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Relatos Ardientes

Esa noche de verano entré al cuarto de mi hermano

Hace ocho años de aquella noche y todavía me despierta el recuerdo, en ese límite del sueño donde una cree que ya lo ha enterrado todo. No se lo conté a nadie. No podría contarlo. Pero a veces necesito ponerlo en palabras, aunque sea para mí misma, para entender qué fui y qué soy.

Aquel verano lo pasamos en la casa de la abuela, en un pueblo de la costa donde el mar quedaba a tres calles y el aire olía siempre a sal y a higueras maduras. Mi hermano Sebastián tenía veintidós años. Yo había cumplido los diecinueve en marzo. Hacía tiempo que no veraneábamos juntos —él vivía fuera, terminando la carrera— y aquella semana fue una concesión a nuestra madre, que insistía en que la familia tenía que reunirse al menos una vez al año.

La abuela se acostaba temprano. A las diez y media ya había apagado la luz de su cuarto y la casa empezaba a respirar ese silencio tibio que solo conocen las casas viejas en verano, con las contraventanas a medio cerrar y los ventiladores zumbando en cada habitación.

Esa tarde habíamos estado en la playa los dos solos. Mamá se había quedado durmiendo siesta. Sebastián me ayudó con el cierre de la parte de arriba del bikini, porque se me había trabado, y sus dedos tardaron más de la cuenta en mi espalda. No dijo nada. Yo tampoco. Pero cuando me giré, lo miré a los ojos un segundo más de lo que debería, y él fue el primero en bajar la vista. Algo se rompió ahí, o se abrió, no sé.

Después, cenando, nuestras rodillas se rozaron debajo de la mesa y ninguno de los dos las movió. La abuela hablaba de un primo lejano que había vuelto de Argentina. Yo asentía sin escuchar. Sentía la tela del pantalón de Sebastián contra mi pierna desnuda y no podía pensar en otra cosa. Cada vez que él cambiaba de postura, la rodilla se le abría un poco más y yo sentía el bulto de su muslo apretándose contra mi rodilla, subiendo por el interior de mi pierna, y noté cómo se me humedecía la braguita del bikini que todavía no me había quitado bajo el vestido.

—¿Estás bien? —me preguntó él en voz baja, mientras la abuela se levantaba a buscar el postre.

—Hace calor —dije, y no era mentira.

Él no contestó. Solo dejó la mano sobre la mesa, cerca de la mía, y mantuvo la mirada fija en algún punto del mantel.

***

A medianoche yo seguía despierta. Daba vueltas en la cama con la sábana enredada en las piernas, repasando cada gesto, cada silencio, cada milímetro de piel que había aprendido a registrar durante el día. El ventilador giraba sobre mi cabeza y no servía de nada. El calor venía de adentro. Tenía la mano metida entre los muslos sin darme cuenta, apretando, buscando algo de alivio. Me toqué por encima de la braguita y estaba empapada. Metí dos dedos y me arqueé sola en la cama, mordiéndome el labio, imaginando que era él, imaginando su boca en mi cuello, su polla dura contra mi vientre. Me saqué los dedos brillantes de humedad y me los llevé a la boca sin pensarlo, y ese fue el momento en que supe que no iba a poder aguantarme.

Me levanté.

El suelo de baldosas estaba fresco, casi frío, y caminé descalza por el pasillo con esa mezcla de decisión y vértigo que aparece cuando una ya sabe que está cruzando una línea de la que no va a poder volver. La puerta del cuarto de Sebastián estaba entreabierta. No del todo cerrada. No del todo abierta. Justo lo suficiente.

La dejó así a propósito, pensé. Sabe que voy a entrar.

Empujé con cuidado y la madera se movió sin chirriar. Había estudiado esa puerta durante años de niñez, la conocía de memoria.

Adentro, la penumbra era casi completa. Apenas entraba un hilo azul de farola desde la calle, dibujando sombras suaves en la pared. Sebastián estaba acostado de lado, dándome la espalda, con la sábana caída hasta la cintura. La camiseta que solía ponerse para dormir descansaba sobre la silla. Estaba desnudo de la cintura para arriba.

Me acerqué sin hacer ruido. Cada paso me sonaba a trueno. Sentía como si toda la casa pudiera oír mi pulso.

Me senté en el borde de la cama, despacio, hundiendo apenas el colchón. Esperé. Él no se movió. No del todo. Pero algo en su respiración cambió, se hizo más lenta y más consciente, y supe entonces que estaba despierto. Llevaba despierto desde antes de que yo entrara.

Estiré la mano y le rocé el hombro con la punta de los dedos. Tenía la piel caliente. Esperaba algo: una palabra, un gesto, una negativa. No vino nada. Solo silencio.

Bajé la mano por su brazo, despacio, recorriéndolo entero hasta llegar a su mano. Y él, sin girarse del todo, atrapó mis dedos entre los suyos.

Eso fue lo que me deshizo.

—Sebas… —murmuré, casi sin voz.

—Shh —dijo él, todavía sin abrir los ojos—. No digas nada.

Tiró de mí suave, y me dejé caer contra su espalda. Sentí el calor de su cuerpo a través de la camiseta fina que llevaba puesta. Me apreté contra él, pasé el brazo por encima de su torso y noté bajo mi mano la respiración acelerada que él intentaba esconder.

Se giró entonces. Lentamente. Quedó de cara a mí, en la oscuridad, y por primera vez sus ojos buscaron los míos. No había sorpresa en ellos. Tampoco culpa. Solo una pregunta callada que respondí acercando mi cara a la suya.

El primer beso fue torpe. Como si los dos hubiéramos olvidado cómo se besa. Apenas un roce dudoso, una prueba. Pero él me sujetó la nuca con la mano y profundizó el beso, y entonces ya no hubo manera de pretender nada. Me metió la lengua entera y yo la chupé, y él gimió bajito dentro de mi boca. Nos comíamos, nos mordíamos, nos bebíamos la saliva del otro como si lleváramos años muriéndonos de sed.

Le mordí el labio inferior sin querer. Soltó un sonido bajo, ronco, que se le escapó del fondo de la garganta. Me apreté más contra su cuerpo. Sentí, a través de la sábana, que él también estaba excitado. Muy excitado. La polla se le marcaba durísima bajo la tela, un bulto grueso que me presionaba el vientre. Hacía rato que estaba así.

Llevaba esperándome toda la noche, pensé.

Le pasé la mano por el pecho, por el abdomen, sintiendo cómo se le tensaban los músculos bajo mi tacto. Mi hermano. Sebastián. Las dos palabras se me repetían en la cabeza como una alarma que ya no podía escuchar. Bajé más la mano. Aparté la sábana. Lo encontré.

La tenía dura, gruesa, palpitando en mi palma. Le cerré los dedos alrededor y él soltó el aire de golpe, como si le hubieran dado un puñetazo suave en el estómago. La punta estaba mojada. Le extendí la humedad por toda la cabeza con el pulgar y empecé a moverle la mano arriba y abajo, despacio, apretándole el prepucio, sintiendo el latido de la vena que le corría por debajo.

—Joder —susurró—. Joder, Marina.

Le bajé la boca al cuello, se lo lamí, le mordí el lóbulo de la oreja mientras seguía masturbándole. Podía oler su piel, un olor limpio de jabón mezclado con sudor y con eso otro, con el olor denso de macho excitado que se le escapaba de la entrepierna. Bajé la cabeza más, le besé el pecho, le pasé la lengua por un pezón y él arqueó la espalda contra mi boca.

—Espera —susurró—. Espera un segundo.

Me detuve. Pensé que iba a echarme. Pensé que iba a recordar lo que éramos.

—¿Estás segura? —dijo en cambio—. Después de esto no se puede deshacer.

Lo miré. En la penumbra apenas era un dibujo de sombras y reflejos. Pero era él. El que me había enseñado a andar en bicicleta. El que me había defendido en los recreos. El que me había aguantado el pelo aquella noche en que vomité por mi primera borrachera. Y era, en ese instante, otra cosa. Un hombre. Un cuerpo que me deseaba y al que yo deseaba con una claridad que daba miedo.

—Sí —dije. Y en mi voz no temblaba nada—. Quiero que me folles.

Me besó otra vez, con más urgencia, casi con rabia. Me sacó la camiseta por la cabeza con un movimiento limpio y las tetas me quedaron al aire, los pezones ya duros de puro deseo. Me chupó uno entero, tirando con los labios, mordiendo la punta con cuidado, y yo tuve que taparme la boca con la mano para no soltar un gemido. Me acostó de espaldas en el colchón y se inclinó sobre mí. Su boca bajó a mi cuello, a mi clavícula, a mis pechos. No tenía prisa. Cada beso dejaba una marca de saliva y calor.

Me lamía los pezones despacio, uno y otro, chupándolos hasta hacerme daño, mientras la mano le bajaba por mi vientre hasta el elástico de la braguita. Metió los dedos por dentro. Cuando me tocó el coño y lo encontró chorreando, se quedó quieto un segundo y respiró hondo, como si él tampoco pudiera creerlo.

—Estás empapada —murmuró contra mi pecho—. Estás empapada, joder.

—Llevo así toda la noche —le confesé, y me mordí el nudillo cuando él empezó a acariciarme el clítoris con la yema del dedo corazón, haciendo círculos lentos, apretando justo lo necesario. Me metió un dedo dentro, después dos, y empezó a moverlos despacio mientras el pulgar seguía trabajándome el clítoris. Yo abría las piernas más y más, las caderas se me alzaban solas buscándole la mano, y toda la cama olía ya a coño mojado.

Le hundí los dedos en el pelo. Cerré los ojos. Intenté no pensar en quién era. Intenté pensar solo en lo que hacía con su lengua, con sus dientes, con sus manos. Sebas conocía mi cuerpo de una manera imposible, como si hubiera estudiado durante años cómo tocarme, dónde apretar, dónde aflojar.

Cuando bajó más, cuando me arrancó la braguita de un tirón y me separó las piernas con las dos manos y me besó ahí, contuve un grito mordiéndome el dorso de la mano. La abuela dormía a tres puertas de distancia. Mi madre, a dos. Y nosotros estábamos haciendo eso. Eso que nadie podía saber jamás.

Me lamía entera, de abajo arriba, con la lengua plana, recogiendo toda mi humedad. Después me abrió los labios del coño con los pulgares y me metió la lengua dentro, follándome con ella, y yo pensé que me iba a morir ahí mismo. Subió al clítoris y me lo chupó como si fuera un caramelo, con los labios cerrados alrededor, tirando suave, mientras dos dedos suyos me entraban y salían del coño en un ritmo que se aceleraba solo. Me metió una mano por debajo del culo, me lo apretó, me clavó las uñas.

—Sebas, para —jadeé—, para que me voy a…

Pero no paró. Al contrario. Chupó más fuerte, metió los dedos más profundo, los curvó hacia arriba buscando ese punto, y el calor me subió por el vientre, por el pecho, por la cara. Le agarré el pelo con las dos manos y me dejé llevar hasta que el primer espasmo me sacudió entera. Me mordí el labio para no hacer ruido. El coño se me cerró alrededor de sus dedos en oleadas, empapándole la mano, y sentí lágrimas en las sienes, no de tristeza, sino de algo que no tenía nombre. Él siguió lamiendo despacio mientras yo temblaba entera, alargando el orgasmo, bebiéndose todo lo que salía de mí.

Subió otra vez. Me besó la boca y me probé a mí misma en sus labios, ese sabor salado y espeso que me daba más ganas todavía.

—Quiero que entres —le dije.

—No tengo nada —respondió.

—Tomo pastillas. Tranquilo. Métemela.

Me miró un segundo, como buscando una última señal. Le pasé la pierna por la cadera y lo atraje. Le agarré la polla con la mano, dura como una piedra, y la guié yo misma a mi entrada, restregándole la punta por los labios empapados, por el clítoris, mojándosela entera de mi flujo. Cuando entró, lo hizo despacio, dejándome sentir cada centímetro. Me abría por dentro, me llenaba, y yo notaba cómo mi coño se ajustaba a él poco a poco, chupándolo hacia adentro. Yo enterré la cara en su hombro y me quedé quieta, intentando no llorar, intentando no reírme, intentando no morirme.

—Joder, qué apretada estás —me susurró al oído, con la voz rota—. Joder, hermanita.

Esa palabra, dicha así, en ese momento, con él enterrado hasta el fondo dentro de mí, me hizo apretarle la polla con todo el coño, involuntariamente. Él gimió y tuvo que quedarse quieto un segundo, respirando hondo contra mi cuello.

Empezamos a movernos juntos. No fue una cosa frenética. Fue lento, casi triste a ratos, casi tierno. Él salía casi entero y volvía a hundirse hasta el fondo, y yo le recibía cada embestida alzando las caderas, apretándole la espalda con los talones. La cama crujía apenas. Se oía nuestra respiración, el ruido húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño mojado, el chasquido de nuestras pieles cuando se juntaban. Nada más. La casa entera dormida alrededor de nosotros, sin sospechar. Él me miraba a los ojos en la oscuridad y yo le miraba a los suyos, y los dos sabíamos exactamente lo que estábamos haciendo y lo que estábamos arruinando para siempre.

—Mírame —me decía cada vez que yo cerraba los ojos—. No los cierres.

Y yo lo miraba.

Me hizo girarme. Me puso a cuatro patas en el colchón, con la cara hundida en la almohada para ahogar los sonidos, y se metió detrás de mí. Cuando volvió a clavármela desde atrás, entera, se me escapó un gemido largo que tuve que morder en la tela. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a follarme más rápido, más hondo, chocando su pelvis contra mis nalgas con cada embestida. Podía sentir sus huevos golpeándome el clítoris cada vez que entraba hasta el fondo. Se inclinó sobre mi espalda, me apartó el pelo del cuello, me lamió la nuca.

—¿Te gusta? —me preguntó, casi inaudible—. Dímelo. Dime que te gusta que te folle tu hermano.

—Sí —jadeé contra la almohada—. Sí, sí, no pares.

Me pasó una mano por delante, me buscó el clítoris de nuevo, empezó a frotármelo en círculos al ritmo de sus embestidas. La otra mano me la subió al pecho, me apretó una teta, me pellizcó el pezón. Yo estaba llegando otra vez, sentía cómo se acumulaba todo, cómo se me tensaban las piernas, cómo el coño se me cerraba en espasmos alrededor de su polla.

—Me voy a correr —le avisé—, me voy a correr otra vez.

—Córrete —me dijo al oído—. Córrete en mi polla.

Y me corrí. Con la cara enterrada en la almohada, con los dedos clavados en la sábana, con el coño estrujándole la polla en una convulsión que me atravesó de arriba abajo. Él aguantó, sin dejar de moverse, follándome más lento mientras yo temblaba, prolongándomelo hasta que ya no pude más y le tuve que suplicar que parara.

Me hizo girarme otra vez, boca arriba. Quería verme. Se volvió a acomodar entre mis piernas y me la metió de nuevo, hasta el fondo, y yo le rodeé la cintura con las piernas y le clavé los talones en el culo, empujándolo. Ahora sí iba deprisa, buscando lo suyo, mirándome fijo a los ojos con la boca entreabierta. Yo le acariciaba la cara, el pelo, el cuello. Le pasé el pulgar por los labios y él lo chupó.

—Dentro —le susurré—. Córrete dentro.

Cuando él terminó, lo hizo dentro de mí, con dos, tres embestidas profundas que casi me levantaron del colchón, y se quedó así un largo rato, con la polla enterrada hasta el fondo, temblando entero, vaciándose. Sentí el calor de su corrida llenándome, un pulso tras otro, muy dentro. Él aplastó la frente contra mi cuello, respirándome la piel, y un gemido ahogado se le escapó contra mi oído. Yo le acariciaba la espalda como si fuera a dormirse, y en cierto modo lo hizo, unos minutos, pesado encima de mí, vencido, con su polla todavía dentro, ablandándose despacio, mientras yo sentía su semen escurriéndoseme entre las nalgas hasta la sábana.

***

Después no dijimos nada.

Me levanté con cuidado. Sentí una gota espesa bajándome por el muslo y me la limpié con la mano, casi sin mirar. Recogí mi camiseta del suelo. La braguita rota la dejé donde había caído. Él se incorporó en un codo y me miró cruzar el cuarto, desnuda a contraluz, sin pedirme que me quedara. Yo no esperaba que lo hiciera. Antes de salir, lo miré una última vez. Levantó dos dedos en una especie de adiós minúsculo. Le sonreí, con esa sonrisa rara que se pone cuando una no sabe si va a llorar o no.

Caminé el pasillo de regreso a mi cuarto. Me metí en la cama. Sentí su olor en mi piel y no quise lavarme. No esa noche. Quería conservar la prueba. Todavía lo sentía dentro, chorreándome despacio hacia afuera, y me metí dos dedos yo misma para recogerme algo de él y llevármelo a la boca. Sabía a él. Me dormí así, con el dedo entre los labios.

Tardé en dormirme. Cuando lo conseguí, soñé cosas confusas, con casas que se inundaban y con puertas que no podía cerrar.

***

A la mañana siguiente, todo era normal.

O eso fingimos.

La abuela hizo café. Mamá comentó que había dormido fatal por el calor. Sebastián entró a la cocina recién duchado, con el pelo todavía mojado, y me dio los buenos días sin mirarme directamente. Me pasó la leche cuando se la pedí. Me preguntó si quería ir a la playa esa mañana. Le dije que mejor por la tarde. Asintió y se sirvió una tostada.

Nadie notó nada. Nadie podía notar nada. Habíamos sido cuidadosos.

Por la tarde fuimos a la playa los dos. Caminamos por la orilla casi sin hablar. En un momento, cerca de las rocas donde no llegaba la gente, se detuvo y me miró.

—Hay que olvidarlo —dijo.

—Sí —dije yo.

—Va en serio.

—Va en serio —repetí.

Y nos abrazamos un segundo, ahí, con el agua hasta los tobillos, como dos hermanos cualquiera. Después seguimos caminando.

Esa misma semana él volvió a su ciudad. Yo me quedé unos días más con la abuela. No volvimos a hablar de aquello. No lo hemos hablado nunca, en ocho años. En las cenas familiares somos amables. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Nos preguntamos por el trabajo. Cuando él se casó, hace tres años, fui a la boda y bailé con su mujer, que es una buena chica, y le sonreí y me alegré por él, de verdad.

Pero a veces, en los abrazos largos de despedida, cuando nadie nos ve, él me aprieta un instante más de lo necesario. Y yo no me suelto enseguida.

Y los dos sabemos.

Y los dos callamos.

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Comentarios(10)

Walter

tremendo... quede completamente sin palabras. se hizo muy corto!!!

Lucia_Mza

Uf que tension desde el primer parrafo, se siente tan real que da escalofrios. Espero que hayas subido mas capitulos!

Mateo_BA

Como lo contaste es lo mejor, esa sensacion de saber que algo esta prohibido y hacerlo igual... genail jaja. Sigue escribiendo

Anahi_77

Por favor una segunda parte!!! quede con ganas de saber como siguio todo, no me lo puedo sacar de la cabeza

Carlos_Cba22

Me recordo a una situacion de hace años, ese tipo de noches en que sabes que algo no deberia pasar pero pasa igual. Muy bien narrado de verdad

Tomas_MX

Buenisimo!!! muy bien escrito, sigue asi

MarisolFM

La tension desde el principio es increible, no podia parar de leer. Suscripta para lo que subas despues

leofiuco

excelente!!!

Pedro_K91

Que final tan abierto jaja, se puede saber si hay continuacion? me quedo picando

Marcos_Cba

Muy buena historia, lo que mas me gusto es como lo describiste sin decir demasiado. Es una de las mejores que lei aca

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