Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La confesión que le hice a Valeria antes de dormir

Valeria, llevás semanas preguntándome qué me pasa cuando me quedo callado en la cama después de que hacemos el amor, cuando apago el teléfono y me quedo mirando el techo con esa expresión que vos llamás «la cara de estar pensando demasiado». La verdad es sencilla: llevo tiempo dándole vueltas a algo que no sé cómo contarte. No porque me dé miedo tu reacción. Sino porque cuando me imagino diciéndolo en voz alta, se vuelve demasiado real para seguir siendo solo mío.

Esa noche, con la lamparita encendida y tu cabeza apoyada en mi hombro, decidí que ya era suficiente tiempo callado.

Nos besábamos despacio, como hacemos cuando ninguno de los dos tiene prisa y el tiempo en la habitación parece pertenecer a otro mundo. Esa calma que tenés para besar, esa forma de darme tu boca como si fuera lo único que te importa en ese instante, me descoloca más que cualquier otra cosa. Te aparté el pelo de la cara. Te miré un segundo. Y hablé antes de que el miedo tuviera tiempo de intervenir.

—Tengo que contarte algo —dije en voz baja.

Dejaste de besarme. No con alarma, sino con esa atención quieta que me das cuando sabés que lo que viene merece escucharse de verdad. Inclinaste la cabeza ligeramente hacia mí y esperaste, sin apurarme.

—He estado pensando en invitar a alguien más. Los dos juntos. Alguien que elijamos nosotros, sin apuros, sin presiones de ningún tipo.

No dijiste nada durante dos o tres segundos. Sentí cómo procesabas las palabras, cómo las hacías tuyas, cómo las mirabas desde todos los ángulos posibles. Luego sonreíste por la comisura, ese gesto tuyo que nunca termino de descifrar del todo, el que puede significar veinte cosas distintas y que me sigue poniendo nervioso después de tanto tiempo juntos.

—Seguí —dijiste.

Entonces empecé a contártelo como si ya hubiera pasado. Como si fuera algo que había soñado esa semana y necesitaba sacármelo de dentro antes de que me consumiera por completo. Cerraste los ojos. Pusiste la palma de la mano en mi pecho. Y yo empecé a hablar en voz muy baja, con la habitación como única testigo.

***

En la fantasía, estamos en esta misma cama. La luz está igual de baja, esa penumbra naranja que hace que todo parezca más íntimo, más nuestro, como si el resto del mundo no existiera más allá de estas cuatro paredes. Vos llevás solo esa ropa interior negra de tirantes que me vuelve loco, la que se te pierde entre las nalgas y resalta cada curva de tu cadera. Nos estamos besando cuando la puerta se abre.

Él entra despacio. En las fantasías los detalles se difuminan en los bordes, pero su presencia es concreta: alto, quieto, con esa forma de moverse que transmite que sabe exactamente para qué está ahí. Se queda un segundo en el umbral y nos mira. Nosotros no nos separamos. Seguimos besándonos, pero de otra manera, con más urgencia, como si su llegada fuera exactamente la señal que estábamos esperando sin saber que la esperábamos.

Se acerca. Se sienta al borde de la cama sin decir nada.

Sus manos empiezan a recorrer tu espalda, despacio, con una presión que no es tentativa sino decidida. Las mías bajan por tu cintura al mismo tiempo. Todo se mezcla de golpe: sus dedos rozando tus caderas, los míos subiéndote por los costados, y vos respirando diferente porque sentís que los dos estamos ahí únicamente para vos, que la noche entera gira en torno a lo que vos querés sentir.

Te recuesto sobre las sábanas. Mis manos llegan a tu ropa interior y la bajo con calma, sin apuros, dejando que la anticipación haga su parte. Cuando te la saco por completo, deslizo los dedos entre tus piernas y compruebo lo que ya imaginaba: estás completamente húmeda.

Él, mientras tanto, está detrás tuyo. Presiona con el pulgar justo ahí, en esa zona que los dos conocemos bien, haciendo círculos lentos y suaves sin entrar, sin ir más allá, solo rozando, solo calentando el terreno. Gemís bajito y apretás las caderas hacia atrás de forma instintiva.

Me coloco entre tus piernas y entro en vos lentamente, sintiendo cómo tu cuerpo cede para mí. Gemís contra mi boca. Él sigue acariciándote por fuera, presionando en ese punto exacto que te hace temblar la espalda entera, mientras yo empiezo a moverme dentro de vos con un ritmo pausado y deliberado que a los dos nos cuesta mantener.

Los tres encontramos el ritmo juntos, como si lo hubiéramos ensayado sin saberlo. Yo moviéndome dentro de vos, profundo y constante, y él rozándote por detrás con los dedos mientras sus manos recorren la curva de tu espalda. Vos mandás el tempo: cuando querés más rápido, empujás las caderas hacia mí; cuando querés lento, lo decís con los susurros y los dos obedecemos sin que nadie tenga que insistir.

Te veo mirarlo. Recorrés su cuerpo con los ojos, de arriba abajo, con esa atención tranquila y hambrienta que reconozco porque es la misma que me diste a mí la primera vez que nos vimos y supe que me había metido en un problema. Con una mano extendés el brazo y lo encontrás. Lo guiás. Lo agarrás. Y sentís exactamente lo que hay.

***

Entonces cambiamos de posición.

Él se coloca entre tus piernas. Entra en vos despacio, con ese mismo cuidado que yo tuve al principio, pero con otra forma de llenarte, otro ritmo, otro peso. Arqueás la espalda. Te aferrás a las sábanas con las dos manos y cerrás los ojos un segundo, absorbiendo la diferencia.

Yo me muevo a tu lado. Te beso el cuello, la mandíbula, la comisura de los labios. Bajo la mano hasta tu cadera y empiezo a acariciarte esa zona más sensible que él estuvo calentando antes, haciendo círculos lentos con los dedos, sin entrar, solo añadiendo tensión a lo que ya estás sintiendo. Vos no me dejás de mirar en ningún momento.

Sentís su peso encima, su ritmo que es diferente al mío, más directo, más urgente. Y al mismo tiempo sentís mis dedos recorriéndote por detrás, presionando justo en el punto que te duplica todo lo demás. Os movéis juntos. Yo os observo y participo al mismo tiempo, sin estar en el centro pero tampoco afuera de nada.

Me mirás. Tenés esa sonrisa que solo aparece cuando algo te está pareciendo muy bien, la que abre un poco más los ojos y te ilumina la cara entera, y me susurrás al oído:

—Quiero verte a vos también.

Entiendo sin que tengás que explicarme nada más.

Me coloco de nuevo entre tus piernas y vuelvo a entrar en vos. Apretás desde adentro con esa precisión que tenés, sabiendo perfectamente lo que le hace eso a alguien. Él se sitúa detrás de mí. Siento sus manos en mis caderas, aprendiendo el terreno, tomándose el tiempo que necesita. Sus dedos empiezan despacio, con paciencia, haciendo círculos que me van abriendo sin que yo me dé cuenta de cuándo empecé a ceder del todo.

Primero uno. Luego dos. Sin apuros, sin fuerza innecesaria, siguiendo un ritmo que me empuja hacia adentro de vos con cada movimiento suyo, como si los tres fuéramos engranajes que se ajustan solos.

Vos me mirás a la cara mientras sucede. Ves exactamente lo que me está haciendo, ves cómo mi cuerpo responde, cómo cambia mi respiración. Y eso te gusta, lo noto en cómo me apretás más fuerte, en cómo arqueás más la espalda, en cómo gemís con una intensidad que no habías tenido en toda la noche.

Él entra en mí completamente y los tres quedamos encadenados en una sola línea: él moviéndome, yo moviéndote a vos, vos en el centro de todo, recibiendo el doble de cada empuje, cada movimiento amplificado por los dos extremos al mismo tiempo.

El ritmo sube solo. Lo que empezó cauteloso y medido se convierte en algo que no admite pausa ni control. Los tres perdemos la compostura al mismo tiempo, cada uno a su manera. Vos seguís mandando hasta el último momento, con las caderas, con la voz, con los dedos que me clavás en la espalda cuando sentís que estás llegando.

El clímax llega en oleadas para los tres.

Él primero, dentro de mí, y la sensación de ese calor recorriéndome me hace perder el control también: me corro dentro de vos, profundo, temblando, apretando la mandíbula para no hacer demasiado ruido. Vos llegás unos instantes después, con una sacudida que siento entera desde adentro, apretándome tan fuerte que no puedo moverme aunque quisiera.

Nos quedamos quietos. Los tres jadeando. El único sonido en la habitación es la respiración recuperándose poco a poco y el silencio denso de la madrugada afuera.

***

Cuando él se va, en silencio, igual que entró, la puerta se cierra con un clic suave y la habitación vuelve a ser nuestra.

Me tumbo a tu lado. Te paso el brazo por encima. La habitación tiene ese calor espeso de después, ese olor que solo existe cuando dos personas han perdido la compostura juntas durante un buen rato y ya no les importa. Los dos miramos el techo sin decir nada, dejando que el silencio ocupe el espacio que antes llenaban los sonidos.

Después de un momento largo, abrís los ojos y me mirás.

—¿Solo una fantasía? —preguntás.

Me encojo de hombros, sonriendo en la penumbra.

—Por ahora.

Te acercás y me besás despacio. Igual que al principio de la noche, cuando todavía éramos solo nosotros dos y la lamparita acababa de encenderse y yo todavía no me había decidido a abrir la boca.

—Háblame de él —decís, con la boca todavía rozando la mía—. Cuéntame cómo lo elegimos.

No respondo de inmediato. Apago la lamparita. La habitación queda oscura y el único punto de referencia sos vos: tu calor, tu respiración, el peso de tu pierna sobre la mía, la forma en que te acomodás contra mi costado como si fuera el único lugar en el que tiene sentido estar.

—Eso es otra historia —digo en voz baja.

Me acercás más. Y yo vuelvo a empezar.

Valora este relato

Comentarios (7)

Cris_mdq

Que bueno!!! me quede con ganas de saber que fue lo que le pidio jaja

lectora_silen

Leí de un tirón. Esas charlas de madrugada en la cama tienen algo que te atrapa, lo capturaste perfecto.

noche_fan92

genail, esperando la segunda parte!!

Andy

y entonces que pasó?? porque así no se puede dejar una historia jajaja

Flor_rdz

Me encanto la atmosfera que creaste, la luz baja, el silencio... se siente tan intimo. Muy bien narrado.

Ramiro27

Me recordó a una situacion parecida que viví hace años, esas confesiones que uno va postergando semanas enteras. Muy real todo.

lectoraNocturna

Esperando ansiosa lo que sigue!! No me dejés así por favor

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.