Acepté el masaje de un desconocido por dinero
Lo que empezó como un masaje pagado en un hotelito de pueblo se convirtió en algo que mi amiga y yo juramos no contarle nunca a nadie.
Lo que empezó como un masaje pagado en un hotelito de pueblo se convirtió en algo que mi amiga y yo juramos no contarle nunca a nadie.
Solo buscaba un sitio donde dormir. No imaginaba que un agujero en su pantalón de pijama terminaría cambiándolo todo aquella noche.
Necesitaba contárselo a alguien que no me juzgara, y solo se me ocurrió tocar su puerta. Lo que no esperaba era lo que iba a pasar al amanecer.
«Solo los tres primeros niveles», le prometí en el avión. Ninguno de los dos imaginaba hasta dónde nos llevaría ese cuaderno de retos antes de volver a casa.
Les dije que mi consuelo era más efectivo que cualquier bebida fría. Me quité la ropa antes de entrar y esperé a que el agua caliente me delatara entre el vapor.
Salí de la ducha pensando que nadie nos había visto. Esa misma noche descubrí en su teléfono que alguien había grabado cada gemido desde la cabina de al lado.
Pensé que vendría por un problema común. En cambio, se sentó frente a mí, bajó la mirada y empezó a contarme algo que llevaba años escondiendo de todos.
Mis pacientes me cuentan sus secretos y yo asiento como si los míos no fueran peores. Hoy, por primera vez, voy a contarte la verdad sobre mí.
Sabía que esos dos no me habían invitado solo a pescar. Y yo, si soy sincera, tampoco había dicho que sí solo por el río.
Llevaba meses imaginándolo y no me atrevía a admitirlo. Esa tarde, una conversación cualquiera bastó para que todo se saliera de control.
Llevaba semanas evitándola, convencido de que lo nuestro había terminado. Entonces sonó el teléfono y su voz me bastó para saber que volvería a caer.
Cuando puso mi mano sobre su entrepierna mientras conducía, supe que ya no había vuelta atrás. Esa noche dejé de fingir y me entregué por completo.
Pedí el cuarto y apagué las luces para dejarme consentir como nunca. Hasta que mi mano buscó entre sus piernas y encontró algo que jamás había imaginado.
Llevaba mi vestido fucsia en la mochila y una sola idea en la cabeza: esa noche iba a ser de todos los que pagaran por mí.
Dejó la puerta abierta para mí. Yo solo tenía que llegar, vestirme de Valeria y olvidarme para siempre del chico que ya no quería seguir siendo.
Cuando abrí mi maleta en la cabaña no había nada mío: solo tangas de encaje, faldas cortas y maquillaje. Carla me miró con calma y dijo que esa era mi única chance.
La primera vez que me llamaron guerrero, algo dentro de mí se enderezó. Pero fue su mano en mi cintura, junto al fuego, lo que terminó de prenderme.
La vi dirigir la mudanza con esa voz ronca y supe que no podría sacármela de la cabeza. Lo que no imaginé fue todo lo que escondía bajo el corsé.
Me juró que era cierto, que pasaba de verdad bajo el mismo techo donde había crecido. Y mientras lo leía, no pude evitar tocarme imaginándolo.
Lo vi cruzar la piscina con dos copas en la mano y supe que esa tarde iba a ser mía. No me importó su nombre ni su historia: solo cómo me miraba.