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Relatos Ardientes

Quince días en Bali que cambiaron mi forma de gozar

Esto no se lo he contado a nadie. Ni a mi mujer, obviamente, ni al grupo de amigos con los que viajé. Para todos ellos, mi escapada a Bali fue una semana de templos, arroz frito y masajes carísimos en la playa. Lo que pasó de verdad lo sabemos solo yo y dos mujeres a las que probablemente no vuelva a ver en mi vida.

Llegué a la isla con una idea muy clara y muy poco realista. Quería desconectar del matrimonio, del trabajo, de la rutina, y para eso había reservado un hotel pequeño lejos de la zona turística, en un pueblo costero del sur. Los primeros días fueron una decepción tras otra. Cada vez que intentaba acercarme a alguien en un bar, o me confundían con un guiri perdido, o la conversación terminaba en cuanto descubrían que no quería pagar precios de turista. Ya estaba a punto de rendirme y limitarme a beber cerveza solo en la terraza del hotel.

El cuarto día decidí salir temprano. Crucé el pueblo a pie, encontré un bar pequeño con vistas al mar y me senté a comer mariscos por menos dinero del que cuesta un café en mi ciudad. Estaba a la mitad del plato cuando ella entró.

Se llamaba Sari. Eso fue lo único verdadero que me dijo durante el primer cuarto de hora. Era más alta que la media de las mujeres locales, con curvas reales, hombros anchos y una manera de caminar que parecía calculada para que la mirases. Se sentó dos mesas más allá, pidió algo en indonesio y se quedó mirando el mar como si el mundo no existiera.

—¿Te invito a una copa? —le pregunté en inglés, con la torpeza de quien lleva tres días hablando solo.

—Solo si traes la silla —contestó sin girarse del todo.

***

Hablamos durante una hora larga. Me contó que vivía en el pueblo desde niña, que había trabajado en hoteles de Yakarta y que volvió a casa para cuidar de su madre. Yo le creí todo, hasta que ella misma cortó la conversación con una sonrisa cansada.

—Mira, los dos sabemos lo que estás pensando. Ahórranos tiempo. Yo cobro. Por delante son veinte dólares, por detrás cuarenta. Una hora completa.

Me quedé callado. No por incomodidad, sino porque por primera vez en cuatro días no había vueltas, no había malentendido, no había sorpresa. Era una transacción y ella la planteaba con la misma naturalidad con la que pidió la cerveza.

—¿Y por todo el día?

Sari me miró de arriba abajo. Calculó algo.

—Ciento cincuenta. Hasta mañana al amanecer. Sin reloj.

Pagué la cuenta antes de que terminara la frase.

***

El hotel quedaba a diez minutos andando. Subimos sin hablar, ella delante, yo detrás. La habitación olía a humedad y a jabón barato. Cerré la puerta y me senté en el borde de la cama, repentinamente intimidado, como si no fuera yo el que había pagado.

Sari se rio. No con burla, sino con algo parecido a la ternura.

—Relájate. Es tu día. —Apoyó el bolso en la mesilla y se acercó—. Solo tienes que decirme lo que quieres y dejar que yo me encargue.

Lo que pasó después no se parece en nada a lo que yo había imaginado en el avión. No fue salvaje ni brutal. Fue minucioso. Sari se desvistió despacio, sin teatralidad, y me ayudó a desvestirme como quien acuesta a un niño. Me besó el cuello, las clavículas, el centro del pecho. Cuando bajó, lo hizo sin prisa.

Llevaba meses sin que nadie me mirara así.

Cuando por fin se subió encima, lo hizo despacio, sosteniéndose el peso con los muslos. Me clavó las uñas suaves en el pecho y empezó a moverse buscando un ritmo propio, no el mío. Me dijo al oído que respirara hondo, que no tuviera prisa, que el día era largo. Aprendí más sobre mí mismo en esa hora que en años enteros de matrimonio.

Después nos duchamos juntos. Mientras me enjabonaba la espalda, Sari me miró por el espejo empañado y me dijo algo que no esperaba.

—Te he subestimado. Pensé que ibas a ser de los que aprietan y se acaban en cinco minutos. No lo eres. —Se mordió el labio—. Voy a llamar a una amiga. Te conviene conocerla.

***

La amiga llegó al día siguiente al mediodía. Se llamaba Dewi, o eso dijo. Más baja que Sari, con caderas redondas y unos ojos que se movían rápido, evaluando la habitación, evaluándome a mí, evaluando la propina antes incluso de presentarse. Sari me dejó un beso en la mejilla, recogió sus cosas y se fue diciendo que volvería a media tarde. Quería que conociera primero a Dewi a solas.

—Ciento cincuenta al día —me dijo Dewi sin rodeos, sentándose en la cama con las piernas cruzadas—. Si me contratas tres días seguidos, te dejo cinco. Pero pago por adelantado.

—¿Y qué incluye?

Dewi sonrió por primera vez. Tenía un colmillo levemente torcido que la hacía parecer más joven y menos profesional.

—Lo que tú decidas, dentro de lo razonable. Y lo razonable lo defino yo.

Le pagué cuatro días por adelantado. No me arrepiento.

***

Esa misma tarde la llevé a una boutique del pueblo. Le compré tres vestidos cortos, sandalias planas, ropa interior que ella misma escogió y un collar finito que se quedó mirando demasiado tiempo. Dewi salía del probador girándose como si bailara, mirándome para confirmar que aprobaba, apuntándolo todo en una libretita mental. Cuando salimos a la calle cargados de bolsas, me agarró del brazo de la misma manera en la que se agarra una novia, no una empleada.

Cenamos langosta a la plancha en una terraza junto al puerto. Yo bebí dos cervezas; ella, una sola. En mitad de la cena metió la mano por debajo del mantel y me la apoyó en el muslo, y cada vez que intentaba subir un poco más, retiraba la palma con una sonrisa.

—Cuando lleguemos al hotel —me prometió.

El paseo de vuelta fue lento. En un bar de luces de neón se nos acercó otra mujer. Más alta que las dos anteriores, vestida con un top que apenas le contenía los pechos y una falda que bajo cualquier otro pretexto hubiera sido un cinturón. Se llamaba Ratih. Conocía a Dewi. Se besaron en la mejilla con la familiaridad de quien comparte oficio y ciudad.

—Doscientos por la noche, los tres juntos —me dijo Ratih, apoyándose en mi hombro como si nos conociéramos de siempre—. Sin cronómetro.

Miré a Dewi. Ella se encogió de hombros, divertida.

—Decide tú. Yo no me ofendo.

***

Volvimos los tres al hotel besándonos en la calle como adolescentes. Dewi y Ratih se besaban entre ellas mientras yo abría la puerta. Dentro, todo se aceleró.

No voy a describir cada momento. Hubo cosas que pasaron en aquella habitación que todavía hoy, dos años después, recuerdo con una mezcla de orgullo y vergüenza. Lo que sí necesito contar, porque es la parte que de verdad cambió algo dentro de mí, fue lo que pasó al final.

Después de la primera ronda yo estaba tumbado boca arriba, agotado, convencido de que la noche había terminado. Dewi me masajeaba el pecho con un aceite que olía a coco. Ratih estaba sentada a mi lado, fumando despacio, mirándome con una atención que me ponía nervioso.

—¿Alguna vez te han tocado por detrás? —me preguntó Ratih en voz baja.

Negué con la cabeza. Sin pensarlo. La respuesta salió sola.

—¿Nunca?

—Nunca.

Ratih apagó el cigarro en el cenicero de la mesilla. No insistió. Solo me miró y esperó.

—¿Y tú quieres? —preguntó.

Tardé en contestar. No porque me diera asco, sino porque por primera vez en aquel viaje me asustaba algo. Una parte de mí, la que arrastra la educación de un pueblo del norte de España y veinte años de vestuarios masculinos, quería decir que no, faltaría más. La otra parte, la que llevaba cuatro días reaprendiendo a desear, quería saber qué pasaba al otro lado.

—Sí —dije por fin—. Pero despacio.

—Despacio es la única manera —contestó ella.

***

Dewi entendió sin que nadie le explicara. Se subió a la cama, se sentó a horcajadas sobre mi cara y se inclinó hacia delante para besarme la frente. No me follaba la boca; me cubría con su cuerpo, me daba algo en lo que concentrarme. Empecé a lamerla por instinto, buscando un ritmo, hundiendo la cara entre sus muslos como quien se esconde.

Ratih, mientras tanto, se colocó entre mis piernas. Me untó las ingles con aceite tibio. Me besó los muslos, los flancos, el ombligo. Tardó muchísimo antes de tocarme por debajo. Cuando lo hizo, fue con un solo dedo, apenas un roce. Se detuvo. Esperó a que mi cuerpo dejara de tensarse. Volvió a tocar. Volvió a esperar.

—Respira hondo —dijo, con la voz suave de quien recita algo que ha dicho muchas veces—. Si quieres que pare, dilo. No hay orgullo aquí.

No quería que parara.

El primer dedo entró tan despacio que tardé en darme cuenta de que ya estaba dentro. Lo que sí noté, y recuerdo con una claridad casi violenta, fue el momento en que Ratih curvó el dedo hacia arriba y presionó un punto que yo no sabía que tenía. Algo se encendió por dentro, una corriente que subió por la columna y me dejó sin aliento. Solté un sonido que no reconocí como mío contra el muslo de Dewi.

—Ahí está —murmuró Ratih, satisfecha—. Tranquilo. Ahora vas a entender muchas cosas.

***

Lo que vino después no se parece a nada de lo que había sentido antes. El placer no estaba en la polla. La polla casi no contaba. El placer venía de dentro, de un sitio profundo, y subía en oleadas lentas que me hacían temblar las piernas sin tocarlas siquiera. Ratih se movía con una paciencia de relojera. Añadió un segundo dedo solo cuando estuvo segura de que mi cuerpo lo pedía. Bajó la boca y empezó a lamerme con una suavidad nueva, sincronizando la lengua con la presión interior, sin prisa, sin teatro.

Dewi seguía encima de mi cara. Empezó a moverse despacio, frotándose contra mi boca, dejándose ir poco a poco. Cuando se corrió, lo noté antes en sus muslos que en mi lengua: se cerraron sobre mis sienes y se quedaron así un momento eterno. Yo seguí lamiendo, ya casi sin aire, mientras Ratih encontraba dentro de mí el ritmo exacto.

Cuando llegó el final, no lo vi venir. No fue el espasmo brusco de siempre. Fue una marea. Sentí que algo se vaciaba sin necesidad de empujar nada, sin que mi cuerpo tuviera que hacer fuerza. Me oí gritar contra el muslo de Dewi, oí mi propio grito como si viniera del cuarto de al lado. El temblor duró tanto que perdí la cuenta de las olas. Cuando se acabó, yo no podía moverme. Tenía la cara mojada de Dewi y los ojos cerrados, y una de las dos —no sé cuál— me besó muy despacio en la frente.

—Te dije que ibas a entender cosas —susurró Ratih.

***

Las dos se quedaron a dormir. Por la mañana, Dewi pidió desayuno para los tres y se rio cuando vio que yo apenas podía levantarme. Ratih se vistió antes que nadie, me besó en la mejilla y se fue diciendo que tenía un compromiso. Le pagué lo acordado. No me pidió un dólar más.

Dewi se quedó conmigo los días que faltaban del viaje. Fuimos a la playa, a templos, a comer en sitios que ella conocía y que yo nunca habría encontrado solo. Volvió a la cama varias veces, pero ya sin el espectáculo. Hablábamos. Una tarde, mientras tomábamos un café en la terraza del hotel, le pregunté si todo aquello era trabajo para ella.

—Es trabajo —contestó—. Pero a veces sale algo que no parece trabajo. Tú me caes bien. Eso pasa pocas veces.

El último día le dejé una propina equivalente al doble de lo acordado. Dewi me la devolvió diciendo que ya me había cobrado bastante. Acabé escondiéndoselo en el bolsillo del vestido cuando ella miraba el mar.

***

Volví a casa con dos kilos menos y una sonrisa que mi mujer atribuyó al sol. Lo que aprendí en aquellos días no se lo he podido enseñar a nadie. No por falta de ganas, sino porque no sé cómo se cuenta. Cómo se le explica a alguien que un sitio del cuerpo que llevas cuarenta años ignorando te puede cambiar la idea entera de lo que es gozar. Cómo se le dice a la mujer con la que llevas catorce años casado que dos desconocidas en una isla del otro lado del mundo te enseñaron a respirar.

A veces, cuando ella se duerme y yo me quedo despierto mirando el techo, pienso en Sari, que me eligió primero, y en Dewi, que me acompañó hasta el final, y en Ratih, que tuvo la paciencia de llevarme de la mano a un sitio al que yo solo no me hubiera atrevido a ir. Pienso en lo que pagué por todo aquello y en lo poco que era, comparado con lo que me llevé. Y pienso que algún día, quizá, vuelva. No por ellas. Por mí.

Eso es lo que nunca le he contado a nadie. Hasta hoy.

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Comentarios (7)

TardeDeVerano

increible!!! me dejo sin palabras

Carmencita_88

Esa ultima noche nos la debes!! Como terminas ahi, muy cruel el suspenso jaja

viajera_sinretorno

Bali te cambia, fui hace dos años y algo de eso entiendo. Aunque no en el mismo sentido jajaja

NightReader_ARG

Muy bien escrito, se siente autentico. No es el tipico relato de estos, tiene algo diferente que lo hace mejor

Rulo_BA

contratarla toda la semana jajaja, entendible. Muy bueno

Mauricio_LP

Y tu mujer nunca sospecho nada cuando volviste? Ese secreto debe pesar un poco jaja. Buenisimo el relato

MiguelBA23

Por favor contanos lo de la ultima noche, no nos dejes con esa intriga!!

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