La noche que mi amiga durmió en nuestra cabaña
Lo cuento ahora porque ya pasaron tres años y porque, después de aquella noche, todo cambió entre nosotros. No fue una infidelidad ni un error de borrachera. Fue una decisión que tomamos los tres en el mismo segundo, sin haberla hablado antes, mientras afuera la lluvia caía contra el techo de chapa de la cabaña como si quisiera entrar.
Sebastián y yo habíamos alquilado el lugar para escapar de la ciudad un fin de semana largo. Una cabaña vieja en la sierra, con estufa de leña en la sala, sin señal de teléfono y con un camino de tierra que se volvía intransitable cuando llovía fuerte. Esa era la idea: desconectarnos.
Carolina llamó el viernes por la tarde, justo antes de que perdiéramos la última raya de señal. Era mi amiga desde la facultad, la que había sostenido mis crisis amorosas en los pasillos y la que había bailado con mi vestido de novia puesto encima del suyo. Le había contado dónde estábamos casi de pasada, sin pensar que ese fin de semana ella iba a estar peleando con su pareja.
—Necesito desaparecer un par de días —me dijo—. ¿Hay lugar?
Miré a Sebastián. Estaba revolviendo una olla en la cocina, con el delantal mal puesto y la barba de tres días que tanto me gustaba. Me hizo un gesto: «tráela, ya sabe quién es». Me reí.
—Tómate un autobús y, cuando llegues al pueblo, nos llamas desde un teléfono. Te buscamos en la camioneta.
La levantamos a las nueve de la noche en el cruce de la ruta. Llovía a baldes. Carolina entró al auto con el pelo pegado a la frente, los ojos rojos de haber llorado la mitad del viaje y una mochila empapada. Olía a perfume de lavanda y a frío.
En la cabaña, Sebastián la abrazó como abrazaba él, fuerte y largo, y le dijo algo al oído que la hizo reír por primera vez en quizás dos días. Yo miré la escena desde la puerta, sintiendo algo raro. No celos exactamente. Una mezcla extraña entre ternura y otra cosa que prefería no nombrar.
***
La cena duró hasta tarde. Tres botellas de vino tinto, pasta hecha por Sebastián, charlas que se fueron poniendo cada vez más íntimas a medida que la lluvia tapaba todos los sonidos del afuera. Carolina contó lo de su pareja con un nivel de detalle que me sorprendió. Habló de aburrimiento sexual, de cosas que ya no se animaban a pedirse, de una rutina que la estaba apagando.
—El problema no es él —dijo, mirando la copa—. Es que dejamos de hablar. Nunca le pude decir lo que quería. Nunca le pude decir que quería que me la metiera por el culo, que me tirara del pelo, que me llamara puta mientras me follaba. Nada.
Sebastián la escuchaba con esa atención total que él tenía cuando algo le importaba. Yo, al lado, sentía cómo el alcohol y la conversación me iban dejando sin la armadura habitual, y también cómo se me iba humedeciendo el coño debajo del jean con cada frase que ella soltaba.
—¿Y tú, Mariana? —me preguntó ella—. ¿Le pides a Sebastián todo lo que quieres?
La pregunta me pegó. Pensé en decir algo gracioso, pero terminé contestando la verdad.
—Hay algo que aprendí en un taller hace un tiempo. Y nunca me animé a probarlo en casa.
Sebastián levantó la cabeza despacio.
—¿Qué taller? —preguntó.
—Uno que hice con Inés, ¿te acuerdas? Se hablaba de placer masculino, de zonas que casi nadie explora. La instructora era una sexóloga, muy seria. No era nada raro. Era información.
—Cuenta —pidió Carolina, inclinándose hacia adelante.
Lo conté. Hablé del punto P, del masaje prostático, de cómo la mayoría de los hombres no saben que tienen ahí un nervio que, bien estimulado por un dedo en el culo, puede dar orgasmos completamente distintos a los que conocen. Mientras hablaba, Sebastián me miraba con una mezcla de curiosidad y algo más. Carolina tenía las mejillas encendidas, y no era solo por el vino: se apretaba los muslos por debajo de la mesa.
—¿Y por qué nunca lo probaste? —preguntó él, casi en un susurro.
—Porque me daba vergüenza. Porque pensaba que ibas a creer que era algo raro, o que quería otra cosa. Que ibas a pensar que un dedo en el culo te hacía menos hombre.
Hubo un silencio largo. Los tres miramos las llamas. Afuera, la lluvia se había vuelto un sonido constante, casi un acompañamiento.
—Probemos ahora —dijo Sebastián.
Carolina no se movió. Yo tampoco. Nadie se rió, nadie hizo el chiste que rompiera el momento. Sebastián la miró a ella.
—Si quieres irte a tu cuarto, no pasa nada. Pero si te quieres quedar...
Carolina nos miró a los dos. Buscó algo en mis ojos, no sé qué, y debe haberlo encontrado, porque dijo:
—Me quiero quedar.
***
No fue como en las películas. No nos arrancamos la ropa entre tropezones. Sebastián fue al cuarto, trajo una manta gruesa y la tendió frente a la estufa. Yo encontré un frasco de aceite de almendras en el botiquín del baño, sin saber muy bien si iba a servir, pero era lo más cercano a un lubricante que teníamos. Carolina se quedó de pie, mirándonos preparar el lugar como quien observa un ritual del que nunca había sido parte.
—¿Estás segura? —le pregunté yo, mientras me sacaba el suéter.
—Hace mucho que no estoy tan segura de algo.
Sebastián se desvistió primero. Yo lo había visto desnudo mil veces, pero esa noche lo miré como lo miraba ella: la espalda ancha, el vientre todavía firme, la polla ya dura, gorda, apuntando hacia arriba, con la vena gruesa que se le marcaba en el dorso y los huevos pesados y tirantes. Carolina respiró fuerte, se le escapó un gemido bajito que trató de disimular. Yo me acerqué a ella, le tomé la cara entre las manos y le besé la boca por primera vez en quince años de amistad. Sus labios estaban tibios y temblaban un poco. Tenía gusto a vino y a algo más dulce. Le metí la lengua despacio y ella me la chupó como si llevara años queriéndolo. Le bajé una mano por el cuello, por el pecho, se lo apreté por encima de la blusa y ella soltó el aire contra mi boca.
Cuando nos separamos, Sebastián estaba de pie al lado nuestro, con la polla dura contra el muslo de Carolina, mirándonos con una sonrisa que no le había visto nunca. Le tomó a ella la mano y se la puso encima de la verga. Carolina cerró los dedos alrededor, la sopesó como quien mide algo, y empezó a mover la mano lento, de arriba abajo, mirándome a mí para pedirme permiso. Yo asentí. Le dije al oído:
—Métetela en la boca. Chúpala.
Carolina se arrodilló en la manta. Se sacó la blusa, después el corpiño. Tenía los pechos pequeños, blancos, los pezones rosados y duros del frío y del nervio. Se los acarició ella misma, despacio, sin sacarme los ojos de encima. Después agarró la polla de mi marido con las dos manos y le pasó la lengua desde los huevos hasta el glande, chupándole primero un testículo, después el otro, dejándoselos brillantes de saliva. Se la metió en la boca de un solo movimiento y Sebastián dejó escapar un jadeo largo. Le agarró la nuca con una mano y empezó a marcarle el ritmo. Yo miraba cómo mi mejor amiga le mamaba la verga a mi marido, cómo se ahogaba un poco cuando él empujaba más adentro, cómo la saliva le corría por el mentón hasta caerle entre las tetas, y en vez de sentir celos sentí que el coño se me contraía sola.
Me saqué el resto de la ropa. Me arrodillé al lado de ella. Le puse una mano en la espalda, se la bajé hasta el culo, le apreté las nalgas por encima de la falda mientras seguía chupándolo. Después se la subí, le pasé el brazo por delante y le agarré una teta, la apreté fuerte, le pellizqué el pezón, y ella gimió con la boca llena de polla. Le saqué la falda y la bombacha. Estaba empapada. Le metí dos dedos en el coño sin aviso y Carolina soltó la verga y arqueó la espalda.
—Dios —dijo—. Dios, sí.
—Chúpalo —le dije—. No pares de chuparlo hasta que yo te diga.
Volvió a metérsela. Yo le seguí moviendo los dedos adentro, buscándole el punto por delante, sintiéndosela apretada, caliente, chorreando. Sebastián me miraba dándole a Carolina y se le hinchaba más la verga. Le corría un hilo de baba desde la comisura hasta el pecho de ella.
***
Lo guié a Sebastián paso a paso, lo que la sexóloga me había enseñado. Lo acosté boca arriba sobre la manta, las rodillas dobladas, las piernas bien abiertas. Le brillaba la polla de la saliva de Carolina, los huevos apretados contra la base. Carolina, todavía algo tímida pero con las tetas al aire y el coño goteándole por los muslos, se ocupó de su boca de nuevo, tragándosela entera, lamiéndosela por debajo, chupándole los huevos de a uno mientras yo, con los dedos cubiertos de aceite, le masajeaba a él primero la zona externa del culo, sin entrar. Le dibujaba círculos alrededor del agujero, muy lentos, con dos dedos empapados.
Lo primero que noté fue que él no se tensaba. Sebastián, que en quince años de pareja jamás había dejado que le tocara ni siquiera ahí afuera, ahora se relajaba debajo de mí como si llevara toda la vida esperándolo. Le miré la cara: tenía los ojos cerrados y la respiración pareja, y la boca abierta cada vez que Carolina se la tragaba entera.
—Avísame si quieres que pare —le dije en voz baja.
—No pares —contestó—. Metémelo, Mariana. Metémelo el dedo.
Cuando entré, lo hice despacio, con un solo dedo. Sentí el anillo apretado ceder alrededor de mi nudillo, tibio, resbaladizo por el aceite. Esperé. Conté. Después seguí, hundiéndolo hasta el fondo. Cuando encontré el lugar exacto —esa esponja gruesa hacia adelante, hacia el ombligo— lo supe por la forma en que el cuerpo entero de Sebastián cambió. Arqueó la espalda apenas, soltó un sonido grave que nunca había escuchado salir de él, y la polla se le puso todavía más dura dentro de la boca de Carolina. Ella, sin levantar la cabeza, lo sintió también. Entendió que algo estaba pasando, algo distinto.
—Sigo —murmuró ella, y le pasó la lengua de una manera que me dejó sin aire a mí también. Le lamía la punta, le hacía círculos con la lengua en el glande, después se la tragaba hasta el fondo y le rozaba los huevos con la nariz.
Yo seguía ahí, encontrando el ritmo. Una presión circular muy suave, casi como dibujar pequeños círculos contra la próstata. La sexóloga había dicho una frase que me quedó grabada: «como acariciar a un gato debajo de la mandíbula, no como apretar un timbre». Era exacto. Metí un segundo dedo. Sebastián soltó un gruñido y abrió más las piernas.
—Más —pidió—. Más adentro.
Sebastián empezó a hablar incoherencias. Decía mi nombre, decía el de Carolina, decía cosas que no eran palabras del todo. «Chúpame, puta», le decía a Carolina, y ella tragaba con más fuerza. «Cógeme con los dedos», me decía a mí, y yo le empujaba dos nudillos contra el punto exacto. Sus caderas se movían solas, buscaban más, se rendían, cogiéndose la mano mía por atrás y la boca de ella por adelante. Yo nunca lo había visto así. Nunca lo había visto entregado de esa manera, hecho un puto animal.
—Mariana, voy a... —dijo, en un hilo de voz—. Me vengo. Me vengo, carajo.
Carolina levantó la cara y se quedó mirándolo, con la boca todavía cerca de la polla, con un hilo de saliva y presemen colgándole del labio hasta el glande. Yo bajé un poco el ritmo, no para que parara, sino para que durara un poco más. Le besé el muslo por dentro, le mordí la piel tierna cerca de la ingle. Le susurré que respirara hondo.
—Chúpasela hasta el final —le dije a Carolina—. Que se te venga en la boca.
Carolina volvió a metérsela entera. Yo apreté los dedos contra la próstata, con más fuerza, sin parar. Cuando Sebastián se vino, fue distinto a todas las veces anteriores. Fue largo, fue por etapas, fue un derrumbe entero. Le sentí las contracciones alrededor de mis dedos, los espasmos que le sacudían el culo desde adentro. La verga le latía contra la lengua de Carolina y el semen le salía en chorros gruesos, uno detrás de otro, más de lo que le había visto largar nunca. Carolina lo recibió con la boca primero, tragó lo que pudo, y después, cuando él se sacudía y seguía y seguía echando, se separó y dejó que el resto cayera espeso contra su cuello, contra su clavícula, contra la teta izquierda, blanco y brillante bajo la luz del fuego. Sebastián temblaba como si tuviera fiebre. Le caía una lágrima por la sien que no creo que él hubiera notado. Carolina también lloraba un poco, sin saber bien por qué, con la boca llena de leche y una sonrisa que no le entraba en la cara.
Yo retiré los dedos despacio, lo limpié con una toalla tibia y me acosté a su lado. Sebastián me apretó la mano con tanta fuerza que me dolió.
—Gracias —me dijo, y sé que no era solo por el orgasmo.
***
Lo que pasó después tampoco me lo esperaba. Pensé que ahí terminaba la noche, que cada una iba a su cuarto y que mañana hablaríamos de eso con alguna torpeza al desayuno. Pero Carolina, todavía con la cara enrojecida, el semen secándosele en la clavícula y el pulso acelerado, se acercó a mí. Me pasó la mano por el pelo, me besó despacio, me pasó la lengua por la boca dejándome a mí también el gusto amargo y salado de mi marido.
—Yo también quiero —dijo—. Quiero hacérselo yo. Quiero metérselo yo.
No quería que se lo hicieran a ella. Quería hacérselo a Sebastián. Y eso, no sé por qué, me pareció lo más generoso que alguien me había pedido nunca. Le pasé el frasco de aceite. Le mostré con mis dedos sobre su mano cómo era el movimiento. Le expliqué que no se apurara, que si él se tensaba esperara, que confiara en lo que el cuerpo le iba diciendo.
Sebastián, todavía exhausto, abrió los ojos.
—¿Otra vez? —dijo, riéndose, con la voz rota.
—Si quieres.
Quería. Y Carolina, que esa misma noche había llegado destrozada por una pareja que no la escuchaba, por primera vez en mucho tiempo se hizo cargo de algo. Se hizo cargo del cuerpo de un hombre que confiaba en ella. Le mojó dos dedos con aceite, se los acercó al culo y le entró despacio, primero uno, después el otro. Sebastián soltó un jadeo largo. La polla, que apenas había terminado de bajar, se le empezó a poner dura otra vez, se le llenó de sangre a la vista de las dos, se le volvió a levantar contra el vientre.
—Mira eso —dijo Carolina, con una risa nerviosa—. Se le está parando de vuelta.
—Sube, sube el ritmo —le indiqué—. Ahora sí. Un poquito más rápido. Ahí.
La miré aprender, la miré entender, la miré encontrar el punto y verle a él la cara cuando lo encontró. Sebastián arqueó el cuello, apretó los ojos, se le escapó un «puta madre» que salía de muy adentro. Y esta vez fui yo la que se ocupó de la boca. Me subí encima de él, me acomodé entre sus piernas y me tragué la polla entera, sintiéndosela dura como un fierro contra el paladar. La chupé lento, muy lento, dejando que Carolina fuera la que marcara el paso desde atrás. Cada vez que ella le empujaba los dedos más adentro, a él se le tensaba la verga contra mi lengua y yo se la lamía desde los huevos hasta la punta.
Después me di vuelta. Me senté a horcajadas encima de su cara, con el coño empapado sobre su boca, y Sebastián me agarró las nalgas y empezó a comerme como si llevara toda la noche muriéndose por hacerlo. Me pasaba la lengua desde el clítoris hasta el ojete y de vuelta, me chupaba los labios, me metía la lengua bien adentro. Yo me apoyé hacia adelante, agarré la verga en mi mano y me la volví a meter en la boca mientras Carolina, arrodillada entre las piernas de él, seguía cogiéndolo con dos dedos. Estábamos las dos encima de mi marido, una comiéndosela y la otra dedeándole el culo, y él con la lengua enterrada en mi coño y las manos apretándome las tetas.
Me vine yo primero, con la boca llena de polla, ahogando el grito contra la verga de Sebastián. Le apreté los muslos con las rodillas, sentí las contracciones subiéndome desde el estómago, se me escaparon chorros contra su cara y él siguió chupándome sin parar, tragándose todo lo que le caía. Todavía estaba temblando cuando Sebastián empezó a gemir más fuerte debajo mío.
—Me vengo otra vez —dijo, con la voz apagada contra mi coño—. Carolina, no pares, carajo, no pares.
Sebastián volvió a venirse, esta vez con menos potencia pero con la misma rendición. Yo lo tenía en la boca. Sentí los espasmos, sentí cómo se le hinchaba la punta contra mi lengua, y me tragué cada chorro sin sacármela hasta que dejó de latir. Carolina se quedó con los dedos adentro un rato largo, mirándole la cara, sintiendo cómo se le apretaba el culo alrededor de sus nudillos con las últimas contracciones. Después los sacó despacio y me miró a mí con los ojos llenos de algo nuevo. No era deseo solo. Era gratitud.
Me bajé de la cara de Sebastián y me acosté al lado de Carolina. La besé profundo, con la boca todavía llena del gusto de él, y ella me lo chupó de la lengua. Le bajé una mano por la panza hasta el coño, le hundí tres dedos, se los moví rápido buscando también su punto. Estaba tan mojada que se sentían los ruidos. Le agarré una teta con la otra mano, se la apreté, se la mordí, y ella se me vino contra los dedos en menos de un minuto, mordiéndome el hombro para no gritar, empapándome la muñeca entera.
—Gracias —me dijo ella también, en voz muy baja, como si le diera vergüenza.
***
Nos dormimos los tres en la manta, frente a la estufa. Yo en el medio, Sebastián de un lado, Carolina del otro. Ninguno dijo nada importante hasta el desayuno del día siguiente.
A la mañana hablamos. Hablamos mucho. Carolina dijo que lo de la noche anterior la había hecho replantearse cosas que tenía guardadas hace años. Sebastián dijo que sentía que se había encontrado con una parte de sí mismo que no sabía que tenía. Yo dije que estaba contenta de haber tenido el coraje, finalmente, de poner sobre la mesa lo que llevaba demasiado tiempo callando.
No volvimos a repetirlo. No fue una historia de aquellas que se vuelven una rutina secreta, una cita mensual entre los tres. Fue una sola noche, un secreto entre nosotros, y cada uno se lo llevó como se lleva una marca. Carolina se separó de su pareja a los dos meses. Sebastián y yo seguimos juntos, y desde esa noche, algo entre nosotros está más abierto. Le pido cosas que antes no le pedía —que me la meta por el culo, que me tire del pelo, que me llame puta cuando me coge—. Él me pide cosas que antes no se animaba —que le meta el dedo mientras se la chupo, que le hable sucio al oído.
A veces, cuando llueve fuerte y se prende la estufa en el departamento, él me mira y se ríe. Yo también. No hace falta decirlo.
Esa noche, mientras afuera el mundo se mojaba, los tres aprendimos algo que no se aprende en ningún taller: que a veces la forma más íntima de querer a alguien es meterle un dedo en el culo y descubrirle un orgasmo que ni él sabía que tenía adentro.