Lo que mi marido quiere oír cuando lo masturbo
Hace años que Leandro y yo encontramos un juego que solo nos pertenece a nosotros dos. Empezó casi por accidente, una noche cualquiera, después de una cena con vino, los chicos ya en sus cuartos y la casa por fin en silencio. Me preguntó por el primero. Después por el segundo. Después quiso saber detalles que yo nunca había contado en voz alta, ni siquiera a mis amigas. Y desde aquella noche, cada vez que mi mano lo despierta, me pide la misma historia.
—Contame la del gimnasio —dice siempre, con esa media sonrisa que conozco demasiado bien.
Y yo le cuento.
Tenemos cuarenta y pico los dos. El sexo nunca se nos escapó, eso es verdad, pero llegar a esto, a este ritual de palabras y manos lentas, es algo que solo conseguimos con los años. A Leandro lo enciende escucharme. No le importa, o eso jura, que haya tenido a otros antes que él. Le importa que yo lo cuente, que le ponga voz a lo que viví, que le entregue lo que ningún otro hombre escuchó.
—¿De nuevo Ramiro? —le pregunto, aunque ya sé la respuesta.
Él asiente con los ojos cerrados, mientras yo le acaricio despacio. Su miembro está tibio todavía, blando, pero late bajo mi palma como si supiera que viene una historia que lo va a poner duro en cuestión de minutos.
***
Ramiro era de aquellos que se notan al entrar a un lugar. No por buen mozo, no exactamente. Por la forma en que ocupaba el espacio, por cómo se plantaba frente a una sin pedir permiso. Lo conocí en el gimnasio del barrio, hará unos quince años, cuando yo todavía era una mujer que se prometía dejar de pensar en otros hombres. Hacía ya tiempo que estaba con Leandro, pero también hacía tiempo que el sexo dentro de mi cabeza, cuando me tocaba sola en la ducha, no se reducía a una sola persona.
Hablábamos al final de las clases, cerca de los percheros, mientras yo me ataba el pelo y él fingía que necesitaba el dispenser de agua que estaba justo detrás de mí. No tonteábamos. O eso me decía a mí misma. Hasta que una tarde me invitó a almorzar y, en lugar de a un bar, me invitó a su casa.
—Hago algo simple, no te asustes —dijo, sin mirarme.
Yo dije que sí antes de pensarlo. Las mujeres sabemos perfectamente cuándo un sí no es un sí a un almuerzo.
—¿Cómo era? —Leandro me interrumpe con la voz ronca. Mi mano sigue subiendo y bajando sobre él, marcando el ritmo del cuento.
—Alto. Más alto que vos. Ancho de hombros. No tenía nada de especial en la cara, eso te lo dije ya. Lo que tenía era esa cosa de mirarte sin pestañear, como si supiera lo que estabas pensando antes que vos misma.
—Seguí.
***
El edificio donde vivía era viejo, de techos altos y pisos de pinotea que crujían bajo los pies. Subí las escaleras pensando que todavía podía dar media vuelta. Pensé que iba a tocar el timbre, mirar la puerta cerrada y salir corriendo de aquella locura. No lo hice. Cuando me abrió, ya no había puerta para volver.
Me besó antes del agua. Antes de la comida. Antes de cualquier excusa. Me besó como quien sabe que la otra vino exactamente a eso, sin ceremonia, sin preámbulo, sin mentirse. Y yo me derretí. Soy de las mujeres que se mojan con un beso bien dado, no necesito más. Y aquel fue de los que mojan.
—Ya te ponías así con un beso —dice Leandro, divertido. Su miembro ya está duro contra mi mano. Lo aprieto un poco más, lento, y sigo.
—Vos sabés cómo soy.
—Por eso te pregunto.
Mi propia ropa empezó a sobrar antes de que él tuviera que sacármela. Me quité la blusa yo misma, en el medio del living, con el sol de la siesta entrando por la persiana entreabierta. Tenía puesto un corpiño de encaje negro, de esos que compré una vez sin ningún motivo y guardé para una ocasión que tardó años en llegar. Aquella tarde supe para qué lo había guardado.
Ramiro no dijo nada. Se quedó mirando, como si calculara. Después se acercó, me bajó los breteles con dos dedos y me chupó los pezones como se chupa algo prohibido. Yo gemí. No fingí, gemí de verdad, porque mis pezones son mi punto débil y él parecía saberlo sin necesidad de mapa.
—Seguí.
—Después me sacó el resto. Quedé en una tanga muy chiquita, blanca, que apenas me cubría adelante.
—Esa tanga la quiero ver —murmura Leandro.
—Esa la perdí hace años. Te invento otra, no te preocupes.
***
Me sentó en el sofá. Me abrió las piernas como si yo le perteneciera y, sin sacarme la tanga todavía, empezó a frotarme por encima de la tela. Despacio. Como midiendo. Mi clítoris ya estaba duro, hinchado, pidiendo. Cuando finalmente movió la tela a un costado y me tocó piel con piel, casi me vine en su mano. Llevaba meses dándole vueltas a esto en la cabeza, lo había imaginado tantas veces, que el solo contacto real me hizo arquear la espalda.
—Me vine en menos de un minuto —le digo a Leandro, riendo bajito—. Y eso que recién empezábamos.
—¿Y él?
—Él se rió. Pero no fue una risa burlona. Fue una risa de hombre que entendió que tenía a una mujer encendida entera para él toda la tarde.
***
Esto es lo que más le gusta a Leandro. Esta parte. La parte donde Ramiro se desnuda. Yo lo cuento despacio, midiendo cada palabra, porque sé que cada una es leña al fuego de lo que tengo entre las manos.
—Se sacó la remera primero. Tenía cuerpo de hombre normal, como vos, ni gimnasio extremo ni nada, lo que se mantiene solo a los cuarenta. Después el pantalón. Y ahí me quedé quieta.
—¿Por qué?
—Porque incluso adentro del bóxer ya se notaba lo que venía.
—Decímelo.
Me acomodo, cambio de mano, bajo la voz como si fuera un secreto que tengo que medir.
—Cuando se lo bajó, casi me siento de la sorpresa. No es que fuera el más largo que había visto. No te miento. Vos tenés un buen largo, eso lo sabés. Lo de él era el grosor.
—¿Cuánto?
—Como un pepino grande. Pero un pepino de los gordos, no de los flacos. Y cuanto más bajaba la mirada, más se ensanchaba hacia la base. Tenía esa cabeza redonda, casi rosada, brillosa por la propia humedad de la calentura. Y las venas marcadas, gruesas, como cordones por debajo de la piel.
Leandro suelta un gemido ronco y empuja sus caderas contra mi mano. Lo aprieto un poco más, lo sé, lo conozco, esa parte le mata. Saber que su mujer ha tenido entre las piernas a alguien con un calibre así.
—¿Cómo te entró? —pregunta.
—Despacio.
***
Me agarró las caderas, me empujó hacia la punta del sofá y se acomodó entre mis piernas. Antes de meterla, se llenó la mano de saliva y se mojó toda la cabeza. Y siguió. Y siguió. La masturbó delante de mí, mirándome a los ojos, como diciéndome con la mirada que entendía perfectamente lo que estaba por hacerme.
—No te miento, Leandro. Yo pensé que no me iba a entrar.
—Pero te entró.
—Me entró. Pero el primer empuje fue dolor y placer al mismo tiempo. Solté un quejido raro, mitad protesta, mitad ruego. Él paró. Me dejó respirar. Y volvió, más lento todavía.
—¿Te acomodaste?
—Sí. El cuerpo, cuando quiere, se abre solo.
Leandro respira más rápido. Mi mano va más rápido también. Estamos llegando al momento que él espera siempre.
—Una vez adentro fue otra cosa. Yo nunca había sentido algo así. No es solo lo que llena. Es lo que toca. Sentía los costados, sentía pared con pared, sentía las venas raspándome por dentro. Cada vez que entraba un poco más, era como si me abriera un lugar nuevo del cuerpo.
—¿Te corrió?
—Me corrió tres veces.
—¿Tres?
—Tres. Y la primera no la pidió, la causó él solo, sin tocarme nada más que con eso. Yo me agarraba a su pecho, le clavaba las uñas, lo miraba a los ojos como pidiéndole que parara y a la vez rogándole que siguiera.
***
—¿Y después? —insiste Leandro. Su miembro late ahora desesperado bajo mi palma. Lo siento al borde, pero todavía no.
—Después me dio vuelta. Me pidió que me pusiera en cuatro. Yo le pedí un minuto para respirar, te juro que no podía más. Me dijo que no, que estaba a punto y que se quería venir en mí. Y obvio que le di la espalda. No le iba a decir que no después de lo que me había hecho.
—¿Y ahí cambió?
—Cambió todo. Se le fue la caballerosidad. Me agarró de las caderas con las dos manos, las uñas hundidas en la carne, y me cogió como si quisiera romperme. Y a mí me empezó a temblar todo desde los pies. Te lo juro. Desde la planta de los pies. Como si el orgasmo me subiera por las piernas, como una corriente.
—¿Y él?
—Él aguantó hasta que sintió que me venía y, en el último momento, la sacó y me llenó las nalgas. No te exagero si te digo que parecía no terminar más. Yo sentía los chorros caer sobre la piel, calientes, pesados, y pensaba que nunca había visto tanto en mi vida.
Leandro se arquea en la cama. Yo le acaricio más rápido, lo miro, y le digo lo último que él espera escuchar:
—Y mientras me iba, mientras me vestía en su baño, ya estaba pensando en cuándo iba a volver.
—¿Volviste?
Le sonrío. Le doy un beso lento en la boca. Le aprieto un poco más fuerte y le susurro al oído lo que necesita oír.
—Esa parte te la cuento mañana, mi amor.
Y se viene en mi mano antes de que yo termine la frase.