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Relatos Ardientes

Mis dos profesoras me despidieron a su manera

Me llamo Mateo, ahora vivo en Berlín y tengo cuarenta y un años, pero lo que voy a contar pasó en Sevilla, hace mucho, cuando aún no sabía nada de nada. Acababa de aprobar la selectividad, me había matriculado en Química y arrastraba dos asignaturas que me habían vuelto loco durante todo el curso: matemáticas e inglés. Para esas dos había tenido profesoras particulares.

De matemáticas era Eva. Treinta y un años, rubia, ojos claros, una sonrisa que se abría despacio y un perfume cítrico que se me quedaba pegado a la ropa los lunes por la noche. Yo entonces era un chico tímido hasta lo absurdo. Ni siquiera había rozado por accidente la mano de una compañera. Mis amigos iban los sábados a las discotecas del centro y yo siempre encontraba una excusa para quedarme en casa.

Eva se iba a Boston. Le habían ofrecido un puesto en un laboratorio y aceptó sin pensarlo dos veces. Quedamos un sábado para despedirnos, dos horas antes de su vuelo. Yo le había comprado un frasco de perfume y unos pendientes pequeños, lo único que se me ocurrió.

—No tenías que haber gastado nada —me dijo, abriendo la caja en mi salón.

—Quería hacerlo.

—Pues entonces yo también voy a darte algo.

Mis padres habían salido con unos amigos a un pueblo de la sierra. Yo era hijo único, la casa estaba en silencio. Eva dejó la caja sobre la mesa, se quitó el pañuelo del cuello con un gesto lento y luego, sin dejar de mirarme, también la sudadera.

—Sé que llevas todo el curso mirándome —dijo—. Hoy puedes mirarlas de verdad.

Yo no supe ni qué cara poner. Llevaba un sujetador rosa pálido. Lo desabrochó por delante y se quedó frente a mí, las tetas al aire, esperando. Eran grandes, redondas, con una piel muy blanca que casi parecía iluminarse en el salón, y los pezones rosados se le pusieron duros de golpe, apuntando hacia mí como si me estuvieran señalando.

—Puedes tocarme —dijo, casi en susurro—. Tócamelas, Mateo. Llevas meses queriendo hacerlo.

Le pasé los dedos por encima como si tuviera miedo de romperla. Le rocé los pezones con la palma, primero apenas, después apretándolos entre el pulgar y el índice. Eva cerró los ojos un segundo y sonrió. Se inclinó hacia mí y me guio la boca hasta uno de sus pechos.

—Chúpamelos. Fuerte. No me vas a hacer daño.

Metí la lengua en el pezón, lo mordí con cuidado, después con menos cuidado, y ella soltó un jadeo largo que no le había oído nunca. Yo notaba el corazón en la garganta y, sin darme cuenta, también la polla durísima apretada contra la cremallera del pantalón, tan hinchada que dolía.

No me reconocía. No reconocía nada de lo que estaba pasando.

Eva abrió los ojos y miró hacia abajo.

—¿Eso es cosa tuya, Mateo? —preguntó, con una mezcla de risa y curiosidad, apretándome el bulto con la palma abierta.

Antes de que pudiera responderle, ya me estaba desabrochando el cinturón. Me bajó el pantalón y los calzoncillos hasta medio muslo y se quedó callada un instante. La polla saltó libre, dura, apuntando al techo, con la punta ya brillante.

—Vaya. Con la pinta de niño bueno que tienes. La tienes enorme, cabrón.

Se arrodilló en la alfombra del salón, sin prisa, y me la agarró con la mano. Me la miró de cerca, sacó la lengua y me lamió desde la base hasta la punta, muy despacio, saboreando. Después me pasó la lengua por los huevos, uno y otro, y se metió medio testículo en la boca chupando con suavidad. Yo tuve que apoyarme en la mesa para no caerme.

—Joder, Eva…

—Calla y déjate.

Volvió a la polla y esta vez se metió la mitad de golpe. Empezó a mamármela con ganas, subiendo y bajando, ayudándose con la mano en la base. Yo no sabía dónde poner las manos. Las apoyé en sus hombros, en la cabeza, otra vez en los hombros. Ella iba marcando un ritmo lento, sacándomela entera hasta la punta y volviéndola a meter hasta el fondo, tanto que la sentía golpearle la garganta. Le corría un hilo de saliva por la comisura. Cuando levantó la cara, tenía los labios brillantes y la barbilla mojada.

—Como sigas así me corro en tu boca —le dije, con la voz rota.

—Todavía no. Vamos a tu habitación.

***

En mi cuarto había un espejo enorme sobre la cómoda y otro en la puerta del armario. Eva se desnudó del todo menos las medias, que se quedó puestas. Le vi el coño por primera vez en mi vida: depilado casi entero, con una franja fina rubia arriba, los labios brillantes y ya abiertos. Se subió a la cama de rodillas, se dobló hacia delante apoyándose en el cabecero, arqueó la espalda y giró la cabeza para mirarme por encima del hombro.

—Dime que tienes condones.

—No.

—No importa. Mi pareja siempre los usa porque no quiero quedarme embarazada, pero hoy no es día peligroso. Ven aquí y métemela.

Yo no había hecho aquello nunca, ni siquiera me había planteado cómo se hacía. Me coloqué detrás, le agarré las caderas con las dos manos y me la restregué entre las nalgas antes de bajar y encontrar el coño. Estaba empapada. La punta entró sola, como si me estuviera chupando hacia dentro. Empujé despacio y sentí cómo se abría, caliente, apretada, hasta que la tuve metida entera.

—Ay, joder, así —gimió Eva, apretando las sábanas con los dedos—. Muévete.

Empecé a moverme con torpeza, sin ritmo, mirándola por el espejo. Cada vez que salía casi entera, veía cómo el coño la seguía como si no quisiera soltarme. Ella echaba la cabeza hacia atrás cada pocos segundos. La melena rubia se le pegaba al cuello por el sudor. Le rebotaban las tetas contra el colchón y en el espejo veía cómo se le movían al ritmo de mis embestidas.

—Más despacio —me pidió—. Disfrútalo. Sácamela entera y vuélvemela a meter poco a poco. Fíjate en cómo entra.

Le hice caso. Bajé el ritmo, me la saqué del todo, se la volví a apoyar en la entrada del coño y la fui empujando centímetro a centímetro. Eva soltó un gemido bajo, casi un quejido, y arqueó más el culo. Me incliné sobre su espalda, le rocé el cuello con los labios y le agarré una teta con la mano izquierda mientras seguía moviéndome. Cada vez que entraba hasta el fondo, ella levantaba un poco las caderas para encontrarme y yo sentía cómo la punta chocaba contra algo blando dentro.

—Métemela hasta el fondo, Mateo. Fóllame. Fóllame bien.

Aceleré. La agarré del pelo, sin darme cuenta, y tiré un poco. Eva soltó un grito ronco y se corrió por primera vez, apretándome la polla con espasmos que casi me hacen acabar a mí también. Los muslos le temblaban. Tuve que parar unos segundos.

—Llevas media hora sin parar —me dijo, mucho después, con la voz sofocada—. ¿Tú estás bien?

—Sí.

—Joder, Mateo, vas a hacer feliz a más de una.

Se giró, me empujó del pecho hacia atrás y me hizo tumbarme de espaldas. Se subió encima dándome la espalda, me agarró la polla con la mano, se la colocó en la entrada del coño y se dejó caer despacio, hasta el fondo. Empezó a moverse en círculos, arriba y abajo, cabalgándome. Yo le veía las nalgas en el espejo, subiendo y bajando, el coño devorándome la polla entera cada vez, y era tan irreal que casi me parecía estar viendo una película de otro. Le agarré las caderas y empecé a empujar hacia arriba, sacándole gemidos cada vez más altos.

—Así, así, joder, así me gusta. Métemela toda. Rómpeme.

Cabalgó más fuerte, apoyando las manos en mis muslos, echándose atrás para que la penetrara más profundo. Le veía el ano rosado justo encima de mi polla, el coño abriéndose y cerrándose alrededor de mí, brillante. Estuvimos así un rato largo, hasta que noté la corrida subiendo.

—Voy a correrme —dije, después de un rato.

—Espera. Quiero probarte. Quiero tragármelo.

Se bajó, se dio la vuelta, se arrodilló entre mis piernas y volvió a metérsela en la boca. Esta vez con hambre. Me la chupó rápido, con la mano ayudando en la base, mirándome a los ojos, con la boca abierta y la lengua rodeando la punta. Le puse la mano en la nuca casi sin querer, la empujé un poco y me corrí allí mismo, en su boca, en chorros largos que ella se fue tragando sin soltarme. Cuando ya no quedaba nada, me sacó la polla, abrió la boca para enseñarme lo que le había quedado y se lo tragó todo. Después me lamió la punta para limpiarme.

—Me has llenado entera. Vas a tener que prestarme un pañuelo. Sabes bien, por cierto.

Se vistió delante de mí sin ducharse, mirando el reloj.

—Llego justa al aeropuerto. Me lo llevo todo en la espalda hasta Boston. Recuerdo de despedida.

Cuando me dio la mano en la puerta, no me besó. Solo me apretó los dedos, sonrió y me dijo:

—Empieza a salir, Mateo. No tengas miedo. Te vas a sorprender.

***

De inglés era Lucía, italiana, milanesa, treinta y un años también. Había venido a España con una beca y había acabado dando clases particulares para pagarse el alquiler. Era distinta a Eva: morena, boca grande, una sonrisa que la hacía parecer siempre a punto de soltar una broma. Lo que más me había llamado la atención durante el curso eran sus vestidos. Siempre cortos, siempre ajustados, siempre con algo que insinuaba.

Dos días después de Eva, fui a su casa con un perfume y un colgante. Lucía abrió la puerta con un vestido fino de tirantes. Me cogió la bolsa de regalos y, antes de mirar dentro, me soltó la noticia.

—Tengo dos cosas que decirte. Una mala y otra que prefiero enseñarte. La mala primero: vuelvo a Milán pasado mañana. Una empresa me ha hecho una oferta que no puedo dejar pasar.

—Vaya.

—La segunda es que se me ha estropeado el aire acondicionado y hace un calor de muerte. Pero no quiero abrir las ventanas. Por una razón.

No me dejó preguntar cuál. Me puso una mano en la nuca y me besó. Besos cortos al principio, casi pícaros. Después uno largo, con la lengua metida hasta el fondo. Me agarró la mano y se la llevó directamente entre las piernas por debajo del vestido. No llevaba bragas. Sentí el coño caliente, húmedo, y ella me guio dos dedos hacia dentro.

—¿Notas? Así es como se pone una mujer cuando lleva días pensando en follarte.

Yo seguía con los regalos en la otra mano, sin saber dónde dejarlos.

—Vamos a hacer una cosa —dijo, separándose un poco, sacándome los dedos y chupándoselos ella misma—. Hoy te voy a enseñar cómo se nota cuando una mujer te desea de verdad. Y cómo se trata a una mujer mayor que tú.

Me quitó la camiseta, me desabrochó el pantalón y me lo bajó hasta los tobillos. Se arrodilló, me sacó la polla ya medio dura, se la metió entera de golpe hasta la garganta y me la sostuvo ahí unos segundos, mirándome desde abajo con los ojos brillantes. Después la sacó despacio, con un hilo de saliva colgando.

—Esto es empezar bien la tarde —dijo, y volvió a metérsela.

Me la chupó un rato corto, casi como una caricia, y se levantó. Después me hizo desabrocharle el vestido botón a botón. Era la primera vez que yo desabrochaba un sujetador. Me costó dos intentos. Lucía se rió contra mi cuello.

—Tranquilo. Tienes toda la tarde.

Le cayó el vestido a los pies. Tenía las tetas más pequeñas que Eva pero más firmes, con los pezones oscuros y grandes, casi morados. Se los mordí sin pensarlo y ella me clavó las uñas en la espalda.

—Así, así. Muérdemelos. No tengas miedo de hacerme daño.

Se sentó en una silla de madera con reposabrazos, abrió las piernas y levantó la derecha sobre el brazo de la silla. El coño se le abrió entero delante de mi cara: los labios oscuros, el clítoris hinchado, todo brillando.

—Quiero que aprendas algo. Pásame la lengua. Despacio, empieza abajo, sube. Y cuando te diga, me metes el dedo corazón. Así sabrás siempre, en el futuro, si una chica está caliente o no.

Lo hice. Me arrodillé y la lamí con cuidado, tanteando, subiendo desde la entrada hasta el clítoris, dando vueltas alrededor con la punta de la lengua. Ella misma me fue guiando con la mano sobre la nuca, apretándome más contra el coño.

—Ahí. Ahí, sí. Chúpame el clítoris. Métemelo en la boca y chúpalo. Ay, joder, aprendes rápido.

Cuando metí el dedo corazón, ella abrió mucho los ojos y soltó una risa ronca. Estaba empapada, tanto que se me resbalaba. Añadí el índice, los curvé hacia arriba como había leído en algún sitio y empecé a moverlos rápido mientras le seguía chupando el clítoris. Tardó muy poco en correrse contra mi boca, apretándome la cabeza con los muslos, temblando entera. Le noté los espasmos del coño alrededor de los dedos. Me chorreó por la barbilla.

—Joder, joder, joder. No pares.

Después me hizo levantarme, se giró sobre la silla, apoyó las manos en el respaldo y me ofreció la cintura. Sacó el culo, arqueó la espalda y separó las piernas.

—Métela. Despacio.

Yo, esta vez, ya no estaba tan nervioso. Lo de Eva me había dejado una seguridad rara. Le apoyé la punta en el coño, sentí el calor, y empujé hasta el fondo de un solo movimiento. Lucía soltó un grito corto y se rió.

—No tan deprisa, animal. Que aún no me has medido.

Le hice caso. Bajé el ritmo, le besé la espalda, le pasé los dientes por el hombro. Le agarré una teta con una mano y con la otra le fui bajando hasta el clítoris, frotándoselo mientras me la follaba. Ella se inclinó más sobre la silla y empezó a empujar hacia atrás, marcando ella misma el compás, encajándome hasta el fondo cada vez. Le veía las nalgas apretarse cada vez que la polla desaparecía dentro.

—Más fuerte. Fóllame más fuerte, Mateo. Que se oiga.

Aceleré. La silla empezó a chirriar. Después me pidió que la azotara. Bajito al principio, después más fuerte. Cada vez que mi mano caía sobre la nalga, se le escapaba un quejido que sonaba a risa y se le marcaba la palma roja en la piel.

—Italiano, italiano, así me gusta —decía—. Bestia. Rómpeme el culo a hostias. Sí. Otra. Otra.

Cambiamos de postura tantas veces que perdí la cuenta. La tumbé de espaldas en el suelo y le levanté las piernas hasta apoyárselas en mis hombros. Desde ahí la polla entraba hasta un sitio que no había tocado antes, y ella empezó a soltar palabrotas en italiano que no entendía pero que sonaban a todo. La levanté contra la pared sujetándole una pierna, intenté seguir empujando en el aire, pero pesaba más de lo que aguantaban mis brazos y nos terminamos riendo, con la polla todavía dentro. La acabé sentando sobre mí en el sofá del salón, cara a cara, con sus manos detrás de mi cuello, ella moviéndose despacio, restregando el clítoris contra mí en cada bajada. Le lamí las tetas y ella me mordió el lóbulo de la oreja. Cuando se corrió aquella última vez, mientras se movía despacio, me apoyó la frente en la mía, jadeando, con el coño apretándome en oleadas.

—Vas a romperle el corazón a alguien, Mateo. Y tú no lo sabes.

Cuando le dije que estaba a punto, se bajó y se puso de rodillas otra vez. No le dio tiempo casi. Me sacudí la polla dos veces con la mano delante de su cara y me corrí en su cara, en el cuello, en uno de los pechos. Le cayó semen en la mejilla, en los labios, en la barbilla. Ella sacó la lengua, recogió lo que pudo, se pasó los dedos por el pecho, se los llevó a la boca y se rió como una niña.

—Qué rico. Y qué cantidad, madre mía.

***

Al día siguiente, a las siete y media, sonó el portero automático. Yo estaba solo. Mis padres no volvían hasta las nueve. Por el visor vi una gabardina beige, un sombrero pequeño, un par de gafas oscuras. No la reconocí hasta que habló.

—Soy yo. Ábreme.

Lucía entró en mi casa como si llevara años haciéndolo. Se quitó las gafas en el recibidor, dejó el sombrero sobre la repisa y, antes de que pudiera ofrecerle nada de beber, se desabrochó el cinturón de la gabardina. La dejó caer al suelo. Debajo estaba desnuda del todo, solo con unos tacones altos.

—No traigo nada debajo —dijo—. He venido andando así desde mi casa. ¿Te imaginas si se me hubiera abierto en la calle?

Me agarró la mano y se la llevó otra vez al coño. Ya estaba empapada.

—Llevo así toda la tarde pensando en la polla que tienes.

La llevé a mi cuarto sin decir una palabra. Nada más entrar, me arrancó el pantalón, me tumbó de espaldas en la cama y me la chupó desde arriba, colgándole las tetas sobre mi estómago. Después se giró, me puso el coño en la cara sin preguntar y siguió mamándomela. Aquella vez probamos el sesenta y nueve, que ella dirigió con una paciencia rara, casi pedagógica, moviéndome la cabeza con las manos, apretándome el coño contra la boca, indicándome dónde chupar y con qué ritmo. Se corrió encima de mi cara empapándome entero mientras seguía tragándose mi polla hasta la garganta.

Después se puso a cuatro patas y me pidió que la follara así. Cuando ya llevábamos un rato, me agarró la mano derecha y se la llevó al culo.

—Aquí. Métemelo aquí también. Un dedo. Despacio.

Se lo metí, ensalivado. Ella soltó un gemido largo y empezó a empujar hacia atrás con más fuerza, follándose la polla y el dedo a la vez, apretándome los dos con espasmos cada pocos segundos. Estuvimos casi una hora. Repetimos casi todo lo del día anterior, pero con menos timidez por mi parte y con más exigencia por la suya. Terminé corriéndome dentro, por primera vez en mi vida, agarrado a sus caderas, sintiendo cómo el coño me ordeñaba hasta la última gota. Cuando la saqué, un hilo de semen le cayó por el muslo.

Cuando terminamos, se levantó como si fuera a una reunión de trabajo, se limpió con una toalla, se ajustó la gabardina sobre la piel desnuda y, antes de irse, me dejó una tarjeta sobre la mesa de noche.

—Si vienes alguna vez a Milán, llámame. Si no, escríbeme. No te voy a olvidar fácil.

Cerró la puerta despacio. Yo me quedé sentado en la cama, oliendo todavía su perfume mezclado con el mío, con la sensación rara de estar habitando un cuerpo que no era exactamente el mío.

***

De Eva no he vuelto a saber nada. Sé que volvió alguna vez a España a ver a su familia, pero nunca coincidimos. Hizo carrera en su laboratorio, da conferencias y publica artículos que de vez en cuando me cruzo en internet. De Lucía sí supe durante un tiempo. Nos escribimos algunos correos, hablamos por teléfono dos o tres veces. Después se casó, tuvo hijos y dejamos de coincidir.

De aquella semana me quedó algo más útil que un buen recuerdo. Me quedó la certeza de que la timidez es una cárcel que uno mismo se construye. Mis amigos, cuando les conté lo que había pasado, primero no me creyeron, después se rieron mucho y al final me hicieron una pregunta sencilla.

—¿Y cómo es que tú, que no salías nunca, has follado dos veces antes que nosotros?

No supe responderles. Aún hoy no sabría hacerlo del todo. Solo sé que aquel verano, antes de irme con mis primos a Ayamonte, dejé de mirar al suelo cuando una chica entraba en el bar. Y todo lo demás vino después.

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Comentarios(8)

NocturnoLector

tremendo relato, me enganche desde el primer parrafo!!!

Facu_Granda

Y la segunda profesora? nos dejas con la intriga jajaja, necesito la continuacion

Lucia_mdq

Que bien que narraste cada detalle, se siente como si uno estuviera ahi. Sigue asi!

Marito_lector

Me recordo a una situacion parecida que tuve de joven. Esas despedidas quedan grabadas para siempre, sin importar cuanto tiempo pase.

PaulaZ

el titulo me atrajo enseguida y no decepcionna para nada, muy buen relato

EnzoNoche

buenisimo!!

Terco88

Hace tiempo no leia algo tan bien contado en confesiones. El inicio con el perfume nuevo le da un toque especial, muy cinematografico.

GabiRdz_22

Lo lei de una, sin pausas. Espero ansioso el proximo. Saludos!

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