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Relatos Ardientes

Cobré por sexo durante meses: mi confesión más oscura

Hay secretos que uno guarda sin esfuerzo, no porque le avergüencen especialmente, sino porque no sabe bien cómo contarlos. Lo que voy a escribir aquí lo sabe una sola persona en el mundo, y eso fue por accidente: se lo encontró de frente sin que yo se lo dijera.

Cuando tenía veintitrés años salí con una chica durante casi dos años. Era activa, directa, sin inhibiciones en la cama ni fuera de ella. Era la primera vez en mi vida que sentía que estaba con alguien de verdad, no simplemente saliendo con alguien. La ruptura llegó de la manera en que llegan las cosas que no se detienen: inevitable, silenciosa y sin marcha atrás. Lo encajé mucho peor de lo que admití delante de nadie.

Los primeros meses me construí una rutina de supervivencia. El trabajo, el gimnasio, salidas con amigos que no sabían nada y a quienes yo no les contaba nada. Me convencí de que estaba bien. Incluso llegué a creérmelo por ratos.

Hasta aquella noche de jueves en que todo se fue al traste.

***

Habían pasado casi tres meses desde la ruptura cuando entré a tomar algo en un bar de mi barrio después del trabajo. Un sitio de toda la vida, sin pretensiones, el tipo de lugar donde uno va cuando no quiere pensar demasiado. Y ahí estaba ella, en un reservado al fondo de la sala, besándose con un chico que yo no conocía de nada. Él le decía algo al oído y ella se reía. Parecía completamente feliz. Radiante, incluso.

Me senté en la barra y pedí una cerveza. Luego otra. Luego un combinado que no recuerdo bien cuál era. En algún momento perdí la cuenta de cuánto había bebido y cuánto tiempo llevaba mirando hacia ese reservado donde ella ni siquiera sabía que yo existía en el mismo bar que ella.

Cuando salí a la calle, la ciudad tenía ese aspecto borroso y ligeramente doloroso que tienen las cosas cuando uno ha bebido demasiado sin haber comido desde el mediodía. Caminé sin rumbo durante un buen rato, o quizá sí tenía rumbo sin saberlo, porque unos veinte minutos después me encontré frente a la puerta de un bar de ambiente que conocía de vista. Uno de esos locales discretos que abren toda la semana, con la misma luz tenue siempre y los mismos grupos de hombres en la barra mirando quién entra.

No era la primera vez que entraba a un sitio así. Era la primera vez que cruzaba una línea que hasta entonces no había cruzado.

Había un hombre en el extremo de la barra, delgado, de unos treinta y pico, que me miró de una manera que lo decía todo sin que tuviera que decir nada. Nos tomamos una copa. Hablamos de cosas sin importancia durante veinte minutos. Cuando me propuso ir a su apartamento, dije que sí sin pensarlo demasiado.

Lo que pasó allí no lo disfruté, pero sucedió con todo el detalle con que suceden estas cosas cuando uno se deja arrastrar. Apenas cerró la puerta del apartamento me empujó contra la pared del recibidor y me metió la lengua en la boca sin ceremonias. Olía a colonia cara y a alcohol. Me manoseó por encima del vaquero, apretándome la polla con la palma abierta hasta que la sintió endurecerse a pesar de mí mismo. Me llevó al dormitorio sin soltarme.

—Ponte de rodillas —me dijo, con una voz tranquila que no admitía discusión.

Me arrodillé. Se bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón y me plantó la verga en la cara, ya medio dura, gruesa, con las venas marcadas. Me la pasó por los labios antes de metérmela. Yo abrí la boca y él me cogió de la nuca y empezó a follarme la cara con un ritmo pausado al principio, más profundo después, hasta que sentí la punta chocando contra el fondo de la garganta y los ojos me lagrimearon. Me la sacaba, me la volvía a meter, me la sostenía dentro un segundo de más para ver si aguantaba. Yo la chupaba porque era lo que tocaba, sin ganas, con la cabeza en cualquier otro sitio.

Cuando le pareció suficiente, me levantó tirándome del pelo y me dijo que me desnudara. Lo hice. Me tumbó boca abajo sobre la cama, me abrió las nalgas con las dos manos y me escupió encima del culo. Sentí la lengua caliente lamiéndome el agujero, empujando, hurgando, y a pesar de todo el cuerpo me respondió con un escalofrío. Se puso un condón. Me pidió que le mamara los dedos y los untó con lubricante. Metió primero uno, después dos, moviéndolos en círculos hasta que dejé de resistirme por instinto.

—Relájate —murmuró—. Vas a disfrutar.

Me la metió despacio, apoyándose sobre mi espalda con todo su peso. Ardió al principio, una quemazón profunda que me hizo apretar los dientes contra la almohada. Cuando estuvo dentro del todo se quedó quieto unos segundos, respirándome en la oreja, y después empezó a bombear con embestidas largas. Me follaba con constancia, marcándome un ritmo que iba subiendo poco a poco. Se corrió dentro del condón con un gruñido apretado, empujando hasta el fondo, y se quedó unos segundos quieto encima de mí antes de salirse.

Después me pidió que le hiciera yo lo mismo. Me la puso dura con la mano, me apuró con la boca hasta ponerla al borde, se colocó a cuatro patas al borde de la cama y me la ofreció como si tuviera que darle las gracias por dejármelo hacer. Le puse otro condón, le eché lubricante y se la metí. Le follé el culo con una mecánica hueca, mirando el techo mientras mi cadera se movía sola, mientras él gemía debajo y se sacudía la polla. Cuando me corrí no sentí nada más que un espasmo físico. Me salí, me quité el condón y lo tiré a la papelera. Cerré los ojos un segundo.

Mi cabeza seguía en ese reservado, en esa risa que había dejado de ser para mí. Me vestí despacio, le di las gracias por razones que todavía no entiendo del todo, y salí.

A media manzana de allí vomité contra la pared de un portal. El alcohol, la confusión, el asco hacia mí mismo. Todo junto y sin orden.

***

Los días que siguieron estuve en un estado extraño. No deprimido exactamente, sino anestesiado. Como si alguien hubiera bajado el volumen de todo y yo no lograra encontrar el control para subirlo.

Fue en ese estado donde tomé la decisión.

No fue un impulso, sino una acumulación lenta. El «me da igual todo» que llevaba instalado en el pecho desde hacía semanas. La convicción de que el sexo podía ser útil si yo controlaba las condiciones. Y también, siendo honesto, el alquiler del mes siguiente y el sueldo que todavía no alcanzaba para cubrir todo.

Me introduje en el mundo de la prostitución masculina. Hay plataformas y foros, formas discretas de ofrecer ese tipo de servicios sin demasiada exposición. No tardé en entender cómo funcionaba la mecánica básica.

Las primeras semanas fueron una colisión entre lo que me había imaginado y lo que era de verdad. Yo tenía una fantasía difusa, algo así como encuentros con mujeres que querían pasar un rato agradable con alguien discreto. La realidad era considerablemente diferente. La mayoría de mis clientes eran hombres. Hombres mayores, en su mayor parte: algunos venían callados, con la urgencia contenida de alguien que lleva mucho tiempo sin permitirse algo; otros hablaban en exceso, como si necesitaran justificarse ante un desconocido antes de poder relajarse.

Había casados que querían probar el sexo anal y no sabían cómo pedírselo a sus parejas, o que ya lo habían pedido y la respuesta había sido un no definitivo. Los recibía en un piso alquilado por horas, se desnudaban con manos torpes, se ponían a cuatro patas y me pedían que se la metiera despacio. Algunos se corrían solos, apenas empezaba a follarles, con las manos aferradas a las sábanas y jadeos ahogados que llevaban años guardándose. Otros me pedían que me dejara hacer, y me abrían el culo con una avidez casi vergonzosa, chupándome los huevos, mamándomela hasta el fondo, metiéndome la lengua entre las nalgas como quien por fin come lo que le habían prohibido toda la vida. Había hombres que llevaban décadas viviendo en el armario sin saber cómo salir, o que simplemente no querían salir del todo. Había bisexuales que compartimentaban su existencia con una precisión casi clínica: la familia en un lado, esto en el otro, y ninguna fisura entre ambos mundos. De todo había, como suele decirse, y casi ninguno era lo que uno esperaría encontrar si tuviera algún prejuicio previo sobre ese tipo de encuentros.

No los juzgaba. Tampoco me gustaban, en general. Hacía mi trabajo con la misma eficiencia con que uno hace cualquier trabajo que no le apasiona: la mamaba cuando tocaba mamarla, la ponía cuando tocaba ponerla, me tragaba la corrida o dejaba que me la echaran encima según lo pactado, y me marchaba con el sobre en el bolsillo.

Aprendí cosas que no esperaba aprender. Que la soledad tiene muchas formas y la mayoría no se parecen a lo que uno imagina cuando piensa en la soledad. Que casi todo el mundo carga con algo que nadie más ve, durante años, en completo silencio, y que a veces busca una salida tan pequeña y tan contenida como una hora con alguien que no va a pedirle ninguna explicación.

Tuve también algunas clientas. Pocas. Mujeres maduras, casi siempre, que buscaban más atención que otra cosa. Una conversación, ser escuchadas, sentir que alguien les dedicaba tiempo de verdad. Con ellas todo era más lento, más personal. Menos mecánico. Les comía el coño durante media hora si hacía falta, les chupaba los pezones hasta que se les ponían duros como piedras, me las follaba despacio mientras me pedían al oído que no parara. Una de ellas, viuda desde hacía cuatro años, se corrió tres veces seguidas la primera tarde y después se echó a llorar sobre mi hombro sin poder parar. La abracé desnudo hasta que se calmó. Volvió cada quince días durante meses.

***

Y luego estuvo ella.

Llegó un miércoles por la tarde, puntual al minuto. La mayoría de los clientes llegaban tarde o cancelaban a última hora con algún pretexto, así que cuando sonó el portero automático exactamente a la hora acordada, eso ya me llamó la atención. Abrí la puerta y la encontré en el rellano con el abrigo todavía puesto y las manos metidas en los bolsillos.

Tendría veintiún o veintidós años. Era guapa con esa clase de belleza discreta que no necesita esfuerzo: rasgos simples, una mirada clara, el tipo de persona que probablemente no sabe lo que llama la atención en ella. Estaba nerviosa. No del tipo de nerviosismo que se disimula con habilidad, sino del que se nota en los hombros, en la forma de respirar, en cómo miraba el suelo cada dos pasos.

Le ofrecí pasar. Se sentó en el borde del sofá con la rigidez de alguien que no tiene intención de quedarse mucho tiempo.

—No sé si esto es buena idea —dijo mirando la alfombra.

—Podemos hablar primero, si quieres —respondí.

Y eso fue lo que hicimos durante casi media hora. Hablamos sin prisa, ella eligiendo sus palabras con cuidado, yo escuchando sin interrumpir.

Me contó, con rodeos y pausas largas, por qué había llegado hasta ahí. Era virgen. No por convicción ni por falta de oportunidades, sino por una timidez que la paralizaba en cualquier situación con demasiada carga emocional. Le daba pánico la idea de que alguien la conociera de esa manera y que después viniera todo lo demás: las expectativas, los malentendidos, el peso invisible de lo que el otro espera sin decirlo. Conmigo, dijo, sabía exactamente qué era aquello y qué no era, y eso la hacía sentirse más segura.

Lo entendí mejor de lo que esperaba.

Me acerqué despacio, sin apurar nada. Le pregunté si podía quitarle el abrigo, y asintió. Le pregunté si quería que pusiéramos algo de música, y volvió a asentir. Estuvimos un rato más simplemente sentados, hablando de cualquier cosa, hasta que el silencio fue haciéndose más cómodo y sus hombros bajaron un poco de donde los tenía.

Empecé con caricias. Sin urgencia, sin prisa hacia ningún lado. Le pasé los dedos por el pelo, le besé la sien, la mejilla, la comisura de los labios. Ella tenía los ojos cerrados y respiraba despacio, como alguien que está aprendiendo a no huir de una sensación.

Cuando nos tumbamos en la cama todavía estábamos vestidos. La besé durante un tiempo largo, con calma. Sentí cómo los músculos de sus hombros fueron cediendo de a poco, cómo algo se iba desatando en ella con cada minuto que pasaba. Le acaricié la cintura por encima del jersey, subí lentamente hasta rozarle los pechos por fuera de la tela, y ella soltó una pequeña respiración entrecortada que no supo esconder.

Le pedí permiso para cada cosa. No como formalidad vacía, sino porque era lo que correspondía en ese momento.

Cuando finalmente le pregunté si podía bajarle la ropa, me miró un segundo y respondió que sí con una voz diferente, más firme que antes. Como si hubiera tomado una decisión real.

Le saqué el jersey por la cabeza con cuidado, le desabroché el sujetador y lo dejé caer al suelo. Tenía los pechos pequeños, blancos, con los pezones rosados y ya duros por la mezcla de frío y nervios. Me quedé mirándolos un momento antes de agacharme a besárselos. Le pasé la lengua alrededor del pezón, lo atrapé entre los labios, lo chupé con suavidad hasta que se le escapó un gemido bajo. Le hice lo mismo con el otro mientras le desabrochaba el botón del pantalón. Cuando le bajé el vaquero y las bragas juntas, ella cerró los ojos y giró la cara hacia un lado, como quien no quiere ver el momento en que se queda desnuda.

La besé despacio por el cuello, las clavículas, el vientre. Su cuerpo tenía esa tensión de quien no sabe todavía cómo funciona esto, cómo se habita el propio cuerpo cuando hay alguien más presente. Le pasé la lengua por el ombligo, bajé mordisqueando la piel del vientre, seguí por el interior del muslo. Cuando llegué a la ingle sentí cómo se le contraía todo el cuerpo, un temblor involuntario que no supo controlar.

Cuando le pregunté si quería que le hiciera sexo oral, se ruborizó de una manera completamente honesta. Tardó unos segundos en contestar, pero contestó que sí.

Le separé las piernas con cuidado, apoyándoselas sobre mis hombros. Tenía el coño casi sin vello, apenas una franja recortada, y los labios cerrados sobre sí mismos. Los abrí despacio con los pulgares y le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, muy lento, sintiendo cómo su cuerpo daba un respingo con el primer contacto. Estaba mojada ya, más de lo que probablemente ella misma sabía. Le lamí despacio, con la lengua plana, dibujando el contorno de los labios, evitando el clítoris a propósito los primeros minutos para que la anticipación fuera creciendo. Cuando por fin lo busqué con la punta de la lengua, ella soltó un gemido corto y me apretó la cabeza con las dos manos sin darse cuenta de que lo estaba haciendo.

Me tomé mi tiempo, sin apuro, leyendo sus reacciones y ajustándome a lo que su cuerpo iba diciendo. Le chupé el clítoris con suavidad, en círculos, después con la lengua rígida marcándole un ritmo constante. Le metí un dedo despacio dentro del coño, y sentí cómo se cerraba alrededor con esa estrechez que solo tiene un cuerpo que nunca ha sido penetrado. Lo moví muy lento, hacia adelante y hacia atrás, mientras seguía lamiéndole el clítoris con paciencia. Ella empezó a mover la cadera sola, a subirla hacia mi boca, respirando cada vez más rápido, con pequeños sonidos ahogados que se le escapaban sin permiso.

Tuvo un orgasmo que llegó despacio, construido sobre varios minutos de atención sostenida. Sentí cómo se le contraía el coño alrededor de mi dedo, cómo se le tensaban los muslos apretándome la cabeza, y cuando llegó soltó un sonido pequeño e involuntario y se tapó la boca con la mano, como si no supiera bien qué hacer con eso. Le seguí lamiendo con suavidad mientras el temblor se le pasaba, hasta que me apartó despacio porque ya no aguantaba más el contacto.

Después tomé su mano y la guié. Le expliqué, sin hacerlo incómodo, cómo podía tocarme. Le puse la mano sobre mi polla, ya dura del todo, y le mostré el ritmo, la presión, cómo cerrar los dedos alrededor y cómo mover la piel arriba y abajo. Era torpe, como lo es cualquiera la primera vez, pero también atenta y dispuesta a aprender. Me miraba a los ojos cada pocos segundos, buscando confirmación, y yo asentía sin dejar de sonreírle un poco para que no se cortara.

Cuando pasó a hacerme sexo oral, lo hizo con una concentración que me resultó enternecedora: seria, metódica, mirándome de vez en cuando como para preguntar en silencio si lo estaba haciendo bien. Se metió la punta en la boca primero, chupándola con cuidado, pasando la lengua por el glande. Después bajó más, tomando cuanto podía, con los labios apretados alrededor de la base del glande, subiendo y bajando la cabeza en un vaivén lento. Me lamió a lo largo del tronco de arriba a abajo, se metió los huevos en la boca uno tras otro, volvió a subir. La saliva le caía por la comisura y ni se daba cuenta.

—Sí —le decía, apartándole el pelo de la cara para verla mejor—. Así, muy bien.

Y era verdad.

Cuando llegó el momento de la penetración, volví a tomar el tiempo necesario. La tumbé boca arriba, con la cabeza sobre la almohada, y me arrodillé entre sus piernas abiertas. La preparé con cuidado, con lubricante frío que le hizo dar un pequeño respingo cuando le rocé el coño, metiéndole un dedo primero y después dos, girándolos despacio dentro para que se fuera acostumbrando a la sensación de tener algo dentro. Me puse un condón delante de ella, sin apuros, para que viera cada paso. Le apoyé el glande contra los labios del coño y lo pasé arriba y abajo, humedeciéndolo bien, rozándole el clítoris con la punta.

Ella tensó todo el cuerpo cuando empecé a entrar, y yo me detuve, la miré, esperé. Cuando asintió, continué, muy despacio, sin brusquedad. Fui empujando un centímetro cada vez, retrocediendo un poco, empujando un poco más, dejando que su coño se fuera abriendo alrededor de mi polla sin forzar nada. La sentía apretadísima, envolviéndome con una presión caliente que me obligaba a controlarme para no perder el ritmo.

Resopló con fuerza, una exhalación larga que venía de adentro. No era un sonido de dolor, sino de algo nuevo: una sensación que su cuerpo registraba por primera vez sin saber del todo cómo procesarla. Me quedé quieto una vez que estuve dentro del todo, apoyado sobre los codos para no aplastarla, dándole tiempo a que se acostumbrara al lleno. Le besé la frente, la boca. Ella movió la cadera hacia arriba, buscándome, y ese pequeño gesto suyo fue el permiso que necesitaba.

Fui despacio durante todo el tiempo. Salidas largas, entradas lentas, cuidando de no clavarla nunca hasta el fondo con brusquedad. Prestando atención a su respiración, a cómo iba relajándose gradualmente, a cómo el coño se le iba humedeciendo más con cada embestida hasta que la fricción dejó de existir del todo. Le agarré una pierna y se la apoyé contra mi hombro para cambiar el ángulo, y ella soltó un gemido nuevo, más profundo, cuando la polla le tocó por dentro un punto que hasta entonces no había tocado. Le pregunté si le gustaba y asintió con los ojos cerrados. Le seguí bombeando en ese ángulo, con el mismo ritmo pausado, mientras le acariciaba el clítoris con el pulgar en pequeños círculos.

La sentí tensarse otra vez, arquear un poco la espalda, apretar la mandíbula. No llegó a correrse de nuevo, pero estuvo cerca, y ese temblor me llevó a mí al borde. Cuando sentí que iba a terminar salí despacio, me quité el condón con cuidado, y me la sacudí con la mano dos o tres veces sobre la sábana, alejado de ella, tal como me había pedido. Me corrí con un gemido bajo, chorros espesos sobre la tela, mientras ella miraba con una curiosidad que no supo disimular.

Se quedó unos minutos en silencio, mirando el techo. La tapé con la sábana por el otro lado. Le pasé la mano por el pelo, sin decir nada.

—Gracias —dijo al fin.

No lo dijo como algo protocolario, como quien cumple con una fórmula. Lo dijo como quien ha hecho algo que le daba mucho miedo y ha llegado al otro lado más entera de lo que esperaba.

Le dije que no había de qué. Y lo decía en serio.

***

Después de que se fue, me quedé sentado en el borde de la cama sin hacer nada durante un buen rato. No pensé en mi ex esa tarde. No pensé en el bar de ambiente ni en el hombre de la primera noche ni en el vómito en la pared. Solo pensé en esa chica que había llegado temblando y se había ido más entera.

Era el encuentro más extraño de toda aquella temporada, y el único del que no quería olvidarme.

No fue el mejor sexo en el sentido técnico en que uno juzga esas cosas. Pero fue el más honesto. El más humano, paradójicamente, de todos los que tuve durante aquellos meses.

Lo que me sostuvo en ese período no fue el dinero ni la búsqueda de placer. Fue algo más parecido al control: la certeza de que yo decidía cuándo, cómo y con quién. Sin sorpresas emocionales. Sin la posibilidad de que alguien te dejara mirando una pantalla en blanco a las dos de la mañana preguntándote qué había fallado.

Eventualmente, el anestésico fue dejando de funcionar. Lo que había roto dentro de mí empezó a soldarse solo, sin que yo hiciera gran cosa para ayudarlo. Dejé esa vida de la misma manera en que había entrado: sin drama, sin declaración formal, simplemente dejando de responder los mensajes hasta que dejaron de llegar.

Hay personas que convierten experiencias así en historias de redención o en historias de vergüenza. Yo no la viví de ninguna de las dos maneras. La viví como un período oscuro y extraño en el que aprendí más sobre la soledad de los demás que sobre la mía propia. Sobre la cantidad de cosas que la gente carga en silencio durante años sin que nadie alrededor lo sepa.

Lo que me llevo de aquellos meses es eso, y solo eso: que casi todo el mundo carga con algo que nadie más ve. Y que a veces, en los lugares más improbables, uno encuentra algo parecido a la ternura.

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Comentarios(9)

LectoraEnSombras

impactante... no lo esperaba así. muy bien escrito

Rebe2024

me dejo pensando bastante este relato. hay algo muy crudo y honesto que lo hace diferente a los de siempre. sigue publicando por favor!

FabiK_2025

waaa tremendo!!! quiero la continuacion ya

Carolina_M

me recordo a decisiones que tome yo en momentos muy oscuros. a veces uno cruza lineas que ni sabia que estaban ahi, y te das cuenta despues

JuanCruz88

¿hay segunda parte? en serio me quede con ganas de saber como termino todo eso

martin1010

de los relatos que se te quedan en la cabeza, muy bueno

VickyRos

no soy de comentar mucho pero este me llego. se nota que hay algo real detras, esa honestidad se siente

Confesor22

relato genail jaja aunque no le veo la gracia al ex... el personaje tomo una decision bastante valiente en el fondo. muy bueno!

NordikLector

ese comienzo en el bar es demasiado reconocible, a quien no le paso algo parecido con un ex. y de ahi la historia toma un giro que no te esperas para nada. muy buena escritura

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