Lo que te hice mientras tenías el micrófono abierto
Estoy desnuda sobre las sábanas, con las luces apagadas y un calor que no se va aunque haya dejado la ventana abierta. La almohada huele a ti, a tu colonia, a tu jabón, y eso me basta para que la mano se me escape sola hasta el pezón. No estoy haciendo nada todavía. Apenas me rozo, mientras dejo que la memoria me arrastre hasta esa noche.
Hace tres meses, tal vez cuatro. Era miércoles, lo sé porque los miércoles tú jugabas con Tomás y Bruno hasta tarde. Valorant, esa vez. Llevabas más de dos horas frente a la pantalla, con los auriculares apretándote las orejas y la cara iluminada por el azul sucio del monitor. Yo te miraba desde el sofá, con un libro abierto que no estaba leyendo, escuchando cómo maldecías en voz baja cada vez que un enemigo te atravesaba la cabeza desde un ángulo imposible.
Estabas en bóxer y nada más. Te gusta jugar así, dices que el calor de la PC te ahoga si te pones camiseta. Yo te conozco esa manía hace años, y la mayoría de las noches no me llama la atención. Pero esa noche sí.
No sé qué fue. La forma en la que te pasabas la mano por la nuca cuando te concentrabas. El cuello tirante. Los hombros que se te marcaban cada vez que apoyabas los codos sobre el escritorio. Algo se me prendió por dentro y empecé a pensar en lo que podía hacerte sin que pudieras defenderte.
—Voy a ver una serie a la cama —te dije.
Tú levantaste una mano sin darte vuelta, en señal de que me escuchabas, y seguiste apuntando a un punto invisible del mapa. Sabía que en cinco minutos ya te ibas a olvidar de mí.
No fui a la cama.
Me metí al baño, me saqué la ropa con cuidado de no hacer ruido y dejé todo apilado en el cesto. Me quedé solamente con la tanga negra, esa que me regalaste para mi cumpleaños y que nunca había usado. La habitación seguía iluminada únicamente por el monitor. Tu silla giratoria estaba pegada al escritorio, las piernas abiertas en esa pose tuya de jugador concentrado, y yo me acerqué descalza por la alfombra.
Te abracé desde atrás antes de que pudieras notarme. Apoyé los pechos contra tus omóplatos y te besé el cuello, justo debajo de la oreja, donde sé que te eriza la piel. Sentí cómo te ponías rígido, cómo contuviste el aire un segundo antes de seguir respirando con normalidad.
—¿Qué pasa? —te preguntó Tomás por el micrófono.
—Nada —contestaste con la voz más plana que pudiste—. Mosquito.
Ahí me reí en silencio contra tu cuello. Estaba decidida a hacerte sufrir.
Te pasé la lengua por el lóbulo, te mordí el cartílago de arriba, dejé que mi aliento se metiera dentro de los auriculares por el costado. Tú seguías clavado a la silla, con los dedos blancos del esfuerzo de no soltar el ratón. Te besé el cuello otra vez, más abajo, y empecé a bajar por el costado.
Mis labios encontraron el hueso de tu hombro, después el bíceps, después la cintura. Los músculos del vientre se te tensaron cuando te besé el costado de las costillas. Yo iba doblándome, agachándome, hasta que me arrodillé entre tus piernas, debajo del escritorio.
Echaste la silla un poco hacia atrás. Solo lo necesario para que entrara. No dijiste nada, no podías. Bruno estaba pidiendo cobertura por el micrófono y tú le respondías con monosílabos cortos.
Te miré desde abajo. Tú no podías mirarme: tenías que seguir el mapa. Pero sentías cada movimiento mío, te lo veía en la mandíbula, en la forma en la que apretabas los dientes.
Te besé el vientre. Te mordí justo arriba del elástico del bóxer. Te metí la lengua dentro del ombligo y vi cómo se te erizaron los pelos del muslo. Llevaba puesta una sonrisa que tú no podías ver, pero que seguro adivinabas.
Cuando te bajé el bóxer hasta los tobillos, ya estabas medio duro. Me lo tomé como un cumplido. Subí por la cara interna del muslo con la lengua, despacio, hasta llegar a la base. La punta me la guardé para el final.
—¿Estás ahí? —preguntó Tomás.
—Sí, sí —dijiste, demasiado rápido—. Estaba comiendo algo.
Y entonces te la metí entera de una.
Te sentí estremecer, todo el cuerpo, desde la nuca hasta las plantas de los pies. La mano izquierda se te disparó al teclado y silenciaste el micrófono apenas a tiempo. Soltaste un gemido bajo, ronco, que te salió desde el pecho. Yo me lo tomé como un trofeo.
***
El vaivén lo hice yo, a mi ritmo. Lento al principio, casi cariñoso, dejando que la sintieras crecer dentro de mi boca. Cuando la tenía hasta el fondo, paraba un segundo y te apretaba con la lengua contra el paladar. Tú largabas el aire de a poco por la nariz, intentando no hacer ruido, mientras tu personaje en la pantalla se quedaba quieto detrás de una caja y Bruno te insultaba.
Activaste el micrófono de nuevo.
—Perdón, perdón, ya vuelvo —dijiste—. Estoy raro hoy.
Y lo apagaste otra vez. Yo me reí con la boca llena y la vibración te hizo apretar el respaldo de la silla con la mano libre.
Empecé a alternar. Estocadas profundas que me hacían llorar y babear, con succiones cortas en la cabeza, ahuecando los cachetes para apretarte mejor. La mano derecha te agarraba la base, la izquierda viajaba sola. Bajé los dedos por mi propio cuerpo, le esquivé la tanga y me toqué.
Estaba empapada. No era una sorpresa, pero igual me sorprendió. La humedad me corría hasta el muslo. Pasé un dedo, después dos, y empecé a moverme contra mi propia mano al mismo ritmo que tu verga entraba y salía de mi boca.
Mis gemidos no eran silenciosos. La habitación se llenó de un sonido húmedo, espeso, mezclado con el crujido de las balas del juego saliendo por los altavoces. Yo gemía contigo adentro, tú te tragabas los gemidos para no traicionarte frente a tus amigos.
Te miré una vez. Tenías la mandíbula trabada, el labio inferior atrapado entre los dientes, el cuello manchado de rojo por la presión. Tus ojos seguían en la pantalla, pero no enfocaban. Estabas perdiendo la partida, lo sabíamos los dos, y no te importaba.
Aceleré. Mi mano entre las piernas se volvió frenética. Sentí el calor concentrarse en el bajo vientre, ese cosquilleo eléctrico que sube desde adentro y avisa que falta poco. Me toqué donde sé que me destruye, con esos círculos chiquitos sobre el clítoris, mientras te seguía chupando con todo lo que tenía.
Acabé yo primero.
No pude avisar, no pude despegar la boca, no quise. El orgasmo me pegó como un latigazo, me hizo temblar las piernas, los muslos, la espalda. Gemí contigo adentro y los ojos se me llenaron de lágrimas. La tanga me quedó arruinada, mojada hasta el elástico, pegada a la piel como una segunda capa.
Me separé un segundo, jadeando, con un hilo de saliva colgando entre tu verga y mis labios. Te miré desde abajo, despeinada, llorosa, con la boca roja. Tú me devolviste la mirada un instante.
—Estoy desconectado —murmuraste a Tomás, sin dejar de mirarme—. Reconéctame en cinco.
Apagaste el micrófono y te quitaste los auriculares de un tirón.
***
Tus dos manos se me fueron a la cabeza. No pediste permiso. No hacía falta. Yo abrí la boca y te dejé hacer.
Empezaste despacio, casi probando, agarrándome el pelo de la nuca con una mano y la mandíbula con la otra. Me acomodaste en el ángulo que te servía, me sostuviste y empezaste a embestir. Tú llevabas el ritmo ahora, tú decidías la profundidad, tú elegías cuándo dejarme respirar y cuándo no.
Yo cerré los ojos y me dejé. Las lágrimas caían solas. La saliva se me escapaba por las comisuras y te bajaba por la piel hasta los testículos. Volví a llevar la mano entre mis piernas, aunque acababa de acabar, porque tu manera de agarrarme me prendía de nuevo en cuestión de segundos.
Tus gruñidos se hicieron más profundos. Empezaste a maldecir entre dientes, a llamarme cosas que me encantaba escuchar. Cosas que jamás me habías dicho con el micrófono abierto. Aceleraste. La mano de la nuca me apretó más fuerte.
—Mírame —me ordenaste.
Abrí los ojos. Te encontré transformado, con la cara roja, la frente brillante de transpiración, el pelo pegado en mechones desordenados. Estabas para comerte, y yo estaba a tu merced.
Acabaste así, mirándome, con una grosería atragantada y un rugido contenido en el pecho. Sentí el primer chorro caliente golpearme el fondo de la garganta. Después otro. Y otro. Más de lo que esperaba. Tragué lo que pude, pero seguí, y un poco se me escapó por las comisuras y me cayó por el mentón hasta el cuello, y de ahí entre los pechos.
Te aguanté en la boca hasta el último temblor. Después te solté con cuidado, lamí la base, la cabeza, los costados, te dejé limpio como me gusta dejarte. Tú seguías agarrándome el pelo, sin fuerza ya, con los dedos relajados.
Me llevé los dedos al pecho, los pasé por el rastro tibio que me corría entre los pezones, los acerqué al pezón izquierdo y apreté. Te miré mientras lo hacía. La otra mano seguía entre mis piernas, frotándome despacio, sin parar.
—Quédate ahí —me dijiste, agitado—. No te muevas.
Te pusiste los auriculares de nuevo. Reactivaste el micrófono. Le dijiste a Tomás algo de la conexión, algo de un router, algo que ninguno de los dos íbamos a recordar. Y volviste a la partida, con los pies todavía temblándote y mi cuerpo entero en el suelo, frente a ti, masturbándome para ti mientras tú disparabas.
Acabé otra vez antes de que terminara la ronda. Me estremecí en la alfombra como un animal, mordiéndome el dorso de la mano para no aullar y arruinarte el partido. Tú me miraste de reojo dos o tres veces y seguiste jugando.
***
Vuelvo al presente. Estoy en la cama, en nuestra cama, con la mano todavía entre las piernas. Mis dedos se mueven solos, sabiendo el camino exacto. El recuerdo me llevó tan lejos que no me di cuenta de cuánto me había mojado.
Acabo con un gemido que me sube por todo el cuerpo. Las piernas se me sacuden contra la sábana. La cabeza se me va a otro plano, ese donde la piel queda hipersensible y el más mínimo roce duele de placer.
Cuando el temblor afloja y consigo abrir los ojos, miro la sábana de abajo y veo el charco. Una mancha grande, oscura, perfectamente visible. La hice yo, la hice pensando en ti, y no tengo ninguna intención de cambiar las sábanas.
Sé que cuando llegues, vas a notarlo apenas te metas en la cama. Vas a pasar la mano, vas a mirarme con esa cara que tienes cuando me has agarrado haciendo algo que no debía, y vas a preguntarme qué he estado haciendo sola.
Y yo te voy a contar todo.
Y, si tengo suerte, quizás decidas castigarme.