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Relatos Ardientes

Llegaste cuando ya había decidido irme

La decisión me había costado tres semanas de insomnio, dos conversaciones con mi hermana y una noche entera apoyada en el alféizar de la ventana mirando la calle vacía. Roma. Cuatro semanas en Roma, el tiempo suficiente para que el cerebro olvidara los patrones y el cuerpo dejara de buscarle en cada habitación. Eso me había dicho a mí misma. Eso me seguía repitiendo.

El vuelo salía el sábado. Era jueves por la mañana.

Tenía todo listo desde hacía días: la maleta cerrada en el cuarto, el sobre con las llaves para la vecina, una nota con las instrucciones para regar las plantas. Pero seguía levantándome a revisar cajones, a doblar ropa que ya estaba doblada, a inventarme tareas que no existían. Era más fácil moverse que sentarse a pensar en lo que estaba haciendo.

El móvil vibró sobre la mesita de noche. Vi el nombre en la pantalla y lo dejé sonar hasta que paró. Seguí doblando una camisa. Volvió a sonar. La metí en el cajón y fui a la cocina a por agua. Sonó por tercera vez mientras llenaba el vaso.

Si llama una vez más, lo cojo. Una vez más y lo cojo, y le digo que necesito este viaje y que no llame mientras esté fuera.

Sonó una cuarta vez.

—Hola —dije, con la voz más plana que pude sostener.

—Necesito hablar contigo. ¿Puedes hablar ahora?

—Estoy muy liada, Rodrigo.

—Solo un momento. Por favor.

Llamaron a la puerta.

—Oye, están llamando. Te llamo en un rato.

—No cuelgues. Por favor. Abre la puerta y sigue hablando conmigo.

Fui hacia la entrada con el móvil pegado a la oreja, pensando en el repartidor, en la vecina, en cualquiera menos en él. Giré el pomo y abrí.

Y ahí estaba.

Con el teléfono todavía en la mano y esa media sonrisa que llevaba semanas intentando arrancarme de la memoria. No encontré las palabras. No dije nada.

—¿No me vas a invitar a pasar? —preguntó, con esa calma suya que siempre me había desesperado—. ¿O estás acompañada?

—No —respondí—. No estoy acompañada. Pasa.

Entró y yo retrocedí hacia el pasillo. La maleta abierta sobre la cama, visible desde el pasillo. El abrigo de invierno colgado en la silla de la cocina porque en Roma en esta época aún hacía frío por las noches. Toda la evidencia de mi huida, expuesta.

Me eché sobre él antes de que pudiera pensar si quería hacerlo. Lo abracé fuerte, con la cara hundida en su cuello, aspirando ese olor que me había faltado cada día de las últimas semanas. Noté que él también apretaba, que no era solo mi necesidad la que llenaba ese abrazo.

—Te echaba de menos —le dije al oído.

—Yo más —respondió. Y sonaba a verdad.

Nos quedamos así un momento largo. Luego se separó lo suficiente para mirarme.

—Aquí me tienes —dijo—. Para lo que quieras. Pero si quieres que esto acabe, tienes que decírmelo ahora, mirándome a la cara. No desde el aeropuerto, no por mensaje.

Le miré. Tenía esa expresión seria que ponía cuando decía algo que le costaba. Le besé la mejilla. Luego la otra. Luego él me buscó la boca y me la encontró.

—Te quiero —dijo contra mis labios—. Y no quiero que esto acabe.

Recogí su bolsa del suelo y la dejé junto a la pared. Le cogí la mano.

—Ven.

***

El patio tenía esa luz dorada de las mañanas de primavera, antes de que el sol llegara a la vertical y lo convirtiera todo en blanco. En la zona lateral cubierta por un techo de vigas y teja había un sillón de hierro forjado con cojines de tela gruesa que yo había comprado en un mercadillo hacía dos veranos. Lo conduje hasta allí.

Lo hice sentar. Me senté en sus piernas, de frente, con las rodillas a sus lados, mirándole a la cara.

—¿Por qué me lo pones tan difícil? —pregunté.

—No te lo pongo difícil. Lo que hay entre nosotros no es difícil. —Hizo una pausa—. Sé que la situación no es la más sencilla. Pero no puedo dejarlo. Y tú tampoco quieres que lo deje.

—No es tan simple, Rodrigo.

—Puedo darte todo lo que quieras. Todo lo que me dejes darte. Sé exactamente lo que necesitas, y lo sabes tú también. Eso no lo vas a encontrar en ningún otro lado.

Lo miré un momento sin responder. Tenía razón, y los dos lo sabíamos, y eso era exactamente lo que hacía todo más complicado. Le besé la boca para no tener que admitirlo en voz alta.

El beso empezó despacio y se fue cargando de algo más denso. Me metió la lengua hasta el fondo, chupándome la mía, mordiéndome el labio inferior hasta que solté un gemido bajito. Su boca bajó por mi cuello, lamiendo, dejándome marcas rojas que iba a tener que tapar con el cuello del jersey. Me abrió la camisa de un tirón y las tetas me quedaron al aire, con los pezones ya duros de solo pensar en su boca. Se lanzó a uno, chupándomelo con fuerza, tirando con los dientes hasta hacerme arquear la espalda, y luego se pasó al otro. Sus manos me cogieron de las caderas y empezó a moverme sobre él, marcándome el ritmo, restregándome el coño contra el bulto que le crecía dentro del pantalón.

Me levanté.

Delante de él, con los ojos fijos en los suyos, levanté la falda hasta la cintura. Me bajé las braguitas hasta los tobillos y me las quité. Las dejé caer sobre los adoquines húmedos del patio. Vio la mancha oscura de humedad que me había quedado en la tela y sonrió sin decir nada. Yo ya estaba mojada, tanto que notaba el frío del aire de la mañana pegándose al interior de los muslos.

Me volví a sentar en sus piernas, esta vez con las rodillas bien abiertas, y empecé a moverme sobre su entrepierna. Noté cómo reaccionaba debajo de mí, cómo la tela del pantalón empezaba a tensarse con cada movimiento, cómo la polla se le marcaba de lado a lo largo del muslo, gruesa, dura, buscándome.

—¿Esto es lo que quieres? —me preguntó.

—Lo que quiero es sentirte —respondí—. Sácala. Sacame esa polla ya.

Sin dejar de mirarme, me levantó lo justo para desabotonarse el pantalón y sacarlo del calzoncillo. Ahí estaba, dura, hinchada, con esa vena marcada por debajo que yo conocía de memoria y la punta ya brillante de la gota que se le había escapado. Bajé la mano y se la agarré, apretándosela desde la base hasta arriba, sintiendo cómo se le tensaba entera contra la palma. Escupí un poco de saliva en la mano y le empecé a hacer una paja lenta, apretándole el glande con cada subida, mirándole a la cara para ver cómo se le entreabría la boca.

—Joder —dijo entre dientes—. Así, así.

Me restregué contra él, sin meterlo todavía, deslizándole la polla entre los labios del coño, empapándosela con mi humedad, buscando la fricción del glande contra el clítoris, escuchando cómo su respiración se iba espesando con cada segundo que pasaba. Le froté la punta arriba y abajo, embadurnándosela, notando cómo la cabeza se me colaba un centímetro y salía otra vez sin llegar a entrar.

Me gustaba empezar así, despacio, tomándome el tiempo, provocándome yo misma con su polla en la mano. Él lo sabía y me dejaba llevar el ritmo, con las manos en mis caderas sin forzar nada, dejando que yo hiciera el trabajo.

Cuando ya no pude más, cuando el coño me estaba pidiendo a gritos que la metiera del todo, me incorporé un poco, lo coloqué con la mano donde lo necesitaba, y me dejé caer encima.

Entró de golpe. Hasta los huevos.

El sonido que salió de mi garganta no fue del todo voluntario. Me quedé inmóvil un instante, con las manos aferradas a sus hombros, dejando que el cuerpo se acostumbrara a tenerla entera dentro, notando cómo me llenaba, cómo me abría, cómo la punta me tocaba justo donde tenía que tocar. Luego empecé a moverme. Subía hasta dejar solo el glande dentro y bajaba de golpe hasta el fondo, y otra vez, y otra, encontrando el ritmo y acelerándolo. Se me habían soltado las tetas del sujetador desabrochado y le rebotaban en la cara, y él me cazó un pezón con la boca y me lo chupó sin soltarlo mientras yo lo cabalgaba.

—Qué apretado lo tienes —murmuró contra la piel—. Joder, cómo me aprietas.

—Es que llevo semanas sin follar —jadeé—. Semanas esperando esta polla.

La mañana seguía quieta a nuestro alrededor. Un gorrión en algún tejado cercano. El rumor apagado de una calle que despertaba lejos. Y yo encima de él, con la falda arremangada en la cintura, el coño ensartado en su polla, olvidándome por completo de Roma, del avión del sábado, de todas las decisiones que había tomado con tanto esfuerzo durante semanas. Cada bajada me sacaba un gemido más alto que el anterior. Notaba cómo la humedad me chorreaba por la base de la polla, cómo se me pegaba a los muslos, cómo el sillón crujía debajo de nosotros.

Me corrí encima de él, con la cara hundida en su cuello y las piernas temblando, apretándosela por dentro con espasmos que le arrancaron un gruñido. Seguí moviéndome unos segundos más, exprimiéndome el orgasmo hasta la última onda, con el clítoris aplastado contra su pubis.

***

—Espera —dijo cuando levanté la cabeza—. Espera, espera. No te muevas todavía.

Me miró de una manera específica que yo reconocía bien. Con la voz baja y las manos firmes en mis caderas, me colocó él mismo: de pie, inclinada hacia adelante, las manos apoyadas en el respaldo de hierro del sillón, las piernas separadas, la falda subida hasta la cintura y el culo al aire. Me pasó la mano por la espalda, bajando despacio, y me abrió una nalga con el pulgar.

—Ahora quiero tu culito —dijo—. Llevo semanas pensándolo.

Se arrodilló detrás de mí. Noté el frío del aire en la piel desnuda y enseguida el calor de sus manos abriéndome despacio, separándome bien las nalgas para dejarme el ojete expuesto. Su boca empezó a trabajar allí con paciencia, sin prisa. La lengua me lamió primero de abajo hacia arriba, del coño al culo, recogiéndome toda la humedad y su propia baba que ya me estaba escurriendo. Luego se centró en el ano, girando la punta encima, empapándolo, forzando un poco hasta metérmela dentro. Cerré los ojos y apoyé la frente en las manos sobre el hierro frío del respaldo, mordiéndome los labios para no gritar demasiado.

—Joder, Rodrigo —jadeé—. Joder, no pares.

Metió y sacó la lengua varias veces, comiéndome el culo con una obscenidad que me hizo apretar los dedos alrededor del hierro. Luego subió una mano por el interior del muslo y me metió dos dedos en el coño, curvándolos hacia arriba, mientras seguía trabajándome el ojete con la boca.

Todavía estaba agitada de la primera vez, y aquello me llevaba directamente al límite. Era algo que siempre había sido nuestro, una cosa que no había tenido con nadie antes ni creía que fuera a encontrar después: esa capacidad suya para saber exactamente dónde tocarme y cuándo cambiar.

Y por eso Roma. Para dejar de comparar todo con esto.

Se incorporó. Escupió en la mano y se embadurnó la polla con la saliva y con lo que le había quedado pegado de mi coño. Sacó los dedos de mí y con los mismos me untó bien el ojete, metiéndomelos hasta el segundo nudillo, abriéndome despacio.

Noté la presión de su polla justo donde había tenido la boca.

—Métemela —pedí—. Métemela toda por el culo.

Empujó despacio al principio, con cuidado, esperando que mi cuerpo se abriera a su ritmo. La cabeza me forzó la entrada y noté el ardor conocido, esa mezcla de dolor y de placer que se me instalaba siempre en la base de la columna. Se paró. Respiré hondo. Empujó otra vez, un poco más, ganando otro centímetro. Y así, poco a poco, hasta que entró del todo y sentí sus huevos pegados contra los labios del coño y yo tuve que morderme el labio para no gritar demasiado alto.

—Toda dentro —dijo con la voz ronca—. Te la he metido toda.

Empezó a moverse.

Despacio primero, encontrando el ángulo, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter con cuidado. Luego más seguro, con ese empuje firme y constante que me hacía aferrarme al respaldo con los nudillos blancos. Gemía bajito contra mis propias manos, sin poder evitarlo, con el sonido del sillón raspando los adoquines cada vez que él empujaba y el chapoteo de sus caderas chocando contra mi culo. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a follarme más fuerte, hundiéndomela hasta el fondo cada vez, con esa violencia contenida que yo sabía que se le acumulaba cuando llevaba días sin verme.

—Tócame —le pedí entre jadeos—. Tócame el coño mientras me follas el culo, por favor.

Pasó una mano por mi cadera y encontró el sitio exacto sin que tuviera que guiarle. Sus dedos me buscaron el clítoris y lo empezaron a frotar en círculos, con la presión justa, sin quedarse corto ni excederse, marcando el mismo ritmo de sus embestidas. Con la otra mano me sujetó de un pecho, apretándomelo, pellizcándome el pezón entre el índice y el pulgar.

El doble estímulo fue demasiado en menos de lo que esperaba. Notaba la polla partiéndome el culo, los dedos machacándome el clítoris, la mano en la teta, y todo eso a la vez me estaba empujando otra vez al borde.

—Me voy a correr otra vez —gemí—. Joder, me voy a correr otra vez.

—Córrete —jadeó él contra mi nuca—. Córrete apretándomela.

Le escuché gemir con la voz ya rota, entrecortada, sintiendo cómo la polla se le hinchaba dentro del culo un instante antes.

—Me corro —dijo—. Me corro ahora, no puedo más.

El calor de su orgasmo me llenó desde adentro, chorro tras chorro, sentí cómo se vaciaba entero dentro de mí, cómo la polla le latía marcándome cada disparo. Noté cómo seguía moviéndose mientras se corría, sin detenerse, sin soltar los dedos de donde los tenía, embadurnándome el clítoris con mis propios jugos. Me corrí una segunda vez con un temblor que empezó en las rodillas y me subió hasta la garganta, apretándole la polla por dentro con contracciones que le hicieron gruñir contra mi pelo.

Nos quedamos así, inmóviles, jadeando, apoyados los dos sobre el sillón de hierro del patio. Él se salió despacio y noté cómo su semen empezaba a escurrirme por el interior del muslo, caliente, espeso, dejándome un reguero pegajoso hasta la rodilla.

***

El sol ya estaba más alto. Desde algún lugar de la calle llegó el motor lejano de una furgoneta. El gorrión del tejado había desaparecido.

Me incorporé despacio, me coloqué la falda sobre las piernas todavía manchadas y lo miré por encima del hombro.

—Sigues sin decirme nada sobre Roma —dije.

Él se abotonó el pantalón con calma y recogió su bolsa del suelo.

—El vuelo sale el sábado —respondió—. Hoy es jueves.

Tenía razón en eso también. Eran poco más de las once de la mañana. Dos días enteros por delante. La maleta seguía abierta sobre la cama, en el cuarto, esperando.

Pero el sábado quedaba muy lejos.

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Comentarios(8)

Romi_84

que relato tan bonito, me llego directo al corazon

andrespaz22

necesito una segunda parte, no me podes dejar con esta angustia jajaja

ElenaCordoba

me recordó algo que viví hace años, esa sensacion de querer escapar y que aparezca justo antes de que puedas. Increible como lo narraste, se siente muy real

NocheLector77

como termino todo?? me quede con la intriga y eso es lo mejor que le puede pasar a un relato

carlos_fdez

buenisimo!!!

LuciaV22

Dios, esto es demasiado real. Se me hizo un nudo en la garganta leyendolo

PabloMdQ

el titulo ya te prepara para lo que viene, desde la primera linea sabes que va a doler. Muy bien escrito, segui asi

MarisolR

Que bien narras, se nota que viene del corazon. Esperando mas relatos tuyos!

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