Mi Dom me encerró en castidad y me hizo leer
Con el plug dentro, las piernas tensas y un libro abierto sobre el pecho, aprendí que obedecer también podía mojarme hasta temblar.
Con el plug dentro, las piernas tensas y un libro abierto sobre el pecho, aprendí que obedecer también podía mojarme hasta temblar.
Después de correrme varias veces, seguía con el coño latiendo y una sola idea fija: dejar de tocarme sola y pedir que viniera por mí.
Cuando el teléfono vibró, ya estaba mojada; sabía que me esperaba en el mismo baño, con prisa, desprecio y esa polla que nunca aprendí a negar.
Nunca había sentido que alguien me mirara así desde una carroza, como si entre toda la gente me hubiera elegido solo a mí para la noche más larga del año.
Tenía tres meses sin escribir una sola línea decente. Lo que no imaginé es que mi bloqueo se curaría por el lado más inesperado de mi propio cuerpo.
Volví a casa con ganas de olvidar el peor día del mes. No imaginé que mi mejor amiga aparecería justo cuando menos podía disimular lo que estaba haciendo.
Dejé el coche entre los árboles, me quité la ropa y me tumbé al sol. No imaginaba que aquella mañana iba a entregarme entera a un extraño.
Eran las once y media, estábamos contra una pared de una calle francesa cualquiera, y ella me miró a los ojos y dijo algo que me aceleró el corazón.
Habíamos planeado esa noche durante una semana: su marido en el fútbol, mi mujer en clase. Lo que no calculamos fue cuántas veces nos iban a interrumpir.
Coincidí con ella en las duchas comunes y, sin pensarlo demasiado, decidí provocar la situación. Lo que vino después convirtió un viaje aburrido en algo que aún no me saco de la cabeza.
Aquel vuelo nocturno empezó como una charla entre amigas y terminó con una confesión: en mi cama siempre hubo lugar para mi marido, para mi amante y, esa noche, para ella.
Hacía meses que no me comía una buena tranca, así que cuando aquel daddy del Mercedes blanco me escribió, no me lo pensé dos veces.
Marina creía que solo era un muchacho indefenso. Esa tarde, descubrió que detrás de la timidez había alguien dispuesto a tomar el control de todo.
Siempre lo evité por callado y raro. Hasta que un empujón en el metro me hizo descubrir lo que escondía debajo de esa ropa enorme, y ya no pude pensar en otra cosa.
Bajé la mirada hacia la ventana de enfrente y entendí que esa noche, entre camiones aparcados, nadie iba a correr las cortinas.
Llevaba años bañándome desnudo en aquel arroyo creyendo que era solo mío. Esa tarde, entre la maleza, dos ojos jóvenes me observaban sin pudor.
Me pidió que subiera de conejillo de indias para un aceite nuevo. Su marido dormía en la habitación de al lado y yo sabía que aquello no terminaría en un masaje.
Llevaba días viéndolo solo a través de una pantalla. Cuando por fin la puerta se cerró detrás de nosotros, supe que esa noche íbamos a recuperar cada hora robada por la distancia.
Aquel jueves no tenía clases y la mañana era mía. Abrí el agua, cerré los ojos y me dejé llevar... sin imaginar que unas botas aparecerían en la ventana.
Pensábamos que era un trayecto de veinte cuadras. Ni Lucía ni yo imaginábamos que bajaríamos de aquel autobús siendo dos mujeres completamente distintas.