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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi entrenadora un lunes a las siete

Llevo seis meses volviendo al gimnasio. Empecé después de que Carolina me dejara, una mañana cualquiera, sin escena ni gritos, con esa frase suya de «esto ya no es». Lo que se llevó cuando se fue no fueron solo cajas: se llevó la rutina, las ganas y una versión de mí que ya no reconocía cuando me asomaba al espejo. El gym se convirtió en lo único que me obligaba a salir de la cama. Y un lunes, a las siete y cuarto, mi entrenadora personal me dio una clase que terminó de cambiar lo poco que quedaba en pie.

Se llamaba Yamila. Veintiocho años, dominicana de Santiago, con un acento espeso que cargaba cada palabra de calor. Llevaba tres meses en el gimnasio y ya tenía la agenda llena hasta los sábados. Medía un metro setenta, piel oscura que parecía pulida bajo las luces blancas, hombros marcados, cintura estrecha y unas piernas que llenaban los leggings de un modo que obligaba a buscar el techo si uno quería seguir respirando. Llevaba el pelo en trenzas largas recogidas en una coleta alta, un aro dorado que le tintineaba al moverse y un tatuaje fino en la costilla con una palabra en italiano que nunca tuve valor de preguntarle.

Cada frase suya terminaba en «papi» o en «mi amor». Al principio me sonrojaba como un crío. Después aprendí a fingir que no me afectaba, aunque ella supo desde la tercera sesión que sí.

Esa mañana llegué puntual, como siempre. Camiseta gris, shorts negros, auriculares colgando del cuello. El gimnasio estaba casi vacío: dos señores aburridos en la cinta, un chico haciendo dominadas en silencio, y nosotros dos en la zona de máquinas. Olía a goma nueva de las colchonetas y al desinfectante cítrico que los limpiadores acababan de pasar.

—Hoy toca pierna, papi —me dijo al verme—. Vamos a empezar fuerte.

Asentí sin decir nada. Me coloqué en la prensa y empecé el calentamiento.

Al tercer set, Yamila se inclinó para corregirme. Se agachó frente a la máquina, las manos sobre mis rodillas, los ojos a la altura de los míos. Y entonces la sentí. La verdad es que ya estaba duro antes, casi sin darme cuenta. Pero cuando se enderezó, se giró para apretar el seguro de la máquina y me dejó ese culo perfecto a un palmo de la cara, la erección se marcó claramente bajo los shorts. No había forma de disimular.

Intenté taparme con la toalla pequeña que llevaba al cuello. Demasiado tarde. Yamila me miró por encima del hombro con una sonrisa que no era profesional. Una sonrisa que decía «ya te tengo».

—Ay, papi —murmuró, acento espeso, voz baja—. ¿Qué es eso? ¿Ya estás así un lunes a las siete y cuarto? Si el entrenamiento todavía ni empezó.

Sentí la cara arder. Quise contestar algo digno y solo me salió un balbuceo.

—Perdón, Yamila... lo siento... no quería...

Ella se enderezó despacio, se acercó hasta que sus pechos casi me rozaron y bajó aún más la voz.

—No te disculpes. Me pone cachonda verte así. ¿Sabes lo que vamos a hacer? Hoy te voy a dar una clase que no está en el menú. Pero tienes que pedirla, papi. Tienes que decirme que sí.

Tragué saliva. Miré alrededor. Los dos señores seguían en la cinta, el chico en las dominadas, ninguno mirando hacia nosotros.

—Sí —dije bajito—. La quiero.

Me agarró la muñeca y tiró de mí hacia el pasillo del fondo. Pensé que íbamos al vestuario de hombres, pero pasó de largo y abrió la puerta del de mujeres. Echó el pestillo. La sala estaba vacía: luces tenues, taquillas grises, un banco de madera pulida y el olor dulzón del ambientador a vainilla.

—A esta hora no entra nadie —dijo, leyéndome la cara—. Te lo prometo. Lo tengo controlado.

Y entonces se quitó el top de un tirón.

Me quedé congelado. Tenía los pechos grandes, firmes, pezones oscuros y duros que apuntaban un poco hacia arriba. La piel le brillaba con una capa fina de sudor matutino. Se bajó los leggings y las bragas a la vez, en un solo movimiento, y se quedó desnuda apoyada contra una taquilla.

—Quítate todo —ordenó—. Ya. Quiero verte.

Obedecí sin pensarlo. Camiseta, shorts, calzoncillos. La verga me apuntaba al techo, una gota brillando en la punta. Yamila se mordió el labio inferior y sonrió.

—Arrodíllate, alumno. Primera lección: cómo comer a una mujer.

Me arrodillé. Me agarró la cabeza con las dos manos y me empujó contra ella sin esperar a que me decidiera. La probé sin preámbulos, la lengua plana subiendo despacio por los labios, después concentrándome en el clítoris. Estaba completamente depilada, los labios gruesos y oscuros, ya empapada antes de que yo empezara.

—Así, papi... despacio... aprende a saborearme... no tengas prisa...

Le hice caso. Aflojé el ritmo, dejé que la lengua fuera explorando cada pliegue, cada centímetro. Le metí dos dedos despacio, curvándolos hacia arriba como había leído alguna vez. La oí coger aire de golpe.

—Ahí... ahí mismo... no te muevas... ay, cabrón, ahí...

Movió las caderas contra mi cara, restregándose, mientras me clavaba las uñas en el cuero cabelludo. Sentí cómo se contraía alrededor de mis dedos. Se corrió rápido, sin avisar, con un grito ahogado que rebotó contra las taquillas metálicas. Me empapó la barbilla, el cuello, el pecho.

—Te corres rápido —dije, todavía de rodillas, sin saber qué decir.

—Cállate, alumno. Que viene la segunda lección.

Me empujó contra las taquillas frías. Se giró, apoyó las manos contra el metal y arqueó la espalda. El culo en pompa, brillante, perfecto. Me miró por encima del hombro.

—Métela. Despacio. Quiero sentir cómo me abres.

La penetré despacio, hasta el fondo. Yamila soltó un gemido largo, profundo, casi de rabia. Empezó a empujarme hacia atrás con las caderas, marcando ella el ritmo, y yo solo tenía que sostenerla y dejarme llevar.

—Más fuerte... más... no tengas miedo... rómpeme...

Le agarré las caderas con las dos manos y empecé a embestir con todo. El sonido de carne contra carne resonaba en el vestuario vacío. Sus pechos rebotaban contra el metal y los pezones se le ponían cada vez más duros con el contacto frío. Yamila gemía y soltaba palabras en dominicano que yo apenas entendía, una mezcla de español rápido y jerga que sonaba a otra cosa, a algo más íntimo.

—¡Más rápido, cabrón! ¡Dame todo lo que tienes!

Le tiré de la coleta, arqueándole la espalda. Ella gritó de placer, no de dolor. Sentí que me acercaba demasiado pronto y bajé el ritmo. Se rió, jadeando.

—Aguanta, papi. Que aún falta una lección.

Salió de mí, se giró y se arrodilló esta vez ella. Me la chupó con avidez, una mano en la base, la otra masajeando, los ojos clavados en los míos. La saliva le caía por la barbilla y goteaba sobre los pechos. Cada vez que la sacaba para respirar, decía algo en voz baja que sonaba a obscenidad o a oración, y volvía a metérsela hasta el fondo.

Cuando notó que estaba a punto, se apartó. Se levantó, me empujó hacia el banco de madera y me hizo sentar.

—Ahora arriba yo —dijo—. Quiero verte la cara mientras me corro otra vez.

Se montó encima, dándome la cara, y se la metió ella misma. Empezó a moverse despacio, las manos sobre mis hombros, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Yo tenía sus pechos delante de la cara y los chupaba como un náufrago. Aceleraba poco a poco, y a los dos minutos ya estaba botando con fuerza, los muslos chocando contra los míos, las trenzas balanceándose detrás como un péndulo.

—Voy otra vez... papi... voy otra vez...

Se corrió encima de mí, temblando entera, mordiéndome el hombro para no gritar. Sentí cómo se contraía alrededor, una y otra vez, ordeñándome. Y entonces yo ya no aguanté.

—Yamila... me corro...

Salió rápido. Se arrodilló entre mis piernas y abrió la boca.

—Aquí, papi. Dámelo todo.

Me terminé los últimos segundos con la mano y exploté con un gruñido que intenté contener entre los dientes. Ella mantuvo la boca abierta, los ojos mirándome desde abajo, y recibió todo lo que tenía. Cuando terminé, se incorporó, se pasó la lengua por los labios y sonrió.

—Eres buen alumno. Vamos a la ducha. No puedes salir de aquí oliendo así.

Me llevó a las duchas abiertas del fondo. Abrió el grifo, esperó a que saliera caliente y se metió debajo. Me hizo entrar con ella. El agua corría por su piel oscura formando regueros que parecían pintados a mano. Me miró un momento sin decir nada y entonces hizo algo que no esperaba: me abrazó. Me apoyó la cabeza contra su pecho y me dejó así un rato, sin hablar, mientras el agua nos caía encima.

—Llevabas un año mal, ¿no? —murmuró por fin.

—¿Tanto se nota?

—Se nota, papi. Por eso te elegí.

No supe qué contestar.

Cuando salimos, se vistió primero y volvió al gimnasio como si nada. Yo me tomé mi tiempo. Me sequé despacio, me miré en el espejo y vi a alguien que llevaba mucho sin ver: a mí mismo con la cara relajada, sin esa tensión permanente entre las cejas que se me había instalado desde la ruptura.

Volví a la sala. Yamila ya estaba con su siguiente clienta, una señora rubia que la miraba con la misma admiración con la que la miran todos. No me hizo ni un guiño. Profesional total. Recogí la mochila y me fui a la oficina con media hora de retraso por primera vez en mi vida laboral.

Esa noche, en casa, abrí el calendario y miré la próxima sesión. Lunes que viene, siete y cuarto. Y por primera vez en mucho tiempo me sorprendí esperando con ganas a que llegara el lunes.

***

No volvió a pasar nada parecido entre nosotros. Al menos no exactamente como aquella vez. Pero algunas semanas, cuando el gimnasio está vacío y nadie mira, ella me corrige la postura un poco más cerca de lo necesario. Me roza el muslo con los dedos como si fuera un descuido. Me empuja la cadera contra la máquina con la palma abierta y mantiene la mano ahí un segundo más de la cuenta. Y yo me dejo corregir.

Lo que pasó aquel lunes a las siete y cuarto se queda dentro de ese vestuario. No se lo conté a nadie. Ni siquiera al amigo con el que comparto todo desde la universidad. Sentí que si lo decía en voz alta lo rompía, lo convertía en una anécdota de barra que se cuenta dos veces y se olvida. Y eso no era. Era el momento en el que dejé de mirarme en el espejo buscando lo que ya no estaba.

A veces, en mitad de la semana, me sorprendo pensando en el aro dorado y en el tatuaje italiano que sigo sin descifrar. Le pregunté una vez, medio en broma, qué decía. Ella se rió, me dio una palmada en el hombro y soltó solo una palabra antes de irse a atender a otro cliente.

—Algún día, papi.

Llevo seis meses esperando ese día. Y mientras tanto, los lunes a las siete y cuarto sigo siendo el primero en llegar.

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Comentarios (7)

Mateo_ROS

excelente!!! me engancho desde la primera linea

Claudita87

Por favor seguí contando, quede con ganas de saber como terminó todo jaja

MarcoDelGym

me recordó a algo que me paso en el gimnasio hace unos años, aunque en mi caso no llego a tanto. Buen relato

SebaMdz

Se nota que es real, eso le da otro sabor totalmente distinto. Muy bien narrado

Gonzalo_rs

hay segunda parte? porque si no me va a quedar el cargo jeje

Inquieto68

Bien escrito y muy bien ambientado. Espero que sigas compartiendo este tipo de relatos, me gusto mucho

TaniaLectora

Tremendo!!! sigue asi!

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