Lo que viví en Cebú y nunca me atreví a contar
Llegué a Cebú con una maleta pequeña y muchas ganas de olvidar los últimos meses. Separación reciente, trabajo que consumía demasiado, el apartamento vacío por las noches. Quince días de viaje solo, sin itinerario fijo, sin obligaciones con nadie. Eso era todo lo que quería.
Los primeros días fueron de adaptación. Me instalé en un hotel modesto a dos calles del puerto, aprendí dónde comer bien y barato, caminé sin rumbo por el malecón mientras el sol se ponía sobre la bahía. Y sí, también hubo encuentros. Dos, para ser exacto. Los dos terminaron de la misma forma: cuando pensaba que todo iba bien, descubrí que la persona que tenía delante no era lo que parecía. No guardo rencor. Solo aprendí a ser más cauteloso la próxima vez.
El segundo día decidí que no me rendiría todavía. Salí temprano, con el sol todavía alto, y entré en un bar con terraza que daba al mar. Pedí una cerveza fría y un plato de gambas al coco que costó menos de ocho dólares. Estaba comiendo tranquilo, mirando a la gente pasar, cuando la vi entrar.
Era diferente a cualquier mujer que hubiera conocido desde que llegué. Más alta que la mayoría, con unas curvas reales que no necesitaban ninguna pose: caderas anchas, pechos grandes que se marcaban bajo una blusa ajustada, un culo redondo y firme que se intuía al caminar. Piel morena, pelo negro liso que le llegaba a los hombros, labios llenos y una sonrisa tranquila que no buscaba a nadie en particular. Se sentó sola en una mesa cercana y pidió algo de beber sin mirar alrededor.
Me quedé mirándola más de lo que debería. Después de los dos días anteriores era inevitable que tuviera mis dudas. Pero algo en su forma de moverse, en el balance natural de sus pechos cuando se inclinó a recoger algo del suelo, me hacía pensar que esta vez era diferente. Me levanté, me acerqué y le ofrecí acompañarla.
—Claro, si quieres —dijo con voz suave. Su español era limitado pero suficiente para entenderse. Se llamaba Cherie.
Charlamos un rato. Ella reía fácil, me miraba directamente a los ojos cuando hablaba, no se distraía con el teléfono. Al cabo de un momento, entre risas y un segundo trago, le pregunté con cuidado si estaba disponible esa tarde.
—Depende de lo que busques —respondió sin rodeos—. Por estar conmigo una hora, ochenta dólares. Si quieres quedarte más tiempo, ya hablamos del precio.
Antes de decir nada más, le expliqué con honestidad que después de los días anteriores necesitaba estar seguro. Ella entendió al instante. Se levantó, me hizo un gesto y me llevó al baño del fondo del local, pequeño y discreto. Cerró la puerta, me miró con una sonrisa tranquila y me mostró lo que necesitaba ver. No había ninguna duda posible.
Se me secó la boca.
—¿Cuánto por todo el día y la noche? —pregunté con la voz algo ronca.
Ella inclinó la cabeza, evaluándome un momento.
—Ciento veinte dólares. Y que sepas que no va a ser fácil agotarme.
No lo pensé mucho más. Pagué la cuenta del bar, la tomé de la mano y la llevé al hotel.
***
La habitación olía a aire acondicionado y a sábanas limpias. Cherie se puso cómoda de inmediato, como si estuviera en su propia casa. Yo aún procesaba todo mientras me quitaba la camiseta. Ella se me acercó, pasó una mano por mi pecho y dijo simplemente:
—Relájate. Tenemos tiempo.
Me empujó suavemente hacia la cama y empezó despacio. No fue un striptis calculado, sino algo más natural: se quitó la blusa dejando caer los hombros primero, los pechos moviéndose libres cuando se deshizo del sujetador. Grandes, naturales, con ese peso real que no tiene ninguna foto. Luego la falda corta, la ropa interior, y se quedó frente a mí como si aquello fuera lo más normal del mundo.
No era lo más normal del mundo. No para mí, no en ese momento.
Le pedí que se quedara con la ropa interior. Le pedí que se arrodillara delante de mí. Ella obedeció sin prisa, abrió la boca y empezó con una lentitud que me volvió loco desde el primer segundo: la lengua plana desde abajo hacia arriba, los ojos mirándome sin apartarse. Luego me tomó profundo de un movimiento, hasta el fondo, sin esfuerzo aparente.
Gemí. Le puse la mano en el pelo.
Ella marcó un ritmo constante, sin pausas innecesarias, alternando velocidades que parecían calcular exactamente cuándo necesitaba que aflojara y cuándo podía apretar más. Llevábamos así casi media hora cuando la aparté con suavidad.
—Date la vuelta —dije—. Quiero explorarte bien.
La puse a cuatro patas en la cama y pasé un tiempo largo haciendo con la boca lo que ella me había hecho a mí: lengua en el clítoris, succionando los labios, metiéndome hasta donde podía. Cherie gemía alto, empujando las caderas hacia atrás, pidiéndome más sin palabras. Se corrió así por primera vez, agarrando las sábanas con los puños cerrados. No fue discreta.
—Nadie me había hecho eso así —dijo después, jadeando todavía.
—Tenemos todo el día —respondí.
***
Lo que siguió fue largo. Más de lo que cualquiera de los dos esperaba. Cherie se corrió varias veces más: encima de mí cabalgando con ese ritmo de caderas que tenía, de lado con mis manos en sus pechos, de espaldas con una fuerza que me sorprendió. Gritó, maldijo en dos idiomas, me arañó la espalda en algún momento sin que ninguno de los dos lo notáramos hasta después.
Lo que no hice fue correrme yo.
No fue por falta de ganas. Fue deliberado. Había algo en mantener ese control, en verla agotarse mientras yo seguía igual, que me encendía más que cualquier otra cosa. Cherie lo notó después del cuarto orgasmo, cuando ya apenas podía sostenerse de rodillas.
—¿Qué clase de hombre eres tú? —preguntó, con una mezcla de asombro y algo que sonaba casi a miedo.
—Uno que tiene todo el día pagado —le dije.
A media tarde, Cherie estaba exhausta de verdad. Me pidió un descanso con una voz tan débil que me pareció completamente honesta. La tapé con una sábana, la dejé descansar y salí a buscar algo de comer. Un puesto callejero cerca del mercado vendía arroz con cerdo asado por menos de cinco dólares. Comí de pie, mirando la calle, con la satisfacción tranquila de quien ha tenido una tarde excepcional y todavía tiene energía de sobra.
Más tarde, ya de noche, entré en un local que me habían mencionado en el hotel: un sitio donde las chicas bailaban en un escenario pequeño iluminado con luces de neón y uno podía invitarlas a una copa o a una habitación privada. Elegí a una que bailaba con más soltura que las demás, de caderas anchas y movimientos lentos. Con ella terminé lo que Cherie había dejado pendiente. Salí de allí una hora después, ligero, con el paso de alguien que por fin ha resuelto algo que llevaba demasiado tiempo sin resolver.
Volví al hotel cerca de la medianoche. Cherie estaba despierta, recién duchada, con el pelo todavía húmedo y una expresión que mezclaba el agotamiento con algo parecido a la curiosidad sincera.
—Ven —dijo—. Dúchate conmigo.
Nos metimos bajo el agua caliente. Ella se apoyó en los azulejos y me miró con honestidad directa.
—Nunca había estado con alguien así. Eres demasiado para mí. Puedo irme y devolverte el dinero, o puedo mandarte a la mejor persona que conozco. Alguien que sí puede contigo. Tú decides.
Le dije que se quedara con el dinero. Le di además veinte dólares de propina. Ella asintió, se vistió en silencio y se fue, dejando los billetes en la mesita sin tocarlos.
***
A la mañana siguiente, temprano, llamaron a la puerta. Abrí en ropa de dormir y me encontré a Cherie en el pasillo con tres mujeres nuevas a su lado. Las cuatro me sonreían como si aquello fuera la cosa más natural del mundo.
—Las mejores que conozco —dijo Cherie—. Yo cubro la mitad de lo que cobren, en compensación por ayer. Elige la que quieras.
Las observé una a una. La primera tenía un cuerpo bonito pero sin nada que me llamara especialmente. La segunda era delgada y joven, con una sonrisa que parecía demasiado ensayada. La tercera me detuvo por completo.
Era de complexión media, pero con unas caderas y un culo que eran lo más llamativo de toda la habitación: redondo, firme, con esa densidad de quien lo mueve sin pensar en ello. Los pechos grandes y pesados, los pezones oscuros. Cuando me miró, lo hizo directo, sin artificio.
—Cien dólares por todo el día —dijo—. Me llamo Ana.
Las otras dos se fueron con Cherie.
Ana entró, cerró la puerta y me miró como alguien que ya sabe cómo va a ir la jornada antes de que empiece.
—¿Qué quieres primero?
—Quiero que me demuestres por qué Cherie dice que eres la mejor —le dije.
Sonrió. Se sentó en el borde de la cama y empezó.
***
Con Ana la dinámica fue diferente desde el principio. Tenía una técnica oral que casi me hizo perder el control en los primeros minutos: una mano en la base girando despacio mientras la boca hacía algo complicado y preciso con la lengua y la presión, y la otra mano trabajando al mismo tiempo con una firmeza exacta. Era tan calculado que tuve que apartarla de un tirón antes de que fuera demasiado tarde.
—Para —le dije—. Así no. Demasiado rápido.
Ella levantó la vista con esos ojos que ya sabían perfectamente lo que habían conseguido.
—¿Ves? Soy la mejor.
Le ordené que se subiera encima de mí. Cabalgar era claramente lo suyo: tenía ese ritmo de caderas que o se tiene o no se tiene, que no viene de ningún aprendizaje sino de cómo está hecho el cuerpo entero. Mientras lo hacía, yo le agarraba los pechos con las dos manos, pasaba la boca por los pezones hasta que ella protestaba en voz alta y seguía igualmente.
Cuando sentí que el calor de ella era demasiado para seguir en esa postura, la giré, la puse a cuatro patas y le tomé el culo. Y ahí fue cuando entendí por qué Cherie la había llamado la mejor: Ana contraía los músculos internos de una manera que nunca había sentido, en oleadas precisas, como si hubiera pasado años aprendiendo a usar ese cuerpo de una forma completamente distinta. No era la presión mecánica de un cuerpo que se tensa por reflejo. Era otra cosa. Era deliberada.
—Dios —dije en voz alta, sin pretenderlo.
—¿Ves? —repitió ella, con la sonrisa en la voz.
Me corrí mucho más tarde de lo que esperaba. Fue largo e intenso, y cuando terminé seguía con la cabeza sin aclarar del todo.
—Me quedo los días que me queden del viaje —le dije mientras me tumbaba boca arriba.
—Cien dólares al día —respondió ella.
—Hecho.
***
Pasamos tres días juntos. Ana comía con apetito, dormía pegada a mí sin pedir permiso, salía a recorrer el mercado por su cuenta y volvía con fruta y objetos baratos que le gustaban. Por las noches seguíamos con aquella rutina que ella había establecido casi sin que yo me diera cuenta: su cuerpo, su técnica, mi control cada vez más puesto a prueba y cada vez más difícil de mantener.
El cuarto día salimos de copas. Ana conocía los bares del puerto mejor que yo. En uno de ellos, mientras bailábamos pegados bajo luces de colores, una mujer se acercó por detrás.
Era espectacular de una manera distinta a Ana. Más alta, con el pelo negro hasta la cintura, unos labios pintados de rojo que no necesitaban nada más. Se llamaba Jasmine. Se acercó a Ana primero, se saludaron como quien conoce a alguien de vista, luego me miró a mí directamente.
—¿Os importa si me uno esta noche?
Ana me miró a mí. Yo miré a Jasmine.
Jasmine se pegó a mi lado y me susurró al oído con una calma que contrastaba con el ruido del bar:
—Tengo una técnica especial. Algo que te hará sentir lo que nunca has sentido. Ciento cincuenta dólares, los tres juntos, toda la noche.
Le pregunté de qué hablaba exactamente. Ella se rio con suavidad, sin apartar los ojos de los míos.
—Ya lo verás. Pero necesito que confíes en mí.
No sé exactamente por qué lo hice. Confié.
***
De vuelta en el hotel, Jasmine tomó el control con una calma que me sorprendió. Me pidió que me tumbara boca arriba, que cerrara los ojos, que respirara despacio. Ana se subió encima de mi cara sin que nadie dijera nada, y empecé a lamerla mientras sentía las manos de Jasmine moverse sobre mis muslos con una deliberación extraña, como si estuviera preparando algo que requería tiempo.
Lo que hizo Jasmine a continuación no sabría describírselo a nadie con precisión. Solo sé que encontró un punto que yo ignoraba que existía en mi propio cuerpo, y lo trabajó con una paciencia y una precisión que no me dejaron ningún margen de reacción. Mientras tanto, seguía con Ana encima, con la mente dividida entre dos experiencias simultáneas que no tenían nada que ver la una con la otra.
El orgasmo que llegó fue completamente diferente a todos los anteriores. No vino de donde siempre viene. Vino de adentro, de un sitio profundo que nunca había sentido así, y duró mucho más de lo que debería ser posible. Cuando terminó, tenía las piernas temblando y la mente completamente vacía.
Jasmine me limpió con calma, como si aquello fuera parte natural del trabajo. Ana se tumbó a mi lado y me acarició el pecho sin decir nada.
—Tu primera vez de este tipo —dijo Jasmine. Sin pregunta.
Asentí.
—No va a ser la última —añadió.
Tenía razón.
***
Todavía me quedaban cinco días en Cebú. Los pasé sin prisa: comiendo en terrazas baratas con vistas al mar, durmiendo sin culpa hasta tarde, caminando por calles que ya empezaban a parecerme familiares. Ana se quedó conmigo hasta el último día. Jasmine volvió una vez más, dos noches antes de que tomara el avión de regreso.
No le cuento esto a nadie. Pero había algo en aquel viaje, en la honestidad sin adornos de aquellas mujeres, en el sexo sin drama ni disculpa ni negociación emocional, que me enseñó cosas sobre mí mismo que ninguna relación convencional había conseguido enseñarme.
A veces todavía pienso en aquella tarde en el bar del puerto. La cerveza fría. Cherie entrando por la puerta. El plato de gambas que ya se enfriaba mientras yo no podía apartar los ojos de ella.
Esas cosas no se olvidan fácilmente.