Le di besos, le fui bajando la piel. Le lamí despacio, en círculos. Después me lo fui metiendo, de a poquito, mirándolo a los ojos. Me agarró el pelo. Le saqué la mano sin soltarlo con la boca.
—No podés ser tan puta —dijo.
—¿Viste?
Se paró y me levantó del piso. Me dio vuelta, me agarró la cintura y me empezó a dar besos en el cuello. La otra mano me entró por debajo de la pollera. Los dedos me recorrieron los labios, cada tanto acertándole al clítoris. Las rodillas me chocaron. Gemí por primera vez en voz alta. Me empujó, besándome el cuello, hasta el escritorio. Apoyé las manos. Saqué la cola para afuera. Me bajó la musculosa y los pechos me quedaron a medio caer, pesados. Me levantó la pollera, me corrió la tanga al costado y me lamió desde la cintura hasta las nalgas. Le sentí la lengua chocar con la humedad que ya estaba ahí. Los dedos me entraron. Contraje toda la pelvis. Se me escapó un gemido más fuerte.
—Cogeme ya —le rogué.
Se paró. Me irguió, me dio vuelta y nos besamos. No dijo nada claro, pero murmuró algo en el oído que sonó brutal. Le dije que sí con los ojos. Me sacó la musculosa, me apoyó la frente contra el vidrio frío del escritorio. Se escuchó un desgarrito cuando me corrió la tanga del todo.
—Uy, sí —recé.
En cuatro, con la cola empinada, sentí la pija pasarme primero por una nalga, después por la otra, y después empezar a abrirme los labios. Fue entrando despacio, pero entró. Tuve que tirar la cabeza para atrás. Me agarró el pelo y me tiró. La cintura empezó a marcar un ritmo cada vez más rápido. Los gemidos me salieron agudos, sin control. Una gota de saliva me cayó de la boca al vidrio y él, sincronizado, me la limpió con el pulgar. Me bajó la tanga hasta las rodillas y yo lo ayudé levantando los pies.
Me levantó, me dio vuelta y me sentó sobre el escritorio. El frío me llegó a la cola. Se escupió la pija y yo la esparcí con la mano. Me escupió la mano y me la pasó por la concha. Nos besamos. Los pelos del pecho me rasparon los pezones. El gusto era a metal y a sexo. Cuando me la metió de nuevo, me expandió de una. Le crucé los brazos por el cuello y encontramos un ritmo parejo. Me cargó, con la pija adentro; le abracé la cintura con las piernas y no quise soltarlo. Me llevó así hasta la silla y se sentó. Empecé a saltar. Me chupaba los pechos. Me puso la mano en la boca; le chupé el dedo. Me dio una cachetada suave.
—Más —dije sin pensarlo.
Me pegó de nuevo. Me agarró el pelo con una mano y con la otra me seguía golpeando la cara, suave, mientras yo saltaba. Todo era agua. Empecé a gritar un poco porque un cosquilleo me nacía en la pelvis. Tiró la silla para atrás. Me paró, me dio vuelta y me apoyó otra vez contra el escritorio, ahora con los pechos contra el vidrio frío.
—No, pará —le dije.
—Callate.
Se arrodilló, me abrió las nalgas y me lamió el culo. Violento, húmedo, necesario. Me temblaron las piernas. Se escupió la mano y me mojó la concha; entró de nuevo, fuerte. Después escupió arriba de la espalda, llevó la saliva más abajo y me empezó a bordear el ano con el dedo. Le quise sacar la mano, pero me la agarró y me la llevó hacia adelante. El dedo entró. Dolía, pero me gustaba. Es ahora o nunca, pensé sin razón, apretando los ojos. Después la pija. Primero lento, muy lento. Me tuvo que juntar las rodillas del dolor. Grité. Él siguió, despacio, hasta que el dolor se mezcló con el calor y se hizo natural. El golpe seco de su pelvis contra mi cola marcaba el compás. Me dijo cosas duras que apenas escuché. Apoyé la mejilla contra el vidrio. Escuché que venía galopando el final. La sacó, me tiró del pelo y yo entendí. Me puse de rodillas. Se masajeó la pija delante de mi cara y terminó pintándome. Lo miré con los ojos llenos y le sonreí.
***
Nos abrazamos un segundo, tiernos. Me pasó una toalla de mano. Me limpié la cara despacio, las mejillas, la pera.
—Me tocó pintar a mí —dijo.
Recién ahí escuché que abajo el ruido del taller había vuelto. Metal contra metal, radio prendida, voces.
—¿Están todos ahí? —pregunté.
—Sí. Comen en la oficina de abajo.
Cerré los ojos. Me moría de vergüenza. Busqué la tanga, me la puse como pude. El desgarrito del elástico se notaba.
—Me voy. Mañana te traigo la plata.
—No. Quedate tranquila. Te la regalo, para el viaje de egresadas. Volvé cuando quieras.
Le di un beso corto en los labios. Saqué el celular para ver la hora y me di cuenta de que el sobre de mi papá seguía en la mochila, con la bandita elástica rota adentro.
—No me animo a bajar —dije.
—No escucharon nada. Quedate tranqui.
Se sentó a mirar un cuaderno como si no hubiera pasado nada. Respiré hondo y abrí la puerta. Cuando puse un pie en la escalera, los cuatro mecánicos levantaron la cabeza al mismo tiempo. Uno le dio un codazo al de al lado y le murmuró algo. Bajé mirando los rombos de metal y, entre las rejas, vi a uno de ellos que me miraba desde abajo, casi sin pestañear. Pensé en taparme la pollera con la mano. No lo hice. Sonreí apenas y seguí bajando. Las piernas me temblaban, cansadas y doloridas, irradiando un calor que no se me iba.
Me puse los anteojos negros antes de salir al sol. La siesta me pegó en la cara. Caminé de vuelta a casa con el sobre intacto en la mochila y una sonrisa que no pude borrar hasta la noche.