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Relatos Ardientes

La confesión que tardé diez años en hacerle

Lucía mide un metro sesenta y cinco. Tiene el pelo negro y un poco rizado, casi siempre recogido en un moño bajo o en una coleta a la altura de los hombros. Usa gafas de pasta negra y se viste con vaqueros normales, blusas anchas y zapatillas. No habla mucho, no hace bromas, casi nunca se ríe en voz alta. No es de las que llaman la atención.

Eso fue lo que me enganchó.

Por mucho que la mirara, era incapaz de hacerme una idea de cómo era ella en realidad. Y esa imposibilidad me ponía como pocas cosas en la vida. Me imaginaba su coño sin haberlo visto nunca. Me imaginaba las tetas debajo de esas blusas anchas. Me imaginaba cómo mamaría una polla esa boca fina y cerrada. Y cuanto más disimulaba ella, más se me empalmaba a mí solo con mirarla servir un café.

Lucía tiene treinta y seis años y es la dueña del bar de la plaza del pueblo donde paso los veranos desde niño. Lo lleva con su hermano y su madre, pero la que está allí desde que abre hasta que cierra es ella. Mis padres bajaban a desayunar a ese bar todos los domingos, y yo crecí viéndola detrás de la barra, primero ayudando a su madre a poner las cañas y después ya como dueña.

Hasta los veinticinco años no me fijé en nada. Era simplemente Lucía, la del bar.

No sé exactamente cuándo cambió la cosa. Una tarde cualquiera, mientras me servía un café, me di cuenta de que llevaba un rato mirándome. No fue una mirada cualquiera. Fue una mirada que se quedó. Yo la sostuve unos segundos y ella bajó los ojos hacia el vaso. Salí de allí con la polla medio dura y una sensación rara en el pecho.

A partir de ese día empecé a buscarla. Iba al bar más a menudo, sin razón concreta, a tomar un café o a leer el periódico. Y ella me devolvía las miradas. No siempre. A veces fingía no verme; a veces se entretenía con otro cliente más de lo necesario. Pero cada cuatro o cinco veces, cuando creía que yo no me daba cuenta, levantaba la vista de la cafetera y se quedaba mirándome más tiempo del que se mira a un conocido. Yo llegaba a casa y me la cascaba pensando en ella, imaginándola arrodillada delante de mí con la boca abierta, o a cuatro patas sobre la barra del bar con los vaqueros bajados hasta las rodillas.

Así pasaron los años. Sin una palabra de más, sin un gesto que pudiera entender alguien que no fuera nosotros dos.

Hasta el verano pasado.

***

Llevaba años fijándome en pequeñas cosas que no terminaban de encajar con la imagen que daba. Cómo se le movían las nalgas debajo del vaquero sin que se le marcara ningún tipo de ropa interior. Cómo se agachaba a recoger una bandeja con una flexibilidad que no es la de una mujer reservada. Cómo se le marcaban los pezones duros contra la tela cuando la nevera del bar soltaba aire frío. Cómo me sostenía la mirada un segundo más de lo que se le sostiene a un cliente cualquiera. Detalles. Migas que ella iba dejando sin saber, o sabiendo demasiado bien, y que yo recogía una a una.

¿Qué hay debajo de todo esto? ¿Cómo folla una mujer así cuando por fin se suelta?

Esa pregunta me acompañó muchos veranos.

***

Aquel verano fue distinto. Lucía empezó a vestirse de otra manera. Camisas sin mangas, vaqueros acampanados pero ajustados arriba, sandalias de hilo negras, el pelo recogido para que se le viera el cuello. Las gafas seguían siendo las mismas, pero el resto era una mujer nueva.

La primera vez que entré al bar y la vi así, se me puso la polla dura de inmediato y tuve que cruzar las manos delante del pantalón para que no se me notara. A mí siempre me han gustado las mujeres con gafas. Hay algo en ese pequeño detalle que les añade una capa que no sé explicar, algo de profesora que te hace pensar en quitárselas despacio mientras se la metes hasta el fondo. Y las sandalias son otra cosa que me vuelve loco. Lucía las llevaba con un esmalte color burdeos, despintado en alguna uña, como si no hubiera tenido tiempo de retocarlo. Ya me imaginaba esos pies contra mi cara, esos dedos entre mis labios.

Me senté en la esquina de la barra, donde siempre, con la erección todavía apretándome contra la bragueta.

—¿Qué te pongo? —me preguntó.

Tenía esa voz un poco grave, como si llevara años sin hablar más de la cuenta.

—Un chupito de orujo.

Cuando me lo trajo, alargó la mano hacia el vaso al mismo tiempo que yo. Las nuestras se rozaron. No fue casualidad. Fue ella la que dejó la mano apoyada un segundo más de lo necesario. Yo, sin pensarlo, extendí el índice y le acaricié la muñeca con la yema del dedo. Despacio. Hacia arriba. Le subí por la vena, hasta el pliegue del codo, y volví a bajar.

Lucía se mordió el labio inferior. No pude verle los ojos porque los bajó al instante, pero le oí soltar el aire de una forma que no fue un suspiro y no fue una palabra. Algo intermedio. Un jadeo cortado a la mitad. Vi cómo se le endurecieron los pezones bajo la camiseta blanca, marcándose contra la tela como dos puntas oscuras.

—Gracias —dijo, demasiado rápido, y se dio la vuelta hacia la cafetera. Cuando se giró, me di cuenta de que apretaba los muslos uno contra otro, como si algo ahí abajo le estuviera pidiendo atención.

Salí a fumar para que se me bajara la sangre de la cabeza y de la polla. Estuve diez minutos apoyado en la pared de enfrente, mirando los azulejos del bar como si tuvieran algún secreto escrito. Cuando volví a entrar, ella estaba detrás de la barra otra vez, con la cara seria, como si no hubiera pasado nada. Pero el rubor seguía ahí, justo en el borde de la oreja izquierda, y el sujetador negro se le transparentaba un poco más que antes, como si tuviera calor.

No me imaginé nada. Aquello acababa de pasar.

Esa noche no dormí pensando en cómo había temblado su muñeca bajo mi dedo. Me la casqué tres veces seguidas, cada una imaginándome algo distinto: la primera fue con la cara metida entre sus tetas; la segunda, con ella a cuatro patas y yo empujándole la cara contra la almohada mientras se la metía por detrás; la tercera, ya casi dormido, con ella encima de mí, cabalgándome despacio, con las gafas puestas y los pezones apuntándome. Me corrí las tres veces con la boca abierta, sin hacer ruido, mordiéndome el brazo para no despertar a la casa.

***

Tardé una semana en reunir el valor.

Elegí una hora muerta, una de esas tardes de agosto en las que los pueblos están desiertos porque la gente está echándose la siesta o se ha bajado a la piscina. Sabía que a esa hora estaría sola.

Empujé la puerta. No había nadie.

Lucía estaba sentada en un taburete detrás de la barra, leyendo un libro que cerró en cuanto me oyó entrar. No sonrió, pero algo le pasó en la cara, un gesto pequeño de reconocimiento, como si supiera lo que iba a pasar.

—¿Qué te pongo? —preguntó.

—Un café con hielo.

Me preparó el café. Lo dejó en la barra. No volvió a su sitio. Se quedó al otro lado, apoyada con las dos manos en la madera, sin decir nada.

Yo me senté en el último taburete, junto a la pared, donde nadie podía vernos desde la calle. Ella se movió hacia ese extremo, despacio. Se sentó en el taburete del otro lado, frente a mí. La barra entre los dos.

Nos miramos un buen rato. No sé cuántos minutos. Yo notaba el calor que salía de su cuerpo desde el otro lado y estoy seguro de que ella notaba el mío. Tenía los pómulos encendidos. La camiseta blanca dejaba ver el sujetador negro debajo, y por debajo de la tela se le marcaban los pezones duros, apuntando. Cogió aire un par de veces como si fuera a hablar y no lo hizo. Yo tenía la polla hinchada apretándome contra la costura del pantalón, palpitando cada vez que ella respiraba fuerte.

—Lucía —dije al fin—. Llevo años queriendo decirte una cosa.

Ella esperó.

—Me atraes mucho. Y no es solo por cómo te veo por fuera. Es por lo que no veo. Por lo que imagino que hay debajo de todo esto. Llevo años imaginándome cómo follas. Necesitaba decírtelo, aunque me eches del bar para siempre.

Me preparé para todo. Para que se levantara. Para que se riera. Para que me pidiera la cuenta y me echara con cara de asco.

Lo que no esperaba fue su respuesta.

—Ya era hora.

Lo dijo bajito, con una calma que me dejó sin aire.

—Llevo diez años esperando que te atrevieras —añadió—. Cada vez que entrabas pensaba que sería el día. Y cada vez que te ibas sin decir nada me cabreaba un poco más. Sabes cuántas veces me he metido al baño del bar a meterme los dedos pensando en ti después de que salieras por esa puerta?

No supe qué contestar. Solo la miré, con la boca medio abierta, y todo lo que había construido en mi cabeza durante años se cayó de golpe. Solo pensaba en ella, sentada en la taza del váter con los vaqueros bajados y dos dedos hundidos en el coño, mordiéndose el labio para no gritar. Se me contrajo la polla contra la ropa.

***

—¿Y ahora qué? —preguntó ella.

Acercó la cara hacia la mía. La barra todavía estaba en medio, pero los rostros estaban a un palmo. Yo notaba su respiración. Olía a café y a algo cítrico, como una crema de manos.

—Ahora alquilamos una casa rural —dije—. Lejos. Donde no nos oiga nadie.

—¿Para qué?

—Para destrozarnos. Para que te folle hasta que no puedas andar. Para que me mames la polla hasta el fondo de la garganta. Para que grites tanto que se te vaya la voz.

Lucía sonrió por primera vez en toda la conversación. Y en esa sonrisa había algo que yo no había visto antes en ella. Algo que confirmaba lo que llevaba años sospechando: que detrás de la chica callada que servía cañas había otra mujer completamente distinta. Una cerda con ganas de que la usaran.

—Te aviso de una cosa —dijo, sin retirar la cara—. A mí me gusta llevar las riendas en la cama. Mucho. Tengo cosas en casa. Cuerdas, una fusta, un arnés con un consolador para atarme yo y follarte a ti por el culo. Juguetes de todo tipo. Si vienes conmigo, lo aceptas.

—¿Pretendes dominarme?

—Pretendo intentarlo. Pretendo atarte a la cama y sentarme encima de tu cara hasta que te ahogues comiéndome el coño. Pretendo hacer que te corras cuando yo diga y no antes.

Le sostuve la mirada todo lo que pude. La polla me latía tan fuerte que se me sentía en las sienes.

—A mí también me gusta mandar —contesté—. Y de momento ninguna mujer ha podido conmigo. Yo te voy a poner de rodillas y te voy a llenar la boca de semen hasta que te salga por la nariz.

—Eso lo veremos.

—Vas a tener que pelear.

—Mejor. Más ganas tengo de romperte.

Sacó el móvil del bolsillo trasero de los vaqueros. Tecleó algo durante un par de minutos, sin dejar de mirarme entre frase y frase. Yo me quedé en silencio, removiéndome el café que ya no pensaba beberme, con la polla goteando dentro del calzoncillo.

—Reservada —dijo al fin, y giró la pantalla hacia mí.

Una casa de piedra en mitad del campo, a cuarenta minutos del pueblo. Sin vecinos cerca. Tres noches. Llegada el viernes a mediodía.

—¿Te organizas? —preguntó.

—Me organizo.

Dejó el móvil sobre la barra y entonces sí, por fin, alargó la mano por encima de la madera y me cogió la mía. No con suavidad. Con fuerza. Apretándome los dedos hasta que me dolieron. Después me cogió el índice, el mismo con el que le había acariciado la muñeca la semana anterior, y se lo llevó a la boca. Me lo chupó hasta el nudillo, despacio, cerrando los labios alrededor, moviendo la lengua contra la yema. Me miraba a los ojos mientras lo hacía. Sacó el dedo lentamente, con un chasquido, y sonrió.

—Para que te vayas haciendo una idea —susurró.

Iba a inclinarme para besarla cuando la campanilla de la puerta sonó.

***

Una pareja de turistas. Pidieron dos cervezas y se sentaron al fondo, sin enterarse de nada. Lucía me soltó la mano sin prisa, se levantó del taburete y me dijo en voz normal, como si nada:

—Apunta mi número.

Lo hice.

—El tuyo.

Se lo dicté.

Pagué el café. Me fui sin mirar atrás, con la polla todavía dura empujándome el pantalón y el sabor del dedo mojado por su saliva. Cuando crucé la plaza, sonreí como un imbécil durante todo el camino.

Aún no había llegado a casa cuando me vibró el móvil.

Una foto. Tuve que ampliarla para entender qué estaba viendo. Era su mano. La izquierda. Los dedos brillaban, empapados, con hilos transparentes colgando entre el índice y el corazón. Y al fondo, apenas enfocado, un trozo de tela azul claro empapado, bajado hasta la mitad del muslo. Se había metido los dedos ahí mismo, en el bar, mientras servía cervezas a los turistas, y me estaba mandando la prueba.

No había mensaje. No hacía falta.

Me metí en el coche, que estaba aparcado en una calle vacía, y sin pensarlo dos veces me bajé los pantalones y el calzoncillo hasta las rodillas. La tenía tan hinchada que la punta ya tenía una gota gorda de líquido colgando. Me la agarré con la mano derecha, la escupí para lubricar, y empecé a machacármela mirando la foto de sus dedos brillantes. Me imaginaba la textura de esos dedos, la temperatura de su coño, el olor que tendría ahora mismo aquella mano. Me la meneé rápido, cerrando el puño con fuerza en la cabeza y aflojando en la base, con la respiración cortada. No tardé ni dos minutos. Me corrí a chorros contra el volante, sacudiéndome tres veces, cuatro, con la boca abierta contra el respaldo del asiento, salpicando el salpicadero, mis muslos, el asiento del copiloto. Me tembló la mano cuando saqué el teléfono y le mandé yo otra foto, también sin texto: mi polla todavía dura, cubierta de semen, con un charco blanco encima de la tela del pantalón. Ella tampoco contestó con palabras. Solo con un emoji de tijeras.

Y ya está. Eso fue todo.

***

Faltan tres días para el viernes. Hace tres horas que recibí esa foto suya y no soy capaz de pensar en otra cosa. Me la he vuelto a cascar dos veces desde que llegué a casa, y sigo con la polla medio dura. Cada vez que cierro los ojos veo la muñeca temblándole bajo mi dedo, en la barra. Veo su boca cerrándose alrededor de mi índice. Veo esos dedos brillantes de flujo. Cada vez que abro el chat releo nuestros últimos mensajes y miro esa foto. Cada vez que paso por delante de su bar me planteo entrar otra vez, aunque sé que no debo. Tenemos que llegar al viernes con todo eso encima sin gastar ni una palabra ni un gesto más.

Tres noches en una casa de piedra, con una mujer a la que llevo diez años deseando y a la que aún no he tocado más que con un dedo.

Ya contaré qué pasa cuando volvamos. Si es que volvemos.

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Comentarios(9)

Meli95

que bonito relato!!!

LauraM22

Espero la segunda parte con ansias, quede colgada justo cuando se ponia bueno

NocheFeliz23

Diez años... eso se siente real. Me llegó al corazon, en serio

FerminR

Me recorde de alguien que yo tambien dejé pasar demasiado tiempo. A veces la vida te da revancha jaja

Rositah_P

Y despues hubo segunda cita?? me quede con ganas de mas

MartinPaz

Increible como describis la tension en esos momentos, se siente el nerviosismo en cada linea. Muy bien escrito

Rodrigo_SF

La parte de la muñeca dice todo sin decir nada. Muy bueno eso

Carlitos_MDP

Por favor seguí escribiendo, este tipo de relatos son los que mas me gustan. Saludos desde Cordoba

Pamela_77

Se hizo cortisimo, quiero saber que paso despues!!

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