Mi amigo volvió y me devoró en el hotel
Bastó volver a olerlo para saber que esa noche no iba a salir de esa habitación caminando igual que entré.
Bastó volver a olerlo para saber que esa noche no iba a salir de esa habitación caminando igual que entré.
Primero fueron sus ojos desde el edificio de enfrente; después, su bulto rozándome mientras bailábamos en mi sala.
Lo cité en casa para explicarle mis permisos, pero lo que encontró en la sala cambió la forma en que me miraba en la oficina.
Abrí su celular para confirmar una duda y terminé viendo algo que me dejó helado: mi esposa con dos hombres de mi propia familia.
Después de dos años sin tocarla, la tuve a mi lado en el avión, temblando, pidiéndome perdón y mirándome como si todavía fuera su hombre.
Sabía que aquel hombre nos miraba desde la penumbra, y en lugar de cubrirme dejé que mi amigo levantara despacio el borde de mi vestido.
Nunca pensé que una función de las cuatro y media terminaría conmigo conteniendo la respiración, rezando para que nadie mirara hacia nuestra fila.
Entré a la habitación esperando una cita íntima con mi marido y, cuando me puse en cuatro, descubrí que no estábamos solos. Lo que vino después me cambió.
Bea lo organizó todo al milímetro: la casa, la playa nudista, el restaurante. Lo que pasó esa madrugada en el club fue idea de mi mujer.
Salgo al jardín casi desnuda porque sé que él me observa tras las cortinas. Hoy he preparado algo especial para mi mirón favorito.
Le dije que no se me ocurría nada para escribir. Se levantó de mi regazo, dejó caer la ropa al suelo y me ordenó con una sonrisa: «Descríbeme».
Aparcó frente al edificio, se miró en el retrovisor y no reconoció a la mujer que devolvía la mirada. Esa noche había decidido dejar de ser la esposa perfecta.
Dejé la cortina del probador entreabierta a propósito. Lo que no esperaba era que la mujer de enfrente hiciera exactamente lo mismo y se sentara a mirarme.
Mientras ellas se iban de compras, nosotros nos quedamos solos con una cerveza, un móvil lleno de fotos y demasiada curiosidad por lo que el otro escondía.
Mi novio se fue de viaje treinta días y me prometí resistir. Duré quince. Lo que vino después me convirtió en alguien que ya no reconozco.
Subir el vídeo fue solo el principio. Aquella madrugada de sábado entendí que mirar ya no me bastaba: quería que un desconocido me tocara de verdad.
Me escribiste «tengo hambre» y supe exactamente lo que querías. No somos pareja, ni siquiera mi tipo, pero hay algo entre nosotros que nadie entendería.
A oscuras, a unos metros de mi portal, su polla brillaba bajo la única farola de la calle. Y yo ya sabía que iba a volver a bajar la cabeza.
Bajó por agua y los encontró riendo en el jardín. Esa noche, de rodillas en el pasillo, decidí recordarle a mi marido a quién pertenecía.
Lo besé dentro del coche antes de entrar a la fiesta, sin imaginar que adentro me esperaba la última persona que querría encontrar: mi propio padre.