La tarde que mi profesor cerró la biblioteca conmigo
Mi nombre es Carolina, tengo diecinueve años y cursaba el último semestre de preparatoria en un colegio privado donde todavía exigían uniforme. Falda gris hasta la rodilla, blusa blanca, suéter azul marino con el escudo bordado. No soy alta, mido un metro sesenta, pero tengo la cintura estrecha y unas curvas que siempre llamaron más atención de la que yo buscaba.
El uniforme lo usaba como cualquier otra alumna, ni demasiado largo ni demasiado corto, pero la falda me gustaba flojita. No era descuido. Era una pequeña costumbre que me dejaba moverme con libertad, cruzar y descruzar las piernas sin pensarlo demasiado. Y a veces, cuando algo me distraía, las cruzaba sin darme cuenta de quién estaba mirando.
El profesor de literatura era el más serio del equipo docente. Se llamaba Esteban Bravo, tenía treinta y muchos, una barba bien recortada y la voz de quien lee poesía en voz alta los domingos. Hasta esa semana jamás se había detenido a mirarme más allá de la lista de asistencia.
Aquel martes algo cambió.
Yo había empezado a usar tangas a diario, sin razón especial, simplemente porque me hacían sentir distinta debajo del uniforme. Estaba sentada en la tercera fila, con la espalda recta y un cuaderno abierto sobre las rodillas. Crucé las piernas. Las descrucé. Volví a cruzarlas. Y entonces lo vi: el profesor Bravo no había vuelto a mover la mirada del pizarrón, salvo para verme a mí.
—Carolina, acércate un momento —dijo, sin alterar el tono.
Caminé hasta su escritorio. Olía a colonia limpia y a tabaco viejo.
—Deja de distraerme —murmuró tan bajo que solo yo lo escuché.
Volví a mi pupitre con el corazón acelerado y entendí exactamente lo contrario de lo que él pretendía. Si distraerlo era un problema, entonces yo iba a ser un problema enorme. Crucé las piernas otra vez, esta vez más despacio, y cuando levanté la cabeza descubrí que él se había acomodado en la silla de un modo extraño. Las piernas más juntas, una mano sobre el muslo y el otro brazo apoyado contra el escritorio para esconder algo. Cuando entendí qué era, me mordí el labio para no sonreír.
El resto de la clase la pasé jugando a no jugar. Él leía a Borges en voz alta y yo cruzaba y descruzaba las piernas como si fueran la sintaxis de otro idioma. Cada vez que él levantaba la vista del libro, sus ojos venían a parar a mis muslos. Cuando terminó, se quedó tras el escritorio mientras todos salíamos. No se levantó.
No podía levantarse.
Esa tarde, en mi habitación, me toqué pensando en él. Pensaba en cómo me miraba, en cómo se le marcaba la erección bajo el pantalón gris de gabardina, en cómo seguramente, después de la última clase del día, se encerraba en su cubículo y se masturbaba imaginando lo mismo que yo. Acabé tres veces antes de la cena.
***
El miércoles tenía clase con él en la última hora. Me preparé con calma. Me puse una tanga negra de encaje, la más fina que tenía, y dejé desabotonado el primer botón de la blusa. Cuando entró al salón saludó al grupo con voz neutra, pasó lista y empezó a explicar un tema sobre el modernismo. Yo abrí el cuaderno, lo miré a los ojos durante demasiado tiempo y entonces, sin que nadie más se diera cuenta, separé las rodillas un par de centímetros.
El encaje negro contra la piel pálida.
Él se quedó callado a mitad de una frase. Tardó dos segundos largos en retomar el hilo.
—Carolina —dijo—, pasa un momento.
Cuando estuve frente a su escritorio, bajó la voz.
—No vuelvas a hacer eso. No voy a aguantar.
—¿Puedo ir al baño? —pregunté, como si no le hubiera escuchado.
Asintió. Tomé el suéter como si me pesara y salí al pasillo. En el baño me quité la tanga, la guardé en el bolsillo interior del suéter y me subí la falda dos dedos. Cuando regresé al salón, la situación era distinta y los dos lo sabíamos. Me senté, abrí el cuaderno, separé las rodillas y dejé que él entendiera.
Le sonreí. Cerré las piernas.
Quince minutos después me llamó otra vez. Esta vez no se molestó en disimular.
—Si no piensas usar ropa interior en mis clases, dámela.
—No, profe. Me la regalaron.
—Préstamela. Te la devuelvo en la próxima clase. Con una sorpresa.
Lo miré a los ojos. Tenía las pupilas grandes y la mandíbula tensa. Saqué la tanga del bolsillo interior del suéter, escondida entre dos pañuelos de papel, y la dejé sobre su escritorio sin que nadie viera nada. Él la guardó dentro del portafolio negro de cuero, se acomodó las gafas y siguió explicando el modernismo como si nada.
—Yo también voy a tener una sorpresa para usted —murmuré antes de regresar a mi lugar.
***
El viernes me desperté con el estómago revuelto, no de miedo, sino de anticipación. Llegué al colegio media hora antes de la entrada. Pasé la mañana entera con la cabeza puesta en la última clase. Antes de entrar al salón, me metí al baño de mujeres, me quité la tanga roja de algodón que había usado todo el día y me acomodé la falda.
Me senté en la primera fila.
El profesor Bravo entró sin mirar a nadie. Empezó a pasar lista. Cuando llegó a mi nombre se acercó y, con un movimiento tan natural que nadie sospechó, dejó un sobre blanco sobre mi cuaderno.
—Léelo —dijo en voz baja—. Y haz lo que dice.
Esperé tres minutos para abrirlo. Adentro estaba mi tanga negra de encaje, doblada con cuidado, y un papelito con una sola línea: «Póntela. Vuelve. No digas nada».
Cuando la saqué del sobre noté el olor antes de sentirlo. Olía a él. A semen reciente. Tuve que apretar los muslos contra la silla para no soltar un sonido. Levanté la mano, pedí permiso para ir al baño y crucé el pasillo con el pulso galopando. En el baño me la puse despacio, ajustándola hasta que la tela mojada se acomodó entre mis labios. Sentía el peso de la humedad. Sentía la marca de él, todavía tibia.
Volví al salón con la respiración corta. Me senté, abrí las piernas un dedo, y él lo notó. Sin dejar de explicar la lectura del día, me sonrió apenas, casi imperceptible.
—Carolina es una alumna muy obediente —dijo de pronto, dirigiéndose a todo el grupo—. Voy a recompensarla con una clase particular en la biblioteca después del recreo.
El salón rio sin entender. Yo bajé la mirada al cuaderno y dejé que el calor me subiera por el cuello.
***
Cuando sonó el timbre del recreo largo, él pasó por mi salón y le avisó al profesor de la última hora que me llevaba a la biblioteca para una corrección extraordinaria. El otro profesor se encogió de hombros y me dijo que me llevara la mochila por si no regresaba. No regresé.
La biblioteca quedaba en el ala norte, lejos del patio. Era un espacio largo, con techo de doble altura, dos hileras de libreros antiguos y una bibliotecaria que ese día estaba de licencia. Él lo había planeado todo. Cerró la puerta con llave por dentro, sin prisa.
—Sabes lo que va a pasar —dijo.
—Lo sé.
—¿Qué quieres tú a cambio?
—¿Mejores calificaciones? —probé, riendo bajo.
—Tienes promedio diez, Carolina.
—Entonces dinero —dije, sin dejar de mirarlo a los ojos.
Sacó la cartera del saco, sin discutir, y dejó tres billetes sobre la mesa de lectura más cercana. Los guardé en el bolsillo interior de la mochila y dejé caer el suéter al suelo.
Se acercó por detrás. Me apartó el pelo del cuello y me besó justo debajo de la oreja. La mano le temblaba un poco cuando me desabotonó la blusa, botón por botón, sin urgencia. La otra mano se deslizó por debajo de la falda y siguió subiendo hasta que sus dedos rozaron la tela mojada de la tanga. Apreté los muslos contra él.
—Estás empapada —dijo contra mi oído.
—Llevo dos días así.
Me llevó hasta el pasillo entre dos libreros, donde nadie podía vernos aunque alguien forzara la puerta. Sacó una colchoneta delgada que escondía detrás de una enciclopedia. Me hizo recostarme. Me subió la falda hasta la cintura y me apartó la tanga con el dedo. Cuando bajó la cabeza y empezó a hacerme sexo oral, mordí la manga del suéter para no gritar. Tenía la lengua experta, paciente, como si llevara semanas ensayando ese gesto.
Me corrí en su boca casi sin avisar.
Cuando levantó la cabeza, le sonreía toda la boca. Yo me incorporé, lo empujé contra la colchoneta y le abrí el cinturón. La verga se le marcaba a través del bóxer gris, pesada, dura, con las venas remarcadas. Se la saqué despacio. Era de tamaño normal, pero tenía algo en la curvatura que prometía.
Le hice una mamada larga. Él me sostenía la nuca con las dos manos y, cada tanto, me la hundía hasta el fondo, hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas. Cada vez que me ahogaba me soltaba un instante. Cada vez que recuperaba el aire, volvía a empujar.
—Vas a aprender —murmuraba— a no provocar a tu profesor.
Me apartó de su verga, me recostó otra vez, me hizo a un lado la tanga húmeda y me penetró de una sola vez. Sentí el golpe en todo el cuerpo. Levanté las caderas para encontrarlo. Empezó a moverse, primero despacio, midiéndome, hasta que comprendió que yo no necesitaba que me midiera.
—Más fuerte, profe —pedí.
Me agarró las piernas, las separó más y aceleró. Cada embestida me sacudía contra la colchoneta y yo gemía en voz baja, mordiendo la base de la mano. Después me hizo arrodillarme contra la última fila de libreros. Apoyé las palmas en los lomos polvorientos de unos volúmenes encuadernados en cuero. Él se metió detrás, se hundió otra vez y me dio una nalgada que me arrancó un gemido más alto del que podía permitirme.
—Más bajito —susurró—. Si nos descubren no te puedo defender.
Asentí. Apreté los dientes.
—Soy una alumna muy puta, profe —murmuré entre embestidas—. Castígueme.
Le gustó escucharme. Se le aceleró la respiración contra mi nuca, las manos se le clavaron en mis caderas y me cogió todavía más fuerte, llamándome obediente, llamándome suya, llamándome cosas que jamás habría imaginado escuchar en su voz medida de profesor de literatura.
Sonó el timbre de salida en algún lugar lejano del edificio. Lo escuchamos como si fuera otra dimensión. Él no se detuvo. Aceleró todavía más, y yo sentía el calor subiendo desde el vientre hasta el cuello. Cuando estaba a punto de venirse, sacó la verga y me llenó la espalda baja y las nalgas con un chorro tibio que me hizo temblar.
Me corrí casi al mismo tiempo, en silencio, mordiendo la manga del suéter.
***
Me limpió con un pañuelo de tela del bolsillo interior del saco. Me acomodó la tanga, todavía mojada, ya no sabía si por él o por mí. Me ayudó a abotonarme la blusa con dedos lentos. Me besó una vez, suave, en la frente, y abrió la puerta de la biblioteca como si nada hubiera pasado.
Salí al pasillo justo cuando los últimos compañeros bajaban hacia la salida. Me uní a la fila como si volviera de una corrección extraordinaria. La falda se me pegaba un poco a los muslos. Sentía el peso húmedo de la tanga a cada paso. Sentía, sobre todo, una calma extraña, una sensación de haber cruzado una línea de la que no quería volver.
Cuando llegué a casa me encerré en el baño antes de saludar a nadie. Me bajé la tanga con cuidado, me la acerqué a la cara, la olí. Sabía a él, sabía a mí, sabía a una mezcla nueva que me hizo apretar las piernas otra vez. Pasé la lengua por la tela, despacio, y me prometí que el lunes iba a llevar otra tanga distinta a su clase. Él iba a tener que inventar una nueva sorpresa.
Y yo, otra obediencia.