Enterré a mi marido y el jardinero seguía en la casa
Abrí la puerta esperando olor a humedad y abandono. La casa olía a café recién hecho y a hombre. Y él estaba ahí, sirviéndose una taza como si fuera el dueño.
Abrí la puerta esperando olor a humedad y abandono. La casa olía a café recién hecho y a hombre. Y él estaba ahí, sirviéndose una taza como si fuera el dueño.
Esa polla que la había dejado temblando el sábado pertenecía al hombre que el lunes firmaría sus evaluaciones. Y ninguno de los dos pensaba detenerse.
Pasé doce meses cargando focos y odiando mi vida. Esa madrugada, junto a la fuente, una desconocida me pidió que la fotografiara como nadie se había atrevido.
Nunca pensé que sería capaz de algo así, pero el ultimátum del banco estaba sobre la mesa y solo se me ocurrió una salida que ninguno de los dos olvidaría.
Un coche frenó a mi lado y me preguntó el precio. Tenía treinta y siete años, era abogada y, por una vez, decidí no decir que no a la locura.
Aparqué junto a su coche sin saber que esa tarde libre terminaría con ella subiéndose al mío, en el rincón más oscuro del parking.
Desde la pista ya nos buscábamos las manos con disimulo; lo que no terminamos en el auto lo seguimos en mi cuarto, sin prisa y sin nada puesto.
Me deslizó un papelito en la mano al levantar el plato. Lo leí en la habitación: era su número. Y supe que esa noche no iba a quedarme sola.
Encontré sus braguitas en el suelo del pasillo, con una nota encima. A partir de esa noche, los dos jugamos a un juego del que ninguno quería salir.
Lo guardé más de una década. Todo empezó por un par de medias blancas y terminó en un auto, a las dos de la mañana, con la última persona con la que debía meterme.
Cuando me abrió la puerta con ese vestido corto y esa sonrisa cargada de alcohol, supe que la noche no iba a terminar como ella había planeado.
Llegué al portal sin saber si iba a tener el valor de subir. Me llamo Esteban, tengo 48 años y arriba me esperaba una pareja a la que solo conocía por mensajes.
Cuando bajé del avión a las dos de la mañana, no imaginaba que dormiría bajo el mismo techo que ella. Solo sabía que mi hermano había muerto y que yo estaba demasiado solo.
Caminé hasta ese portón oxidado vestida solo para él, con el pulso en la garganta. Ese día descubrí cuánto me gustaba ser deseada por alguien que ni conocía.
Aún tenía el sabor de otro hombre en la boca cuando entendí que esa noche no iba a detenerme, aunque mi hermana estuviera en la habitación de al lado.
Crucé los brazos para esconder lo que el frío de la sala había delatado en mí. Entonces se sentó a mi lado, sin pedir permiso, como si el asiento fuera suyo.
Estaba distraída con el móvil cuando sentí sus manos en mis costillas. Esa noche, en el patio, no quedó nada inocente entre nosotros.
Sabía que tarde o temprano vendría a buscarme. Solo tenía que esperar bajo la farola y dejar que su culpa hiciera el resto del trabajo por mí.
Cuando rechacé a Nuria por respeto a mi novia, ella encendió el portátil y abrió una videollamada. Al otro lado estaba Marina, sonriendo. «Fue idea mía», dijo.
Pagué la entrada, elegí la cabina del fondo y me senté en la penumbra a esperar. No buscaba una cara ni un nombre: buscaba el morbo de no saber quién estaba al otro lado.