Mi primera vez con un hombre en un parque
Solo iba a mirar y a quitarme el morbo, pero cuando le vi la polla supe que no iba a volver a casa siendo el mismo.
Solo iba a mirar y a quitarme el morbo, pero cuando le vi la polla supe que no iba a volver a casa siendo el mismo.
Cuando me dijo que nunca había visto una verga, supe que esa noche no iba a volver a casa siendo la misma mujer.
Apenas abrí la puerta, la besé con hambre. Ella temblaba, decía que era una locura, pero subió a mi cuarto sin soltarme la mano.
Ella solo quería perder el miedo, pero cada foto y cada orden la empujaron a una iniciación anal que no iba a olvidar.
Empecé a masturbarme en silencio junto a ella, pero cuando creyó que dormía, su mano se movió debajo de la sábana y todo cambió.
Fui a pedirle ayuda por una llave rota y terminé descubriendo cómo se siente que un hombre experimentado te quite el aire y la vergüenza.
Pensé que solo estábamos jugando bajo la mesa, hasta que me besó con la boca llena de la corrida de otro hombre.
Mi vestido era demasiado corto, él no apartaba los ojos de mis piernas y, antes de medianoche, yo ya sabía cómo terminaría esa fiesta.
Me vestí para provocarlo, segura de que esta vez llevaría yo el control. No imaginé que bastaría una mirada suya para que toda mi seguridad se viniera abajo.
Era virgen, estaba deprimido y solo quería que alguien le creyera. Acepté verlo en la última fila de un cine a oscuras, y lo que pasó allí todavía me da morbo.
Me levanté antes del segundo despertador. Sabía que, si jugaba bien mis cartas, los dos llegaríamos al trabajo con una sonrisa difícil de disimular.
Las sábanas seguían tibias, pero él ya no estaba. Lo seguí hasta el baño sin imaginar hasta dónde íbamos a llegar antes del desayuno.
Me tomo la pastilla, elijo bien y me dejo llevar. El morbo no está en el riesgo, está en perder el control con alguien que sabe exactamente lo que quiero.
Lo conocí recogiendo el correo. Una semana después estaba de rodillas en el cuarto de contadores, preguntándome cómo había perdido el control tan rápido.
Mientras la aguja caía sobre el vinilo, ella se reclinó en el sofá y susurró que era completamente suya. Lo que pasó esa tarde duró mucho más que la música.
Reconocí su cara en el semáforo y supe que esa semana de trabajo no terminaría como las demás. Solo me faltaba una excusa para tocar su puerta de noche.
Faltaba una hora para que vinieran a recogerme. Me ajusté la falda negra frente al espejo y entendí que el precio de la deuda iba a pagarlo yo.
Bajé pensando que pararía en cualquier momento. Que diría basta, que esto no iba conmigo. A los quince minutos gritaba justo lo contrario.
Abrí la puerta esperando olor a humedad y abandono. La casa olía a café recién hecho y a hombre. Y él estaba ahí, sirviéndose una taza como si fuera el dueño.
Esa polla que la había dejado temblando el sábado pertenecía al hombre que el lunes firmaría sus evaluaciones. Y ninguno de los dos pensaba detenerse.