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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el taller cambió todo entre nosotros

El agua caliente caía sobre la piel de Lucía en el cuarto de baño de su apartamento, pero no la calmaba. Cerró los ojos bajo el chorro y dejó que el vapor le llenara los pulmones, los brazos apoyados contra los azulejos, la frente inclinada. El músculo entre sus nalgas seguía sensible, ese recordatorio sordo de lo que había ocurrido horas antes en la sala del taller de escritura, ese dolor que no terminaba de desaparecer y que se mezclaba con algo mucho más difícil de ignorar: las ganas de volver a repetirlo.

Apoyó una palma en los azulejos y dejó que la otra se deslizara hacia abajo, despacio.

«Más despacio», había dicho al principio. Mentira. Lo que quería era exactamente lo contrario, y Marcos lo había entendido sin que ella tuviera que explicarlo. La imagen volvía sola: él detrás de ella, sujetándola por las caderas con las manos abiertas, los dientes apretados para no perderse demasiado rápido. Había algo en esa tensión visible de él, en el esfuerzo concreto de contenerse, que la excitaba más que cualquier otra cosa que hubiera vivido.

El orgasmo de aquella tarde seguía siendo inexplicable para ella. No había habido caricias directas donde las esperaba. Solo el ritmo constante de Marcos moviéndose dentro de ella, rozando algo que nunca había sabido que existía, y de repente el suelo se abrió bajo sus pies.

Sus dedos se movieron en círculos sobre sí misma. Lento al principio.

—Así, Marcos… —susurró contra el vapor, como si él pudiera escucharla desde el otro lado de la ciudad.

Sus caderas buscaron más fricción por cuenta propia. La otra mano fue hacia atrás, rozando con precaución la zona todavía adolorida. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo cuando la punta de su dedo presionó ligeramente contra la entrada. Estaba tensa, pero no tanto como la primera vez. El agua del grifo hacía parte del trabajo, y su propio cuerpo hacía el resto, abriéndose apenas un centímetro antes de que ella se retirara.

¿Cómo era posible tener tanta hambre de algo que al principio dolía? Cada vez que el recuerdo de Marcos corriéndose dentro de ella le cruzaba la mente, con ese calor inesperado que la llenó desde adentro, algo en su vientre respondía solo. Pero luego venía el miedo, frío y sin rodeos. Si alguien en el taller lo descubría, si las conversaciones llegaban a los oídos equivocados, todo lo que había construido con tanto esfuerzo podría venirse abajo. Había demasiado en juego para actuar sin cabeza.

Sus dedos se hundieron con más decisión. El placer se enroscó en la base de su columna y se expandió hacia arriba sin prisa.

—Joder… —maldijo entre dientes.

Se imaginó a Marcos detrás de ella, sus manos grandes tomando el control de su cuerpo, su voz baja diciéndole que se relajara. ¿En serio ya se acabó?, le había preguntado cuando él se corrió demasiado pronto, y la vergüenza genuina en la cara de Marcos, tan poco calculada, tan honesta, había hecho que Lucía sintiera algo más que simple deseo.

El orgasmo llegó sin aviso y la dobló sobre sí misma. Tuvo que apoyarse con ambas manos en la pared para no caer, jadeando, el agua arrastrando todo lo que su cuerpo liberó. Las réplicas tardaron en apagarse. El deseo seguía ahí, más pequeño pero presente, como una llama que no terminaba de apagarse del todo.

***

Mientras tanto, a unos pocos kilómetros de distancia, Marcos llevaba veinte minutos mirando el techo de su habitación con el libro de Vila-Matas cerrado sobre el pecho y la mente en un solo lugar. Cada vez que intentaba concentrarse en cualquier otra cosa, aparecía la imagen de Lucía inclinada sobre la mesa de trabajo del taller, los nudillos blancos de apretar el borde, sus jadeos llenando el silencio de esa sala que olía a papel viejo y tinta seca.

Virgen de mierda, se reprochó por enésima vez. Aunque tampoco era del todo exacto. Inexperto, sí. Nervioso, desde luego. Pero el recuerdo de Lucía mirándolo después de que él se corriera antes de lo que quería, con esa mezcla de decepción y curiosidad renovada en los ojos, lo excitaba más de lo que le gustaba reconocer.

Había algo en la manera en que ella lo miraba. Como si estuviera descubriendo algo a través de su cuerpo que él tampoco sabía que tenía. Eso lo ponía al límite. Y ahora que sabía que los dos eran igual de inexpertos en esto, que podían explorarse sin pretensiones ni expectativas prestadas, la idea de la próxima sesión del taller lo mantenía despierto a las doce de la noche con un libro que no era capaz de leer.

Se pasó la mano por la cara y cerró los ojos.

La próxima vez no se apresuraría. Primero la haría correrse con la boca. Quería saborearla, sentir cómo sus piernas temblaban a ambos lados de su cabeza mientras ella se retorcía y le pedía más. Y cuando estuviera lo bastante relajada, cuando su cuerpo estuviera realmente dispuesto, volvería a entrar por detrás. Lento al principio, como ella le había pedido. Pero esta vez sin pararse antes de tiempo.

Su teléfono vibró sobre la mesita de noche. Era el grupo del taller: «Recordatorio: sesión del jueves. Tema: tensión dramática en el relato corto». Marcos sonrió sin querer, un gesto torcido que nadie vio.

Tres días.

La mano se deslizó bajo el elástico del bóxer. No necesitaba inventarse nada. El recuerdo de Lucía suplicándole que no parara era suficiente. Empezó a moverse con lentitud, imaginando que era el calor apretado de ella lo que lo rodeaba y no su propia mano. El orgasmo llegó antes de lo que esperaba. Se corrió con los dientes apretados y el nombre de ella que casi se le escapó en voz alta.

***

El jueves el aire en la sala del taller olía a papel viejo y a algo más que ninguno de los dos habría sabido nombrar. Marcos llegó primero, como era su costumbre, aunque esta vez no fue por disciplina ni puntualidad. Era el deseo lo que lo había arrastrado hasta allí con media hora de adelanto. Caminaba en círculos alrededor de la mesa de trabajo, los dedos tamborileando sobre la madera pulida, incapaz de concentrarse en nada que no fuera la imagen de Lucía inclinada sobre ese mismo mueble tres días atrás, los nudillos blancos de apretar el borde, sus jadeos llenando el silencio de la sala.

La puerta se abrió con un chirrido suave.

Lucía entró sin mirarlo al principio. Cerró la puerta tras de sí con un clic que resonó en el pecho de Marcos como un disparo. Llevaba una falda plisada oscura que se movía cuando caminaba y una blusa de color crema con los dos primeros botones desabrochados. Se quitó la chaqueta, la colgó sobre el respaldo de una silla y entonces sí lo miró. Solo un segundo. Suficiente.

—No ha venido nadie más hoy —dijo Marcos. No era una pregunta.

—Ya lo sé —respondió ella, sin moverse del sitio.

Eso fue todo el permiso que necesitó.

Marcos cruzó la sala en cuatro pasos, le tomó la cara entre las manos y la besó con la urgencia de tres días acumulados. No fue un beso de tanteo ni de presentación. Fue el beso de alguien que ha estado pensando exactamente en eso desde el momento en que la última vez terminó. Lucía respondió sin reservas, los dedos aferrados a la tela de su camiseta, su cuerpo empujando contra el de él como si la distancia entre los dos fuera un insulto personal.

Las manos de Marcos bajaron a sus caderas, se cerraron sobre el dobladillo de la falda y la levantaron de un tirón. El aire frío de la sala rozó los muslos de Lucía. Antes de que pudiera reaccionar, Marcos ya estaba de rodillas frente a ella. Tiró de su ropa interior hacia abajo con un movimiento rápido y la dejó caer al suelo.

Entonces se quedó quieto un segundo, mirando.

—Joder —murmuró, muy en voz baja, como si hablara solo.

Lo que vino después no tenía nombre que ella conociera. Marcos comenzó con una lentitud casi deliberada que la hizo apretar los dientes: la lengua trazó un camino largo, de abajo arriba, con presión, y las piernas de Lucía cedieron un centímetro. Sus manos fueron directas al cabello de él, no para guiarlo, sino para sujetarse a algo.

—Dios, Marcos… —susurró.

Él no respondió. Siguió trabajando sin prisa, explorando con la lengua, aprendiendo qué la hacía sacudirse y qué la hacía aferrarse con más fuerza. Pasó un rato rodeando sin llegar del todo, hasta que el sonido que Lucía intentaba suprimir se escapó de todas formas. Marcos tomó eso como una señal. Buscó su clítoris y lo succionó con firmeza.

Lucía se arqueó con una violencia que no controlaba.

—Ahí —consiguió decir, con la voz rota—. Ahí, no pares.

No paró. La llevó al borde con una paciencia nueva, manteniéndola suspendida, dando un paso atrás cada vez que sentía que ella estaba a punto de romperse, hasta que ya no fue posible retrasarlo más. El orgasmo la atravesó desde dentro, largo y sin aviso, y Lucía tuvo que ahogar el grito contra su propio brazo mientras las piernas temblaban y sus músculos se contraían sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Marcos se puso de pie lentamente. Tenía los labios brillantes y una expresión que no era exactamente orgullo, pero se le parecía bastante.

—Aún no he terminado contigo —dijo, con la voz ronca.

Lucía respiraba con dificultad, apoyada contra el borde de la mesa. Pero antes de que él dijera nada más, los dedos de ella encontraron su cinturón.

—Espera —dijo, con una sonrisa que él no le había visto antes—. Si me dejas hacerlo yo primero, durarás más después.

Marcos tardó exactamente un segundo en asentir.

Lucía se arrodilló frente a él. Sus manos trabajaron el cierre de su pantalón sin titubeos. Cuando lo liberó, ya estaba completamente duro. Lo miró un momento, tomando la medida de las cosas, antes de pasar la lengua por la punta. El sonido que escapó de la garganta de Marcos fue casi involuntario.

—Lucía, joder…

Ella lo tomó con la boca despacio, aprendiendo el ritmo sobre la marcha, dejando que los dedos acompañaran lo que la boca no alcanzaba. Podía sentir cuándo él se acercaba al límite por la tensión que recorría sus muslos, por la forma en que su respiración se entrecortaba, por la presión involuntaria que ejercía sobre su cabello. Cuando Marcos intentó avisarla, ella ya lo sabía.

Y no se apartó.

Marcos se corrió con un gruñido que no del todo logró suprimir, las manos apretadas en el cabello de ella, el cuerpo doblado hacia delante. Cuando Lucía se separó y lo miró desde abajo, él tardó varios segundos en ser capaz de articular una sola palabra.

—Dios mío —dijo al fin.

Ella se puso de pie tranquilamente. Marcos no le dio margen para nada más. La tomó de la cintura, la levantó y la sentó sobre la mesa con un movimiento que no pedía permiso. La madera fría le llegó a través de la falda todavía levantada, pero el calor del cuerpo de él, de pie entre sus rodillas, lo compensaba todo.

—Date la vuelta —dijo, con una voz que no dejaba mucho margen para el debate.

Lucía obedeció. Se giró sobre la mesa y se inclinó hacia delante, los antebrazos apoyados en la madera, la cabeza baja. Sintió las manos de Marcos recorriendo su espalda con lentitud, bajando hasta sus nalgas, separándolas con una delicadeza que no esperaba de alguien tan impaciente como él.

Sus dedos recogieron la humedad que todavía resbalaba por el interior de sus muslos y la utilizaron con cuidado, preparándola de a poco. Lucía cerró los ojos y esperó.

—¿Lista? —preguntó él.

—Sí. Pero despacio al principio.

La entrada fue lenta. Centímetro a centímetro, Marcos empujó sin prisa, dejando que cada milímetro se asentara antes de ir más allá. Lucía apretó los dientes. El estiramiento era familiar ahora, pero no por eso menos intenso. Su cuerpo resistía y cedía al mismo tiempo, ese pulso que ya reconocía como el preludio de algo mucho más grande.

—Estás tan apretada —murmuró él, con la voz completamente rota—. Joder.

—No pares.

No paró.

El ritmo fue creciendo solo, sin que ninguno de los dos tomara la decisión de acelerarlo. Las embestidas de Marcos se hicieron más profundas, más constantes, rozando algo interior que hacía que la vista de Lucía se nublara. Los orgasmos llegaron en oleadas, uno encima de otro, arrancándole sonidos que no habría reconocido como propios en ninguna otra circunstancia. Sus uñas arañaron la madera de la mesa.

—¡Marcos!

—Yo también —respondió él, la voz completamente deshecha—. Me corro dentro de ti.

Lucía apretó todo lo que pudo, y el chorro caliente que la llenó disparó el último orgasmo. Se dobló sobre la mesa jadeando, sintiendo cómo el cuerpo de Marcos se desplomaba sobre el suyo, sudoroso y sin fuerzas, su respiración agitada mezclándose con la de ella. Los dos quietos. Los dos sin palabras durante un momento largo.

La madera era incómoda. La sala estaba fría. Ninguno de los dos se movió todavía.

—El jueves que viene —murmuró Marcos contra su nuca, con los labios rozando su piel—, voy a ser todavía más paciente.

Lucía soltó una carcajada que no había planeado. Luego se quedó en silencio, escuchando los latidos de su propio corazón contra la madera.

El próximo jueves seguía pareciendo demasiado lejos.

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Comentarios (7)

Romi_86

que comienzo!!! me enganche al instante y se me hizo cortisimo. cuando viene mas?

CarlosRdz22

El detalle de la puerta cerrándose con ese clic dice todo sin decir nada. Muy bien escrito.

NocheClara

me recuerda una situacion que tuve con un compañero de trabajo hace tiempo. la tension que describe es exactamente igual a lo que yo senti. nunca conté eso a nadie jaja

Tomas_MDP

Por favor publicá la segunda parte, quedé con demasiada intriga de lo que pasó despues

dulce_noche21

tremendo relato!!!

Lector_feliz

Es real la historia? tiene una sensacion de verdad que pocos relatos logran. muy autentico todo

Fernando8090

De los mejores de confesiones que lei ultimamente. La atmosfera esta muy bien lograda, te mete adentro desde el principio. Ojalá haya continuacion!

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