Mi confesión: llevo doce horas mojada en la cama
Hola, mis amores. Sé que llevo días sin pasar por aquí y lo siento, pero la vida se me ha vuelto un nudo y no me deja respirar. Esta semana, por fin, tengo unas minivacaciones, y desde ayer no consigo apagar lo que tengo dentro. Me arde todo. No exagero.
Apenas me roza la blusa, los pezones se me ponen duros, como si supieran algo que yo no quiero admitir. Me paso la mano por la cintura para acomodarme la ropa y termino mordiéndome el labio. Me toco los labios de abajo solo para chequear si todavía estoy allí, y lo que encuentro es una humedad que no para de volver, no importa cuántas veces me limpie.
Anoche me acosté tarde. Estuve leyendo relatos hasta las tres de la mañana, y en mi cabeza se armó una película que todavía no se apaga. Mi fantasía favorita es la del pueblo donde todos cogen libremente, sin pena, sin tabú: tú entras a la panadería y pasa lo que tiene que pasar, sales a comprar pan y a otra cosa.
—Quiero normalizar lo que sentimos —me digo en voz alta, sola en mi cuarto—. ¿Por qué no podemos llamar a alguien solo para que nos saque estas ganas? ¿Por qué hay que disimularlo?
Imagínense, mis amores: que mi hombre, Julián, esté donde esté, conteste la videollamada y me vea así, con la camiseta levantada hasta el cuello, los pezones al aire, la mano metida entre las piernas. Que él se prenda al toque, que tenga que esconderse en un baño o en su carro para terminar conmigo. Que termine antes que yo, porque me lo imagino tan caliente que ni se aguanta.
O imagínense esto: vamos caminando por un centro comercial, los dos, vestidos como cualquier pareja un sábado por la tarde, y de pronto me siento bien. Tan bien que necesito que alguien me chupe las tetas ahí, en medio del corredor. Que me las saque, que me las muerda, que me las llene de saliva. Que yo me agache después y se la mame a él contra la pared del baño público, sin importar quién entre. Eso, para mí, es vivir.
***
Déjame que te cuente cómo llegué hasta este punto. Esta mañana desperté empapada por culpa de un sueño que no se me olvida más. Estaba en una casa que no conozco, con un tipo que tampoco conozco. Tenía las manos atadas detrás de la espalda con algo suave, como una bufanda de seda. Él me lamía el cuello y me decía cosas al oído que no se podían repetir. Yo no podía moverme. Solo podía sentir.
Cuando desperté, las sábanas estaban húmedas. Pensé que era sudor, pero no. Era yo. Me metí dos dedos antes de levantarme, casi como un reflejo, y me corrí en menos de dos minutos, mordiendo la almohada para que la vecina del piso de arriba no me escuchara.
Ya está, listo, hoy voy a poder hacer otras cosas.
Mentirosa.
Salí a la cocina y, mientras revolvía el café, ya estaba pensando en el sueño otra vez. En las manos atadas. En la voz al oído. En el peso de un cuerpo que ni siquiera tenía cara.
—Julián, ¿qué me hiciste? —murmuré, aunque él no podía oírme. Está de viaje desde el martes y no vuelve hasta el viernes.
Decidí bañarme. Pero no me bañé como una persona normal. Abrí solo el agua fría, porque sabía que el agua tibia me iba a poner peor. El chorro me golpeó los pezones y me arqueé contra los azulejos como si me acabaran de tocar. Estuve diez minutos bajo esa cascada helada, intentando que el cuerpo entendiera que no era el momento. El cuerpo no entendió nada.
Salí, me sequé y cometí el error de ponerme crema. Esa crema espesa que huele a coco y que se demora un rato en absorberse. Empecé por las piernas, subiendo. Cuando llegué a los muslos, ya respiraba con la boca abierta. Cuando me la pasé por el pecho, primero en círculos alrededor de los pezones y después sobre ellos, casi suelto la botella.
***
Me sentí una puta. Lo digo así, sin filtro, porque es la verdad. Me sentí una puta hermosa, encendida, llena de ganas, y por primera vez en mucho tiempo no me dio culpa. ¿Por qué tendría que dármela? Estoy sola en mi casa, en mi cama, con mis ganas. No le hago daño a nadie. No le miento a nadie. Solo me estoy escuchando.
Me acosté en la cama desnuda, sin sábana ni nada. Agarré el celular y abrí la página esa donde leo los relatos que me ponen como loca. Empecé con uno de una mujer que se acuesta con su jefe en un hotel después de una cena de empresa. Ella le pide que no sea cariñoso, que sea brusco, y él le hace caso. Lo leí dos veces.
Cambié a otro: una pareja que invita a un desconocido a su habitación. La esposa mira primero, después participa, y al final no se sabe quién está cogiendo con quién. Ese me lo leí tres veces, con la mano libre haciendo lo suyo.
Y entre relato y relato, aquí estoy, con la otra mano en el teclado del celular, escribiéndoles a ustedes. Porque a veces escribir es la única manera de aguantarse. Si no le cuento esto a alguien, me explota la cabeza. Y mis amigas no entenderían. La que era mi mejor amiga me dijo una vez que no le hablara más de sexo, que la incomodaba. Bueno, qué pena. Ustedes son los únicos que me leen sin juzgarme.
***
¿Soy la única que se siente así a veces? ¿La única que se despierta empapada por un sueño con un desconocido y se pasa el día buscando la manera de bajar la fiebre? Estoy segura de que no. Estoy segura de que hay miles de mujeres como yo, en sus camas, fingiendo que están leyendo el periódico cuando en realidad están a un mensaje de pedirle a alguien que venga a callarlas.
Lo que más me da rabia es la cara que pondría la gente si supiera. Mi compañera de oficina, esa que parece de cera, se haría la sorprendida. La señora del edificio, la que saluda con la cabeza, me miraría feo. Mi tía, esa que reza tres rosarios al día, me dejaría de hablar. Y todas, en el fondo, todas, en algún punto de su vida, han estado donde estoy yo ahora.
La diferencia es que yo lo digo. Lo escribo. Lo confieso.
—Estoy mojada —digo en voz alta, sola, mientras tipeo—. Llevo doce horas así. Y no me importa.
Hace un momento, en serio, hace cinco minutos, me toqué con dos dedos por encima del clítoris y casi me corro otra vez. Me detuve a propósito. Quiero llegar al final de este texto antes. Quiero que ustedes lo sientan conmigo, que cuando lo lean estén tan calientes como yo. Eso es lo más perverso de todo, supongo: que escribir esto me pone más, porque sé que alguien, en algún momento, va a leerlo en su cama, y va a meter la mano debajo de la sábana, y va a pensar en mí. Va a imaginarme.
Imagínenme, entonces. Cabello largo, oscuro, todavía mojado por la ducha fría que no sirvió para nada. Tetas medianas, pezones todavía duros, brillantes por la crema de coco. Un cuerpo que no es perfecto pero que hoy se siente perfecto. Las piernas un poco abiertas, la mano izquierda donde tiene que estar.
Y la otra, escribiéndoles a ustedes.
***
¿Saben qué voy a hacer cuando termine este relato? Voy a llamar a Julián. No por videollamada al principio, porque seguro está en alguna reunión. Le voy a mandar un audio. Un audio de un minuto exacto, en el que voy a respirar fuerte, voy a gemir bajito y le voy a decir lo que pienso hacerle cuando vuelva. Va a abrir el mensaje y se le va a parar el corazón antes que cualquier otra cosa.
Después le voy a escribir: «Llámame cuando puedas». Sin más. Sin emojis. Que se aguante hasta poder encerrarse en algún lado.
Y cuando llame, voy a contestar la videollamada así, como estoy ahora, exhibida y sin pena. Voy a dejar que me vea acabar mientras él me dice cosas. Si le toca esconderse en el baño de su hotel, mejor. Si le toca hacerlo en silencio, también. Esa es la idea: que él termine encerrado, mordiéndose la mano, pensando en mí hasta el viernes.
Quiero que cuelgue el celular y que esté tan loco por mí que no pueda concentrarse en nada por el resto de la noche. Quiero que el viernes, cuando entre por la puerta, ni siquiera salude. Que me agarre de la cintura, me suba a la mesa de la cocina y termine lo que empecé yo sola.
***
Ya está. Me lo saqué del pecho. Me siento un poquito más liviana, aunque sigo igual de caliente. No es mi mejor confesión, ya lo sé. No tengo una historia con un desconocido en un avión ni con el yerno de la vecina. No tengo un punto de inflexión literario. Lo que tengo es esto: una tarde, una cama, una crema de coco y demasiadas ganas.
A veces eso es suficiente. A veces lo más erótico no es lo que pasa, sino lo que está a punto de pasar. Las ganas que se acumulan. El cuerpo que pide. La mano que sabe.
Los quiero, mis pervertidos hermosos. Les mando un beso donde quieran que les caiga. Yo me voy a tocar otro rato, porque escribir todo esto, en lugar de calmarme, me dejó peor.
La próxima vez les cuento qué hizo Julián cuando vio el video.
Una chica muy caliente.