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Relatos Ardientes

La cantante que nunca olvidé entre mis sábanas

Era un domingo por la noche y no tenía que madrugar al día siguiente. Llevaba varios años sin pareja —la última relación había terminado sin dramatismo pero con la misma definitividad con que se cierra una puerta— y mi vida sexual se había reducido a la masturbación. A mis treinta y siete años tenía el líbido más alto que a los veinte, algo que ningún médico me había explicado satisfactoriamente pero que tampoco me preocupaba demasiado. Lo que sí me generaba cierta incomodidad era la previsibilidad: siempre las mismas carpetas, los mismos atajos, el mismo resultado en quince minutos.

Tenía una colección bastante ordenada. Imágenes guardadas por categorías: rubias, morenas, pelirrojas. Una carpeta con mujeres mayores de cuarenta a las que había etiquetado con un criterio que yo mismo había establecido sin pedírselo a nadie. Otra con algunas actrices y presentadoras de televisión. Una más, más pequeña, con conocidas de distintos períodos de la vida que habían tenido la mala suerte de aparecer fotografiadas de maneras que quedaban mejor en el recuerdo privado que en las redes sociales.

Aquella noche, sin embargo, no abrí ninguna carpeta.

Había escuchado esa tarde en la radio una versión nueva de una canción vieja. Y eso me había dejado pensando en algo que no pensaba desde hacía tiempo. Desde hacía, exactamente, unos quince años.

Valeria Montero.

Para quien no la conozca: cantante colombiana, carrera que arrancó a finales de los noventa y que en algún momento fue completamente inevitable si vivías en España o en cualquier país latinoamericano. No era la más guapa del panorama musical de aquella época, ni la que tenía la técnica vocal más elaborada. Pero tenía algo que resultaba muy difícil de definir sin sonar como alguien que necesita ayuda profesional. Algo en la manera en que su voz se quebraba en determinados momentos, como si por un instante perdiera el control de lo que estaba haciendo. Algo que yo, a los catorce años, no sabía nombrar pero que reconocía perfectamente en mi propio cuerpo.

La primera vez que la escuché fue con «Necesito estar contigo», una balada en apariencia completamente inocente sobre la distancia y el amor. El videoclip era simple: Valeria caminando por una ciudad costera con el pelo oscuro y largo moviéndose al viento, cantando con los ojos entrecerrados. Nada extraordinario. El tipo de cosa que ponen en la televisión de tarde y que normalmente no te detiene.

Pero en el minuto dos con cuarenta y tres ocurría algo.

Valeria emitía un gemido. Corto, suave, casi como si se hubiera olvidado de que había un micrófono delante. La melodía seguía su curso, la letra continuaba, pero en ese instante de dos segundos su voz hacía algo completamente distinto. Algo que no pertenecía a la categoría de «cantar» sino a otra que yo no tenía catalogada todavía pero que me afectaba de manera inequívoca y física.

Rebobiné el casete cuatro veces seguidas.

Después de la cuarta escucha entendí que algo había cambiado en mí de forma irreversible. Fui al baño, eché el pestillo, y descubrí cosas sobre mí mismo que los manuales de educación sexual del colegio habían mencionado de pasada pero sin el suficiente énfasis en los detalles prácticos.

Su siguiente álbum fue un escalón más arriba en todos los sentidos.

«Dime lo que sientes» empezaba con Valeria jadeando antes de que entrara siquiera la melodía. No una vez: a lo largo de los cuatro minutos de canción había seis o siete momentos en que su voz hacía esas cosas. El productor del disco, o era un genio o compartía exactamente mis problemas, había tomado la decisión deliberada de mezclar esos jadeos bien arriba en la pista de audio, perfectamente audibles, sin ningún disimulo.

Me ponía los auriculares del discman tumbado en la cama a oscuras y movía la pelvis contra el colchón siguiendo el ritmo. Cuando llegaba al último estribillo y Valeria gritaba «¡no puedo más, no puedo más, ay, ay, ay, es así!», yo también terminaba. Siempre al mismo tiempo. La sincronización me parecía significativa de alguna manera que no sabía formular con palabras.

Por supuesto, que Valeria estuviera en el pico de su belleza física en esa etapa no era un detalle irrelevante. Sus videoclips la mostraban bailando con una seguridad que resultaba difícil de ignorar: las caderas siguiendo el compás con una precisión que parecía instintiva, la mirada a cámara en los momentos exactos. Había uno en particular, el de «Corazón salvaje», donde aparecía con vestido de escote pronunciado y el pelo completamente suelto, mirando al objetivo de una manera que hacía sentir que era ella quien te observaba a ti. Pero insisto en el punto principal: lo que me hacía volver siempre era su voz. Los gemidos eran el núcleo; lo demás era la decoración.

***

El salto cualitativo llegó con su colaboración con el cantante Ignacio Torres: «Tu veneno». Una canción que mezclaba la sensualidad con cierta sofisticación, los dos artistas moviéndose en el videoclip como si estuvieran a punto de cruzar una línea que les habían dicho que no cruzaran. Tenía elegancia. Valeria sabía exactamente lo que estaba haciendo con su cuerpo y con el del espectador.

Pero el siguiente videoclip fue directamente otra categoría.

«La bestia» la mostraba dentro de una jaula de acero, con el pelo suelto, ropa que funcionaba más como sugerencia que como prenda, moviéndose de formas que técnicamente podían llamarse danza pero que tenían muy poco que ver con ningún paso convencional. En un momento específico de la canción se inclinaba hacia adelante, de espaldas a la cámara, y lo que hacía a continuación con las caderas pertenecía a una categoría que yo solo podía clasificar como pornografía en movimiento. En otras escenas se agarraba a los barrotes de la jaula y echaba la cabeza hacia atrás con la boca entreabierta y los ojos cerrados, como si algo le estuviera ocurriendo fuera del encuadre y el director hubiera tenido la decencia de no mostrarlo.

Perdí la cuenta de las veces que vi ese videoclip durante los meses siguientes. Sin ninguna exageración.

***

Después vinieron años más irregulares. Canciones más comerciales, algunas directamente malas, donde lo único destacable era que Valeria aparecía en lencería o en bañador. Producciones que sonaban a trabajo de estudio rápido y sin alma, sin un solo gemido en cuatro minutos. Fue también la época de su relación con el futbolista Rodrigo Albés, un tipo de cara perfecta y cero carisma que aparecía en todas las fotografías con ella colocándola más pequeña de lo que era con el brazo encima del hombro. Empecé a tenerle manía sin ningún motivo declarable.

Hubo temporadas enteras en que dejé de escucharla. Solo sobrevivieron dos canciones de ese período en mi catálogo mental. Una, «Caramelo», por el ritmo, que en determinadas circunstancias todavía funcionaba. La otra era una colaboración con una cantante brasileña llamada Priya que sí sabía hacer que ciertas sílabas aterrizaran exactamente donde debían aterrizar. En ese caso mi interés era principalmente por Priya y Valeria era casi el pretexto.

***

Aquella noche de domingo decidí suspender los escrúpulos y darle una oportunidad a la versión más reciente de Valeria Montero.

Busqué su último videoclip, «Libre y sola», estrenado hacía pocas semanas. La premisa era predecible: Valeria recién separada, empoderada, con cuarenta y muchos años que llevaba bastante mejor que yo los míos, paseando en bikini sobre la cubierta de un yate, bailando en la escalera de un club nocturno, sumergiéndose en un jacuzzi rodeada de mujeres más jóvenes como si presidiera una corte privada e informal. Un festival de imágenes de empoderamiento post-ruptura que resultaba difícil tomarse completamente en serio.

Lo que sí tomé completamente en serio fue su espalda.

En la escena del jacuzzi, Valeria estaba de espaldas a la cámara con el agua hasta la cintura. La espalda completamente al descubierto. La piel sin una sola imperfección visible bajo la luz naranja del atardecer que el director de fotografía había colocado con evidente intención. La columna marcaba una línea perfecta desde la base del cuello hasta donde el agua la ocultaba. Me entraron unas ganas considerables de pasarle la mano por ahí.

El problema era que en todo el videoclip no gemía. Ni una sola vez.

Tomé la decisión más lógica que se me ocurrió: puse el vídeo en silencio y lo acompañé con el audio de «Dime lo que sientes» reproduciéndolo desde el teléfono apoyado en la mesilla de noche.

El resultado fue objetivamente mejor que el material original.

Mientras la Valeria del vídeo movía las caderas en cubierta con el horizonte marino detrás, la Valeria del audio me susurraba en voz entrecortada que no podía más. Cuando en la pantalla se inclinaba sobre la barandilla del yate, en el teléfono llegaba el estribillo. La sincronización era imperfecta, pero el cerebro humano, después de treinta y siete años de práctica continuada, es perfectamente capaz de construir una narrativa coherente con materiales incompletos.

Me acordé de los catorce años. Del casete rebobinado cuatro veces seguidas en el silencio del cuarto.

Tardé menos de diez minutos. Cuando la Valeria del vídeo se giró desde el jacuzzi hacia la cámara —mirando directamente al objetivo con esa expresión de quien sabe exactamente lo que está haciendo y no le importa que lo sepas—, sentí algo que subía desde los pies hasta la nuca y terminé con una intensidad que no recordaba desde hacía semanas. Me quedé inmóvil unos segundos, mirando el techo, con la respiración acelerada y el teléfono tibio sobre el pecho.

—Valeria —le dije a la pantalla—. Llevas veinte años siendo imposible.

Me limpié con la camiseta que tenía sobre la silla del escritorio, apagué la pantalla y me tumbé en la oscuridad.

Antes de quedarme dormido, pensé:

Mañana tengo que probar esto con Carmen Valdés.

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Comentarios (7)

SolBA

buenisimo!!! me encanto de principio a fin

PacoGT

jajaja todos tenemos esa cantante que nos marcó para siempre, me re identifico con esto

Nati_Rosario

Me encanto la forma en que lo contaste, muy intimo y real. Seguí así!

LucianoK77

De qué cantante te inspiraste?? me mato la curiosidad jaja

Marcos_Uy

Que relato mas especial, la nostalgia de los noventa le da un toque que pocos saben lograr. Espero ansioso el próximo

Vale_BA

increible, se me hizo cortisimo

Ricki_posta

Me hizo acordar a mis noches escuchando música a oscuras cuando era adolescente jaja. Muy bueno!

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