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Relatos Ardientes

Mi compañera de oficina tenía una doble vida

Todavía me cuesta explicar cómo una conversación entre dos compañeros de oficina terminó siendo la confesión más cruda que había escuchado en mi vida. Me llamo Martín, tengo cuarenta y dos años y llevo tres trabajando con Valeria en una consultora de Valencia. Ella llegó a la empresa un par de meses después que yo, recién separada, con la determinación férrea de quien ha tocado fondo y decide que nunca volverá a ceder terreno.

Durante los primeros meses apenas hablamos más allá de lo estrictamente necesario. Valeria tenía fama de seca, de cortante, de no dejarse invitar a tomar algo después del trabajo ni a las comidas de Navidad. Yo venía saliendo de mi propia tormenta personal: un divorcio largo, desordenado, que me dejó viviendo en un apartamento alquilado cerca del antiguo cauce del Turia y preguntándome qué diablos iba a hacer con las tardes vacías de los domingos.

Un viernes el reparto de turnos nos tocó cerrar juntos una auditoría complicada. Pedimos comida tailandesa a la oficina y nos quedamos hasta las once de la noche. Fue la primera vez que la vi reírse de verdad. Tenía una risa de garganta, baja, que no encajaba con la mujer de blusa planchada que yo conocía de los lunes por la mañana.

—No eres como me habían contado —le dije mientras recogíamos las cajas.

—Tú tampoco —me contestó sin mirarme—. Me dijeron que eras aburrido.

Esa noche caminamos juntos hasta la boca del metro. Hablamos de música. Nada más pasó. Pero algo se movió entre los dos y los dos lo notamos.

Durante los meses siguientes fuimos construyendo una amistad particular, de esas que se cocinan despacio entre gente adulta. Cafés largos en la máquina del pasillo. Mensajes de WhatsApp a horas raras. Cenas después del trabajo cuando los proyectos se ponían densos. Valeria empezó a contarme pedazos de su vida que, según ella misma me confesó, nadie más conocía completos: su matrimonio de quince años con un hombre bueno pero ausente, su hija que ahora estudiaba Arquitectura en Londres, el año negro que pasó medicada y sin salir del sofá de su madre.

Yo le hablé de mi matrimonio, de los silencios de los últimos cinco años, del día exacto en que mi ex me miró a los ojos durante un desayuno cualquiera y me dijo que ya no podía seguir fingiendo.

Pero ninguno de los dos había dicho todavía lo que de verdad queríamos decir. Eso vino aquella tarde de viernes en su apartamento.

***

Me había invitado a cenar después de una semana especialmente dura. Cuando me abrió la puerta llevaba una camiseta negra sin mangas que yo no le había visto en tres años de oficina y unos vaqueros que le sentaban de una forma que me obligaba a mirar hacia otro lado cuando se agachaba a abrir el horno. Cocinó pasta fresca con langostinos y sacó una botella de Albariño del año anterior que, me dijo, su padre le había regalado cuando la ascendieron.

Comimos hablando de tonterías. De un compañero pesado, de una serie que ella estaba viendo, del viaje que yo quería hacer a Lisboa en primavera. Después, cuando ya habíamos abierto la segunda botella y nos habíamos cambiado al sofá, cambió el tono.

—¿Puedo contarte algo que nunca le he contado entero a nadie? —preguntó.

Asentí sin decir una palabra.

—Desde que me separé, Martín, he tenido una vida que si alguien de la oficina la conociera se moriría —dijo con la copa en la mano y una sonrisa nueva—. Una vida completamente distinta a la Valeria que ven los lunes. Por eso te he invitado hoy. Porque necesito contársela a alguien y creo que tú no vas a asustarte.

No supe qué contestar. Ella siguió sin esperar respuesta.

—He probado casi todo. Tríos con otra mujer, con otro hombre, con dos hombres a la vez. He estado en tres fiestas privadas en Madrid, en un club liberal de Barcelona y en una finca a las afueras de Sevilla donde pasé todo un fin de semana sin reloj y sin teléfono. Tengo un amante casado al que veo cada mes y medio, un fotógrafo veinte años mayor que yo al que nunca dejaré y que nunca dejará a su mujer. Me gustan los hombres mucho más jóvenes que yo y me gustan las mujeres, aunque eso último lo descubrí tarde, casi a los treinta y seis.

Hizo una pausa y bebió un trago largo.

—Después del divorcio decidí que iba a disfrutar cada minuto de mi cuerpo hasta que el cuerpo diga basta. Llevo seis años cumpliendo esa promesa. He tenido dos pollas dentro a la vez, una en el coño y otra en el culo, y me he corrido gritando como no me había corrido en quince años de matrimonio. He mamado hasta que me dolía la mandíbula. He tragado semen de hombres cuyo nombre no supe hasta la mañana siguiente. No me arrepiento de ninguna noche. Ni siquiera de las que salieron mal.

Yo estaba, literalmente, sin saber qué contestar. No porque me escandalizara. En mi cabeza estaba debatiéndome si le contaba a ella lo que yo también había hecho en mi vida y nunca había dicho en voz alta fuera de un par de conversaciones muy íntimas.

—¿Te incomoda? —me preguntó al ver mi silencio largo.

—No —dije despacio—. Me sorprende. Pero la única persona a la que quiero sorprender esta noche soy yo, contándote mi parte.

Y se la conté. Sin adornos, sin ordenar, a trompicones. Le hablé de las dos relaciones homosexuales que tuve al final de la universidad, con un compañero de apartamento al que terminé chupándosela una noche de exámenes, y después con un chico que conocí en un festival de Sitges y al que me follé contra la pared de un baño químico oliendo a cerveza. Le conté el trío que viví con una pareja de amigos de mi ex durante una escapada a Ibiza: cómo ella se sentó a horcajadas sobre mi polla mientras su marido me metía la lengua en el culo, del que mi mujer se enteró medio año después y que estuvo a punto de arruinar mi matrimonio cinco años antes del divorcio real. Le conté que en los últimos dos años, ya divorciado y aburrido, había empezado a frecuentar un local swinger en la zona de El Carmen, siempre solo, y que había aprendido a correrme mirando cómo un desconocido se follaba a su mujer contra un espejo.

—Y no se lo había contado a nadie hasta ahora —terminé.

Valeria me escuchaba con los ojos muy abiertos y una especie de sonrisa contenida. Cuando entendió que había terminado, dejó la copa en la mesa, se levantó y se sentó a mi lado en el sofá. Muy cerca. Sin tocarme todavía.

—Me has contado justo lo que yo quería escuchar —me dijo—. ¿Sabes lo que significa esto, Martín?

—No.

—Significa que somos los dos únicos adultos de esta ciudad con los que podemos hablar en voz alta.

***

Y entonces se me tiró encima. Sin previo aviso, sin más preámbulo, me metió la lengua hasta la garganta con un beso que sabía a Albariño y a hambre atrasada. Me mordió el labio inferior y tiró de él hasta hacerme gemir. Su mano izquierda ya estaba sobre mi polla por encima del pantalón, apretando, midiendo, y su risa baja de garganta me sonó en la oreja como una amenaza.

—Llevo tres años imaginándome esto en la máquina del café —me susurró—. Tres años preguntándome cómo la tenías.

Le desabroché los vaqueros mientras ella se arrancaba la camiseta negra por la cabeza. No llevaba sujetador. Sus tetas eran más pequeñas de lo que yo había fantaseado en la oficina, con pezones oscuros y erectos que se me metieron en la boca antes de que pudiera pensar. Se los chupé uno detrás del otro, mordiéndolos hasta que Valeria arqueó la espalda y me clavó las uñas en la nuca.

—Más fuerte —me pidió—. No te cortes, joder. Muérdemelos.

La empujé sobre el sofá y le bajé los vaqueros de un tirón. No llevaba braga. Tenía el coño depilado, brillante ya, con los labios hinchados y separados por su propia humedad. Le abrí las piernas y me quedé un segundo mirándoselo antes de bajar la cara. Cuando le pasé la lengua desde el perineo hasta el clítoris, entera, despacio, Valeria soltó un gemido ronco que rebotó contra las paredes del salón.

—Ahí, ahí, no pares —jadeaba mientras me agarraba del pelo—. Chúpamelo, Martín, chúpamelo entero.

Le comí el coño con hambre real, apretando la lengua contra el clítoris en círculos lentos, metiéndole dos dedos que curvaba dentro buscando el punto que la hiciera saltar. Cuando lo encontré, ella dejó de hablar. Solo empujaba las caderas contra mi cara y respiraba como un animal. Se corrió sobre mi lengua con un espasmo largo, mojándome la barbilla, agarrándome del pelo con las dos manos y susurrando obscenidades que yo nunca había oído en su voz de oficina.

—Ahora quiero tu polla —dijo antes de que se le pasara el temblor—. Ya. Dentro. Toda.

Me desnudó tirando del cinturón como si me odiara. Cuando me sacó la polla y me la vio dura contra el vientre, sonrió con una sonrisa de la que yo no la creía capaz. Se arrodilló en el suelo entre mis piernas, me la agarró por la base y se la metió entera de una sola vez hasta el fondo de la garganta. La sentí cerrarse contra el glande, húmeda, apretada, y tuve que apoyar la cabeza contra el respaldo para no correrme de golpe.

—Fóllame la boca —dijo cuando la sacó un segundo para respirar—. Quiero que me la folles como si fuera un coño.

La agarré del pelo con las dos manos y empecé a moverle la cabeza a mi ritmo. Ella me miraba desde abajo con los ojos llorosos, la baba cayéndole por la barbilla y goteando sobre sus propias tetas, gimiendo cada vez que le llegaba al fondo. Me chupó los cojones uno a uno, me lamió el tronco desde la base hasta la punta y me volvió a tragar entera. Cuando noté que estaba a punto de correrme la aparté a la fuerza.

—Todavía no —le dije—. Al sofá. De rodillas.

Se subió al sofá dándome la espalda, con las rodillas separadas y las manos en el respaldo. Le vi el coño abierto y brillante entre las nalgas, y un poco más arriba el culo pequeño y apretado. Le escupí encima antes de meterle la polla en el coño de una embestida. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo sin resistencia, y ella gritó contra el respaldo del sofá.

—Así, joder, así, dámela toda —me pedía mientras yo empezaba a follármela fuerte, agarrándola de las caderas—. No pares, Martín, rómpeme el coño.

La follé de pie detrás de ella, apretándole las nalgas con las dos manos, viendo cómo mi polla entraba y salía brillante de su humedad. Le di una palmada en el culo y ella gimió más alto. Le di otra. A la tercera me pidió más. Le metí el pulgar en la boca y luego se lo hundí en el culo mientras seguía follándomela, y Valeria empezó a temblarme entera, corriéndose por segunda vez con mi polla dentro y mi dedo hasta el nudillo en el ojete.

—Túmbate —le dije cuando aflojó—. Boca arriba. Quiero verte la cara.

Se dejó caer sobre el sofá con las piernas abiertas, jadeando, con el pelo pegado a la frente y las mejillas rojas. Le levanté las piernas contra mi pecho y volví a metérsela. La follé mirándola a los ojos, despacio primero, midiéndole el temblor, y después cada vez más fuerte, hasta que el sofá golpeaba contra la pared. Ella me clavaba los talones en la espalda y me pedía que le corriera dentro.

—Córrete en mi coño, Martín, quiero sentirlo, córrete dentro, no te salgas.

Le exploté dentro con un gruñido que no reconocí como mío, empujando hasta el fondo, vaciándome en chorros que sentí latirme por toda la polla mientras ella me apretaba con las piernas y me susurraba obscenidades al oído. Cuando la saqué, un hilo de semen le cayó del coño hasta el sofá. Ella se pasó dos dedos por los labios, los mojó en su propio coño lleno de mi corrida y se los metió en la boca sin dejar de mirarme.

La segunda vez fue lenta, casi de investigación mutua, con la luz del salón entrando por la puerta entreabierta y ella haciéndome preguntas en voz muy baja sobre qué me gustaba y qué no. Me montó encima a horcajadas y se movió sobre mi polla como si estuviera bailando, apretándome con el coño con una técnica de músculo que yo no había sentido nunca. Me pidió que la mordiera en el cuello, en las tetas, que le tirara del pelo, que le dijera puta. Se lo dije. Ella se rió con esa risa de garganta y se corrió otra vez apretándome tan fuerte que me hizo correrme a mí también, esta vez sobre sus tetas, salpicándole el pecho y el cuello mientras ella se pasaba la mano por encima extendiéndose mi semen sobre la piel como si fuera crema.

Así suena una confesión entre adultos que no se tienen miedo, pensé en algún momento antes de quedarme dormido con la mano de Valeria todavía sobre mi polla flácida y pegajosa.

Cuando me fui a casa al mediodía del sábado, los dos ya sabíamos que aquello no iba a convertirse en una relación convencional. Lo intentamos, de hecho, durante dos meses. No funcionó. Somos demasiado parecidos en las cosas que importan y demasiado distintos en las cosas cotidianas. Pero descubrimos algo más valioso que una pareja: una complicidad total, una sinceridad sin negociar.

Desde entonces compartimos. Nos contamos con lujo de detalles todo lo que hacemos por separado. Nos enviamos fotos desde hoteles ajenos con el pie de foto justo para ponernos en situación: ella con la polla de otro en la boca y una sonrisa por encima, yo con la cara de una desconocida corriéndose contra mi lengua. A veces quedamos para una noche juntos, a veces para organizar algo entre los dos con otra persona o con otra pareja, a veces solo para cenar un lunes y reírnos mientras nos contamos las barbaridades del fin de semana anterior.

Hace unos meses Valeria me propuso escribir todo esto. Dijo que merecía la pena contarlo, que en nuestras dos vidas había material suficiente para llenar dos libros y parte de un tercero.

—Pero si no firmamos con nombre real —dijo mientras me servía otra copa—, podemos contarlo todo sin miedo. Todo lo que hacemos juntos, todo lo que hacemos por separado, todo lo que hemos hecho en los últimos años.

Lo pensé una semana entera. Acepté por una razón muy concreta: porque las pocas veces que he tenido la suerte de escuchar confesiones sexuales sinceras de otras personas —no pornografía, no fantasías vagas, vidas reales— he aprendido algo útil sobre mí mismo. Y creo que todos deberíamos poder leer confesiones así sin pedir permiso y sin sentirnos raros.

Así que esto va a ser un cuaderno a cuatro manos. Valeria va a contar sus noches en Madrid, sus citas con el fotógrafo casado que se la folla contra el ventanal de su estudio de Malasaña, la fiesta de aquella finca de Sevilla donde tuvo cinco pollas en una sola noche, la primera mujer que la besó en la boca y que después le comió el coño hasta hacerla llorar. Yo voy a contar lo que pasa los jueves en El Carmen, las dos noches que pasé con aquella pareja de Lisboa a la que conocí por internet y a la que terminé follándome a la vez —él por delante, yo por detrás—, y el trío de Ibiza que hasta hoy nadie más ha leído. Vamos a contar, también, las veces que hemos hecho algo los dos juntos: los tríos que hemos organizado con otra chica a la que nos hemos comido el coño por turnos, las parejas que hemos conocido y con las que hemos intercambiado en la misma cama, la vez que ella me llevó a mi primera cena swinger seis meses después de aquella confesión en su apartamento y terminé con la polla en la boca de una mujer casada mientras su marido se follaba a Valeria a mi lado.

Si alguien nos lee, que sepa que nada de lo que venga a continuación es inventado. Cambiamos los nombres, las ciudades, a veces las profesiones. Pero las escenas existieron. Las conversaciones pasaron tal y como las contamos. Los cuerpos fueron reales. Las corridas fueron reales.

Y que sepa, también, que lo que más nos une a Valeria y a mí no es el sexo que compartimos de vez en cuando. Lo que nos une es que los dos llegamos al mismo sitio por caminos parecidos: una historia de matrimonio largo, un final duro, y la decisión firme de no volver a vivir a medias. Decidimos, cada uno por su lado, que íbamos a tomarnos el cuerpo en serio, como quien se toma en serio un oficio.

Valeria me enseñó que una mujer de cuarenta años puede desear mucho más y mucho mejor que a los veinte, y que puede pedir que se la follen por el culo sin bajar la voz. Yo le enseñé que un hombre como yo, educado en el silencio y en la vergüenza, también puede aprender a pedir lo que quiere sin bajar la voz: una mamada larga, un dedo dentro, otra polla en la habitación. Aprendimos el uno del otro y ahora queremos contarlo.

Si llegaste hasta aquí, gracias por quedarte. En los próximos relatos vas a leer cosas que probablemente te parezcan imposibles. Casi todas nos lo parecieron también para nosotros antes de vivirlas.

Un beso donde tú quieras.

Valeria y Martín.

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Comentarios(8)

DiegoRos

que arranque!! me dejaste con intriga total, cuando sigue??

Pablito_83

Jaja las confesiones entre copas son las mejores. Por favor no te olvides de la segunda parte

lectura_nocturna7

Me encanto mucho, me recordó a algo parecido que viví con una compañera. Uno nunca sabe la doble vida que lleva la gente de al lado jaja

CarmenRio

Buenisimo!!! segui así

Manu_Lector

y qué le contaba los fines de semana?? jajaja cortaste justo en lo mejor, necesito la continuacion ya

SofiRelatos

Me gusto como lo escribiste, se siente real. Esas confesiones de viernes a la tarde con vino son las mejores

CorvoBaires

Excelente. Quede con muchas ganas de saber mas de Valeria, espero que hayas escrito la segunda parte

Andres66

tremendo lo de Valeria jajaja, muy bueno el relato

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