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Relatos Ardientes

La noche que el camionero me reconoció en la barra

Mi confesión empieza dos años después de haberme mudado a Los Álamos del Páramo, un pueblo de mala muerte en mitad de ninguna parte donde la parada de camioneros era casi todo lo que tenía. Trabajaba de encargada en El Cruce de los Almendros, un local de carretera con menú del día, café aguado y un cartel de neón rosa que parpadeaba toda la noche encima de mi habitación. Tengo cuarenta y dos años, divorciada, sin hijos, con un cuerpo que no se ha rendido todavía gracias al gimnasio de toda la vida y a que sigo corriendo cada mañana al amanecer.

Nunca pensé que alguien como Bilal iba a volver a poner un pie por la zona.

Llegó un martes pasadas las once de la noche. Aparcó el tráiler en la explanada de tierra y entró sin saludar a nadie, como hacen los hombres que saben que su entrada va a notarse igual. Era altísimo, de piel oscura y hombros que tapaban el marco de la puerta. Llevaba una camisa hawaiana abierta, vaqueros que marcaban demasiado y una cadena gruesa de oro con un medallón que se balanceaba con cada paso. Lo reconocí enseguida. Yo lo había visto años atrás, en otra vida, cuando trabajaba en una agencia de la capital y firmé un negocio fallido con un ganadero al que ese hombre arruinó. Y, según el rumor, también humilló.

—¿Lo conoces? —me preguntó Yamila, la camarera nueva, asomándose por la barra.

Yamila tenía veintiún años, pechos que no le entraban en el sujetador, mechas rubias mal cuidadas y un piercing en la nariz que no le pegaba con nada.

—Lo tengo visto —respondí.

—Menudo macho. Dicen que esos hombres tienen una polla que te parte en dos.

—¿Ya estás pensando en eso?

—Una amiga me dijo que una no puede morirse sin haber probado a un tío así. Que te follan hasta que te olvidas de tu nombre.

Le sonreí sin ganas. La conocía. Ya iba a caer.

A la una de la madrugada cerramos. Yamila vivía en un cuarto encima del local, justo al lado del cartel luminoso. Se quedó remoloneando con cualquier excusa mientras Bilal seguía sentado solo en una mesa del fondo, con un café que llevaba helado dos horas. Él la miraba de reojo, sin prisa, evaluándola como quien sabe que la presa ya está acorralada.

Le hizo una seña. Yamila se acercó con los ojos brillantes. Yo fingí no enterarme y me ocupé de cuadrar la caja, pero los oí hablar de una ducha, de la habitación de arriba, de no hacer ruido. Cuando salí del local, vi a Bilal subir por la escalera exterior con una bolsa de viaje colgada del hombro y la luz del cartel rosa parpadeándole en la espalda.

Dormí mal esa noche. El techo de mi habitación era el suelo del cuarto de Yamila y el cartel de neón me pintaba la pared de rosa cada dos segundos. A eso de las dos empezó el crujido de los muelles. Al principio despacio, un balanceo constante, como si él la estuviera montando a un ritmo perezoso, midiéndola. Después llegó el primer grito de Yamila, ahogado en la almohada. Luego los golpes secos del cabecero contra la pared, tac, tac, tac, tac, cada vez más rápidos y más fuertes, y la voz grave de él dándole órdenes que no llegaba a entender del todo pero cuyo tono no dejaba dudas. Cuando la oí suplicar entre gemidos que no parara, que se la metiera entera, me di cuenta de que llevaba un rato con la mano dentro de las bragas. Me corrí en silencio, con los dientes apretados, escuchando cómo aquella cría de veintiún años se dejaba destrozar encima de mi cabeza.

***

A la mañana siguiente, Yamila me esperaba en la barra con los ojos hinchados y una sonrisa de quien ha sobrevivido a algo memorable. Me enseñó un selfi en el móvil. Estaba ella desnuda en la cama deshecha, todavía con marcas en el cuello, y a su lado un cuerpo dormido boca abajo, oscuro, descomunal. En la mesilla, un envase abierto de preservativos.

—Ha sido bestial —me dijo bajito—. Una bestia. Tiene una polla como el brazo, en serio, casi no me entraba. Me la metió por delante, por detrás, en la boca, en los pechos. Me hizo correrme cuatro veces. Cuatro. Nunca me habían hecho eso.

—Ni borracha —contesté.

—Y cuando terminaba dentro del condón parecía que había echado medio litro. Se le hinchaba. Se le veía todo. Me ha dejado el coño ardiendo. En serio, tienes que probar.

—Ni borracha —repetí.

Pero algo se me movió por dentro. No es que me atrajera. Es que me molestaba que esa criatura se hubiera adelantado. Y, sobre todo, me molestaba que él me hubiera ignorado a mí.

Bilal se fue antes del mediodía sin pasar por la barra. Lo vi orinar sin pudor al lado del camión, con una polla flácida que ya de blanda parecía más grande que la de cualquier hombre en erección que hubiera visto, subirse a la cabina y arrancar levantando una nube de polvo.

***

Volvió quince días después.

Llegó recién duchado, con una camiseta negra ajustada que le marcaba los pectorales, vaqueros nuevos y unas Ray-Ban de espejo que se quitó al cruzar el umbral. Yamila levantó la cabeza desde la barra y se le encendió la cara. Adrián, el camarero joven que tenía el turno de mediodía, se quedó parado con una bandeja a medio camino. Bilal pasó al lado de Yamila sin mirarla siquiera. Se sentó en una mesa del rincón y pidió pescado con la voz baja de quien sabe que la mesa entera va a obedecerle.

—No me ha saludado —me susurró Yamila, ofendida.

—Es su forma —dije—. Estos van a lo suyo.

—Ya, pero ayer me prometía estrellas.

—Ayer también te prometía estrellas el de la furgoneta de quesos. No te montes películas.

Le serví el pescado yo misma. Bilal levantó la mirada al verme acercarme y me reconoció. Lo vi en el segundo que tardé en dejar el plato. No dijo nada en ese momento. Habló cuando volví a retirar el café.

—Te tengo vista de algún sitio —dijo—. Pero no aquí. Eras otra. Tenías más glamour.

—Puede ser.

—Y entonces a Adrián, supongo, lo tendrás de baja un par de días.

Sonreí torcido. Adrián había salido del trabajo el día anterior subido a la cabina del tráiler, eso lo había visto medio pueblo. Esa misma mañana lo había visto cojear al traer las cajas de fruta, con cara de haber pasado la noche empalado.

—No sabría decirte —respondí—. Tendrás que preguntárselo tú.

—Ya lo veo. —Hizo una pausa, midiéndome—. Si mal no recuerdo, hace años eras la chica de un ganadero.

Sentí frío en la espalda. Aquel hombre sabía. Sabía exactamente quién había sido yo en otra vida y cómo había acabado todo. Sabía las consecuencias que pagué cuando aquel ganadero quebró. Sabía, supongo, que la deuda con su orgullo no se había saldado del todo, y por eso me lo recordaba.

—Tendríamos que hablar —dijo.

—Ahora no puedo.

—Esta noche, entonces. Hay fiesta en el pueblo.

—Pensaba ir.

—Allí estaré.

Y se levantó dejando el dinero sobre la mesa, sin esperar el cambio.

***

Las fiestas de Los Álamos del Páramo eran lo más triste que había visto. Cuatro guirnaldas, una orquesta de pueblo y un bar improvisado con barriles de cerveza tibia. Aun así me arreglé. Vestido negro ligero, escote más prudente de lo que acostumbro, unos tacones que llevaba dos años sin sacar del armario. Me dije a mí misma delante del espejo lo que tenía que decirme: una cosa es el rencor con los amigos de Bilal y otra cosa muy distinta es lo que iba a pasar esa noche. Debajo del vestido no me puse bragas. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Llegó pasadas las once. Aparcó el tráiler en la calle de al lado y los faros del camión inundaron la plaza. Caminó por el adoquinado abriéndose paso entre la gente como si fuera el dueño del lugar, y me encontró apoyada en la barra, bebiendo a sorbos un vino que sabía a vinagre. Se puso a mi lado sin saludar.

—Entonces ya sabes —dijo.

—Sé lo justo.

—¿Mala experiencia con aquel hijo de puta?

—Pagué con lo que se paga.

—Y ahora estás aquí. De camarera.

—¿Te parece poco?

—Estás cojonuda. Al menos vestida. Ya veremos desnuda.

Reí casi sin querer. Tenía un descaro que en otro hombre me habría parecido ridículo y en él, sin embargo, encajaba con el cuerpo. Adrián pasó por detrás de nosotros caminando despacio, intentando saludarme con disimulo, y desapareció hacia el escenario.

—Activazo, además —comenté en voz baja.

—Todo agujero que valga la pena. Y el tuyo va a valerla.

—Eres lo que dicen.

—Soy lo que necesitas esta noche. Mañana arranco hacia la frontera. Aquí no hay nadie más, y lo sabes mejor que yo.

Lo sabía. Llevaba dos años acostándome con tres tipos casados del pueblo que se corrían en dos minutos y con algún macarra de paso que olía a colonia barata y no sabía dónde estaba el clítoris. Bilal era, por mucho que me costase admitirlo, lo mejor que había aparecido por mi calle en mucho tiempo.

—Vamos a mi piso —dije—. Pero pago yo el silencio. No quiero que mañana lo sepa todo el bar.

—Mañana yo me habré ido —respondió.

***

Mi piso queda a dos calles de la plaza. Subimos los escalones en silencio, escuchando todavía la música de la orquesta filtrarse por las persianas. En cuanto cerré la puerta me besó. Me besó como si tuviera que comprobar algo, y cuando comprobó que yo le respondía me empujó suave contra la pared del recibidor y me bajó los tirantes del vestido. Las manos eran grandes, calientes, ásperas de volante y de carga. Me apretó el culo con una mano y descubrió al hacerlo que no llevaba bragas. Soltó una risa baja contra mi cuello.

—Venías preparada —murmuró.

—Vine a follar. No a hablar.

Me bajó el sujetador hasta dejarme los pechos por encima de la copa y me mordió el pezón izquierdo con una fuerza que me hizo arquear la espalda contra el gotelé de la pared. Después se agachó, me subió el vestido hasta la cintura y me separó los muslos con la mano. Me metió dos dedos de golpe, sin preámbulo, y comprobó lo empapada que estaba con un gruñido de aprobación.

—Chorreas —dijo—. Llevas horas pensándolo.

—Cállate y sigue.

Me sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándome a los ojos. Después me giró contra la pared, me subió el vestido por encima de las nalgas y le oí desabrocharse el cinturón. Escuché el crujido del papel del preservativo. Escuché su respiración pesada detrás de mí. Y escuché, sobre todo, el primer roce de aquella polla enorme abriéndose paso entre mis muslos, empujando la entrada de mi coño con una lentitud calculada que casi me hizo pedirle que se apurara.

—Estás más buena ahora que cuando ibas con tacones de ejecutiva —dijo en mi oído.

No le contesté. Le clavé las uñas en el antebrazo y empujé el culo hacia atrás. Entró la mitad de una embestida y me quedé sin aire. Yamila no había exagerado. Aquello no era una polla, era un instrumento. Gruesa, larga, dura como una piedra, con un peso que se me clavaba dentro y me obligaba a apoyarme con las dos manos contra la pared para no doblarme. Empujó otra vez y me la metió hasta el fondo. Solté un gemido roto que se oyó hasta en el rellano.

—Baja la voz o te van a oír —susurró, sin dejar de moverse.

—Que oigan.

Me folló contra el recibidor durante lo que me pareció una eternidad. Con una mano me sujetaba de la cadera, con la otra me apretaba un pecho, pellizcándome el pezón cada vez que embestía. Se le notaba que sabía frenarse. Cada tres o cuatro golpes bajaba el ritmo, se quedaba quieto dentro de mí y hacía un movimiento circular con la pelvis que me hacía ver estrellas. Después volvía a bombear duro. Cuando me sintió apretarle por dentro me apartó de la pared, me llevó casi en volandas al dormitorio y me tiró en la cama boca arriba.

Encendí la lamparilla. Se desnudó de pie a los pies de la cama sin ninguna prisa. La camiseta negra fuera. El cinturón de la hebilla grande fuera. Los vaqueros al suelo. El bóxer estirado por delante como una tienda de campaña. Cuando por fin se la bajó y aquello quedó al aire, con la vena gruesa recorriéndola por debajo y el glande brillante, me quedé un instante sin saber por dónde empezar.

Me arrodillé en el borde de la cama. Se la agarré con las dos manos, y aun así seguían sobrando dedos por arriba y por abajo. La lamí por debajo, de los huevos hasta la punta, y le noté un estremecimiento en los muslos. Le metí la punta en la boca y bajé despacio, midiéndola, acostumbrando la mandíbula a una anchura que no había tenido en mucho tiempo. Cuando por fin conseguí hundirme hasta la mitad, se me llenaron los ojos de lágrimas y él me sujetó la nuca con una mano firme, sin presionar de más.

—No tengas prisa —dijo en voz baja—. La noche es larga.

Le mamé despacio, chupándole la punta con los labios apretados, escupiendo saliva por los lados para poder deslizar mejor la mano, alternando con lametones largos por el tronco. Le chupé también los huevos, uno por uno, mientras le hacía una paja lenta con las dos manos. Él me miraba desde arriba con una calma que me ponía todavía más caliente. De vez en cuando me tiraba del pelo suavemente para marcarme el ritmo, y cuando notaba que iba demasiado rápido me apartaba unos centímetros y me dejaba respirar.

A través de las persianas llegaban los cohetes de la fiesta. Cada estallido encendía la habitación de naranja durante un segundo y nos sorprendía en una postura distinta. Me tumbó de espaldas en la cama y me dobló las piernas hacia el pecho, sujetándomelas con los antebrazos. Su cara desapareció entre mis muslos y aquella lengua larga y cuidadosa empezó a trabajarme el coño de arriba abajo, sin prisa ninguna, como si llevara semanas pensando en hacerlo. Chupaba, lamía, mordisqueaba el clítoris con los labios y de vez en cuando me metía la lengua entera dentro y hacía un movimiento circular que me hacía apretar las sábanas con los puños. Cuando notó que estaba a punto de correrme me metió dos dedos y siguió chupándome el clítoris, y me arrancó un orgasmo largo, en oleadas, que me dejó jadeando y con las piernas temblando.

No me dejó descansar. Se puso otro condón, se tumbó boca arriba y me hizo señas para que me subiera. Me dejé caer poco a poco encima de aquella polla y me quedé un instante sin respirar, con las manos apoyadas en sus pectorales, sintiendo cómo me abría por dentro milímetro a milímetro. Cuando la tuve entera, me quedé quieta, adaptándome. Él me miró desde abajo, me apretó las nalgas con las dos manos y me empezó a mover en círculos.

—Móntame —dijo—. Como si te llevaras años sin follar bien.

Y me llevaba años sin follar bien. Le monté. Al principio despacio, subiendo y bajando con las piernas tensas, sintiendo cómo salía casi entera antes de volver a hundírmela. Después me incliné hacia delante, apoyé las manos a los lados de su cabeza y empecé a cabalgarle rápido, con las tetas colgando encima de su cara. Él me chupaba los pezones uno detrás de otro, me daba palmadas en el culo, me mordía el cuello. La cama chirriaba, el cabecero golpeaba la pared y yo no me acordaba ya de si por debajo vivía alguien.

Cuando notó que iba a correrme otra vez, me sujetó por las caderas y me empezó a bombear desde abajo con embestidas cortas y brutales que sonaban a carne contra carne. Me corrí encima de él con un gemido largo, arqueando la espalda, y me caí hacia delante, con la frente en su hombro, temblando.

Ni siquiera me dio tiempo a recuperarme. Me levantó como si no pesara, me giró y me puso a cuatro patas en el centro de la cama. Se colocó detrás, me agarró del pelo con una mano, me abrió las nalgas con la otra y me volvió a meter la polla de una embestida seca. Empezó a follarme por detrás con un ritmo que no se parecía al de los chulapos del pueblo, marcando cada empujón con la pelvis pegada a las nalgas, haciendo sonar el golpe seco de sus huevos contra mi coño. Me tenía cogida del pelo y me obligaba a arquear el cuello hacia atrás. De vez en cuando bajaba una mano y me frotaba el clítoris con dos dedos mientras seguía embistiéndome.

—Dime cómo te gusta —murmuró.

—Sigue así. No pares. Más fuerte.

—¿Así?

—Así, cabrón, así.

—Dilo. Dime qué eres esta noche.

—Tuya. Toda tuya. Fóllame.

Me escupió en el hoyo del culo y me metió un pulgar, sin sacarme la polla. La doble presión me hizo perder el sentido durante unos segundos. Tardé en correrme más de lo que recordaba en mucho tiempo. Cuando llegó, llegó con todo. Me quedé temblando, agarrada al cabecero, mientras él se retiraba un segundo, se sacaba el preservativo y lo cambiaba con una destreza que solo se aprende practicando. Volvió a entrar despacio. Esta vez fue él quien marcó el final. Aceleró de forma constante, sin variaciones, con embestidas cada vez más largas y más profundas. Lo noté hincharse dentro, lo noté tensar las mandíbulas, le noté agarrarme las caderas con una fuerza que me iba a dejar marcas al día siguiente, y lo noté soltar un rugido bajo que pareció vibrarme en la columna. Se quedó dentro hasta el último latido, con la frente apoyada entre mis omóplatos, respirando como un animal, mientras yo sentía el condón llenarse dentro de mí.

Nos derrumbamos los dos de lado en la cama, todavía enganchados. Tardó un buen rato en sacármela. Cuando lo hizo, se levantó, tiró el preservativo anudado a la papelera y volvió a acostarse a mi lado unos minutos. Me acariciaba el vientre con la palma de la mano abierta, distraído, mientras yo intentaba recuperar la respiración.

***

Quince minutos después se vistió en el pasillo con la calma del que no le debe nada a nadie. Se abrochó el cinturón de la hebilla grande, se puso la camisa hawaiana sin abotonarla y se pasó la mano por la nuca. Yo seguía en la cama, envuelta en la sábana, con el coño ardiendo y las piernas todavía flojas, mirándolo desde la almohada.

—Me voy mañana al amanecer —dijo—. Si en un mes notas que algo no te baja, llámame. Soy de los que aceptan las consecuencias.

—No te preocupes.

—Lo digo por el principio. No por ti.

—Lo sé.

Se acercó, me dio un beso en la frente y se fue. Lo escuché bajar la escalera. Me asomé a la ventana cuando arrancó el motor y vi cómo los faros del camión iluminaban por última vez la calle vacía.

***

Al volver a la plaza lo vieron cruzar a pecho descubierto, con la camisa por fuera, parándose en una caseta a comprar muñecas de feria que metió en una bolsa enorme. El pueblo entero murmuró. A la mañana siguiente, las vecinas susurraban en la cola del pan. Yamila me miró desde la barra con una mezcla de envidia y respeto, porque los tabiques del edificio eran finos y ella tenía muy claro lo que había oído por debajo de su cuarto. Adrián no me preguntó nada y yo no le pregunté nada a él.

Yo preparé los cafés como cualquier otro día. Pero esa tarde llamé a una vieja amiga de la capital y le dije que aceptaba el negocio que llevaba meses ofreciéndome. En tres meses dejaba el pueblo.

A veces, cuando paso por una gasolinera y veo un tráiler con matrícula extranjera, me sigue subiendo el pulso. Es una confesión, supongo, y por eso la cuento.

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Comentarios(8)

Nati_Rosario

Me atrapó desde el primer parrafo!! por favor seguí, necesito saber quien era ese tipo

koque56

jaja el titulo me enganchó de una, tremendo el giro

ElRural2019

Me acordé de una vez que laburaba en una parada de ruta y apareció alguien del pasado también. Son esas noches raras que te quedan. Buen relato

Caro_lee

Esa parte de 'otra vida' me intrigó un monton. Cuantos años tenia cuando lo conocio?? jaja curiosidades

LectorNocturno22

Muy bien escrito, se siente autentico. Esos encuentros inesperados tienen algo que no se puede explicar bien.

SantiMdP

Buenisimo!! espero que haya segunda parte. Saludos desde MdP

Marce_conf

Se me hizo corto, queria mas! de esas confesiones que parecen de pelicula

Norberto45

Gracias por compartir. Muy real todo, eso es lo que le da valor a una buena confesion

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