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Relatos Ardientes

El paciente que me hizo volver a sentirme mujer

Tengo cincuenta y tres años, dos hijos casi independientes y una carrera de veinte años en la misma clínica. Soy morena, pelo rizado hasta los hombros, con unas caderas y un pecho que, para sorpresa mía, todavía llaman la atención de vez en cuando. No soy alta. Pero cuando entro en una habitación, la habitación lo nota.

Mis compañeras me llaman la veterana, o a veces la jefa, con ese tono que mezcla el cariño con el reconocimiento. Sé dónde está todo. Sé lo que hay que hacer antes de que lo pidan. Sé cuándo un paciente está nervioso aunque diga que está bien. Llevo dos décadas leyendo personas detrás de una bata.

Y llevo casi dos años sin sexo. Lo digo así, sin eufemismos. No como queja. Solo como un dato que ayuda a entender lo que vino después.

***

Miguel llegó en septiembre, cuando el verano todavía no decidía retirarse. Me lo asignaron el primer día: unos cuarenta y cinco años, rubio, con esa forma de hablar de quien nunca se queda sin palabras. Simpático. Quizás demasiado.

En la segunda sesión ya me había contado que tenía un negocio de importación, que cocinaba bien cuando le apetecía y que prefería el café largo al cortado. En la tercera me preguntó si me gustaba el jazz. Le dije que prefería el silencio y se rio como si fuera lo más gracioso que había escuchado en semanas.

Me gustaban los pacientes habladores. Me servían para distraerlos durante los procedimientos más molestos, y a mí me servían para leer sus reacciones y adelantarme a cualquier incidencia.

Lo que no había previsto era la mirada.

No era una mirada descarada. No era la del hombre que te desnuda sin disimulo y luego aparta los ojos si lo pillas. Era algo más sutil y más constante: una atención que siempre estaba ahí pero que se apagaba en cuanto yo giraba la cabeza. Lo pillé dos o tres veces en las primeras semanas. Él nunca dijo nada. Nunca pasó de ahí. En todo momento fue completamente correcto.

Pero mis compañeras lo notaron antes de que yo lo admitiera.

—El de la cuatro te come con los ojos, Rosa —me dijo Cristina un martes en el vestuario, mientras se quitaba los zuecos.

—Es paciente —respondí.

—Y tú eres humana. ¿O eso también se pierde con los años?

Me reí. Pero esa noche, camino a casa, me encontré pensando en la mirada de Miguel más de lo que quería admitir.

No era que me gustara él en particular. Era lo que representaba: que alguien me veía. Que el deseo, esa cosa que creía guardada en algún cajón sin llave, todavía podía llamar desde dentro. Que no era un recuerdo sino algo vivo, esperando.

***

El juego empezó sin que yo lo decidiera del todo.

Un día me incliné más de la cuenta sobre la bandeja de instrumental y noté cómo la mirada de Miguel bajaba por el escote de mi uniforme. Cuando me incorporé, él apartó los ojos con demasiada rapidez. Me había pillado pillándolo.

No me molestó. Al contrario.

A partir de entonces empecé a prestar más atención a cómo me movía cuando estaba con él. Sin exagerar, solo un poco más consciente. Me agachaba con más calma de la necesaria. Dejaba el uniforme un botón más abierto en el cuello. Me aseguraba de darme la vuelta desde el ángulo adecuado antes de salir de la habitación.

Era exactamente lo que no debía hacer. Lo sabía. Pero era también lo único que me había hecho sentir de esa forma específica en mucho tiempo. Una calidez que no venía del verano que tardaba en irse, sino de algo más adentro.

El problema era que el verano tardaba en irse y el calor de la planta no ayudaba. Cada sesión con Miguel era un grado más en una temperatura que ya no bajaba entre turno y turno.

Un martes, el aire acondicionado se averió.

***

Era mediodía. Llevaba cuatro horas con el uniforme pegado a la piel y una tensión en el vientre que no tenía nombre claro pero que reconocía perfectamente.

La sesión con Miguel había sido la peor de las últimas semanas. Me había inclinado tres veces con la excusa del instrumental. Él había mirado las tres veces. Cuando salí de la habitación me di cuenta de que me temblaban un poco los dedos.

La sala de descanso estaba vacía. Cristina y las demás se habían ido a la cafetería del edificio de al lado.

Entré al baño. Eché el pestillo.

Me solté los dos primeros botones del uniforme. El frío del azulejo contra la espalda fue un alivio pequeño. Me encerré en el último cubículo, me senté sobre la tapa del inodoro con los pantalones y la ropa interior a media pierna y respiré hondo una vez.

Empecé despacio. Los dedos siguiendo el contorno exterior, círculos lentos alrededor del punto exacto. La respiración comprimida contra la garganta para no hacer ruido. La frente apoyada en el tabique frío del cubículo.

Miguel mirándome cuando me inclinaba. La forma en que apartaba los ojos demasiado tarde, siempre demasiado tarde.

Los dedos se movieron más rápido. Introduje uno primero, luego dos, y el ritmo se hizo doble. Estaba cerca. Muy cerca.

—¡Rosa! —La voz de Cristina desde la sala—. Rosa, ¿estás ahí? El de la doce necesita algo urgente.

Cerré los ojos. Apreté los dientes.

—Un momento —respondí, con una voz que esperaba que sonara normal.

Me recompuse en veinte segundos y salí del cubículo. Cristina me miró.

—Estás muy colorada.

—Es este maldito calor —dije—. ¿Qué pasa con el de la doce?

La calentura no se había resuelto. Se había apilado sobre sí misma. Cada roce del uniforme durante el resto del turno fue un recordatorio de lo que había quedado a medias.

***

Mi turno terminó a las cuatro. Llegué a casa a las cuatro y cuarto.

Dejé el bolso en la entrada sin siquiera mirarlo y fui directamente al dormitorio. Marcos estaba en la universidad. Lucía tenía clases hasta las seis. La casa era completamente mía.

Me desnudé despacio esta vez. Sin prisa, sin urgencia. Me quedé un momento de pie frente al espejo grande del armario.

Me miré. No con el juicio automático, el que señala lo que ha cambiado y lo que ha cedido con los años. Con otra cosa. Con algo parecido a la mirada que había visto en Miguel durante esas semanas: una mirada que no catalogaba sino que deseaba.

Subí las manos por las caderas. Las pasé por el vientre, por los costados, hasta llegar a los pechos. Los sostuve un momento antes de dejar que los dedos se movieran solos. Un pellizco suave en un pezón, luego en el otro. Un sonido se escapó de mi garganta y no hice nada por callarlo.

Me tumbé en la cama.

Las piernas abiertas, la espalda apoyada en el colchón, los ojos cerrados. No había urgencia. Era otro tipo de necesidad: la de ir despacio, de no saltarse nada, de construir desde el principio y llegar donde tenía que llegar sin atajos.

Los dedos recorrieron el interior de los muslos antes de llegar. Cuando llegaron, el primer contacto fue una descarga que me hizo arquear la espalda. Empecé con la misma caricia de antes: circular, exterior, construyendo la tensión en lugar de buscarla directamente.

La mirada de Miguel. La forma en que nunca pasaba de ahí pero tampoco la apartaba del todo. Como si estuviera esperando algo que yo no había terminado de ofrecer.

El pulgar encontró el punto exacto y los dedos entraron al mismo tiempo. El ritmo se instaló solo, sin que tuviera que pensarlo. Las caderas empezaron a moverse en respuesta, pequeños movimientos involuntarios que fui dejando pasar uno a uno.

Apreté la almohada contra la cara. No para ahogar nada, sino por el placer de escucharme en ese espacio cerrado, la respiración haciéndose cada vez más intensa y más corta.

La tensión subió despacio, como agua que se acumula en un vaso que ya casi no puede más. Las piernas empezaron a temblar. Los dedos aceleraron. La mano húmeda se movía sin pausa.

El orgasmo llegó desde abajo y desde dentro, una contracción profunda que se extendió hacia fuera en oleadas lentas. Las caderas cedieron contra el colchón. La mano siguió moviéndose, más despacio ahora, acompañando el final en lugar de forzarlo.

Me quedé quieta. Los dedos todavía dentro. La respiración volviendo a su ritmo poco a poco.

Y me reí sola, en voz baja, sin saber exactamente por qué.

***

Me quedé dormida casi una hora. Cuando me desperté, las sombras en el techo eran largas y desde el piso de abajo llegaba el sonido de una llave en la puerta de entrada.

—¡Mamá! —Era Lucía—. ¿Estás en casa?

—En el cuarto —respondí—. Dame cinco minutos.

Me duché con agua fría y me vestí sin prisa. Frente al espejo del baño, con el pelo mojado y la cara sin maquillaje, me miré de nuevo.

No sabía qué iba a pasar con Miguel. Probablemente nada. Era paciente, yo era enfermera, y esa línea no la iba a cruzar. No era esa clase de mujer ni quería serlo. Pero eso no cambiaba lo que había pasado esa tarde, ni lo que había empezado a pasar las semanas anteriores cada vez que entraba en su habitación.

Que seguía aquí. Que el deseo no se había marchado a ningún lado mientras yo no miraba. Que con cincuenta y tres años, dos hijos y dos viudedades a las espaldas, todavía podía sorprenderme a mí misma.

Que me gustaba esa sorpresa.

—¡Mamá, hay que cenar algo!

—Ya voy —respondí.

Apagué la luz del baño y bajé.

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Comentarios (8)

NatiR86

Increible como enganca desde la primera linea. Me quede sin palabras!!!

CarlosCali

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de mas...

Romina_84

Me recordo algo que yo tambien viví. Esa sensacion de despertar despues de tanto tiempo, muy bien transmitido.

pampero_73

tremendo relato, gracias por compartirlo

MarisolF

Se nota que este viene del alma. Sigue escribiendo así, ojalá no pares!

Sol_Nocturna

La descripción de esa mirada al principio me mató. Qué comienzo tan bueno.

SilvinaK

¿Va a tener continuación? Porque quedé muy intrigada con cómo sigue esto jaja

lector_curioso99

Buenisimo :) gracias por compartir

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