Conocí a Marcus en aquella despedida de soltera
La invitación llegó un martes por la tarde, mientras revisaba el correo entre dos juntas que no me importaban en absoluto. Era de Mariana, una excompañera de trabajo con la que había compartido oficina dos años y a la que no veía desde que me cambié de empresa. Me invitaba a su boda. Y no esperaba que yo aceptara, lo noté en el tono del mensaje, esa cortesía protocolar de quien manda invitaciones a medio mundo sin pensar que la mitad responderá.
Pero acepté. No tenía nada mejor que hacer aquel sábado, y mi vida personal se estaba cayendo a pedazos. Llevaba semanas peleando con Esteban, mi novio de cuatro años, y la pelea más reciente había sido de las definitivas. También me había distanciado de Lucía, mi mejor amiga desde la adolescencia, por una tontería que ninguna de las dos quería ceder. El ánimo estaba por el suelo, y la idea de salir, vestirme y reírme un rato me pareció más una medicina que una obligación.
Una semana antes de la boda llegó una segunda invitación. Esta vez para la despedida de soltera. Mariana había alquilado un bar en pleno centro solo para nosotras, un sitio pequeño pero con buena reputación, de los que cierran las puertas a la calle cuando hay un evento privado. Confirmé sin pensarlo demasiado.
Llegué a las ocho en punto. No conocía a nadie excepto a la novia. Pensé que iba a ser incómodo, que iba a estar la mitad de la noche pegada a la pared mirando el celular, pero me equivoqué. Las amigas de Mariana eran simpáticas, abiertas, ruidosas. Me ofrecieron un trago apenas crucé la puerta y a los diez minutos ya me había olvidado de que era una desconocida.
La decoración del bar era un escándalo. Globos con formas que no eran globos. Pasteles con figuras de cuerpos humanos. Servilletas estampadas con imágenes que jamás imaginé que se imprimieran sobre tela. Todo tan explícito que daba vergüenza al principio y luego risa.
—¿Primera despedida así? —me preguntó una chica con el pelo morado, mientras me servía otra copa.
—Tan así, sí.
—Vas a sobrevivir. Tranquila, todas estamos aquí para pasarla bien.
Los juegos comenzaron pronto. Verdad o reto, pero versión adulta. Adivina el juguete sexual con los ojos vendados. Confiesa tu fantasía más oscura. Yo participé tímida al principio, mordiéndome el labio cada vez que me tocaba mi turno, pero el alcohol fue haciendo su trabajo. A la tercera copa ya estaba contando una historia sobre un encuentro en un ascensor que ni siquiera sabía que recordaba con tanto detalle.
El ambiente se fue calentando a un ritmo que me sorprendió. En el juego de los juguetes, una chica adivinó un consolador morado y, en lugar de pasar al siguiente turno, se quitó la falda, se sentó sobre la barra y empezó a usarlo delante de todas. Nadie se inmutó. Más bien aplaudieron. Otra pareja —dos amigas que evidentemente se gustaban desde antes— se besaba en una esquina sin disimulo. Una tercera estaba con los pechos al aire bailando sobre una mesa.
Yo me había aclimatado sin darme cuenta. Cuando uno cae en un ambiente así, o se va corriendo o se entrega. Y yo ya hacía rato que no quería irme a ninguna parte. Me sentía libre, desinhibida, viva. Hacía meses que no me sentía así.
—¡Atención, atención! —gritó una de las organizadoras, golpeando una copa con una cuchara—. ¡Ha llegado el momento estelar de la noche!
Las luces bajaron. La música cambió. Y por la puerta del fondo entraron tres hombres.
Llevaban solamente bóxer, ajustados, oscuros, y debajo se notaba que la profesión les había exigido cierta preparación previa. Los tres eran atractivos a su manera. El de la izquierda tenía el pelo largo y atado, una sonrisa de actor de telenovela. El del medio era más bajito pero compacto, con los brazos cubiertos de tatuajes. Y el tercero…
El tercero me dejó sin aire.
Era un hombre negro, alto, de espalda ancha y cintura estrecha. La piel le brillaba bajo las luces de colores como si la hubieran pulido. Los músculos no eran de gimnasio fácil, eran de quien trabaja el cuerpo en serio, con paciencia. Tenía una mandíbula marcada, una barba muy corta, los labios llenos. Y en los ojos, una mezcla de profesionalismo y diversión que me clavó al asiento.
Las otras chicas gritaban, aplaudían, lanzaban besos. Yo no podía hablar. Lo miraba como si nunca antes hubiera visto a un hombre. Es injusto que exista alguien así, pensé. Y el muy desgraciado lo sabía.
Empezaron a bailar. Los tres se movían con esa naturalidad de quien ha repetido la misma rutina cientos de veces, pero sin que pareciera mecánico. Pasaban entre nosotras, se acercaban, se alejaban, dejaban que las manos curiosas tocaran un poco antes de retirarse. La que parecía estar al mando del juego, una rubia con voz de locutora, gritaba instrucciones que mezclaban el coqueteo con la orden.
Mi negro —porque desde el primer minuto fue mío en mi cabeza— se acercó a las chicas en orden, dándole atención a cada una. Cuando llegó a la mía, sentí que el corazón se me iba a salir del pecho. Se inclinó frente a mí, me tomó la cara con las dos manos, sonrió y se levantó otra vez para seguir su recorrido. Apenas me había rozado y yo ya estaba temblando.
—¿Te gusta? —me susurró Mariana al oído, sentándose a mi lado un segundo—. Ya veo que sí.
—Es… —no encontré la palabra.
—Anda, ve por él. Es tu noche también.
El siguiente paso de la dinámica fueron los besos. La rubia eligió chicas al azar y los tres strippers iban besándolas, una a una, con teatralidad calculada. Cuando él terminó de besar a una pelirroja sentada cerca de la barra, vi la oportunidad y me levanté. Estaba mareada por el alcohol y por la situación, pero no perdí el rumbo.
Lo intercepté antes de que volviera al centro de la pista.
—Espera —le dije.
Se giró. Me miró con curiosidad, como si estuviera evaluando mi atrevimiento.
—Dime.
No le contesté. Le puse una mano en la nuca, me empiné un poco y lo besé. Y esta vez no fue un beso protocolar, no fue parte del show. Fue mi beso. Le metí la lengua, lo sentí responder con la suya, y mi mano libre bajó por su pecho, por su abdomen, hasta apoyarse sobre el bulto de su bóxer. Estaba duro. Muy duro.
—Me encanta lo que tienes ahí —le susurré contra los labios—. De verdad.
Él se rió. Una risa baja, ronca, como de pecho.
—Cuidado con lo que pides —contestó.
Volví a mi asiento sin mirar atrás. Sentía las miradas de las chicas sobre mí, los aplausos burlones, los silbidos. Mariana me hizo un gesto de aprobación con el pulgar. Yo ya no era la desconocida tímida que había llegado a las ocho.
El show siguió escalando. Las chicas comenzaron a quitarles los bóxers a los strippers. Primero por encima de la cintura, jugando. Luego abajo del todo. Cuando los tres quedaron desnudos hubo un silencio breve, casi reverencial, antes de que volvieran los gritos.
Y entonces lo vi entero.
Era hermoso. Su miembro estaba a la altura del resto de él: grande, oscuro, perfectamente proporcionado, casi intimidante. Sentí un pellizco en la entrepierna que me dejó sin respiración. Las otras dos siluetas pasaron a segundo plano. Yo solo lo miraba a él.
Las chicas se turnaron para complacer a los strippers con la boca. Una a una, por todos. La rubia organizadora les marcaba el ritmo, los segundos, el cambio. Mi turno con él tardaba demasiado en llegar. Cuando una chica de pelo corto se le arrodilló delante y empezó a chupárselo con entusiasmo, sentí algo absurdo, algo que no tenía derecho a sentir: celos. Celos de una desconocida en una despedida de soltera por un hombre al que acababa de conocer.
Me acerqué de todas formas. Me puse a su lado, sin esperar el turno. Le pasé las manos por el pecho, por los hombros, lo besé en el cuello mientras la otra seguía con su trabajo. Él me miraba a mí. La chica de pelo corto no pareció ofenderse cuando le hice un gesto para que me cediera el lugar. Quizá entendió que aquello había dejado de ser un juego.
Me arrodillé frente a él. Lo tomé con las dos manos. Lo miré una última vez antes de empezar y me lo metí en la boca tan profundo como pude. Lo saboreaba con un hambre que no recordaba haber sentido jamás. Lo lamía despacio, lo chupaba rápido, lo masturbaba contra mi lengua. Probé a tragármelo entero, pero no pude. Era demasiado. Y eso me encantaba todavía más.
—Quédate conmigo —le dije, levantando la cara—. Por favor, papi, quédate solo conmigo.
Él me miró con una sonrisa que no supe descifrar.
—¿Cómo? —preguntó.
No sé si no había escuchado por la música o si quería que se lo repitiera. Yo no se lo repetí con palabras. Me levanté. Llevaba un vestido corto, ligero, fácil de quitar. Me lo saqué en un movimiento y me quedé solo con los tacones rojos y nada más. Volví a sentarme sobre el borde de un sofá bajo, con las piernas abiertas para él.
—Métemelo, por favor —le dije, mirándolo a los ojos, con la mano entre mis piernas, acariciándome lento.
El bar entero estaba mirando. Las chicas habían dejado lo que estaban haciendo. Los otros dos strippers miraban también, divertidos. Alguien empezó a corear:
—¡Que se la coja, que se la coja!
Y se sumaron las demás. Era una marea de voces, de risas, de exigencias. Mi negro, mi Marcus —porque después supe que se llamaba así—, se inclinó sobre mí. Me besó otra vez, más despacio que antes. Acomodó las caderas. Sentí su miembro presionando contra mí.
—¿Estás segura? —me preguntó al oído.
—Por favor.
Empezó a entrar despacio. Me dolió. Era grande, y yo estaba muy estrecha, y aunque estuviera mojada hacía rato, mi cuerpo no estaba preparado para algo así. Pero el dolor era de los que no se quieren parar. Era de los que querés sentir más. Le clavé las uñas en los hombros y arqueé la espalda.
—Más —le pedí—. Más.
Me empezó a follar. Primero con cuidado, midiéndome. Luego más rápido, más fuerte. Cada embestida se escuchaba, sus testículos golpeaban contra mi piel, y yo gemía sin contenerme, sin pensar en quién me estaba escuchando. Las chicas a mi alrededor ya no coreaban. Aplaudían. Algunas grababan con el celular. Yo no me di cuenta hasta mucho después.
—Hijo de puta, no pares —le decía—. No pares, no pares.
Me dio la vuelta. Me puso en cuatro sobre el sofá, me agarró del pelo con una mano y de la cintura con la otra. Volvió a entrar, y desde ese ángulo me llegó todavía más adentro. Sentí que iba a partirme y, a la vez, que nunca había estado mejor cogida en mi vida.
Le pedí que me llenara. Le pedí que me diera todo. Le pedí cosas que jamás había dicho en voz alta a nadie, que ni siquiera había pensado tan claramente.
Cuando estaba a punto de venirse, salió. Me dio media vuelta, me agarró la cara con una sola mano, casi brusco, y me ordenó:
—Ven, abre la boca.
Me arrodillé. Abrí la boca. Lo recibí todo. No dejé que se cayera ni una gota. Lo tragué entero, mirándolo, con los ojos llorosos por el placer y por la intensidad de todo. Las chicas estallaron en aplausos.
***
Después de eso no recuerdo demasiado. Alguien me ayudó a vestirme. Alguien me sirvió otra copa que probablemente no debí aceptar. Los otros dos strippers ya estaban haciendo lo mismo con otras chicas, pero yo no tenía ojos para ellos. Me quedé mirando a Marcus mientras se vestía, intentando memorizarlo. Quería pedirle el teléfono. Quería pedirle algo. Cualquier cosa. Pero el alcohol pudo más, y me quedé dormida en un sofá sin haberle dicho ni mi nombre completo.
Cuando desperté, ya era de día y el bar estaba vacío. Mariana me llevó a su casa, me dio agua y café, y me contó entre risas lo que había pasado. Le pregunté por Marcus. No tenía sus datos. La organización había contratado una agencia, los strippers eran independientes, y ella ni siquiera recordaba qué agencia era.
Han pasado dos años. Llevo dos años pensando en aquella noche más de lo que debería. He vuelto a salir con otros hombres. Estoy en una relación estable, tranquila, sana. Pero a veces, cuando estoy con mi pareja actual y cierro los ojos, vuelvo al sofá del bar de Mariana, vuelvo a sentir las manos de Marcus en mi cintura, vuelvo a escuchar el coro de mujeres aplaudiendo.
Por eso escribo esto. Por si Marcus, o como te llames realmente, lees esto algún día. Soy la chica de los tacones rojos. La que se desnudó delante de todas. La que te suplicó que te quedaras. Si por casualidad te suena la historia, escríbeme. No quiero rehacer mi vida ni romper mi presente. Solo quiero saber que aquella noche también significó algo para ti.
Y si no lees esto, está bien. Igual seguirás siendo la mejor confesión que jamás voy a poder contar.