El daddy del Mercedes que me buscó en el pinar
Hacía meses que no me comía una buena tranca, así que cuando aquel daddy del Mercedes blanco me escribió, no me lo pensé dos veces.
Hacía meses que no me comía una buena tranca, así que cuando aquel daddy del Mercedes blanco me escribió, no me lo pensé dos veces.
Marina creía que solo era un muchacho indefenso. Esa tarde, descubrió que detrás de la timidez había alguien dispuesto a tomar el control de todo.
Siempre lo evité por callado y raro. Hasta que un empujón en el metro me hizo descubrir lo que escondía debajo de esa ropa enorme, y ya no pude pensar en otra cosa.
Bajé la mirada hacia la ventana de enfrente y entendí que esa noche, entre camiones aparcados, nadie iba a correr las cortinas.
Llevaba años bañándome desnudo en aquel arroyo creyendo que era solo mío. Esa tarde, entre la maleza, dos ojos jóvenes me observaban sin pudor.
Me pidió que subiera de conejillo de indias para un aceite nuevo. Su marido dormía en la habitación de al lado y yo sabía que aquello no terminaría en un masaje.
Llevaba días viéndolo solo a través de una pantalla. Cuando por fin la puerta se cerró detrás de nosotros, supe que esa noche íbamos a recuperar cada hora robada por la distancia.
Aquel jueves no tenía clases y la mañana era mía. Abrí el agua, cerré los ojos y me dejé llevar... sin imaginar que unas botas aparecerían en la ventana.
Pensábamos que era un trayecto de veinte cuadras. Ni Lucía ni yo imaginábamos que bajaríamos de aquel autobús siendo dos mujeres completamente distintas.
Llevaba semanas sin contestarme. Esa noche me vestí para otro y, justo cuando lo besaba en la mesa de al lado, él entró del brazo de una desconocida.
Aprendí muy temprano que mi cuerpo valía más que cualquier título. Lo que ninguno de ellos supo es que jamás sentí nada mientras me pagaban.
Iván había alquilado la casa frente al mar para sorprender a Marina. Lo que no le dijo es que esa noche su secreto mejor guardado se sentaría en el sofá, entre los dos.
Habíamos pasado meses inventando excusas para no quedarnos solos. Esa madrugada se nos acabaron las excusas, y la cocina dejó de ser solo una cocina.
Era la última persona que esperaba ver esa tarde. Abrí la puerta medio dormida y, al verlo ahí parado con esa sonrisa de medio lado, se me secó la boca.
Estábamos los dos parados frente a las cervezas, con el carrito a un lado, y bastó que dijera mi nombre con esa voz suya para que tantos años se borraran de un golpe.
Bajamos a bailar buscando solo una copa más. Lo que pasó en aquel rincón oscuro de la discoteca todavía no me atrevo a contárselo a nadie.
Tengo cincuenta y tres años y dos pastillas azules en el bolso. Lo que no esperaba era que una desconocida las viera caer al suelo.
Una tubería rota nos obligó a dormir a los hombres juntos. Toni a un lado, yo al otro, y entre los dos, Sergio... que no dormía tan profundamente como creíamos.
Pensé que era una broma de cumpleaños hasta que vi cómo mi hijo se mordía el labio esperando que abriera el envoltorio.
Llevábamos seis años sin hablar cuando su mensaje apareció en mi pantalla. Aquella tienda de campaña, esa cobija compartida, todavía me hace temblar.