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Relatos Ardientes

El viaje de trabajo que no debí contar a nadie

Ernesto y yo llevábamos nueve años de socios. Habíamos construido la empresa desde cero —primero con una furgoneta prestada, luego con contratos de mantenimiento de carreteras que fuimos ampliando provincia por provincia— y cuando cerramos el acuerdo para comprar los terrenos industriales en Villaseca del Valle, lo celebramos como correspondía: langostas, albariño y whisky de veinte años en un restaurante con vistas a una cala pequeña que nos recomendó el notario.

Eran casi las cuatro cuando salimos a pasear por el puerto para que bajara la comida. Ernesto era así: alto, hombros anchos, perilla entrecana, nariz torcida de cuando le dieron ese cabezazo jugando al futbol sala con treinta y dos años. Yo soy distinto. Delgado, con la calva ya asumida desde los cuarenta y pico, cara de pocos amigos cuando no me conoces. Los dos con el anillo de casado sin que ninguno lo hubiera mencionado nunca.

Los vimos desde lejos.

Estaban sentados en el murete bajo del paseo, junto a la rampa de los barcos. Ella tenía el pelo rojo, corto, con un flequillo recto que le tapaba las cejas. Llevaba una camiseta blanca de tirantes —sin sujetador, eso se notaba— y una minifalda vaquera que no llegaba a la mitad del muslo. Pecas en los hombros, en la clavícula, en el escote. Él era más delgado que ella, con el pelo oscuro recogido en una coleta y pendientes en ambas orejas. Los dos con tatuajes en los antebrazos y las mochilas apoyadas en el suelo.

Tenían un altavoz portátil. Ella bailaba casi sin moverse, con esa naturalidad que tienen algunas personas para ocupar el espacio sin pedir permiso.

—Mira eso —dijo Ernesto en voz baja.

Nos acercamos. El chico cambió de canción cuando nos vio llegar. Ella paró de bailar y nos miró con una sonrisa directa.

—¿Tienen fuego? —preguntó.

Ernesto sacó el encendedor. Mientras les daba lumbre, yo miré los tatuajes del chico: algo que parecía un mapamundi en el antebrazo izquierdo y un pájaro en el derecho. Las uñas pintadas de negro, un poco descascaradas. Rondaban los veinte años.

—¿De vacaciones? —pregunté.

—Habíamos venido a trabajar —dijo ella—. Bar de copas cerca de aquí, pero ya cerró la temporada. Nos vamos a Casar de los Molinos, que está a unos ochenta kilómetros. El problema es que el autobús de hoy ya salió y no vamos muy bien de presupuesto esta semana.

Ernesto me miró. Yo asentí sin decir nada.

—Subid —dijo él.

***

Se llamaban Nuria y Diego. Nosotros nos presentamos como Paco y Alberto, que era lo que hacíamos siempre en esas situaciones, aunque en ese momento no había todavía ninguna situación. Solo un todoterreno con los cristales tintados y doscientos kilómetros de vuelta a casa.

Diego iba detrás conmigo. Nuria se puso de copiloto y enchufó su teléfono a la radio. Reggaetón, con mucho bajo, el tipo de canción que sientes en el esternón antes de entender la letra. Ernesto condujo sin decir nada, con ese gesto suyo de apoyar la muñeca en el volante y mirar la carretera como si fuera suya.

—¿Lleváis algo para liar? —preguntó Ernesto a los veinte minutos.

Diego sacó una bolsita del bolsillo lateral de la mochila.

—Buena merca —dijo Ernesto cuando la olió.

—Claro —dijo Diego con una sonrisa que no era de fanfarrón, solo de alguien que sabe lo que tiene—. No somos principiantes.

Paramos en una carretera secundaria entre encinas. Ernesto y Nuria se bajaron a estirar las piernas. Diego y yo nos quedamos en el asiento trasero liando. El humo llenó el habitáculo en cuestión de minutos y la música seguía sonando desde el teléfono de Nuria.

Diego era tranquilo, de esos que observan antes de hablar. Tenía los ojos oscuros y una forma de estar que no casaba del todo con sus veinte años. O quizás sí, y yo simplemente ya no recordaba cómo era eso.

—¿Qué hacéis vosotros? —preguntó mientras me pasaba el canuto.

—Subcontratas —dije—. Mantenimiento de infraestructuras. Nada interesante.

—Parece que os va bien.

—No nos quejamos.

La rodilla de Diego estaba cerca de la mía. Llevaba así desde que habíamos arrancado. Yo tampoco la había movido.

—¿Cuánto tiempo lleváis juntos tú y ella? —pregunté.

—Desde los dieciséis. Lo dejamos un año cuando cumplimos los dieciocho, para vivir cosas. —Hizo una pausa—. Ya sabes.

—Ya sé.

Por la ventana veía a Ernesto y a Nuria apoyados en el capó, hablando. Nuria se reía de algo. Ernesto la miraba como miraba las cosas que le interesaban: despacio, sin disimulo.

Diego apagó el canuto en el cenicero de la puerta y se giró hacia mí. No dijo nada. Se quedó mirándome con esa calma que me había llamado la atención desde el principio. Fue él quien se movió primero.

***

No voy a fingir que no lo esperaba. Llevaba un buen rato notando cómo se acumulaba la tensión en ese espacio cerrado, entre el humo y la música y las rodillas demasiado juntas. Cuando Diego me puso la mano en el muslo, no me aparté.

Empezó sin prisa. Primero la mano, luego la boca. Tenía los labios cálidos y olía a tabaco y a protector solar. Cuando me bajó la cremallera lo hizo con una calma desconcertante, como si lo llevara pensando un rato y no tuviera ninguna duda sobre el resultado.

Sus labios me rodearon. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en el reposacabezas. Por la ventanilla se colaba un ruido suave de viento entre las encinas.

El chasquido de la puerta delantera al abrirse me hizo levantar la vista. Ernesto se asomó por la ventanilla entreabierta.

—Ya veo que estáis entretenidos —dijo con esa voz grave que ponía cuando intentaba no reírse.

—Cierra la puerta —dije.

La cerró.

Diego tenía una habilidad que no era lo que uno esperaría de alguien de su edad. No nervioso, no apresurado. Cuando cambió de posición y me indicó con un gesto lo que quería hacer, abrí la guantera sin que me lo pidiera dos veces. El bote de gel llevaba ahí meses, para estas cosas y para ninguna otra.

Lo que siguió fue intenso y relativamente breve. Diego se movía con una concentración silenciosa, como si supiera exactamente qué hacer y en qué orden hacerlo. La música seguía sonando desde el teléfono de Nuria. Cuando terminé, él se quedó inmóvil un momento con la frente apoyada en mi hombro, respirando. Luego se incorporó y se subió los pantalones con la misma tranquilidad con la que había hecho todo lo demás.

—No está mal para alguien de tu edad —dijo.

—Cierra la boca —dije. Me reí de todas formas.

***

Ernesto había llevado a Nuria al otro lado del todoterreno mientras nosotros estábamos dentro. Cuando bajé a fumar, los encontré junto al capó trasero, ella apoyada contra la chapa caliente y él con una mano en su cadera.

Diego se sentó en el suelo a terminar lo que quedaba del canuto. Nuria me miró con una expresión difícil de clasificar, entre curiosidad y algo que no era exactamente indiferencia.

—¿Y ahora qué? —preguntó en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular.

Ernesto se quitó la chaqueta y la dejó sobre el capó. Se le notaba la intención antes de que dijera nada. Nuria le sostuvo la mirada un momento antes de sacarse la camiseta de un solo movimiento. Sin sujetador, como ya sabíamos. Pecas por todas partes, pechos pequeños y firmes, un tatuaje en el esternón que parecía un pájaro con las alas abiertas. Se quedó quieta, de pie junto al vehículo, mientras Ernesto la miraba con esa atención voraz que tenía para todo lo que le interesaba de verdad.

—El resto también —dijo él.

La minifalda cayó al suelo polvoriento del camino. El tanga rojo duró apenas un segundo más antes de que también lo bajara.

Ernesto la besó con fuerza, la giró y la dejó apoyada con las manos extendidas sobre la chapa del todoterreno. Se colocó detrás de ella y buscó posición.

Fue entonces cuando oímos el motor.

***

Un tractor verde salió de detrás de unos arbustos siguiendo un camino de tierra que no habíamos visto al aparcar. El hombre que lo conducía tendría unos cincuenta y tantos años: cara curtida por el sol, gorra de faena y una barriga que le caía sobre el cinturón de cuero. Paró el motor a unos doce metros de nosotros.

Nos miró. Miró a Nuria, que no se había movido de donde estaba. Miró a Ernesto.

—¿Les ayudo en algo? —preguntó con la voz áspera de quien pasa el día solo entre campos.

—Estamos perfectamente —dijo Ernesto sin girarse.

El hombre bajó del tractor con calma y se quedó de pie junto a la cabina con las manos en los bolsillos. Nadie le dijo que se fuera. Ernesto tampoco pareció reparar en que estaba ahí.

Ernesto follaba con esa precisión metódica que tenía para todo lo que hacía bien: ritmo constante, sin urgencia, como si el tiempo fuera un recurso que le sobrara. Nuria tenía los dedos extendidos sobre la chapa y los ojos cerrados. De vez en cuando soltaba un sonido corto y contenido que el viento se llevaba hacia los campos de girasoles.

El agricultor había dado dos pasos hacia nosotros sin que nadie le dijera nada. Tenía la mano metida en el bolsillo del pantalón con un movimiento que no dejaba lugar a interpretaciones alternativas.

Diego fumaba en el suelo, apoyado en la rueda trasera, mirando el teléfono como si lo que ocurría delante de él no fuera cosa suya. Yo encendí un cigarrillo y me apoyé en el capó delantero.

Los jadeos de Nuria se fueron haciendo más cortos, más urgentes. Ernesto aceleró el ritmo. La carrocería del todoterreno temblaba de forma apenas perceptible. Nuria levantó la cabeza y soltó un sonido largo que no era exactamente un grito pero se le parecía bastante.

—No pares —dijo con voz tensa—. No pares.

Ernesto no paró.

Cuando llegó, lo hizo con todo el cuerpo. Las manos le resbalaron por la chapa y las rodillas le cedieron un momento. Ernesto siguió unos segundos más y luego se salió y terminó en su espalda con un bramido corto que no tenía nada de discreto.

El agricultor se limpió la mano en el muslo del pantalón y subió al tractor sin decir nada. Antes de arrancar asomó la cabeza por la ventanilla de la cabina.

—Cuando se vayan, no me pisen el maíz del fondo —dijo señalando con la barbilla hacia los campos—. Que bastante trabajo me da ya.

Arrancó el motor y se fue por donde había venido.

***

Ernesto cogió el tanga de Nuria del suelo para limpiarse. Ella lo dejó hacer sin protestar. Diego le pasó la camiseta y la minifalda desde donde estaba sentado, sin levantarse.

Condujimos los últimos cuarenta kilómetros con la música más baja. El habitáculo olía a tabaco y a sexo y a algo dulce que era el desodorante de Diego. Nadie dijo gran cosa. Dejamos a Nuria y Diego en la entrada de Casar de los Molinos, delante de una gasolinera. Ella nos dijo adiós con la mano desde la acera. Diego no se giró.

No intercambiamos números.

Ernesto condujo el trecho que quedaba hasta la ciudad sin encender la radio. A mitad de camino prendió un cigarrillo y bajó la ventanilla tres centímetros.

—Buen viaje —dijo.

—Sí —dije.

No hablamos más hasta que llegamos.

***

Dos días después, la mujer de Ernesto fue a recoger el todoterreno al taller de limpieza y detailing donde él lo había dejado antes de ponerse malo. Un cólico nefrítico, eso le había dicho. La señora llegó perfumada, con gafas de sol y aspecto de no haber dormido mal ninguna noche de su vida. El encargado le entregó la factura: doscientos ochenta euros.

—¿No es demasiado? —preguntó ella.

El encargado tardó un momento antes de responder.

—Hemos tenido que tratar la tapicería entera, señora. El salpicadero también. Algunas manchas no salían con el producto estándar.

Ella asintió sin entender del todo. Pagó con tarjeta y recogió las llaves.

—Ah, una cosa más —dijo el encargado antes de que se fuera—. Encontramos esto en el suelo del vehículo. Lo hemos guardado en una bolsa, no hemos querido tocar nada más.

Esperó hasta llegar a su propio coche para abrir la bolsa. Dentro había un tanga rojo de encaje, doblado con descuido, con manchas que no dejaban lugar a ninguna interpretación alternativa.

Lo dobló dos veces más, lo metió en el fondo del bolso y se quedó un momento mirando el parabrisas.

Luego arrancó.

Nunca dijo nada.

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Comentarios (7)

CarlosRds

que buenisimo, me engancho desde el primer parrafo!!! Gracias por compartirlo

Soledad_BA

Jajaja un todoterreno y doscientos km, tremenda combinacion. Queremos segunda parte ya!

MartinPaz

Me recordo a un viaje parecido que hize hace dos años. La vida te pone en situaciones que uno nunca imagina

nikoBA

Es real o ficcion? Porque se siente demasiado autentico para ser inventado

Fernanda_Lect

Lo mejor de esta categoria es ese tono mezcla de culpa y morbo. Este relato lo tiene perfecto, muy bien escrito

RodriS_22

Genial, breve pero directo. Mas asi!!!

SergioPMX

Por favor segui contando, quede con ganas de saber como termino todo esto

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